martes, 11 de diciembre de 2012

Silent Night, Deadly Night: La película navideña más controversial de los ochenta.

“Silent Night, Deadly Night” (1984), es una cinta de terror del director Charles E. Sellier Jr., la cual está protagonizada por Lilyan Chauvin, Gilmer McCormick y Robert Brian Wilson. 

Después de años de sufrir abusos a manos de unas monjas tiránicas, Billy (Robert Brian Wilson) finalmente ha perdido la razón. En víspera de Navidad y vestido como Santa Claus, el trastornado adolescente se dirige hacia el orfanato donde pasó su niñez para llevar a cabo su venganza, castigando a todos aquellos que osen interponerse en su camino.

Dentro de los estrechos límites del slasher, subgénero del cine de terror cuya popularidad alcanzó su punto máximo a principios de los ochenta, los productores y los realizadores de este tipo de películas buscaron diversas fórmulas para extender su éxito, a sabiendas de que se trataba de un producto cuya fecha de caducidad se aproximaba a pasos agigantados. Una de las fórmulas utilizadas para lograr dicho objetivo, consistió en la creación de historias que utilizaran como telón de fondo diversas festividades como Halloween, el día de San Valentín, o la Navidad, entre otras. Fue dentro de este contexto que la productora TriStar Pictures le encomendó al director y escritor Charles E. Sellier Jr., que se hiciera cargo de filmar “Silent Night, Deadly Night”, cinta en la cual un adolescente trastornado lleva a cabo una masacre vestido de Santa Claus en plena víspera de Navidad. Aunque varios años antes ya habían representado al alegre gordinflón de rojo como un furioso asesino, primero en uno de los segmentos del film de la productora británica Amicus, “Tales From the Crypt” (1972), y luego en la mediocre “Christmas Evil” (1980), cuando la cinta de Sellier fue estrenada, la PTA (Asociación de Padres y Maestros) puso el grito en el cielo por la satanización de Papá Noel, y realizó una serie de protestas hasta que los ejecutivos de la TriStar accedieron a retirar la película de las salas de cine, la cual más tarde lograría ser distribuida de manera limitada por una compañía independiente.

En la cinta basada en la novela “Slayride”, del escritor Paul Caimi, y cuyo guión estuvo a cargo de Michael Hickey, el protagonista es Billy Chapman, un joven que se ve expuesto a una serie de situaciones traumáticas durante su niñez, las cuales eventualmente terminan empujándolo hacia los abismos de la locura. Su viaje hacia el horror comienza en 1971, en plena víspera de Navidad. Tras visitar a su abuelo que está internado en una institución psiquiátrica, y cuyas únicas palabras tienen relación con la actitud castigadora que según él Santa Claus tiene con los niños malos, Billy es testigo de cómo un ladrón vestido de Papá Noel le dispara a su padre para luego violar y asesinar su madre. Lamentablemente para él, su suerte tras este terrible hecho no mejora demasiado, ya que la Madre Superiora (Lilyan Chauvin) a cargo del orfanato al cual es enviado junto a su pequeño hermano, está convencida que el castigo severo es la mejor herramienta para educar a los niños. Es así como tras años de abusos, el joven Billy se convierte en un tímido y bienintencionado adolescente, el cual no puede impedir que afloren todos sus miedos y traumas durante una víspera de Navidad en la que se ve obligado a disfrazarse de Santa Claus en la tienda en la cual trabaja, lo que no solo libera todos sus demonios, sino que además lo embarca en una cruzada sangrienta en la que buscará castigar a todos aquellos que se han portado mal.


De manera inteligente, durante la primera mitad del film el director presenta las numerosas razones por las cuales una década más tarde, el pequeño Billy se convierte en un asesino maníaco cuya locura está estrictamente ligada a la época navideña. La exploración de la cruda infancia del protagonista no solo tiene por objetivo que el espectador comprenda las motivaciones del villano/antihéroe de turno, y que incluso empatice hasta cierto punto con él, sino que además sirve para que Sellier establezca la idea de que la violencia engendra violencia, y que la maldad no siempre está ligada a la genética como suele sugerirse en el género del horror. Sin embargo, lo que en el papel parece una buena idea, pronto se diluye en una seguidilla de excesos. No pasa mucho tiempo antes de que Billy pase de ser un personaje, a ser un mero recipiente de abusos, por lo que cualquier atisbo de profundidad que él pudo haber exhibido durante este segmento del relato, desaparece por completo durante la segunda mitad del film, donde se convierte en un personaje extremadamente unidimensional. Con esto, Sellier no solo echa por la borda la posibilidad de realizar un interesante estudio de personalidad, sino que además impide que el espectador demuestre verdadero interés en la evolución del protagonista.

El cambio de Billy es tan repentino, que da la impresión que el director bien podría haberse ahorrado gran parte de los primeros cuarenta minutos de metraje. La combinación de alcohol, un traje de Santa Claus y un acto sexual, es lo que finalmente termina convirtiendo al retraído joven en un autómata sediento de sangre, que repite incesantemente las palabras “Castigo” y “Desobediente” mientras asesina a sus víctimas. Claramente las palabras de la Madre Superiora a cargo del orfanato, quien aseguraba que el “castigo es necesario”, han quedado grabadas a fuego en la mente de Billy, quien no hace más que seguir la doctrina de quien lo educó. Sin embargo, no todos sus crímenes están guiados por este distorsionado sentido de la justicia y la rectitud. La mayoría de sus víctimas son gente inocente cuyo único error fue estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado. El discurso del asesino es claramente incoherente, aunque evidentemente esto poco importa cuando comienza la masacre. Ya en el último tramo de la película, Billy dedicará todos sus esfuerzos a eliminar a las dos figuras que convirtieron su infancia en una pesadilla, al mismo tiempo que la única persona que logró construir un nexo emocional con el muchacho, la Hermana Margaret (Gilmer McCormick), intenta detenerlo con la ayuda de la policía.


En el ámbito de las actuaciones, la gran mayoría del elenco realiza un trabajo bastante mediocre, con la sola excepción de Lilyan Chauvin, cuya interpretación de la sádica Madre Superiora ayuda a que la actriz se destaque por sobre el resto de sus colegas. Cabe mencionar que ninguno de los personajes que aparecen a lo largo del relato resulta ser ni ligeramente querible, lo que claramente impide que el espectador demuestre algún tipo de interés por lo que pueda sucederles. Por otro lado, si bien Charles E. Sellier Jr. aprovecha al máximo la buena factura de los efectos especiales al momento de construir las escenas de terror, en otras ocasiones deja en evidencia su nula experiencia como director, en especial cuando convierte secuencias dotadas de un cierto humor negro en ejercicios de mal gusto en su forma más pura. Probablemente el mejor ejemplo de esto, sea la escena en la cual un policía le dispara a un hombre vestido de Santa Claus en frente de varios de los niños del orfanato bajo la presunción de que se trata de Billy, solo para darse cuenta que ha asesinado a un sacerdote que no escuchó sus advertencias debido a su sordera.

Quizás el mayor pecado que comete Charles E. Sellier Jr. es intentar dotar a la película de una mayor profundidad dramática de la que en verdad necesita. El discurso moral que presenta la historia se ve extremadamente forzado, y finalmente termina convirtiéndose en algo demasiado simplista. Mucho se ha hablado también del discurso anti-católico que realiza el director, el cual si bien es interesante, a fin de cuentas no es más que una excusa para incluir un mayor número de escenas donde la crueldad ocupa un rol protagónico. “Silent Night, Deadly Night” no es el bodrio que algunos críticos afirman que es, pero tampoco cuenta con las virtudes necesarias para ser considerada como uno de los grandes clásicos del género. Por otro lado, aun cuando las escenas de violencia están correctamente escenificadas, no son realmente especiales o novedosas, y la gran mayoría de estas transcurre en un lapso de aproximadamente veinte minutos, por lo que los fanáticos del cine de terror pueden quedar con gusto a poco. Pese a todo, “Silent Night, Deadly Night” resulta ser una cinta entretenida, la cual quizás no hubiese tenido el impacto que tuvo de no ser por el escándalo orquestado por un grupo de padres, cuyo distorsionado sentido de la moralidad les impidió darse cuenta que el asesino del film no es Santa Claus, sino un psicópata que jamás entendió el espíritu navideño.

 

por Fantomas.
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