lunes, 29 de diciembre de 2014

Dark City: ¿Son los recuerdos la llave para descifrar el alma?

“Dark City” (1998), es una cinta de ciencia ficción del director Alex Proyas, la cual está protagonizada por Rufus Sewell, Jennifer Connelly y William Hurt.

John Murdoch (Rufus Sewell) despierta en una extraña habitación de hotel solo para descubrir que ha perdido su memoria y que es buscado por una serie de brutales asesinatos. Mientras intenta poner en orden las piezas de su pasado, comienza a ser perseguido por unos seres conocidos como “Los Extraños”, los cuales poseen la habilidad de alterar con su mente la conformación de la ciudad y a sus habitantes. Con el tiempo en contra, Murdoch tendrá que encontrar la forma de detener a sus perseguidores antes de que estos lleven a cabo su siniestro plan.

 

Luego de dudar de la existencia de todo lo conocido por el hombre, René Descartes eventualmente popularizó la frase “pienso, luego existo”, cuando intentaba sentar las bases de un principio de total certeza sobre el cual fundar su filosofía. Según su razonamiento, desde el momento que se reconoce que un determinado pensamiento emerge desde un punto que él llamaba “yo”, es indiscutible que ese “yo” existe. Sin embargo, aun cuando uno acepte la propuesta filosófica de Descartes, queda una pregunta por responder: ¿Quién soy yo? Dicha pregunta, la cual forma parte esencial de la identidad individual, durante mucho tiempo ha sido utilizada como una pieza fundamental dentro de los géneros del horror y la ciencia ficción. Por ejemplo, mientras que algunos films han postulado que la identidad reside en el cerebro y que continuará existiendo incluso luego de ser transferida a otro cuerpo, aunque las consecuencias resulten ser nefastas, como sucede por ejemplo en “Frankenstein Must Be Destroyed” (1969), otras cintas como “Dracula” (1931), exponen que el verdadero terror que experimentan las víctimas del vampiro no reside en la posibilidad de que este los asesine, sino que en el hecho de que los transforme en una versión distorsionada de ellos mismos. Por otro lado, producciones más recientes como por ejemplo “Total Recall” (1990), incluso postulan que no se puede estar seguro de la propia identidad cuando los recuerdos que constituyen dicha identidad pueden haber sido insertados de manera artificial. Buscando explorar el tema de la búsqueda de la identidad y como esta se correlaciona con la realidad que nos rodea, Alex Proyas en compañía de Lem Dobbs y David S. Goyer, escribieron un guión fuertemente influenciado por el género del film noir, el expresionismo alemán, la serie de televisión “The Twilight Zone” (1959-1964), y la obra de Kafka, entre otras cosas, el cual eventualmente titularían “Dark City”.

En gran medida, el film relata la historia de John Murdoch y de su gradual descubrimiento de la naturaleza de la ciudad en la que reside, y de una sociedad subterránea conocida como los “Extraños”. Como muchos héroes de la ciencia ficción, sus recuerdos están fragmentados en pedazos que parecen no tener sentido. Entre las pocas cosas que recuerda, se encuentra su esposa Emma (Jennifer Connelly), quien trabaja como cantante en un club nocturno, y un lugar llamado Shell Beach, en el cual aparentemente pasó parte de su infancia. Confundido y atemorizado, John de pronto se ve perseguido por la policía, específicamente por el Inspector Frank Bumstead (William Hurt), quien lo culpa del asesinato de varias prostitutas; por los Extraños, quienes lo ven como una amenaza para sus misteriosos planes, y por un extraño psiquiatra llamado Daniel Schreber (Kiefer Sutherland), cuyos motivos no están del todo claros. De manera inteligente, Alex Proyas utiliza la lógica del sueño para perseguir al protagonista mientras este intenta descubrir el misterio de su propia vida. En el transcurso de su particular investigación, Murdoch descubre que es el único humano que comparte la habilidad de los Extraños, la cual le permite utilizar su mente para alterar el universo físico que lo rodea. Irónicamente, entre más cosas descubre, son más las interrogantes que tendrá que responder. De manera ineludible, el principal problema que tendrá el protagonista para ejecutar dicha tarea será la imposibilidad de averiguar si sus recuerdos son reales, si su pasado realmente sucedió, o si la mujer que ama alguna vez existió.

 

Con respecto a todo lo antes mencionado, se desprende que el autoanálisis es un proceso al cual eventualmente se somete casi la totalidad de los personajes de la cinta. John Murdoch es un sólido ejemplo de un personaje cuyo principal objetivo termina siendo descubrir cuál es su verdadera identidad, lo que por momentos resulta ser una tarea prácticamente imposible. De la misma forma, los Extraños, quienes se explica que poseen una mente colectiva, parecen estar buscando por todos los medios obtener aquello que convierte a los humanos en seres únicos e irrepetibles, ya que del éxito de dicha misión depende su propia sobrevivencia. Es así como se postulan preguntas tales como: ¿qué es verdaderamente el alma? y ¿Los recuerdos influyen en la conformación de la misma? Por otro lado, resulta interesante la forma en como John Murdoch se convierte en la encarnación de un sentimiento de rebeldía contra el sistema, gatillado en gran medida por su resistencia al control que los Extraños han estado ejercido sobre los habitantes de la ciudad. Y es que durante el transcurso del film, el protagonista es perseguido tanto por la policía como por los Extraños, los cuales terminan convirtiéndose en símbolos de autoridad. De esta forma, John se rebela tanto contra la policía que busca encarcelarlo por crímenes que no cometió, como contra los Extraños, quienes desean someterlo a vivir una vida que no le pertenece.

Más allá del aspecto temático, es destacable la forma en como Alex Proyas estructura la historia. Desde el momento en el que el protagonista despierta desnudo en una tina a pocos metros de una prostituta muerta, se embarca en un viaje de descubrimiento que presenta nuevas pistas en cada esquina. Pequeñas cosas como una postal de “Shell Beach”, o un álbum de fotografías totalmente en blanco, se convierten en piezas claves para John a la hora de armar el rompecabezas de su existencia. Es en este contexto que se desarrolla una creciente sensación de paranoia a medida que el espectador se entera de los alcances de la relación existente entre la humanidad y una misteriosa sociedad subterránea de hombres de piel pálida. Lo que es aún más importante, es que Alex Proyas utiliza los efectos visuales no para cubrir posibles falencias narrativas, sino que para otorgarle una mayor profundidad a las revelaciones que van surgiendo a lo largo del film. Y es que bajo la superficie estilística sugerida por el director, existen una multitud de temas que invitan al espectador a pensar en los matices de lo que está sucediendo. Por ejemplo, al mismo tiempo que los villanos son humanizados más allá de lo esperado, las nuevas habilidades de John lo acercan peligrosamente a sus peculiares perseguidores. A raíz de esto, la línea que separa al protagonista y a sus enemigos se vuelve difusa, al punto que cuesta distinguir si sus motivos son realmente nobles o solo están alimentados por su propio egoísmo.

 

En el ámbito de las actuaciones, Rufus Sewell realiza una labor estupenda interpretando a John Murdoch, un hombre al cual le cuesta lidiar con los alcances de sus descubrimientos y con las consecuencias de sus nuevas habilidades. De igual manera resulta destacable la actuación de Jennifer Connelly como la acongojada esposa del protagonista, y la de William Hurt como el policía que eventualmente se abre a la posibilidad de que él y el resto de los habitantes de la ciudad han estado viviendo una mentira. Sin embargo, quien realmente se destaca por sobre el resto es Richard O´Brien, cuya interpretación del siniestro Señor Mano, quien es uno de los Extraños, resulta ser realmente memorable. Lo contrario sucede con Kiefer Sutherland, cuya interpretación del cobarde y traicionero Doctor Schreber por momentos resulta algo forzada y caricaturesca. En cuanto al aspecto técnico de la cinta, existe una complementación perfecta entre el trabajo de fotografía de Dariusz Wolski, el diseño de producción de George Liddle y Patrick Tatopoulos, la dirección de arte de Richard Hobbs y Michelle McGahey, y la banda sonora compuesta por Trevor Jones. Aunque resulta evidente la influencia estética del expresionismo alemán y el film noir, la intención de Tatopoulos a la hora de diseñar la ciudad era básicamente situar al espectador en un lugar extraño que tuviese algunos elementos identificables. Según el mismo diseñador: “La película tiene lugar en todos lados, y ocurre en ninguna parte. Es una ciudad construida con pedazos de otras ciudades. Un rincón de un lugar, y otro de algún otro sitio. De esta forma no sabes realmente donde estás. Una pieza se verá como una calle de Londres, pero una porción de la arquitectura se asemeja a la de Nueva York, y la base arquitectónica se asemeja a la de una ciudad europea. Tú estás ahí, pero no sabes dónde estás, que es exactamente lo que le ocurre al protagonista”.

En “Dark City”, el director Alex Proyas inunda la pantalla con referencias literarias y cinematográficas de autores tales como F. W. Murnau, Fritz Lang, Franz Kafka y George Orwell, entre otros, creando de esta forma un mundo único y extraordinario, pero sorprendentemente convincente. Es por esto que no resulta extraño que la cinta de Proyas replique lo hecho por Fritz Lang en “Metropolis” (1927), y se cuestione que es lo que nos convierte en humanos y por qué eso no puede ser cambiado por decreto. Y es que ambas producciones hablan de mundos falsos fabricados por sociedades ideales, y en ambas el sistema creado por quienes gobiernan es destruido por el corazón de los sometidos. Aun cuando “Dark City” no pretende resolver interrogantes de carácter filosófico y existencial, de todas maneras explora una serie de ideas complejas de una manera casi catártica, permitiendo que el espectador se cuestione acerca del mundo que lo rodea. A nivel técnico, el film es un verdadero logro de Alex Proyas y su equipo, ya que el director no solo crea un mundo visualmente envolvente y atractivo, sino que además se las ingenia para utilizar la estética al servicio de la historia. A raíz de esto, la película termina convirtiéndose en una verdadera experiencia cinematográfica, la cual curiosamente pasó casi desapercibida al momento de su estreno, y que tan solo con el correr de los años ha logrado obtener gradualmente el reconocimiento que merece.


por Fantomas.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Ransom aka The Terrorists: Terrorismo en la década del setenta.

“The Terrorists” aka “Ransom” (1974), es un thriller del director Caspar Wrede, el cual está protagonizado por Sean Connery, Ian McShane y Jeffry Wickham.

Un grupo de terroristas liderados por Ray Petrie (Ian McShane), secuestran un vuelo proveniente de Gran Bretaña cuando este se encuentra aterrizando en un país de Escandinavia. Todo esto ocurre al mismo tiempo que otros miembros del grupo terrorista, se encuentran recluidos en la casa del Embajador Británico Palmer (Robert Harris), a quien tienen como rehén. Para enfrentar la compleja situación, es asignado el implacable Coronel Nils Tahlvik (Sean Connery), quien no solo tendrá que velar por la vida de los rehenes, sino que también tendrá que hacer lo posible por evitar un inminente conflicto internacional.

 

Durante la primera mitad de la década del setenta, Sean Connery se caracterizó por participar en una serie de producciones algo eclécticas, entre las cuales estaban las recordadas y alabadas “The Offence” (1972) y “The Man Who Would Be King” (1975), y la cuestionable “Zardoz” (1974). Justo en medio de estos dos polos de calidad caería el thriller político “Ransom”, el cual sería dirigido por el realizador finlandés Caspar Wrede, quien hasta ese entonces había desarrollado gran parte de su carrera en televisión. Muchos años antes de que la palabra terrorismo adquiriera una importancia especial, y que el concepto se transformara en una amenaza latente a nivel mundial, en gran medida debido al infame atentado a las Torres Gemelas, en algunos lugares del mundo el terrorismo ya se presentaba como una espina que buscaba destruir ciertos consensos establecidos por la sociedad civilizada. Resulta importante recordar que el terrorismo no está limitado a un solo grupo de personas. Sujetos de todas las ideologías, colores, religiones y agendas, han utilizado el terror como una herramienta para lograr una determinada causa, realizar un llamado de atención, o hablar radicalmente contra un gobierno, solo por nombrar algunos motivos recurrentes. Por ejemplo, a principios de la década del setenta, Reino Unido veía como los miembros del Ejército Republicano Irlandés (IRA) se alzaban como un verdadero grupo terrorista en su búsqueda por combatir el colonialismo británico reinante en Irlanda. Basado en el creciente aumento de la violencia por parte de grupos como el IRA, el guionista Paul Wheeler desarrolló un guión que buscaba reflejar los peligros y las ramificaciones políticas de esta nueva amenaza, el cual eventualmente titularía “Ransom”.

El film de Wrede se centra en un grupo de terroristas, liderados por el temido Martin Shepherd (John Quentin), el cual ha secuestrado al embajador británico residente en un país ficticio de Escandinavia. Sus demandas son sencillas: el embajador será liberado una vez que varios de sus compañeros encarcelados sean dejados en libertad por las autoridades británicas. Ante la posibilidad de que sus planes se vean frustrados, otro pequeño grupo de terroristas liderados por un hombre llamado Ray Petrie, ha secuestrado un vuelo comercial repleto de pasajeros inocentes, a los cuales planea utilizar como moneda de intercambio en caso de que la situación de Shepherd se complique. Lamentablemente para los secuestradores, durante el aterrizaje del vuelo, en una arriesgada maniobra el piloto de dicho avión (Norman Bristow), inutiliza el tren de aterrizaje para que de esta forma la aeronave no pueda moverse de una de las pistas de aterrizaje, y las autoridades dispongan del tiempo suficiente como para evaluar las acciones a seguir. Ante la compleja situación, el Gobierno Británico decide aceptar cada una de las peticiones de los terroristas. Sin embargo, el experto en seguridad nacional local Nils Tahlvik tiene unas órdenes muy diferentes; sus superiores lo han autorizado a intentar frustrar el plan de los terroristas con la finalidad de capturarlos, antes de que las autoridades británicas les permitan salirse con la suya.

 

Con la intención de establecer los alcances de la amenaza terrorista existente en aquel entonces, “Ransom” comienza con una serie de imágenes de archivo de diversos ataques terroristas, tras lo cual la acción se traslada rápidamente a la residencia del Embajador Británico en el país escandinavo en el cual se desarrolla el film. Ataviados con unas medias sobre sus rostros, Martin Shepherd y sus compañeros se encargan de establecer sus demandas para posteriormente en el film, describir de manera bastante superficial los motivos que los han llevado a involucrarse en una violenta lucha contra un sistema que consideran corrupto. En la vereda contraria se encuentra Nils Tahlvik, un policía determinado e implacable con muy poca experiencia en situaciones ligadas al terrorismo, el cual no solo deberá lidiar con dos secuestros de manera simultánea, sino que además tendrá que buscar la forma de superar las presiones políticas que trae consigo la participación de diplomáticos tales como el gravemente enfermo Embajador Palmer, y el Capitán Frank Barnes (Jeffry Wickham), quien ha sido enviado por el gobierno Británico para supervisar toda la operación. Esto provoca que la situación se vuelva una verdadera batalla de ingenios entre los involucrados, especialmente entre Tahlvik y Petrie, quienes desde sus respectivas trincheras buscan la forma de doblegar a su rival.

Uno de los principales problemas de “Ransom” es el exceso de complicaciones que presenta un guión a ratos algo confuso, lo que provoca que el film pierda bastante intensidad a medida que se va desarrollando el conflicto. A raíz de esto mismo, existen algunas subtramas que de un momento a otro pierden total importancia, y lo que es peor, es que el hecho que desencadena la serie de situaciones en las que se ven involucrados Talhvik, el Capitán Barnes, y el resto de los personajes que interactúan en la cinta, a ratos se diluye al punto de convertirse casi en una anécdota. Sin embargo, el mayor problema que presenta el film de Wrede es que jamás se sumerge de lleno en la exploración de las consecuencias de los actos terroristas, por lo que el director no se toma la molestia de explorar la mentalidad y la ideología de los terroristas, ni tampoco de retratar la reacción de quienes se convierten súbitamente en sus rehenes, ni menos de mostrar las consecuencias políticas del accionar final del protagonista, el cual inevitablemente resulta algo errático y antojadizo, aun cuando se entiende que es su forma de demostrar su disconformidad con la peculiar manera en la que el Gobierno Británico parece estar combatiendo el terrorismo. Por otro lado, resulta a lo menos sorprendente la pasividad con la que los pasajeros del vuelo secuestrado se toman la situación en la que se ven envueltos, lo que provoca que se establezca una relación prácticamente cooperativa entre los rehenes y los terroristas, la cual termina mermando por completo el interés del espectador por los destinos de todos los involucrados.

 

En el ámbito de las actuaciones, el elenco en general realiza una labor correcta interpretando a un puñado de personajes que no pueden escapar de su propia unidimensionalidad. Sean Connery una vez más demuestra que es poseedor de una presencia magnética, lo que en cierta medida permite que el espectador perdone el hecho de que el escandinavo Coronel Talhvik posea un inconfundible acento escoses. Lo que vuelve medianamente interesante al protagonista, es que es un hombre que no solo se limita a seguir órdenes, sino que se atreve a investigar qué es lo que se oculta tras el riesgoso plan de los terroristas, aun a sabiendas de las consecuencias políticas y personales que podría causar su testarudez. Ian McShane por su parte, también realiza un buen trabajo interpretando a un terrorista frio y calculador, el cual termina siendo protagonista de una de las vueltas de tuerca más interesantes del film. En cuanto al aspecto técnico de la producción, no solo resulta destacable el estupendo trabajo de fotografía de Nils Nykvist, en especial durante una secuencia de persecución aérea que se desarrolla en medio de unas montañas nevadas, sino que además la efectiva banda sonora del compositor Jerry Goldsmith, pese a no ser una de las creaciones más memorables del elogiado músico.

Dentro de las cosas positivas de “Ransom”, se pueden destacar una serie de interesantes escenas en las cuales los protagonistas discuten acerca de las ventajas y las desventajas de las diferentes tácticas de negociación con los terroristas. Es así como se contrarrestan los beneficios de ceder ante sus demandas y salvar de esa forma las vidas de decenas de inocentes sin la necesidad de derramar de sangre, con las desventajas de intentar frustrar sus planes, para así no sentar un precedente que sería nefasto para un país pequeño como el que sirve de escenario para esta película. Y es que ni Tahlvik ni sus superiores desean convertirse en el blanco de futuros ataques terroristas, por lo que harán todo lo que esté a su alcance para demostrar que tienen cero tolerancia con el terrorismo. Más allá de eso y de la sorpresiva vuelta de tuerca final de la cinta, “Ransom” no es más que un thriller político promedio. A todo lo antes mencionado, no ayuda el hecho de que el guión confine al personaje interpretado por Connery a una oficina, la cual se convierte en el centro de operaciones desde el cual intenta superar en ingenio a los terroristas. Lamentablemente para cuando él se mete de lleno en la acción, ya es demasiado tarde. Aunque evidentemente existen thrillers de temáticas similares mejor confeccionados que el film de Caspar Wrede, este a lo menos funciona como una suerte de cápsula temporal del terrorismo reinante en la década del setenta, el cual según la particular visión del director, parecía ser un terrorismo bastante más inofensivo que el existente hoy en día.


por Fantomas.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Westworld: Bienvenido a las mejores vacaciones de tu vida.

“Westworld” (1973), es un film de ciencia ficción del director Michael Crichton, el cual está protagonizado por Yul Brynner, Richard Benjamin y James Brolin.

En un futuro cercano, un parque de diversiones llamado Delos ofrece a sus clientes la posibilidad de vivir sus fantasías gracias a la utilización de sofisticados robots de apariencia humanoide. Con la esperanza de protagonizar una aventura del lejano oeste, Peter Martin (Richard Benjamin) y John Blane (James Brolin) se alistan para lo que prometen ser las mejores vacaciones de su vida. Sin embargo, luego de una grave falla mecánica en el lugar, ellos se verán obligados a enfrentarse a un letal robot pistolero (Yul Brynner) que buscará asesinarlos cueste lo que cueste.

 

A principios de la década del setenta, cuando el escritor Michael Crichton vio como Hollywood comenzaba a demostrar un marcado interés por su obra, este decidió que quería probar suerte como director. A sabiendas que los estudios solo lo tomarían en serio si presentaba un proyecto ligado a la ciencia ficción, durante el mes de Agosto de 1972, Crichton desarrolló un guión que buscaba explorar los peligros de la creciente dependencia de la sociedad en la tecnología. Una vez terminado, rápidamente se lo presentó a todos los grandes estudios con la esperanza que alguno quisiera llevarlo a la pantalla grande. Tras una serie de rechazos, eventualmente el proyecto sería aceptado por los estudios MGM, quienes designaron a Dan Melnick como jefe de producción. Esto no dejaría del todo contento al escritor, ya que estaba al tanto de las exigencias comerciales del estudio. Según el mismo Crichton: “MGM tenía una mala reputación entre los cineastas; en los últimos años, directores tan diversos como Robert Altman, Blake Edwards, Stanley Kubrick, Fred Zinnerman y Sam Peckinpah, se habían quejado amargamente por el trato que recibieron. Existían demasiadas historias de presiones poco razonables, cambios de guión arbitrarios, post-producciones inadecuadas, y recortes repentinos de cintas terminadas. Nadie que tuviera alguna alternativa realizaba una película en la Metro, pero en aquel entonces nosotros no teníamos alternativa. Dan Melnick nos aseguró que no estaríamos sujetos al trato usual de la MGM. En gran medida, él respetó esa promesa”. Pese a la intervención de Melnick, Crichton tuvo que lidiar con repentinos cambios en el guión, con el hecho de que no tuvo ni el más mínimo control sobre la elección del elenco, y con el escaso presupuesto con el que contó el film, el cual en su gran mayoría se gastó en los sueldos de los profesionales involucrados.

La historia de “Westworld” está ambientada en un parque temático creado por la corporación Delos. Por mil dólares al día, Delos ofrece la experiencia de vivir diversas y salvajes fantasías en una de sus tres arenas: Mundo Romano, Mundo Medieval y Mundo del Oeste. Los visitantes pueden comer, beber, tener sexo y asesinar en cualquiera de estos tres periodos históricos, sin la preocupación de resultar heridos en el proceso. Y es que cada uno de estos mundos está habitado por androides que han sido programados para satisfacer todas las necesidades de los turistas, objetivo que también es controlado por un grupo de técnicos quienes supervisan todo lo que ocurre en el recinto desde una tecnológica sala de control central. Con la idea de pasar las mejores vacaciones de sus vidas, dos amigos llamados Peter Martin y John Blane, llegan al Mundo del Oeste con la intención de actuar como dos forajidos de la época. Si bien al principio todo parece perfecto, y la dupla de amigos tienen la posibilidad de participar en duelos a muerte, trifulcas de bar, e incluso en una explosiva fuga de prisión, todo se complicará cuando un robot pistolero parece rehusarse a dejarlos tranquilos. Lo que es aún peor, es que por una serie de averías mecánicas, en cada uno de los mundos los androides comienzan a rebelarse de manera violenta, dejando a Peter, John y al resto de los turistas, abandonados a su propia suerte.

 

Aun cuando el guión de Crichton no desarrolla este tema, es posible inferir que lo que Delos realmente comercializa es violencia, muerte y adulterio. Dentro de este contexto, los androides se convierten en metáforas de opresión, por lo que su revuelta termina siendo una respuesta lógica a la explotación a la que están siendo sometidos. Al mismo tiempo, Delos también está vendiendo un sueño hollywoodense en el que el machismo y la misoginia parecen sentar las bases de la realidad en la que se desenvuelven los protagonistas. Y es que no solo las mujeres son reducidas a meros objetos sexuales, sino que además aun cuando existen algunos personajes secundarios femeninos, el film opta por ignorar por completo sus experiencias al interior del particular parque temático. Por otro lado, resulta interesante la forma en como “Westworld” satiriza los mitos propios del lejano oeste desde el prisma de la ciencia ficción. Esto en gran medida es logrado por Crichton mediante el entrelazado del proceso de adaptación de la dupla protagónica a la experiencia del lejano oeste, y el trabajo de los ingenieros y los científicos en sus laboratorios y en las salas de control, dejando en evidencia la artificialidad de todo el asunto. A través de dicha dinámica, el director de manera pausada va construyendo el escenario en el cual debido a una serie de fallas mecánicas, las cuales son ignoradas por las fuerzas capitalistas que manejan el parque temático, todo se sale de control. Aun cuando estas fallas jamás logran ser justificadas de forma satisfactoria, Crichton introduce el concepto de un virus de computadora, el cual cobra especial importancia porque resulta ser casi profético, ya que recién a mediados de la década del ochenta se empezó a hablar de este tipo de inconvenientes tecnológicos.

Estilísticamente hablando, Crichton crea una lograda atmósfera del lejano oeste gracias al uso correcto de diversos clichés de la época retratados con anterioridad en numerosas producciones hollywoodenses. Por ejemplo, los tiroteos son igualmente violentos que los exhibidos en las películas de Sam Peckinpah, y las peleas en el bar son lo suficientemente caóticas como para enorgullecer a John Ford. Aun cuando existe un evidente grado de respeto y admiración por las características propias del Western, de todas formas el director no pierde la oportunidad de satirizar el machismo reinante en el lejano oeste, a través de la inclusión del personaje interpretado por Richard Benjamin. En un principio, los gestos neuróticos y el acento neoyorquino de Peter Martin lo sitúan como un hombre obligado a desenvolverse en un mundo extraño el cual no comprende del todo. Una vez que Martin supera su incomodidad inicial, y es capaz de disfrutar su participación en duelos a muerte, sus encuentros sexuales con prostitutas androides, y el whisky de dudosa procedencia, comienza a disfrutar sus particulares vacaciones a sabiendas de los peligros que supone dar rienda suelta a sus más oscuros deseos. Afortunadamente, su transición entre un hombre acongojado por la reciente separación de su esposa y un pistolero implacable e inescrupuloso, resulta tan creíble como su posterior transición en un hombre dominado por el pánico y la confusión, el cual tendrá que encontrar la forma de lidiar contra una amenaza que parece ser indestructible.

 

En general, la selección del elenco resulta destacable. Y es que no solo la interpretación de Richard Benjamin termina siendo satisfactoria, sino que además la elección de Yul Brynner resultó ser más que acertada. El actor ya había logrado establecerse como un ícono del Western gracias a su participación en el film “The Magnificent Seven” (1960), por lo que para el espectador no resulta difícil aceptarlo como la encarnación del pistolero clásico. Lo que es aún mejor, es que su rostro inexpresivo y su fría mirada ayudan a convertirlo en un robot convincente y aterrador. De forma inteligente, Crichton filma diversas escenas utilizando el punto de vista del androide, lo que de inmediato le otorga al personaje un interesante grado de autonomía y subjetividad. A su vez, la secuencia final de persecución está casi exenta de diálogo, lo que definitivamente aumenta la tensión de la peculiar batalla entre el hombre y la máquina. Será en este escenario que Martin tendrá que hacer uso de su ingenio si es que desea salir con vida de Delos, ya que no tardará en verse en desventaja ante la eficiencia y la fuerza del implacable y vengativo pistolero mecánico. Por otro lado, en cuanto al aspecto técnico del film, sin lugar a dudas resulta destacable la dirección de arte de Herman Blumenthal, el diseño de decorados de John P. Austin, y el trabajo de fotografía de Gene Polito, quienes en conjunto logran que el espectador participe activamente junto a los protagonistas en la tarea de sumergirse en el violento mundo del lejano oeste.

El horror en un film no siempre está definido por lo mucho que los miembros de la audiencia se aterran con el contenido de la película, sino que por el terror intrínseco que posee el concepto de una determinada historia. Pese a que la primera mitad de “Westworld” posee una serie de elementos propios de una comedia del lejano oeste, eventualmente el núcleo dramático sale a la luz revelando los miedos contenidos en el guión de Crichton, el cual es posiblemente el mejor y más eficiente ejemplo de sus temáticas tecnofóbicas. Entre otras cosas, el director propone las siguientes interrogantes: ¿Hasta qué punto el hombre está colaborando en el diseño de su propia destrucción? ¿La inteligencia artificial puede convertir a la humanidad en algo obsoleto? ¿En algún momento la humanidad va a crear algo tan perfecto que va a sobrepasar la capacidad del hombre para controlarlo? ¿Y seremos capaces de reconocer cuando sobrepasemos ese límite? Obviamente, “Westworld” no sería el primer film que examinaría dichas interrogantes, ni tampoco sería el último, pero el hecho de que estás persistan en la actualidad sugiere que la sociedad aún conserva cierta reservas acerca de los avances tecnológicos que tan a menudo celebra. Al final del día, la capacidad demostrada por Crichton a la hora de reconocer y aceptar la iconografía, las convenciones, y las expectativas propias de los géneros que se mezclan durante el transcurso de la cinta, convierten a “Westworld” en una experiencia tan divertida como aterradora. Algunos años más tarde, se filmaría una secuela titulada “Futureworld” (1976), la cual pese a contar con Brynner retomando su rol, no alcanzaría los niveles de calidad de su predecesora.


por Fantomas.
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