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domingo, 26 de julio de 2015

The Hot Rock: Robar un diamante nunca fue tan difícil.

“The Hot Rock” (1972), es una comedia del director Peter Yates, la cual está protagonizada por Robert Redford y George Segal.

Cuando un ladrón llamado John Dortmunder (Robert Redford) se entera que un enorme y peculiar diamante está esperando ser robado en un museo de Manhattan, reúne a un grupo de colegas para intentar hacerse con la piedra. Sin embargo, aun cuando Dortmunder y compañía realizan una cuidadosa planificación del atraco, pronto se darán cuenta que cumplir con su objetivo se convertirá en una tarea mucho más difícil de lo que jamás hubiesen imaginado.

 
A fines de la década del sesenta y durante gran parte de la década del setenta, el director británico Peter Yates rodó una serie de cintas que gozaron de una gran popularidad, entre las que se encuentran “Bullit” (1968), “The Friends of Eddie Coyle” (1973), “Mother, Jugs & Speed” (1976), “Breaking Away” (1979) y “The Hot Rock” En el caso de esta última, la cual está basada en la novela del mismo nombre del escritor Donald E. Westlake, quien durante el transcurso de los años publicó una serie de trabajos que presentaban al desafortunado ladrón profesional John Archibald Dortmunder como protagonista, lo que le permitió demostrar su habilidad a la hora de crear personajes queribles ligados al mundo del crimen, los cuales habitualmente se veían sumergidos en tramas extravagantes. Con el fin de adaptar la novela de Westlake, Yates se asoció con el guionista William Goldman, responsable del guion de “Butch Cassidy and the Sundance Kid” (1969), film que en gran medida fue el responsable de catapultar a Robert Redford al estrellato. Cabe mencionar que el actor y el guionista mantendrían una lucrativa relación laboral y creativa hasta el conflictivo rodaje de “All the President´s Men” (1976), donde los problemas tras las cámaras terminarían por separarlos. Curiosamente, Redford en más de una ocasión ha declarado que accedió a participar en “The Hot Rock” básicamente porque en aquella época se encontraba en una difícil situación económica. Además de eso, a Redford le entusiasmaba trabajar con George Segal, quien inicialmente iba a protagonizar el film en compañía de George C. Scott, cuyo alto salario terminó sacándolo de la producción.

En “The Hot Rock”, John Dortmunder lleva solo dos minutos fuera del recinto penitenciario en el cual cumplió su más reciente condena, cuando comienza a ser perseguido por un vehículo manejado por su incompetente colega y cuñado Kelp (George Segal), quien desea incluirlo en un nuevo trabajo. El objetivo es un diamante que se encuentra en exhibición en un museo de Nueva York, el cual desea ser recuperado por un embajador africano conocido como el Dr. Amusa (Moses Gunn), ya que en su nación natal la gema es venerada como un artefacto religioso. Para llevar a cabo el robo, Dortmunder y Kelp reclutan a Stan Murch (Ron Leibman), un loco por los vehículos que en sus ratos libres escucha grabaciones de carreras de autos, y a Allan Greenberg (Paul Sand), quien es un experto fabricante de explosivos domésticos. Es así como Dortmunder idea un plan que consiste en desviar la atención de los guardias del museo provocando un accidente automovilístico falso, para que de esta forma él y Kelp puedan extraer el diamante que se encuentra en una bóveda de vidrio fortificado. Aunque en un principio el atraco sale según lo planeado, las complicaciones que sufre el grupo de ladrones alerta a los guardias del museo, los cuales eventualmente acorralan a Greenberg, quien opta por tragarse el diamante antes de ser arrestado. Es entonces cuando comienzan los verdaderos problemas para Dortmunder y compañía, quienes ahora tendrán que encontrar la forma de sacar a Greenberg de prisión si desean que este les diga que ha hecho con el cada vez más esquivo diamante.

 
William Goldman realiza un gran trabajo adaptando la novela al formato cinematográfico, ya que al mismo tiempo que plasma de manera fiel gran parte de la trama del libro de Westlake, se las arregla para agregar pasajes completamente originales que mantienen el espíritu de la novela. Mientras que algunos de los cambios que realiza el guionista son meramente cosméticos, como por ejemplo reemplazar la esmeralda que persigue el Dortmunder literario por un diamante, otros responden al proceso natural de síntesis propio de una adaptación literaria, entre los que se encuentra la reducción de los seis atracos originales a tan solo cuatro (lo que queda plasmado en el titulo con el cual la película fue distribuida en Inglaterra, “How To Steal A Diamond in Four Uneasy Lessons”), y la omisión del cerrajero experto Roger Chefwick, quien también formaba parte del grupo de ladrones en la novela. Junto con esto, el Dortmunder de Redford resulta ser un poco más inteligente que su contraparte literaria, y el personaje interpretado por Paul Sand pasa de ser un mujeriego empedernido, a un tipo tímido dominado por su poco confiable padre, el abogado Abe Greenberg (Zero Mostel). Por otro lado, uno de los toques cómicos más destacables de “The Hot Rock”, es el hecho de que Dortmunder sufra de gastritis, lo que según el doctor que se la diagnóstica, es provocada debido a que el ladrón es “del tipo silencioso”, lo que lo lleva a internalizar su estrés. Esto no solo es objeto de burla por parte de Kelp, quien siempre había admirado los supuestos nervios de acero de su colega, sino que además se presenta como una debilidad que convierte al protagonista en un personaje vulnerable y dañado, lo que eventualmente puede provocar que uno de sus complejos planes se termine desmoronando junto con su aparente tranquilidad.

Por otro lado, los actos delictuales posteriores al atraco inicial al museo, el que dicho sea de paso es rodado por Yates con un cuidado metódico por los detalles, y utilizando el silencio como herramienta para aumentar la tensión de la maniobra llevada a cabo por Dortmunder y compañía, son en gran medida los responsables de dotar al film de un encanto especial que lo distancia de otras producciones con temáticas similares. El hecho de que cada acto delictual sea más descabellado que el anterior, combinado con la curiosa mezcla de personalidades que ostentan los cuatro atolondrados criminales, contribuye a que se cree un efecto cómico bastante atractivo que rápidamente captura al espectador. Algo que si llama la atención con respecto a los crímenes cometidos por los protagonistas, es la “inocencia” que rodea la ejecución de sus descabellados planes. Por ejemplo, cuando Dortmunder y Kelp intentan sacar a Greenberg de prisión, resulta a lo menos curiosa la facilidad con la que se infiltran en el recinto penitenciario en el que se encuentra recluido su compañero, como también resulta curiosa la escasa resistencia que pone la totalidad de los agentes de la ley pertenecientes a un departamento de policía que eventualmente los protagonistas tienen que atacar en su loca búsqueda del diamante. Pese a esto, la verdad es que Yates maneja las secuencias con tanta elegancia, y hace tan buen uso de las personalidades de los protagonistas, explotando incluso la potencial úlcera de Dortmunder como una herramienta generadora de suspenso, que la “sencillez” con la que los criminales llevan a cabo sus planes termina siendo prácticamente un dato anecdótico que no afecta la experiencia.


Gran parte del éxito de la fórmula empleada por Yates y Goldman descansa en la gran actuación de la totalidad del elenco participante. Mientras que Redford dota a Dortmunder de un carisma innegable al interpretarlo como un ladrón con una seguridad y una frialdad increíble a la hora de planificar los crímenes, características que posteriormente pierde casi por completo cada vez que entra en acción, Segal actúa como el tipo positivo del grupo, quien no duda en expresar la admiración que siente por su amigo y cuñado. Ron Leibman por su parte, se destaca como Stan Murch, quien es retratado como un tipo energético, temerario y obsesionado con cualquier cosa que tenga motor, lo que se contrasta con el personaje interpretado por Paul Sand, cuya torpeza natural y su actitud reservada y algo neurótica, lo convierten en el eslabón más débil del grupo. Por último, es necesario mencionar la impecable actuación de Zero Mostel, quien durante su carrera se caracterizó por interpretar personajes cómicos con un profesionalismo envidiable. Por otro lado, en lo que respecta al aspecto técnico de la producción, esta cuenta con el correcto trabajo de fotografía de Edward R. Brown, la jazzística y por sobre todo efectiva banda sonora del compositor Quincy Jones, y el maravilloso trabajo de edición de Fred W. Berger y Frank P. Keller, el cual le valió a la dupla una nominación al Oscar.

Según Donald E. Westlake, el guion original de Goldman incluía el climático final en el aeropuerto que aparecía en la novela, pero finalmente este tuvo que ser cambiado por las similitudes que tenía con el final otra de las cintas de Yates, el aclamado thriller policial “Bullit”. A raíz de esto, Goldman se inclinó por un final abierto, cuyos espacios en blanco pudiesen ser llenados por el espectador. “The Hot Rock” tiene una serie de momentos memorables, su elenco se complementa de manera espléndida, y Yates maneja con habilidad un guion inteligente y divertido, lo que pone sobre la mesa la interrogante de por qué el film no es considerado como uno de los grandes clásicos del cine centrado en espectaculares robos. Quizás esto se deba a que por un lado, nunca se logra establecer una motivación lo suficientemente convincente como para que Dortmunder continúe persiguiendo incansablemente su objetivo, más allá de argumentar que si no logra hacerse con el diamante, una maldición caerá sobre él. Al mismo tiempo, la tendencia de la película de repetirse a sí misma y dedicarle tiempo a escenas innecesarias que buscan profundizar en el desarrollo de los personajes, le impiden a la producción convertirse en un clásico del género ya que esto afecta su dinámica, ralentizando un relato de naturaleza frenética. Curiosamente, el mismo Redford en una ocasión se encargó de indicar lo que según su opinión, era uno de los grandes problemas del film, y que tenía que ver con la nacionalidad y la filmografía de Yates: “Su especialidad era la acción”, declararía el actor, “y esto era una comedia. El problema es que él no entendía nuestro humor”. Más allá de estos detalles y de la cuestionable afirmación de Redford, la reputación de “The Hot Rock” ha mejorado con el paso de los años, y hoy en día es reconocida como una película inteligente y divertida, que aporta con un toque de originalidad y locura a un género tan frecuentemente explotado.


por Fantomas.

sábado, 18 de julio de 2015

Kiss Kiss Bang Bang: El debut como director de Shane Black.

“Kiss Kiss Bang Bang” (2005), es una comedia de misterio del director Shane Black, la cual está protagonizada por Robert Downey Jr., Val Kilmer, y Michelle Monaghan.

Harry Lockhart (Robert Downey Jr.) es un ladrón que tras un golpe de suerte, es llevado a Los Ángeles para participar en una prueba de cámara para una producción hollywoodiense. Sin embargo, tras algunos malos entendidos se ve involucrado en la investigación de un par asesinatos junto a la chica de sus sueños (Michelle Monaghan), y un detective (Val Kilmer) que lo ha estado entrenando para su futuro papel.

 

El guionista Shane Black comenzó cimentar su reputación a temprana edad en Hollywood. Cuando solo tenía 26 años, Black escribió el guion de “Lethal Weapon” (1987), cinta que en cierta medida funcionó como la precursora de un subgénero denominado como “buddie movies”, que no es otra cosa que esas películas de compañeros obligados a trabajar juntos con tal de lograr un objetivo en común pese a sus gigantescas diferencias. Tras este prometedor inicio, a fines de los ochenta y principios de los noventa, Black logró establecerse como una suerte de gurú del cine de acción gracias a su trabajo en films como la incomprendida “Last Action Hero” (1993), y las subvaloradas “The Last Boy Scout” (1991) y “The Long Kiss Goodnight” (1996). Tras años de estar tras las cámaras, con “Kiss Kiss Bang Bang”, título que alude a la recopilación de artículos de la crítica cinematográfica Pauline Kael publicada en 1968, Shane Black por fin hacía su debut como director, filmando una historia que rescataba el subgénero que él había ayudado a crear, y que a la vez funcionaba como un llamativo homenaje a las tramas de las novelas pulp con las que él creció. Curiosamente, aunque Black había decidido adaptar la novela “Bodies are where you find them”, del escritor Brett Halliday, le tomó más de un año escribir el guion por encontrarse con un bloqueo creativo. Lo que es peor, es que cuando terminó de escribirlo, su reputación de poco sirvió a la hora de conseguir financiamiento para su proyecto. Eventualmente sería Joel Silver, el mismo productor que se fijó en el guion de “Lethal Weapon”, quien aceptaría financiar la cinta.

En “Kiss Kiss Bang Bang”, el protagonista es un ladrón de poca monta llamado Harry Lockhart, quien al inicio del film irrumpe en una tienda para conseguirle un juguete a su sobrina. Cuando Harry y su compañero de fechorías se disponen a abandonar el lugar, son tiroteados por una civil, quien termina hiriendo a Harry y asesinando a su cómplice. Con la policía tras sus talones, Lockhart se refugia en un edificio cercano solo para percatarse que de forma accidental se ha involucrado en una audición para una película hollywoodiense. Como el guion se asemeja a su experiencia reciente, él expresa toda su frustración y su ira por lo sucedido, lo que impresiona al productor Dabney Shaw (Larry Miller), quien decide llevarlo a Hollywood para una prueba de cámara, no sin antes pedirle que haga equipo con un detective apodado Gay Perry, para que así obtenga algo de experiencia real que pueda ayudarlo con su nueva carrera en la actuación. En otro punto de la ciudad de Los Ángeles vive Harmony Faith Lane, quien inspirada por la serie de novelas del detective “Johnny Gossamer” que leía cuando pequeña, continúa probando suerte como actriz sin demasiado éxito. Será el destino el encargado de reunir a estos dos personajes, quienes además fueron amigos durante la infancia. Impulsado por la atracción que Harry siempre ha sentido por Harmony, este decide mentirle y asegurarle que ahora trabaja como detective privado, lo que será de gran utilidad para la aspirante a actriz cuando su hermana es encontrada muerta en un hotel. Ahora, involucrado en dos casos de asesinato, Lockhart y compañía se verán envueltos en una trama plagada de intrigas, cadáveres, tiroteos y sorpresas, de la cual puede que no logren salir con vida.

 

Básicamente, “Kiss Kiss Bang Bang” es un ejercicio de irreverente reciclaje, en el que Black toma elementos de la novela y el cine negro de los años cuarenta, para fusionarlos con la comedia y la esfera artificial de la industria cinematográfica hollywoodiense. Es por esto que no resulta extraño que los personajes sigan la metodología de un detective ficticio protagonista de unas novelas pulp, el cual es una clara referencia a los personajes creados por Raymond Chandler o Dashiell Hammet, o que el protagonista oficie como un peculiar narrador que no solo omite algunos detalles de su relato, sino que también equivoca su discurso solo para corregirlo algunos segundos más tarde. De la misma forma, Black toma como inspiración los trabajos de Chandler a la hora de dividir de manera episódica el film, precisamente como si se tratara de una novela. Por otro lado, que el héroe de turno sea un ladrón de poca monta que ha sido puesto al amparo de un detective homosexual con el fin de preparar un papel, y que además finja ser un detective privado rudo y sagaz, resulta ser un constructo sumamente original que permite que el espectador rápidamente se identifique con él, principalmente porque funciona como una extensión de una audiencia deseosa de perderse en un mundo completamente ajeno a su realidad. La peculiar mezcla de influencias de las que bebe el guion, facilita que este se traduzca en una trama impredecible que gira en torno a dos cadáveres y que no huye a ningún tópico genérico; suicidios, mentiras, asesinatos, traiciones, torturas, oscuros secretos familiares y curiosas alianzas, pueden ser encontrados a lo largo del relato de Harry Lockhart.

Aun cuando Black se ha especializado en relatos que estudian los lazos masculinos, “Kiss Kiss Bang Bang” no está exenta de la presencia de una femme fatale de ambigua moralidad, incierta fidelidad y nombre sugerente. Harmony Faith Lane se las arregla para igualar tanto en ingenio como en sarcasmo a sus dos compañeros de aventuras, aunque esto al final del día termine exponiendo uno de los principales problemas del film. En gran medida, la relación que se establece entre Harmony y Harry funciona mediante una dinámica marcada por las bromas y los malos entendidos, elementos que se suceden con una velocidad tal que no dejan demasiado espacio para el desarrollo de los personajes o de la trama, lo que también provoca que por momentos el relato gire en círculos mareado por su propia exuberancia. De hecho, en un segmento de la película se repite la misma secuencia de eventos a los menos en dos oportunidades: los protagonistas concluyen que se han topado con un callejón sin salida que no les permite continuar con su investigación; posteriormente se separan, solo para eventualmente contactarse por teléfono para notificarle al resto que han descubierto algo vital para la solución del caso. Probablemente, la razón de esta suerte de déjà vu narrativo responda a que las múltiples separaciones y reuniones que experimentan los protagonistas, se presentan como una gran oportunidad para que Black despliegue su talento con los juegos de palabras y los diálogos inteligentes.

 

Robert Downey Jr. realiza un estupendo trabajo como Harry (y el narrador). El hecho de que el protagonista esté consciente de que está participando de una película, es sencillamente brillante, ya que contribuye a que su narración de los acontecimientos apunte hacia los clichés de Hollywood, los giros de tuerca de la trama, y los elementos que posteriormente cobrarán cierta importancia en la historia. Al mismo tiempo, su química con el personaje interpretado por Val Kilmer es sencillamente explosiva. Son ellos, sus diferencias, sus motivaciones y sus coloridas personalidades, la mejor prueba de porqué a Shane Black se le considera como el arquitecto de las ya mencionadas “buddie movies”. Michelle Monaghan por su parte, interpreta de buena manera a una mujer que es ruda, sexy e independiente, aun cuando a los ojos de Harry es una suerte de damisela en desgracia a la cual debe rescatar. Gracias a su particular personalidad y a su despampanante belleza, el espectador rápidamente comprende la razón por la cual el protagonista la considera la chica de sus sueños. En cuanto al aspecto técnico de la producción, esta cuenta con el magnífico trabajo de fotografía de Michael Barrett, el cual contribuye a otorgarle el toque “noir” al film, y con la efectiva banda sonora del compositor John Ottman, cuyo aire retro viene a reforzar la idea de que “Kiss Kiss Bang Bang” es un producto que funciona como homenaje y como parodia de las tramas detectivescas clásicas.

“Todo lo que necesitas para realizar una película es una chica y una pistola”, dijo Jean-Luc Godard en una ocasión cuando se encontraba promocionando el film “Bande à part” (1964), aludiendo a lo que el público necesitaba para ir a las salas de cine. Algunos años más tarde, la ya mencionada Pauline Kael depuró esa idea luego de ver el afiche de una película en Italia cuya traducción era “Kiss Kiss Bang Bang”. “Estas cuatro palabras”, afirmó ella, “son quizás la declaración más breve imaginable del atractivo básico de las películas. El atractivo es lo que nos atrae y lo que finalmente nos desespera cuando empezamos a darnos cuenta que rara vez las películas son algo más que eso”. En gran medida, el film de Shane Black es el típico caso de “estilo sobre sustancia”, lo que no le permite igualar lo realizado por cintas como “The Big Lebowski” (1998) y “The Long Goodbye” (1973), las cuales se alzan como dos exitosos ejercicios de reformulación de los misterios propios del cine negro, como odiseas cómicas que se mantienen fieles a la ironía pesimista y al fatalismo contagioso propio del género. Pese a esto, “Kiss Kiss Bang Bang” se destaca por ser una película con un timing cómico impecable, plagada de momentos brillantes y excesivos. Con una trama que es macabra, original y divertida por partes iguales, es imposible no percatarse de la elegancia autoparódica que ostenta el film de Black, que con el tiempo se ha convertido en una verdadera obra de culto.

por Fantomas.

lunes, 30 de marzo de 2015

Millions: Varios santos, cientos de libras y una pareja de niños.

“Millions” (2004), es una comedia del director Danny Boyle, la cual está protagonizada por Alex Etel, Lewis McGibbon y James Nesbitt.

Cuando el asalto a un tren sale mal, una enorme valija llena de libras esterlinas cae desde el cielo y aterriza en las manos de un niño de siete años llamado Damian (Alex Etel), y de su hermano mayor Anthony (Lewis McGibbon). En este caso, solo hay una cosa que puede hacerse: gastarlas como si no hubiera un mañana. Y esto por una sencilla razón: en doce días, Gran Bretaña adoptará el Euro y todas las libras esterlinas irán a parar al incinerador.

 

A principios de la década del 2000, el escritor y guionista Frank Cottrell Boyce se embarcó en un ambicioso proyecto que involucraba la confección de un guión que sería filmado por el director británico Danny Boyle, y su posterior adaptación al formato literario, el cual sería publicado a la par con el estreno del film. “Ahora parece algo sacado de la ciencia ficción”, musita Boyce en el audio comentario presente al inicio del DVD de “Millions”. Durante ese mismo audio comentario, ambos recuerdan los esfuerzos que tuvieron que realizar para estrenar la cinta a tiempo, justo cuando Gran Bretaña estaba considerando adoptar el Euro tal y como lo habían hecho gran parte de los países pertenecientes a la Unión Europea (cosa que aún no sucede). “No es culpa del dinero que este sea robado”, declara en un pasaje del film Anthony Cunningham, quien a sus nueve años de edad es bastante más realista que su pequeño hermano de siete años, Damian. Por lo tanto, no es culpa de ellos que un bolso que contiene 265.000 libras esterlinas, el cual cayó de un tren en movimiento directamente sobre el lugar de juego de Damian, ahora se encuentre escondido debajo de su cama. Esa es precisamente la lógica que Boyle y Boyce utilizan para reflejar una realidad que va más allá de un simple hito financiero que marcó una época, y que busca explorar las formas maravillosas en como los niños ven el mundo.

Como se menciona anteriormente, “Millons” se centra en Damian y Anthony, quienes se han mudado junto a su padre (James Nesbitt), el cual ha enviudado recientemente, a un nuevo suburbio ubicado en las afueras de Liverpool. Mientras se encuentran en pleno proceso de mudanza, para matar el tiempo Damian construye un elaborado fuerte hecho de cajas de cartón desechadas, a orillas de las líneas del tren que pasan cerca de su nueva casa. Cierto día, mientras Damian se encuentra jugando en su interior, un bolso repleto de dinero se estrella contra uno de los muros del fuerte, desencadenando su colapso. Si bien el dinero fue arrojado de un tren en movimiento, Damian está seguro que le ha sido enviado por Dios. Y es que él es un niño especial el cual posee un conocimiento enciclopédico de los santos, y que constantemente imagina que es visitado por los héroes del martirio cristiano, a los cuales aprovecha de preguntarles si se han encontrado con Santa Maureen, su madre fallecida. Más allá de las alucinaciones de Damian relacionadas con su catolicismo, el dinero que le ha caído del cielo es real, y ahora él y su hermano se disponen a gastarlo. Mientras que Anthony cree que es más costo-eficiente ocupar el dinero para sobornar a sus compañeros de colegio y comprar propiedades, Damian impulsado por el consejo de San Francisco de Asís, desea darle el dinero a los pobres para así ganarse un lugar en el cielo junto a su madre. Afortunadamente, Boyle y Boyce son lo suficientemente inteligentes como para establecer un límite de tiempo para que los niños decidan qué hacer con el dinero, el cual está relacionado con el supuesto cambio de moneda que el Reino Unido está a punto de adoptar, lo cual le imprime una divertida sensación de urgencia a todo el asunto.

 

Resulta a lo menos curiosa la relación que Damian mantiene con los santos cristianos. Para el niño, las apariciones de los santos son algo completamente normal, y van de la mano con su marcado catolicismo. En ese sentido, gracias a que Boyle narra la historia desde el peculiar punto de vista del niño, el espectador es capaz de aceptar que dichas apariciones están ligadas al mundo real, y que no son solo el producto de la activa imaginación de Damian. Esta idea incluso es reforzada por el director en una escena en la que San José reemplaza al protagonista durante parte de su participación en una obra estudiantil acerca del nacimiento de Jesús, cuando este se ve obligado a huir de la amenazante presencia del villano de turno (Christopher Fulford). Al mismo tiempo, pese a su apariencia y a que claramente provienen de una época completamente distinta, los santos de Boyle se presentan como hombres contemporáneos capaces de utilizar un lenguaje coloquial, con la excepción de San Nicolás quien es el único que le habla a Damian en latín, lenguaje el cual aparentemente el niño entiende a la perfección. Cabe mencionar que en la versión literaria de “Millions”, Frank Cottrell Boyce enfatiza la fijación de Damian con los santos, así como también su fascinación por la mortificación y su obsesión con la realización de buenas obras, lo que lo convierte un marginado social. De hecho, su comportamiento en la novela es bastante más extremo, lo que eventualmente lo lleva a estar bajo tratamiento psicológico. Que el comportamiento de Damian haya sido “normalizado” en el film, probablemente responde al hecho que para que la historia funcione, Boyle era consciente que el protagonista debía ser un personaje que despertara la empatía del espectador, y no que este último se limitara solo a catalogarlo como un chico raro.

Más allá del dinero y los santos, la historia que intenta relatar “Millions” tiene que ver con las vidas de los niños, de su padre, y de Dorothy (Daisy Donovan), una mujer que trabaja en una organización de caridad y que se encuentra con una pequeña fortuna durante su paso por el colegio en el cual estudian Damian y Anthony. Por un lado, el dinero se presenta como una pequeña distracción para la pareja de niños, los cuales aún están lidiando con las consecuencias de la muerte de su madre. Mientras ellos piensan que hacer con su nueva fortuna, su padre no parece estar demasiado bien; no solo expresa sentirse algo aislado del resto del mundo, lo que de forma automática le niega cualquier posibilidad de rearmar su vida junto a otra mujer, sino que además toda la situación que está experimentando lo ha distraído a tal punto, que no ha logrado proteger a sus hijos del villano de turno, quien tras realizar el robo perfecto ahora está rondando el vecindario con el objetivo de encontrar el dinero que ha perdido. Probablemente una de las cosas más impresionantes de “Millions”, es que estos temas son explorados utilizando un mínimo de sentimentalismo, el cual es reemplazado con generosas dosis de humor negro. Por ejemplo, resulta ser particularmente divertido como los niños utilizan la muerte de su madre para obtener cosas gratis en diferentes lugares, o como los cuatro personajes protagónicos en un frenesí de codicia e ingenuidad, logran afianzar sus lazos mientras intentan cambiar sus libras por euros en diversos bancos londinenses.

 

Uno de los puntos altos del film claramente es la elección de su elenco. Alex Etel y Lewis McGibbon realizan un estupendo trabajo interpretando sus respectivos roles. Y es que no solo logran que Damian y Anthony se presenten como dos niños peculiares pero extremadamente queribles, sino que además evitan caer en el exceso de dramatismo, impidiendo de esta forma que su comportamiento sea identificado como el producto de una realidad trágica que en algún grado los empuja a marginarse del resto de la sociedad. Lo que es aún más importante, es que la historia les permite demostrar que son increíblemente inteligentes, algo que queda patente en la mayoría de sus diálogos, como por ejemplo cuando Anthony expone la teoría de que quizás es mejor cambiar las libras por dólares, para luego cambiar la moneda norteamericana por euros una vez que esta última viera mermado su valor tras su salida inicial. En cuanto al aspecto técnico del film, resulta necesario destacar el correcto trabajo de fotografía de Anthony Dod Mantle, el cual se complementa de manera perfecta con el interesante juego de cámaras utilizado por Boyle. De la misma forma, la banda sonora compuesta por John Murphy acompaña de forma perfecta la intencionalidad de las imágenes, así como también lo hacen las dos canciones de la banda británica Muse que son utilizadas durante el transcurso de la historia. Por último, según Boyce y Boyle, el diseño de producción de Mark Tildesley resultó ser una pieza fundamental en la concreción de su visión inicial, en especial en aquellas escenas en las que los santos católicos desfilan ante los ojos de Damian.

El gran problema con “Millions” es que tras la primera hora de metraje, la historia central comienza a perder fuerza y se ve amenazada por la aparición de diversas subtramas. Sin embargo, las falencias que presenta el guión son superadas en gran medida gracias a la interpretación de la dupla protagónica, y a las fortalezas temáticas que se exhiben durante la primera mitad de la cinta. En cierta forma, “Millions” podría ser considerada como la reinterpretación realizada por Danny Boyle y Frank Cottrell Boyce del film “A Simple Plan” (1998), del director Sam Raimi, cuyo producto fue esta divertida parábola navideña contemporánea. Evidentemente, el concepto de que un grupo de personas súbitamente se encuentre con una gran suma de dinero no es nuevo, y de hecho ha estado presente dentro del espectro cinematográfico por al menos medio siglo. Lo que resulta original de esta película, es la forma en como el dinero es utilizado como un medio mediante el cual los hermanos descubren cómo funciona el mundo, y que es lo realmente importante en sus vidas. Por otro lado, si bien la secuencia final en la que los protagonistas supuestamente visitan una aldea africana resulta ser algo innecesaria, hay que reconocer que responde al tono del film. Mal que mal, uno de los requisitos de la santidad es la realización de un milagro, y ya que Damian está claramente en búsqueda de dicha santidad, la secuencia final es una licencia que tanto los protagonistas como el espectador son capaces de aceptar sin mayores condiciones.

por Fantomas.

sábado, 21 de febrero de 2015

Hold-Up: ¿Qué hace Jean-Paul Belmondo vestido de payaso dentro de un banco?

“Hold-Up” (1985), es una comedía del director Alexandre Arcady, la cual está protagonizada por Jean-Paul Belmondo, Guy Marchand y Kim Cattrall.

Grimm (Jean-Paul Belmondo) es un hombre que está a punto de llevar a cabo su más ambicioso plan: atracar el banco más importante de Montreal y llevarse a casa, libre de impuestos, más de dos millones de dólares. Sin embargo, lo que en un principio parecía ser un plan perfecto, se verá amenazado por diversos obstáculos que dificultaran el escape de Grimm y de sus dos cómplices: el torpe pero leal Georges (Guy Marchand), y la sensual Lisa (Kim Cattrall).

 

Para cuando comenzó a filmar la comedia de acción “Hold-Up”, la cual contó con un presupuesto bastante generoso y con el icónico actor Jean-Paul Belmondo como protagonista, el director francés Alexandre Arcady había logrado al menos tres grandes éxitos de taquilla, siendo el más importante de ellos el film “Le Grand Pardon” (1982). El guión de “Hold-Up” se basó en la novela “Quick Change”, del escritor norteamericano Jay Cronley, y fue escrito por el mismo Arcady en compañía de Daniel Saint-Hamont y el popular guionista Francis Veber, quien fue incluido en la producción a petición de Belmondo. Debido a que el escenario urbano norteamericano presente en la novela de Cronley era parte esencial de la historia y del funcionamiento de la misma, el equipo de producción tomó la decisión de rodar el film en Montreal, la ciudad más grande de la provincia canadiense de Quebec. Cabe mencionar que esta decisión poseía una doble intencionalidad: por un lado le imprimía al film una estética “americana” que facilitaría su distribución en el mercado norteamericano, y al mismo tiempo le otorgaba la posibilidad al director de incluir una serie de ambiciosas y vistosas escenas de riesgo en la narrativa, las cuales solían ser parte del sello de las películas de acción en las que participó Belmondo durante gran parte de las décadas del setenta y el ochenta.

En “Hold-Up”, el genio criminal conocido como Grimm, elabora un brillante e infalible plan para asaltar el supuestamente inexpugnable Banco Central de Montreal. Ataviado de un disfraz de payaso, Grimm ingresa al banco y toma como rehenes a todas las personas que se encuentran en su interior. Lo que la gran mayoría de las víctimas del asalto y lo que la policía liderada por el Inspector Simon Labrosse (Jean-Pierre Marielle) no sospechan, es que el criminal cuenta con dos cómplices entre los rehenes: Georges, quien además de ser el mejor amigo de Grimm, es un tipo sumamente inseguro y torpe; y Lisa, quien pese a mantener una relación amorosa con Georges, está secretamente interesada en Grimm. Irónicamente, una vez que el trío logra eludir a la policía y escapar del banco con cerca de dos millones de dólares en efectivo, es entonces cuando comienzan los problemas. Al asedio incesante del Inspector Labrosse, quien intenta en vano descubrir la estratagema de los asaltantes antes de que estos abandonen Montreal, se suma la presencia de Lasky (Tex Konig), un viejo conocido de los criminales el cual una vez que descubre su plan, hace todo lo posible por arrebatarles el botín, y una serie de diversas desventuras en las que se ve envuelto un desafortunado chofer de taxi llamado Jeremie (Jacques Villeret), y el tan temido “factor humano” al cual Grimm responsabiliza constantemente de los fracasos de los grandes planes que él alguna vez puso en marcha. Con el tiempo y las probabilidades en su contra, Grimm y sus secuaces intentarán llegar al aeropuerto de Montreal antes de que su loca carrera termine en prisión.

 

“Hold-Up” es un film que intenta fusionar dos segmentos o subtramas claramente delimitadas, en una misma historia repleta de matices. El primero de estos segmentos presenta una marcada inclinación hacia la comedia, y funciona como la típica película de robos norteamericana, pero teñida por las influencias del cine francés. Es por este motivo que la primera mitad del film gira en torno a una grotesca parodia de un asalto a un banco, la cual se convierte en la lucha de ingenios entre Grimm, quien es retratado como un meticuloso y extravagante ladrón, y el Inspector Labrosse, quien no puede evitar perder el control cada vez que sostiene una conversación con el payaso que tiene como rehenes a los clientes de la prestigiosa entidad financiera. Una vez que la acción se traslada a los diversos rincones de la ciudad de Montreal que se encuentran entre el banco en cuestión y el aeropuerto al cual desean llegar los protagonistas, la cinta mezcla de manera algo caótica escenas de acción, dosis importantes de humor negro, e incluso algunos breves momentos dramáticos, los cuales en su mayoría hacen referencia a la relación existente entre el trío protagónico, en especial entre Grimm y Georges. Es a raíz de esto que durante la segunda mitad de la cinta es posible ver frenéticas persecuciones automovilísticas, breves pero memorables interacciones entre Grimm y Labrosse, y la inclusión de un taxista algo torpe que hará las veces tanto de víctima como de victimario del trío de ladrones.

Si hay algo que llama la atención durante la segunda mitad de la cinta, es la exploración de las diversas aristas de aquello que Grimm llama “el factor humano”. Según el experimentado ladrón, lo único que puede frustrar un buen plan es la estupidez propia del ser humano. En esta oportunidad, la codicia sin límites de Lasky, la inocencia cuasi infantil de Georges, el oportunismo de Jeremie, y la naturaleza caprichosa e impredecible de Lisa, son los principales ejemplos del tan temido “factor humano”. En el caso puntual de Lisa, ella en repetidas oportunidades le sugiere a Grimm que sería más conveniente para ambos huir juntos y dejar a Georges a merced de la policía, aun a sabiendas que el pobre Georges está perdidamente enamorado de ella. Esto de inmediato le otorga un cierto grado de ambigüedad a la historia, ya que por un lado el espectador desea ver triunfante al trío protagónico, pero por otra parte se sugiere que Lisa en cualquier momento puede traicionar a sus compañeros sin mayor remordimiento, cuya relación de amistad demuestra ser absolutamente inquebrantable. Lamentablemente, pese a que durante la segunda mitad del film se exhibe un puñado de buenas ideas, Arcady no logra plasmarlas con demasiado éxito, lo que provoca que la película caiga en una vorágine de frenética mediocridad, exenta de giros dramáticas realmente interesantes, lo cual intenta ser compensado por el director con la inclusión de numerosas escenas de riesgo y diversos cambios de escenario, que no hacen más que evidenciar lo frágil del plan de escape de los protagonistas.

 

En cuanto a las actuaciones, la totalidad del elenco realiza un trabajo que va desde lo meramente correcto hasta lo sencillamente brillante. Dentro de este abanico de interpretaciones, quien realmente se destaca es Jean-Paul Belmondo, quien no solo capitaliza de manera brillante su carisma natural, sino que además construye un personaje interesante que no se conforma con representar al estereotipo del genio criminal codicioso y calculador, sino que muy por el contrario, demuestra ser un tipo leal y preocupado por su amigo, el cual no solo rechaza los múltiples avances que le realiza Lisa, sino que también se muestra dispuesto a sacrificar el botín con tal de conservar la libertad de su viejo compañero. Guy Marchand por su parte, interpreta de buena manera a un personaje torpe, bien intencionado y plagado de sueños, mientras que Kim Cattrall cumple con lo justo con su rol de femme fatale, cuyo cambio de opinión final resulta ser demasiado errático e incomprensible como para otorgarle demasiada importancia. Por otro lado, en lo que respecta al aspecto técnico de la producción, al correcto trabajo de fotografía de Richard Ciupka, se suma la vibrante banda sonora del compositor Serge Franklin, cuya mezcla de ritmos propios del jazz, el blues y el country, la convierten en uno de los puntos altos de la cinta.

Cinco años más tarde del estreno de “Hold-Up”, el director y guionista Howard Franklin en compañía de Bill Murray, estrenarían su propia adaptación de la novela de Jay Cronley, la cual además de estar mejor ejecutada, presenta una serie de importantes diferencias con la cinta de Alexandre Arcady. Entre otras cosas, “Quick Change” (1990) no solo trasladaría la acción a la ciudad de Nueva York, sino que además la convertiría en parte del conflicto central de la historia, ya que las complicaciones que experimenta el protagonista interpretado por Bill Murray y sus compañeros de fechorías, están estrictamente ligados con el ritmo frenético característico de la ciudad norteamericana. El Grimm de Murray odia la ciudad y a sus habitantes, y ese es uno de los principales motivos que lo llevan a asaltar un banco junto a sus dos cómplices. Este pequeño detalle provoca que la segunda mitad de “Quick Change”, funcione de mucha mejor manera que los segundos cuarenta minutos del film de Arcady. Al mismo tiempo, la dinámica entre el trío protagónico es completamente diferente. Mientras que en “Hold-Up” Lisa es pareja de Georges, y es sin lugar a dudas la más ambiciosa y egoísta de los tres, en “Quick Change” el personaje interpretado por Geena Davis mantiene una complicada relación amorosa con Grimm, quien constantemente se muestra como un personaje sumamente ególatra que no puede ver más allá de su propia nariz. Más allá de las diferencias con su remake y de las falencias propias de un guión que decae de manera notable durante la segunda mitad, “Hold-Up” se alimenta del carisma de Belmondo, de la gran cantidad de diálogos ingeniosos escritos por Francis Veber, y de la habilidad de Arcady a la hora de filmar escenas visualmente atrayentes, para alzarse como una de las buenas comedias de acción francesa rodadas durante la década del ochenta.


por Fantomas.

viernes, 25 de julio de 2014

Un Cuento Chino: Las jugarretas del destino.

“Un Cuento Chino” (2011), es un drama del director Sebastián Borensztein, el cual está protagonizado por Ricardo Darín, Ignacio Huang y Muriel Santa Ana.

Roberto (Ricardo Darín) es ferretero. Hosco, rutinario, maniático, coleccionista de historias curiosas que recorta de los periódicos, hasta que un día sin darse cuenta, acabará formando parte de una de ellas, cuando un joven chino llamado Jun (Ignacio Huang) llega a su vida de repente, desde la puerta trasera de un taxi.

 

El viernes 2 de mayo de 1997, el diario el Clarín publicó una insólita noticia. En Moscú, miembros de las fuerzas armadas rusas robaron un par de vacas y se las llevaron en un avión. Pero durante el vuelo las vacas se descontrolaron y ante la posibilidad de un accidente aéreo, la tripulación se vio forzada a tirarlas al vacío. Para su mala suerte, una de las vacas cayó sobre un pesquero japonés enviándolo al fondo del mar. Cuando el director argentino Sebastián Borensztein se enteró de esta noticia, de inmediato supo que tenía que hacer algo con ella. Según el mismo Borensztein: “Era una imagen que no me podía quitar de la cabeza. Pensaba en los pescadores que ya terminaron su faena diaria, fumándose un pucho (de tabaco), sentados en la cubierta de su barco, cuando de pronto ven un puntito negro que se acerca, se acerca y es una vaca. Dije: ¿cómo puede ser? El cielo es tan enorme, el mar es tan gigante y esos dos hechos se juntan. Esto tiene que ser el comienzo de una próxima película.” Con el paso de los años, al director también comenzó a llamarle la atención el tema de la Guerra de las Malvinas, especialmente las consecuencias que esta había tenido tanto para los hombres que habían participado en dicho conflicto, como para la misma sociedad argentina. De la unión de esos dos elementos nacería el guión de “Un Cuento Chino”, el cual desarrollaría en detalle durante múltiples almuerzos con el actor Ricardo Darín.

“Un Cuento Chino” comienza en un lago de China, donde al interior de una pequeña embarcación un chino llamado Jun está a punto de proponerle matrimonio a su enamorada. Sin embargo, de manera inesperada una vaca cae del cielo y le quita la vida de forma instantánea a la pobre muchacha. Al otro lado del mundo, Roberto vive una vida monótona y exenta de complicaciones; es dueño de una pequeña ferretería de barrio y su constante mal humor lo ha llevado a aislarse por completo del resto del mundo. Su única diversión pareciera ser coleccionar historias curiosas que recorta de diversos periódicos, y situarse en las cercanías del aeropuerto de Ezeiza para ver como aterrizan los aviones. Es precisamente mientras efectúa esta última actividad que Roberto conoce a Jun, cuando este es bajado a la fuerza de un taxi luego de ser asaltado por el chofer. Perdido y sin saber una sola palabra de español, Jun despertará la compasión de Roberto quien intentará ayudarlo a encontrar a su tío, el cual supuestamente vive en Buenos Aires. Lamentablemente para Roberto, dicha tarea resultará ser un poco más difícil de lo que esperaba, por lo que se ve obligado a alojar a Jun en su casa. Es así como dos hombres completamente opuestos, separados por una barrera idiomática y cultural, deberán aprenden a convivir aun cuando la compañía se presenta particularmente tediosa y tortuosa para el huraño Roberto.

 

Contrario a lo que se podría pensar en un principio, la relación que Roberto construye con Jun no se limita a ser un mero acto de solidaridad, sino que la inesperada llegada del joven chino a la vida del protagonista viene a alterar el orden que con tanto ahínco intenta preservar. Y es que Roberto vive anclado a un pasado que no solo lo protege del dolor emocional, sino que además evita que este se exponga a nuevas decepciones o situaciones desconocidas. Este ex-combatiente de la Guerra de las Malvinas, que demuestra una increíble devoción a su madre a la cual nunca conoció, plagado de costumbres que rayan en lo obsesivo, y decepcionado del sistema el cual constantemente lo está “cagando a palos”, se ve enfrentado a una situación tan increíble como las que suele recortar de los periódicos que religiosamente revisa a diario. Jun por su parte, ha llegado a Buenos Aires con la esperanza de que su único familiar vivo le ayude a lidiar con el dolor provocado por la muerte de su amada. Desde la trinchera de la humildad y el desamparo, Jun casi sin pretenderlo, comenzará a romper la unión que Roberto tiene con un pasado marcado por la tragedia. Esto ocurrirá de manera casi simbólica, en la medida que el joven comienza a eliminar una serie de trastos y porquerías que se encuentran apiladas en varios puntos de la casa de Roberto, ya sea por accidente o por mandato, los cuales impiden que el protagonista sea capaz de vivir alegremente o de entregarse a la posibilidad de experimentar el amor.

Quien también intenta resquebrajar la dura coraza de Roberto es Mari (Muriel Santa Ana), una mujer que busca desesperadamente el amor del protagonista, sin demasiados resultados. A diferencia de Roberto, Mari es de aquellas personas que se muestran felices por el mero hecho de estar vivas. Fiel representante de la dulzura e ingenuidad campesina, Mari dice todo lo que se le pasa por la cabeza, sin ningún tipo de censura, básicamente porque se trata de una persona por completo bienintencionada. Todo esto provoca que ella sea la única que ve a Roberto con otros ojos, los de la ternura y la pasión, aquellos que habitualmente ayudan a resaltar las cualidades del ser amado. “Sos gruñón, ermitaño, sensible, bueno… y valiente. Y además tenés esa mirada que me mata”, le dice Mari a Roberto en un pasaje de la cinta, lo que no solo resulta ser una descripción bastante acertada del protagonista, sino que además es una muestra fehaciente de que ella está dispuesta a esperarlo el tiempo que sea necesario. Si hay algo por lo que uno debe agradecerle a Sebastián Borensztein, es por haber tomado la decisión de rodar esta fábula afable sin mayores melodramas, aun cuando el núcleo de la historia sea la confrontación entre dos tipos alejados tanto en lo físico como en lo emocional, cuyos destinos se han cruzado de forma inesperada. Lo que es aún más interesante, es que de la cotidianeidad que surge de la relación entre Roberto y Jun nace la comedia, la cual al ser completamente espontánea, le otorga un grado de realidad a un relato que en otras circunstancias podría haber resultado absolutamente inverosímil.

 

Evidentemente, Ricardo Darín se alza como la gran estrella del film, quien a base de exabruptos y comportamientos obsesivos logra sacarle algunas carcajadas al espectador, aun pese a que por momentos pareciera que el actor recurre a demasiados lugares comunes. Por otro lado, tanto Muriel Santa Ana como Ignacio Huang dotan de un innegable carisma a sus respectivos personajes, logrando que el espectador rápidamente se interese en sus problemas y cruzadas particulares. En el caso particular de Huang, pese a que se ve opacado por la sombra de Darín, realiza un trabajo realmente encomiable a la hora de transmitirle al espectador y a su nuevo entorno, sus sentimientos y emociones a través de sus gestos y miradas, que son las únicas herramientas que posee para comunicarse. Y es que al igual que Roberto, el espectador sufre por la ininteligibilidad del idioma del joven oriental, la cual no nos permite comprenderlo del todo. En cuanto al aspecto técnico del film, resulta destacable el trabajo de fotografía de Rodrigo Pulpeiro, el cual varía según el estado de ánimo del protagonista. De la misma forma, también resulta destacable la inmaculada dirección de arte de Laura Musso, quien es la gran responsable de la estética retro que ostenta el hogar de Roberto, la cual ejemplifica a la perfección su apego por el pasado. Por último, pero no por eso menos importante, es la banda sonora del compositor Lucio Godoy, la cual acompaña de forma adecuada la emocionalidad de las imágenes que se van sucediendo a la largo del film.

“Un Cuento Chino” no se olvida de la autocrítica social, de forma que lo simbólico y lo material conviven con naturalidad en esta verdadera fábula melancólica sobre lo mucho que enriquece nuestra vida aquello que no esperamos, y que pareciera que esperaba por nosotros. Es a través de la aceptación del dolor y de una conexión que va más allá de lo meramente lingüístico, que Roberto y Jun terminan encontrándose y descubriendo que son más parecidos de lo que pensaban en un comienzo. Como sucede en determinadas ocasiones en el campo de las relaciones humanas, estos dos hombres se encuentran, se conocen, y eventualmente se necesitan para enfrentar el mundo que los rodea y que parece estar en su contra. En una entrevista, el director Sebastián Borensztein se encargó de resumir a la perfección la moraleja central de “Un Cuento Chino”: “Es absurdo que Argentina haya estado en guerra con Inglaterra, es absurdo que una vaca caiga del cielo y hunda un barco. Ahora, lo que no es absurdo es que dos personas que viven en las antípodas del planeta geográficamente y culturalmente hablando, tengan la posibilidad de ser uno la llave que le abre la puerta para resolver su vida al otro.”



por Fantomas.

domingo, 17 de febrero de 2013

The Taking of Pelham One Two Three: Terror en el metro de Nueva York.

“The Taking of Pelham One Two Three” (1974), es un thriller del director Joseph Sargent, el cual está protagonizado por Walter Matthau, Robert Shaw y Martin Balsam.

Una banda de hombres armados secuestra un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York, y amenaza con asesinar a un rehén por minuto a no ser que se cumplan sus demandas. Forzado a negociar con los criminales hasta que se efectúe un rescate, el Teniente Zachary Garber (Walter Matthau) se verá inmerso en una lucha de ingenios la cual podría tener trágicas consecuencias.


En el año 1973, el escritor Morton Freedgood publicó bajo el seudónimo de John Godey la novela “The Taking of Pelham One Two Three”, la cual rápidamente llamó la atención de algunos productores de Hollywood, entre los que se encontraba Edgar J. Scherick, quien se apresuró a comprar los derechos del escrito con la intención de llevarlo a la pantalla grande. Eventualmente, la dirección de la adaptación recaería en las manos de Joseph Sargent, la cual además contaría con un guión de Peter Stone y con las actuaciones de Walter Matthau y Robert Shaw, quienes se encontraban en el punto más alto de sus respectivas carreras. Aunque el proceso de preproducción comenzaba de manera auspiciosa, no tardarían en aparecer algunos problemas, los cuales en su mayoría estaban asociados a las locaciones en las cuales se desarrollaba el film. En un principio, la Autoridad de Tránsito de Nueva York se negó a facilitar las instalaciones del tren subterráneo de la ciudad, porque pensaban que la cinta instigaría a algunos criminales a imitar el atraco en el que se centra el relato. Eventualmente, tras la intervención de John V. Lindsay, quien era el alcalde de Nueva York en ese momento, y el pago de 350.000 dólares por parte de la productora United Artist, el cual incluía la compra de un seguro anti-secuestro, Sargent y su equipo de filmación pudieron utilizar el tren subterráneo de la ciudad sin mayores contratiempos.

En “The Taking of Pelham One Two Three”, cuatro hombres de apariencia similar pero sin ninguna relación aparente, abordan el tren subterráneo Pelham 123 en estaciones consecutivas. En un determinado momento, los cuatro individuos actúan en forma colectiva para secuestrar el tren con un objetivo claro: pedir una recompensa de un millón de dólares por la liberación de un grupo de pasajeros que ahora se encuentran bajo su poder. Lo que es aún peor, el grupo conformado por el metódico Sr. Azul (Robert Shaw), el agripado y temeroso Sr. Verde (Martin Balsam), el tartamudo Sr. Café (Earl Hindman), y el psicopático Sr. Gris (Héctor Elizondo), le han advertido a las autoridades que de no cumplirse sus demandas en el plazo de una hora, asesinarán a un rehén por cada minuto que se retrasen en la entrega del dinero. Es por este motivo que el policía de tránsito Zachary Garber, quien ha estado comunicándose con los secuestradores, no solo tendrá que preocuparse de que sus colegas no comentan un error fatal, sino que además deberá intentar determinar cuál será el próximo movimiento del cuarteto de criminales, los cuales en todo momento han demostrado ir dos pasos adelante de las autoridades que desesperadamente intentan apresarlos.



Bajo la trama del secuestro del tren subterráneo, se esconde un estudio no solo de la mentalidad de la sociedad norteamericana de la década del setenta, sino que también de la idiosincrasia del neoyorkino promedio. Básicamente, el film de Joseph Sargent toma a un microcosmos de la sociedad neoyorkina (razón por la cual los rehenes son acreditados según el estereotipo que representan, como por ejemplo el proxeneta, el homosexual, el alcohólico y el hippie, entre otros), lo aparta del resto del mundo mediante el accionar de un grupo de peligrosos criminales, y luego utiliza diversas subtramas para exhibir el malestar reinante en Norteamérica durante aquella época, debido al escándalo de Watergate, la Guerra de Vietnam, la crisis energética y la creciente aparición de secuestros aéreos. Esto en gran medida queda explicitado en la subtrama que involucra al agripado alcalde de Nueva York (Lee Wallace), quien es visto como un inútil incluso por su propio asesor (Tony Roberts), razón por la cual no resulta extraño que se mencione que su nivel de aprobación se encuentra en su punto más bajo. Lo que deja aún más claro el deficiente funcionamiento de la maquinaría política, es el hecho de que el alcalde solo accede pagar el rescate de los rehenes, una vez que su círculo interno lo convence de que la medida lo ayudará a salir reelecto, e indirectamente le ayudará a aumentar su ya considerable fortuna.

Por otro lado, algo que sin duda llama la atención, es el hecho de que aún cuando cada una de las subtramas es un mundo en sí mismo, estas se fusionan de manera coherente para dar vida a una historia que es más compleja de lo que aparenta. La investigación policíaca, el drama vivido por los rehenes, y el manejo político de la situación, adquieren la misma importancia durante el transcurso del film, lo que deriva en que este exhiba un especial cuidado por los detalles. Al mismo tiempo, si bien el guión incluye una serie de momentos inclinados a la comedia, los cuales en su gran mayoría están a cargo del personaje de Matthau, estos en ningún momento le restan seriedad a un relato en el que predomina el drama y el suspenso. Lo que en gran medida ayuda a que la película funcione de buena manera, es la inclusión de una serie de elementos dramáticos cuya función no es otra más que atrapar el interés del espectador hasta la conclusión de la cinta. Es así como la agilidad mental de los protagonistas, algunas vueltas de tuerca totalmente inesperadas, y las interrogantes que rodean al plan de escape de los criminales, contribuyen activamente en los esfuerzos del director por dotar a la historia de un ritmo narrativo dinámico, hecho que afortunadamente logra con creces.


El film además se ve favorecido por el estupendo trabajo del elenco participante. Walter Matthau, quien venía de trabajar en un par de thrillers de corte similar, hace un estupendo trabajo personificando a un policía que no solo se caracteriza por su particular sentido del humor, sino que además por su tenacidad a toda prueba, la cual lo lleva incluso a enfrentarse con un testarudo operador del sistema de metro (Dick O´Neill), cuya mayor preocupación es el funcionamiento correcto de los trenes. En la vereda de los criminales, Robert Shaw se luce como el frío y calculador líder de los secuestradores, mientras que Martin Balsam interpreta de buena manera al hombre de confianza del personaje interpretado por Shaw, cuyo conocimiento del funcionamiento de los trenes resulta ser parte crucial del plan. Por último, cabe destacar la labor de Héctor Elizondo, quien interpreta de manera creíble a quien probablemente es el criminal más peligroso del grupo, debido a que básicamente es un psicópata que solo busca una excusa para utilizar su arma y saciar su sed de violencia. En lo que al aspecto técnico de la producción se refiere, esta cuenta con el espléndido trabajo de fotografía de Owen Roizman, y con la palpitante banda sonora de David Shire, que sin duda es uno de los puntos altos del film.

“The Taking of Pelham One Two Three” es considerada por muchos como una película extremadamente influenciadora (la selección de los nombres de los protagonistas del film “Reservoir Dogs”, del director Quentin Tarantino, es una clara alusión a esta producción), básicamente porque Joseph Sargent hace gala de la simpleza del guión para forjar una historia sólida e interesante. El realizador no pierde tiempo explorando los motivos o el trasfondo personal de los protagonistas, sino que se mete de lleno en la acción desde prácticamente el principio del relato, lo que a la larga prueba ser una buena decisión ya que al centrarse por completo en la esencia del thriller, este fluye de manera más dinámica. Lamentablemente no sucede lo mismo en el remake realizado por el director Tony Scott en el año 2009 (cabe mencionar que existe otro remake hecho para la televisión que data del año 1988), el cual pese a presentar una estética y un juego de cámaras más atractivo que el de la cinta original, pierde demasiado tiempo en el intercambio de ideas entre los protagonistas, lo que atenta directamente contra el ritmo narrativo de la producción. En definitiva, aunque no está exenta de fallas, las cuales en su mayoría están relacionadas con algunas subtramas que no llegan a ninguna parte, la cinta de Sargent hoy es recordada como uno de los mejores thrillers policiales de la década del setenta, y como la mejor adaptación del relato de Morton Freedgood.

 

por Fantomas.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Deathtrap: El peligroso mundo del teatro.

“Deathtrap” (1982), es un thriller del director Sidney Lumet, el cual está protagonizado por Michael Caine, Christopher Reeve, y Dyan Cannon.

Sidney Bruhl (Michael Caine), quien alguna vez gozó de un gran éxito como autor de obras teatrales de intriga, hace un tiempo se encuentra lidiando con una serie de fracasos profesionales. En su momento de mayor angustia por la falta de ideas y las malas críticas, Bruhl se topa con el manuscrito de un escritor aficionado llamado Clifford Anderson (Christopher Reeve), a quien invita a su casa con la intención de robarle su obra y asesinarlo, sin imaginar que Anderson le tiene algunas sorpresas reservadas.
El 26 de febrero de 1978, el escritor norteamericano Ira Levin, conocido mundialmente por su novela “Rosemary´s Baby”, estrenó en el Music Box Theatre de Broadway la comedia de suspenso “Deathtrap”, sin imaginar el éxito que esta tendría. Para sorpresa de Levin, quien pese a ostentar una brillante carrera como novelista jamás había logrado destacarse como dramaturgo, la obra estaría en cartelera durante casi cuatro años, tiempo en el cual no solo quebró una serie de récords de taquilla, sino que además logró despertar el interés de un puñado de figuras de la industria hollywoodense, entre las que se encontraba la productora y guionista Jay Presson Allen, quien finalmente junto al director Sidney Lumet se encargaría de llevar al cine la curiosa e ingeniosa historia de Levin. El primero en integrarse al proyecto sería el consagrado actor Michael Caine, quien varios años antes había visto truncada la posibilidad de colaborar con Lumet en la cinta “The Hill” (1965), luego de que le ofrecieran protagonizar la comedía “Alfie” (1966), film que eventualmente sería el responsable de convertirlo en una estrella. Posteriormente se sumarían al elenco Dyan Cannon y Christopher Reeve, siendo este último el más interesado en trabajar en la producción, debido a que creía que esta le permitiría demostrar sus dotes actorales, y lo alejaría del tan temido encasillamiento que suponía haber interpretado en dos ocasiones a Superman.

En este film el gran protagonista es Sidney Bruhl, un veterano dramaturgo cuya carrera está a punto de irse por el desagüe. Lamentablemente para él, sus últimas comedias de misterio han resultado ser un completo fracaso, por lo que su desesperación por escribir una nueva obra exitosa se acrecienta con cada día que pasa. La situación de su esposa Myra (Dyan Cannon) no es mucho mejor; al mismo tiempo que debe controlar la enfermedad cardíaca que le aqueja, debe lidiar con la frustración que le provocan sus intentos fallidos por subirle el ánimo a su marido. Sin embargo, el destino le tiene preparada una sorpresa al angustiado autor. Cuando a sus manos llega el borrador una obra titulada “Deathtrap”, el cual le fue enviado por un estudiante llamado Clifford Anderson con la intención de escuchar su opinión experta, Bruhl ve una salida para sus problemas. Deslumbrado por la brillantez del manuscrito y decidido a salvar su carrera a cualquier costo, Sidney invita al joven a una velada en su casa con la intención de asesinarlo, robarle la obra, y deshacerse de cualquier evidencia que pueda indicar la verdadera naturaleza del escrito, sin imaginar que su en apariencia plan perfecto puede no ser tan perfecto después de todo.

Describir la trama de “Deathtrap” sin dar a conocer datos que pueden revelar las múltiples sorpresas que tiene reservada la historia, sin lugar a dudas resulta algo complicado. Básicamente, la cinta es un thriller compuesto por dos actos, un escenario, cinco personajes, algunos toques de comedia negra brillantemente insertados, buenos diálogos y un relato con un gran potencial comercial. Mientras que en el primer acto el espectador es testigo de un asesinato que será crucial para el posterior desarrollo de la trama, en el segundo acto entra en funcionamiento una maraña de hechos inesperados que rápidamente atrapan al espectador hasta la conclusión de la película, la cual ocurre casi en su totalidad al interior de la casa de los protagonistas. En cuanto a los personajes, además de los tres ya mencionados en el párrafo anterior, en el relato participa Helga Ten Dorp (Irene Worth), una psíquica que está visitando los Estados Unidos por el reciente éxito de su libro, y que hace muy poco tiempo se ha mudado a la casa contigua al hogar de los Bruhl. Dicha cercanía provocará que la excéntrica mujer visite con frecuencia a la pareja, con la intención de advertirles sobre los peligros que se ciernen sobre ellos, aunque la forma en como lo hace resulta ser siempre algo críptica. El último personaje en juego es Porter Milgrim (Henry Jones), quien es el abogado y amigo de Sidney, y cuyo rol solo cobrará cierta importancia durante el segundo acto de la historia.

En gran medida, el guión de “Deathtrap” encierra una historia dentro de una historia. En algunas ocasiones es difícil distinguir si el personaje de Caine está describiendo el manuscrito de Anderson, o se está refiriendo a los acontecimientos en los que se ve inmerso. Y es que en ese sentido, durante el transcurso de la película son varios los diálogos que hacen referencia ya sea a las bases narrativas del thriller, o a los profesionales que están ligados de una u otra forma al mundo del teatro, como por ejemplo los productores, los agentes, los críticos e incluso los abogados. La cinta sirve tanto de parodia como de homenaje a las historias de misterio, lo que le permite al director jugar con las expectativas del espectador quien en su búsqueda de clichés, termina absolutamente desconcertado con los constantes giros de la trama. Probablemente uno de los giros más discutidos del film sea la sorpresiva relación homosexual que mantienen Bruhl y Anderson. La escena en que ambos se besan y le revelan al público la verdadera naturaleza de su relación (la cual dicho sea de paso, no aparecía en la obra de Levin), no solo provocó que la producción recibiera una serie de críticas negativas, sino que además le significó un problema mayor a la pareja de actores. A raíz de que ninguno de los dos tenía mayores deseos de llevar a cabo dicha escena, no les quedó más remedio que emborracharse a tal punto que pudieran hacer todo lo que el director les pidiera. Afortunadamente para ambos, su peculiar estrategia funcionó de maravilla.

Independiente de la latente homosexualidad de los protagonistas, el errático accionar de estos se ve inducido mayormente por la ambición que los consume, aunque en el caso de Sidney Bruhl existe una motivación aún más oscura. Según el mismo Caine: “Bruhl es un exitoso escritor de misterio que tiene gustos caros y una esposa enferma, cuya musa macabra lo ha abandonado. Él siempre ha asumido que cometer crímenes en un papel sirve para sublimar las hostilidades personales. Pero ahora, después de una vida llena de asesinatos ficticios, Bruhl se encuentra fantaseando con cometer uno real. Con esto en mente, no puedo evitar preguntarme que es lo que motiva su extraño comportamiento. ¿Algún trauma de la niñez? ¿Una compulsión enterrada en lo más profundo? No, eso sería muy sencillo. La respuesta es que él está loco, completamente loco”. Esa locura de la que habla Caine logra traspasar la pantalla, y se traduce en la impredictibilidad de su personaje, cuya mente está trabajando de manera constante con el fin de buscar la mejor solución a los problemas que se le van presentando durante el transcurso del film. Demás está decir que el actor realiza un estupendo trabajo, al igual que Christopher Reeve, quien logra que su personaje sea lo suficientemente macabro y cínico como para contrarrestar la presencia abrumadora de Bruhl. Por otro lado, mientras que la actuación de Irene Worth resulta ser cómica sin caer en lo caricaturesco, la interpretación de Dyan Cannon está marcada por la sobreactuación y la verdad es que deja bastante que desear.

En cuanto al aspecto técnico de la cinta, esta cuenta con la atmosférica banda sonora del compositor Johnny Mandel, la cual se complementa de buena manera con el correctísimo trabajo de fotografía de Andrzej Bartkowiak, el cual impide que la película se convierta en la mera filmación de una obra teatral. Lamentablemente, a través de los años, “Deathtrap” ha sido injustamente comparada con el exitoso film de Joseph L. Mankiewicz, “Sleuth” (1972), no solo por sus similitudes temáticas, sino porque además ambas producciones fueron protagonizadas por Michael Caine. Aunque las similitudes saltan a la vista, la verdad es que la cinta de Lumet brilla con luces propias como una excelente adaptación de una de las obras teatrales más exitosas que se han exhibido en Broadway. Aunque por momentos el ritmo narrativo tiende a caer en ciertas lagunas, el director se las arregla para impedir que la historia se torne tediosa, ya sea insertando sorpresivos giros dramáticos, o imprimiéndole altos grados de tensión a ciertas escenas en las que los personajes participantes resultan ser por completo impredecibles. “Deathtrap” es un thriller inteligente, pero también es una comedia poblada por personajes con excéntricas personalidades, cuya interacción da como resultado una serie de situaciones inesperadas y descabelladas. Una vez que el espectador comprenda esto, le será más fácil embarcarse en un viaje que de seguro disfrutará.

 

por Fantomas.

martes, 19 de junio de 2012

One, Two Three: ¡Sitzen machen!

“One, Two, Three” (1961), es una comedia del director Billy Wilder, la cual está protagonizada por James Cagney, Horst Buchholz, y Pamela Tiffin.

C.R. MacNamara (James Cagney) es el representante de una multinacional de refrescos en Berlín Occidental, quien busca convertirse en el jefe de operaciones de la compañía en Europa. Sin embargo, sus sueños se ponen en peligro cuando su jefe le encarga cuidar a su hija Scarlett (Pamela Tiffin), una díscola y alocada joven que tras eludir su vigilancia, se enamora de Otto Piffl (Horst Buchholz), un joven comunista que vive al otro lado de la cortina de hierro.


En el año 1928 en Berlín, Billy Wilder tuvo la oportunidad de ver la frenética obra teatral “Ein, zwei, drei”, del dramaturgo húngaro Ferenc Molnar, en la que un banquero parisino llamado Norrison debe lidiar con Lydia, la hija de uno de sus clientes más importantes, quien tras casarse en secreto con Anton, un rabioso taxista socialista, queda embarazada de este. Temiendo la reacción del padre de la chica, Norrison no tendrá más remedio que convertir a Anton en un falso aristócrata en un tiempo record, ante la inminente llegada del poderoso empresario. Tras preguntarse qué pasaría si la historia de Molnar se trasladara al Berlín de la Guerra Fría, Wilder en compañía de I. L. A. Diamond comenzaron a escribir un guión donde Norrison se convirtió en C.R. MacNamara, el representante de la Coca-Cola en la ciudad germana, quien eventualmente se convierte en la figura principal de una hilarante lucha ideológica. Aunque la conocida compañía de refrescos juega un rol primordial en la historia, la verdad es que Wilder algunos años antes había declarado que no le gustaba dicha bebida de fantasía, ya que consideraba que tenía gusto a “neumáticos quemados”. La verdad es que uno de los motivos que llevó al director a utilizar el nombre de dicha compañía, fue su reticencia a utilizar nombres de empresas ficticias, ya que esto era equivalente a “tirar la credibilidad de la cinta por la ventana”. Por otro lado, tras estrenar “Love in the Afternoon” (1957), cinta en la que el personaje de Gary Cooper trabaja en la Pepsi-Cola, Wilder le prometió a los ejecutivos de la Coca-Cola Company que algún día haría un film centrado en un trabajador de su compañía, con fin de establecer una suerte de equilibrio comercial entre ambas empresas. 

El relato se ambienta uno o dos meses después del cierre de la Puerta de Brandeburgo. C.R. MacNamara es un hombre completamente dedicado a la compañía en la cual trabaja, y cuya principal ambición es obtener el puesto de jefe de operaciones de la Coca-Cola en Europa. Para lograr esto, durante el último tiempo ha estado manteniendo relaciones comerciales con Peripetchikoff (Leon Askin), Borodenko (Ralf Wolter), y Mishkin (Peter Capell), tres representantes soviéticos que han mostrado interés en introducir el afamado refresco a los pueblos situados tras la cortina de hierro. Si bien la idea parece prometedora, pronto pasará a segundo plano cuando Mac recibe una llamada de su jefe en Atlanta, quien le pide que cuide a su hija Scarlett durante un par de semanas mientras esta recorre Berlín. Lamentablemente para MacNamara, actuar como niñera de la joven resultará mucho más difícil de lo que él pensaba, lo que tendrá como consecuencia que ella termine contrayendo matrimonio con Otto Piffl, un joven comunista que reside en Berlín Oriental, y que desprecia todo aquello relacionado a la doctrina capitalista. Con la inminente llegada de los padres de Scarlett, MacNamara se verá obligado a encontrar una rápida solución para sus problemas, los cuales parecen acrecentarse con cada minuto que pasa, y que eventualmente lo llevarán a cruzar la cortina de hierro en una alocada misión de rescate.

 

La situación económica y social de la época se presta para que Wilder exponga una serie de contrastes, siempre desde el prisma de la comedia. Por ejemplo, la situación de MacNamara y su familia dista bastante de la galería de personajes de la Alemania derrotada que los rodean; mientras que su esposa Phyllis (Arlene Francis) planea una vacaciones con sus hijos en la bella Venecia, gran parte de los trabajadores de la compañía aún siguen condicionados por el temor a la marcialidad nazi, lo que los lleva a tratar a MacNamara con una reverencia extrema. En ese sentido se destaca Schlemmer (Hanns Lothar), la mano derecha del protagonista, quien se ha convertido en un esbirro del capitalismo, al mismo tiempo que intenta por todos los medios ocultar su oscuro pasado como oficial de la Gestapo del cual claramente se avergüenza. Por otro lado hay una serie de personajes cuya única preocupación es su propia supervivencia (la secretaria Ingeborg y Fritz, el chofer), lo que los empuja a participar en cada una de las alocadas ideas de MacNamara, a sabiendas de los beneficios económicos que estas conllevan. Esta línea de acción por parte del protagonista, es lo que utiliza Wilder para exponer los inconvenientes del sistema capitalista. Son tales las ansías de MacNamara de ascender y mejorar aún más su estilo de vida, que incluso intenta sobornar al trío de emisarios soviéticos ocupando como pago a su bella secretaria (lo que expone la concepción de la mujer como bien de consumo existente en las sociedades capitalistas), con tal de que estos le ayuden a rescatar Otto Piffl de las garras de la policía de Berlín Este, quien ha retenido al joven debido a una trampa maquinada un par de horas antes por el mismo Mac.

Sin embargo, Wilder no se conforma con apuntar los defectos del sistema capitalista, sino que además retrata con acidez el ideario comunista. Es aquí donde cobra importancia Otto. El joven, miembro activo del partido comunista cuya ideología sigue con orgullo, termina enamorándose de una chica que es la viva representación del capitalismo, la que eventualmente lo arrastrará a una conversión obligada de la mano de MacNamara y compañía, durante la cual se exhibe un violento contraste entre el idealismo del joven y el pragmatismo del protagonista. Es precisamente durante este tramo de la cinta que la acción adquiere un ritmo impensado, el cual se ve coronado con la aparición de una serie de personajes que desfilan a sus anchas por las oficinas de la Coca-Cola, mientras intentan convertir al incorregible joven en un falso aristócrata alemán. Resulta curioso el hecho de que la “capitalización” de Otto primero ocurra por la fuerza, y que luego por voluntad propia termine citando, sin saberlo, la constitución americana. Esto no hace más que reflejar el escepticismo que le provocaban a Wilder ambos sistemas políticos, lo cual ya lo había expresado varios años antes en la cinta “Ninotchka” (1939), cuyo guión es de su autoría. Otto Piffl, al igual que Ninotchka, tras pasar gran parte de su vida siendo bombardeado por las ideas de la doctrina comunista, termina descubriendo que el capitalismo no es tan malo como creía cuando entabla un romance con alguien proveniente de un país capitalista.

 

Por momentos, la cinta enfatiza su naturaleza caricaturesca, en especial durante la aventura de MacNamara y compañía en Berlín Este. En medio de las negociaciones con los representantes soviéticos al interior del comedor de un hotel de la ciudad, su secretaria se pone a bailar encima de la mesa al ritmo de la música interpretada por una pequeña orquesta que se encuentra en el lugar, lo que no solo provoca la reacción desmesurada de los soviéticos quienes están embobados con los encantos de la joven, sino que además desata una serie de caóticas situaciones más propias del humor slaptick. Igual de caricaturesca es la persecución automovilística que ocurre luego de que los soviéticos descubren que han sido engañados por MacNamara, quien ahora trata desesperadamente de regresar a Berlín Oeste junto con un “torturado” Otto, quien ha sido sometido a los horrores de la música pop norteamericana de la época. El hecho de que Wilder decida trabajar en base a estereotipos y caricaturice cada uno de los elementos del film, provoca que inevitablemente los personajes sean en su gran mayoría unidimensionales, y que cada uno de ellos presente un guiño específico que es vital para el juego cómico que se desarrolla de manera constante durante todo el transcurso de la cinta. Todo esto funciona a la perfección en gran medida por el estupendo trabajo del elenco involucrado. Más allá de la extraordinaria actuación de Cagney, cuyos dotes para la comedía quedan absolutamente demostrados, se destaca la labor de Pamela Tiffin, cuyo personaje, el cual es algo molesto a ratos, representa a cabalidad la frivolidad que parece reinar en el sistema capitalista. También es destacable la labor de Arlene Francis, quien a lo largo de la película mediante una serie de irónicos diálogos, se transforma en la voz de la conciencia del protagonista, convirtiéndose en el motor de varias de las situaciones claves del relato. 

Por otro lado, la cinta cuenta con la estupenda banda sonora de André Previn, que complementa de forma perfecta las imágenes de una historia que corre a mil por hora, y el impecable trabajo de fotografía de Daniel L. Fapp. “One, Two, Three” es una película que no hace más que reflejar la genialidad de Billy Wilder, quien construye de manera perfecta una cinta que hasta el día de hoy mantiene intacta su capacidad para hacer reír al espectador, y que realiza una dura crítica a ambos bloques sin la necesidad de ofender a nadie, lo que a mi gusto la convierte en una joya subvalorada del director (cuyo gag final, dicho sea de paso es brillante). Como dato curioso, no todo fue diversión durante el rodaje de este film. James Cagney tuvo varios problemas tanto con Billy Wilder como con Horst Buchholz. Mientras que al primero lo consideraba un jefe bastante molesto, principalmente por el hecho de que lo hizo repetir una escena más de cuarenta veces, porque no podía evitar equivocarse en una línea de dialogo, al segundo lo detestaba porque consideraba que el joven actor ocupaba cada oportunidad que tenía para robar cámara. Fue tal la frustración que le provocó su colega, que Cagney escribiría en su autobiografía: “Horst Buchholz realizó una serie de artimañas para robar cámara, y yo tenía que depender de Billy Wilder para que corrigiera a este chico. Si Billy no lo hubiese hecho, habría sentado de un golpe a Buchholz, lo cual habría hecho feliz de la vida en varios puntos del rodaje”. Finalmente fue tan desagradable la experiencia para James Cagney, que decidió retirarse de la actuación durante 20 años, hasta que aceptó participar en “Ragtime” (1981), la cual sería su última aparición en la pantalla grande.

 

por Fantomas.
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