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lunes, 30 de marzo de 2015

Millions: Varios santos, cientos de libras y una pareja de niños.

“Millions” (2004), es una comedia del director Danny Boyle, la cual está protagonizada por Alex Etel, Lewis McGibbon y James Nesbitt.

Cuando el asalto a un tren sale mal, una enorme valija llena de libras esterlinas cae desde el cielo y aterriza en las manos de un niño de siete años llamado Damian (Alex Etel), y de su hermano mayor Anthony (Lewis McGibbon). En este caso, solo hay una cosa que puede hacerse: gastarlas como si no hubiera un mañana. Y esto por una sencilla razón: en doce días, Gran Bretaña adoptará el Euro y todas las libras esterlinas irán a parar al incinerador.

 

A principios de la década del 2000, el escritor y guionista Frank Cottrell Boyce se embarcó en un ambicioso proyecto que involucraba la confección de un guión que sería filmado por el director británico Danny Boyle, y su posterior adaptación al formato literario, el cual sería publicado a la par con el estreno del film. “Ahora parece algo sacado de la ciencia ficción”, musita Boyce en el audio comentario presente al inicio del DVD de “Millions”. Durante ese mismo audio comentario, ambos recuerdan los esfuerzos que tuvieron que realizar para estrenar la cinta a tiempo, justo cuando Gran Bretaña estaba considerando adoptar el Euro tal y como lo habían hecho gran parte de los países pertenecientes a la Unión Europea (cosa que aún no sucede). “No es culpa del dinero que este sea robado”, declara en un pasaje del film Anthony Cunningham, quien a sus nueve años de edad es bastante más realista que su pequeño hermano de siete años, Damian. Por lo tanto, no es culpa de ellos que un bolso que contiene 265.000 libras esterlinas, el cual cayó de un tren en movimiento directamente sobre el lugar de juego de Damian, ahora se encuentre escondido debajo de su cama. Esa es precisamente la lógica que Boyle y Boyce utilizan para reflejar una realidad que va más allá de un simple hito financiero que marcó una época, y que busca explorar las formas maravillosas en como los niños ven el mundo.

Como se menciona anteriormente, “Millons” se centra en Damian y Anthony, quienes se han mudado junto a su padre (James Nesbitt), el cual ha enviudado recientemente, a un nuevo suburbio ubicado en las afueras de Liverpool. Mientras se encuentran en pleno proceso de mudanza, para matar el tiempo Damian construye un elaborado fuerte hecho de cajas de cartón desechadas, a orillas de las líneas del tren que pasan cerca de su nueva casa. Cierto día, mientras Damian se encuentra jugando en su interior, un bolso repleto de dinero se estrella contra uno de los muros del fuerte, desencadenando su colapso. Si bien el dinero fue arrojado de un tren en movimiento, Damian está seguro que le ha sido enviado por Dios. Y es que él es un niño especial el cual posee un conocimiento enciclopédico de los santos, y que constantemente imagina que es visitado por los héroes del martirio cristiano, a los cuales aprovecha de preguntarles si se han encontrado con Santa Maureen, su madre fallecida. Más allá de las alucinaciones de Damian relacionadas con su catolicismo, el dinero que le ha caído del cielo es real, y ahora él y su hermano se disponen a gastarlo. Mientras que Anthony cree que es más costo-eficiente ocupar el dinero para sobornar a sus compañeros de colegio y comprar propiedades, Damian impulsado por el consejo de San Francisco de Asís, desea darle el dinero a los pobres para así ganarse un lugar en el cielo junto a su madre. Afortunadamente, Boyle y Boyce son lo suficientemente inteligentes como para establecer un límite de tiempo para que los niños decidan qué hacer con el dinero, el cual está relacionado con el supuesto cambio de moneda que el Reino Unido está a punto de adoptar, lo cual le imprime una divertida sensación de urgencia a todo el asunto.

 

Resulta a lo menos curiosa la relación que Damian mantiene con los santos cristianos. Para el niño, las apariciones de los santos son algo completamente normal, y van de la mano con su marcado catolicismo. En ese sentido, gracias a que Boyle narra la historia desde el peculiar punto de vista del niño, el espectador es capaz de aceptar que dichas apariciones están ligadas al mundo real, y que no son solo el producto de la activa imaginación de Damian. Esta idea incluso es reforzada por el director en una escena en la que San José reemplaza al protagonista durante parte de su participación en una obra estudiantil acerca del nacimiento de Jesús, cuando este se ve obligado a huir de la amenazante presencia del villano de turno (Christopher Fulford). Al mismo tiempo, pese a su apariencia y a que claramente provienen de una época completamente distinta, los santos de Boyle se presentan como hombres contemporáneos capaces de utilizar un lenguaje coloquial, con la excepción de San Nicolás quien es el único que le habla a Damian en latín, lenguaje el cual aparentemente el niño entiende a la perfección. Cabe mencionar que en la versión literaria de “Millions”, Frank Cottrell Boyce enfatiza la fijación de Damian con los santos, así como también su fascinación por la mortificación y su obsesión con la realización de buenas obras, lo que lo convierte un marginado social. De hecho, su comportamiento en la novela es bastante más extremo, lo que eventualmente lo lleva a estar bajo tratamiento psicológico. Que el comportamiento de Damian haya sido “normalizado” en el film, probablemente responde al hecho que para que la historia funcione, Boyle era consciente que el protagonista debía ser un personaje que despertara la empatía del espectador, y no que este último se limitara solo a catalogarlo como un chico raro.

Más allá del dinero y los santos, la historia que intenta relatar “Millions” tiene que ver con las vidas de los niños, de su padre, y de Dorothy (Daisy Donovan), una mujer que trabaja en una organización de caridad y que se encuentra con una pequeña fortuna durante su paso por el colegio en el cual estudian Damian y Anthony. Por un lado, el dinero se presenta como una pequeña distracción para la pareja de niños, los cuales aún están lidiando con las consecuencias de la muerte de su madre. Mientras ellos piensan que hacer con su nueva fortuna, su padre no parece estar demasiado bien; no solo expresa sentirse algo aislado del resto del mundo, lo que de forma automática le niega cualquier posibilidad de rearmar su vida junto a otra mujer, sino que además toda la situación que está experimentando lo ha distraído a tal punto, que no ha logrado proteger a sus hijos del villano de turno, quien tras realizar el robo perfecto ahora está rondando el vecindario con el objetivo de encontrar el dinero que ha perdido. Probablemente una de las cosas más impresionantes de “Millions”, es que estos temas son explorados utilizando un mínimo de sentimentalismo, el cual es reemplazado con generosas dosis de humor negro. Por ejemplo, resulta ser particularmente divertido como los niños utilizan la muerte de su madre para obtener cosas gratis en diferentes lugares, o como los cuatro personajes protagónicos en un frenesí de codicia e ingenuidad, logran afianzar sus lazos mientras intentan cambiar sus libras por euros en diversos bancos londinenses.

 

Uno de los puntos altos del film claramente es la elección de su elenco. Alex Etel y Lewis McGibbon realizan un estupendo trabajo interpretando sus respectivos roles. Y es que no solo logran que Damian y Anthony se presenten como dos niños peculiares pero extremadamente queribles, sino que además evitan caer en el exceso de dramatismo, impidiendo de esta forma que su comportamiento sea identificado como el producto de una realidad trágica que en algún grado los empuja a marginarse del resto de la sociedad. Lo que es aún más importante, es que la historia les permite demostrar que son increíblemente inteligentes, algo que queda patente en la mayoría de sus diálogos, como por ejemplo cuando Anthony expone la teoría de que quizás es mejor cambiar las libras por dólares, para luego cambiar la moneda norteamericana por euros una vez que esta última viera mermado su valor tras su salida inicial. En cuanto al aspecto técnico del film, resulta necesario destacar el correcto trabajo de fotografía de Anthony Dod Mantle, el cual se complementa de manera perfecta con el interesante juego de cámaras utilizado por Boyle. De la misma forma, la banda sonora compuesta por John Murphy acompaña de forma perfecta la intencionalidad de las imágenes, así como también lo hacen las dos canciones de la banda británica Muse que son utilizadas durante el transcurso de la historia. Por último, según Boyce y Boyle, el diseño de producción de Mark Tildesley resultó ser una pieza fundamental en la concreción de su visión inicial, en especial en aquellas escenas en las que los santos católicos desfilan ante los ojos de Damian.

El gran problema con “Millions” es que tras la primera hora de metraje, la historia central comienza a perder fuerza y se ve amenazada por la aparición de diversas subtramas. Sin embargo, las falencias que presenta el guión son superadas en gran medida gracias a la interpretación de la dupla protagónica, y a las fortalezas temáticas que se exhiben durante la primera mitad de la cinta. En cierta forma, “Millions” podría ser considerada como la reinterpretación realizada por Danny Boyle y Frank Cottrell Boyce del film “A Simple Plan” (1998), del director Sam Raimi, cuyo producto fue esta divertida parábola navideña contemporánea. Evidentemente, el concepto de que un grupo de personas súbitamente se encuentre con una gran suma de dinero no es nuevo, y de hecho ha estado presente dentro del espectro cinematográfico por al menos medio siglo. Lo que resulta original de esta película, es la forma en como el dinero es utilizado como un medio mediante el cual los hermanos descubren cómo funciona el mundo, y que es lo realmente importante en sus vidas. Por otro lado, si bien la secuencia final en la que los protagonistas supuestamente visitan una aldea africana resulta ser algo innecesaria, hay que reconocer que responde al tono del film. Mal que mal, uno de los requisitos de la santidad es la realización de un milagro, y ya que Damian está claramente en búsqueda de dicha santidad, la secuencia final es una licencia que tanto los protagonistas como el espectador son capaces de aceptar sin mayores condiciones.

por Fantomas.

martes, 10 de marzo de 2015

The Paradine Case: La problemática última colaboración entre Hitchcock y Selznick.

“The Paradine Case” (1947), es un drama judicial del director Alfred Hitchcock, el cual está protagonizado por Gregory Peck, Ann Todd, Charles Laughton y Alida Valli.

Cuando la hermosa y elegante señora Paradine (Alida Valli) es acusada de haber asesinado a su marido ciego, ella contrata al prestigioso abogado Anthony Keane (Gregory Peck) para que se encargue de su defensa. Es así como Keane comienza a familiarizarse con el exótico pasado de su clienta, lo que gradualmente provoca que el abogado exprese una incontrolable atracción hacia ella. Ahora que ha permitido que el corazón domine a la razón, la obsesión ciega de Keane no solo puede costarle el caso, sino que también su hasta entonces feliz matrimonio.

 

Desde que el escritor Robert Hickens publicó su novela “The Paradine Case” en el año 1933, el productor David O. Selznick se mostró interesado en llevarla a la pantalla grande. Tras varios intentos fallidos de producir la adaptación al interior de los estudios MGM, Selznick optó por llevar a cabo el proyecto junto a Alfred Hitchcock bajo el alero de los estudios RKO, marcando lo que sería su último trabajo en conjunto. Lamentablemente, el proyecto se desarrolló de forma caótica desde el inicio, lo que provocó que nadie se interesara demasiado por participar en el mismo. Aun cuando Gregory Peck aceptó interpretar el rol protagónico del film, el hecho que Hitchcock estaba más preocupado del término de su contrato con Selznick, y que el productor se mostraba cada vez más neurótico e inseguro de sí mismo, produjo una compleja atmósfera laboral de la cual era difícil abstraerse. Algunas semanas después del inicio del proceso de pre-producción, Hitchcock se reunió con su esposa Alma y con Ben Hecht para trabajar en el guión desarrollado por Selznick, lo que probaría ser una tarea extremadamente difícil. Al hecho de que Hitchcock, Hecht y Selznick tuvieron numerosas dificultadas para ponerse de acuerdo sobre la trama y el desarrollo de los personajes, se sumó la intervención de Joseph O. Breen, administrador del Código de Producción Cinematográfica, quien le estampó una serie de puritanas objeciones a los distintos borradores del guión.

Tras un año de problemas con el guión, el film comenzó a rodarse el 19 de diciembre de 1946, aun cuando la participación de la actriz italiana Alida Valli, quien se suponía que iba a interpretar a la señora Paradine, todavía no estaba asegurada. Si antes Selznick se mostraba inquieto por el destino del proyecto, ahora era presa de un pánico incontrolable que lo llevó a reescribir el guión por completo, sobre la base del día a día, enviando así nuevas líneas de diálogo al plató cada mañana justo antes de que los actores comenzaran a situarse frente a las cámaras. “Esto, por supuesto, hacía que Hitchcock se distrajera”, recordaría Gregory Peck, quien también señalaría en su momento que el director estaba tan aburrido con el proyecto y con la desorganización de Selznick, que a menudo cuando terminaban una toma, los actores solían mirar la silla del director solo para descubrir que este estaba durmiendo o al menos fingía estarlo. De manera simultánea, por aquel entonces la hipocondría de Hitchcock parecía ir en aumento, al igual que su peso, ya que como lo había hecho en ocasiones anteriores, el director optó por refugiarse de las presiones en la comida y la bebida. Para colmo, cuando Hitchcock le entregó a Selznick el film terminado, el que originalmente tenía una duración aproximada de tres horas, el productor redujo drásticamente su duración a 115 minutos, lo que le provocó un daño irreparable a la cinta que fue percibido por la crítica especializada. Y es que la pérdida de peso temático y narrativo es claramente percibible, aun cuando la producción presenta una serie de elementos que refuerzan la idea de que su infame reputación no es del todo merecida.

 

Pese a que se podría argumentar que “The Paradine Case” es más un film de Selznick que de Hitchcock, de todas formas posee elementos característicos de las cintas del director británico, como por ejemplo la exploración de temas como la obsesión, el amor y el sacrificio, los cuales serían revisados con mayor profundidad en gran parte de las películas que Hitchcock realizó durante la segunda mitad de la década del cincuenta. En esta ocasión, el abogado británico Anthony Keane se enamora de su atractiva y enigmática clienta, a quien la están enjuiciando por el asesinato de su esposo. Los sentimientos del abogado son evidentes incluso para su propia esposa (Ann Todd), quien pese a eso lo motiva a ganar el caso para que así el abogado pueda volver a ella con su psiquis intacta. Y es que ella puede ver con toda claridad, que si bien Keane no da señales de querer abandonarla por su clienta, él nunca volverá a ser el mismo hombre si la mujer de la cual se ha enamorado es sentenciada a morir en la horca. El conflicto amoroso en el que se ve involucrado el trío protagónico refleja en gran medida uno de los temas favoritos del director: la caída de un hombre que no puede evitar sucumbir a sus más oscuros impulsos, lo que lo lleva a caer en una trampa de la cual debe salir para salvarse mental y emocionalmente. Obviamente esto no será tarea sencilla, ya que el abogado no solo tendrá que lidiar con sus propios sentimientos, sino que también con sus celos, con su ego, y con la posibilidad de que su carrera se vea destruida por un fallo desfavorable en el juicio.

Si hay algo que resulta interesante con respecto a “The Paradine Case”, es el hecho que el film presenta una perspectiva única, la cual unifica los puntos de vista de todos los personajes femeninos del relato, gracias a que no pierden el tiempo peleándose entre sí a causa de sus celos o de su relación con los hombres. Es por este motivo que si bien el punto de vista de los hombres en relación a la figura de la Sra. Paradine es parte central de la trama, este queda relegado a un segundo plano cuando se hace evidente que la historia es relatada desde una perspectiva femenina. Por ejemplo, los hombres no son idealizados ni tampoco son tratados como un objeto; muy por el contrario, son comprendidos, compadecidos y amados. Gay Keane observa a su marido constantemente, y está consciente que él está pendiente de la Sra. Paradine. Esto le permite reconocer la fascinación del abogado por la acusada prácticamente desde el momento en el que se desarrolla. Por otro lado, tanto Gay como su amiga Judy (Joan Tetzel), y la esposa del Juez Horfield (Charles Laughton), Sophie Horfield (Ethel Barrymore), asisten al juicio como espectadoras, específicamente para ver el accionar de Keane y de Horfield. Y es que el foco de ambos es la Sra. Paradine, y su lucha por determinar si se trata de una santa o una asesina. Mientras que Horfield no duda en demostrar la satisfacción sádica que le provoca enjuiciar a una mujer hermosa, Keane defiende apasionadamente su visión idealizada de la acusada, aun cuando esta lo desprecia por tratar de involucrar a un criado llamado Andre Latour (Louis Jourdan) en el crimen, con quien ella al parecer mantiene una relación que va más allá de lo estrictamente laboral.

 

En lo que respecta al ámbito de las interpretaciones, el elenco realiza un trabajo bastante dispar. Mientras que Gregory Peck no realiza esfuerzo alguno por parecer británico, la actuación de Alida Valli provoca que el espectador se cuestione que es lo que tanto le atrae al protagonista de la gélida e inexpresiva Sra. Paradine. En la vereda contraria se encuentra Ann Todd, quien interpreta de manera correcta a la abnegada y sacrificada esposa del protagonista; Charles Laughton, quien logra que el Juez Horfield no solo resulte ser un personaje detestable, sino que además se eleve como la encarnación de la indolencia provocada por la sobreexposición a casos como el de la Sra. Paradine; y por último Ethel Barrymore, quien interpreta de manera sobresaliente a la compasiva y a menudo humillada esposa de Horfield, al punto que le significó una nominación al Oscar como mejor actriz de reparto. En cuanto al aspecto técnico de la producción, junto al trabajo de fotografía de Lee Garmes, es necesario destacar la ingeniosa forma en como Hitchcock filmó los dramáticos detalles del juicio: utilizando cuatro cámaras, cada una posicionada para filmar a los cuatro personajes principales que participan en las escenas que conforman el juicio, el director se aseguró de captar cada una de las reacciones de los involucrados, en un intento de otorgarle una mayor profundidad a todo el proceso. Por último, la banda sonora compuesta por Franz Waxman no funciona del todo bien, ya que es más propia de un melodrama que de una cinta que por momentos pretende sumergirse en los terrenos del suspenso, específicamente cuando intenta plantar un dejo de duda acerca de la real culpabilidad de la Sra. Paradine.

Viendo la progresión de la sociedad conformada por Hitchcock y Selznick en perspectiva, se podría afirmar que la calidad de los films realizados por la dupla mostró un evidente declive con el paso de los años. Y es que mientras que su primer trabajo en conjunto, “Rebecca” (1940), es sin duda el punto más alto de su compleja sociedad, “The Paradine Case” terminó siendo una de las películas menos memorables y más criticadas del admirado director británico, pese al interesante trasfondo temático que se esconde tras un drama judicial que carece de real suspenso, y cuyos protagonistas palidecen ante la participación de los personajes secundarios. Más allá de si se trata de una fábula acerca de los peligros de la participación de los productores en el proceso creativo cinematográfico, o de un ejemplo de cómo puede verse afectada una producción debido a la falta de interés del director, la mejor manera de ver “The Paradine Case” es considerándola como un producto transicional dentro de la carrera de Hitchcock, situado entre el éxito comercial que resultó ser “Notorious” (1946) y sus trabajos posteriores que comenzarían a presentar rasgos más experimentales y personales. Pese a sus innovaciones técnicas, a los ocasionales momentos de brillantez que tiene la cinta, y a lo interesante que resulta ser el prisma femenino desde el cual es relatada la historia, “The Paradine Case” tal como ocurre con su protagonista, resulta difícil no otorgarle un fallo desfavorable.


por Fantomas.

lunes, 12 de enero de 2015

Nothing But The Night: La breve aventura de Christopher Lee como productor.

“Nothing But The Night” (1973), es un film de misterio y terror del director Peter Sasdy, el cual está protagonizado por Christopher Lee, Peter Cushing y Georgia Brown.

Tres administradores de la fundación Van Traylen, la cual se dedica a acoger niños huérfanos, han sido hallados muertos en el último tiempo. Aunque las muertes parecen suicidios, el Coronel Charles Bingham (Christopher Lee), quien está a cargo de la investigación, cree que han sido asesinados por motivos económicos. Con la ayuda del médico patólogo, Sir Mark Ashley (Peter Cushing), Bingham pronto descubrirá que su curiosidad puede costarle muy caro.

 

Desde el momento que compartieron escena en las recordadas “The Curse of Frankenstein” (1957) y “Horror of Dracula” (1958), los actores británicos Christopher Lee y Peter Cushing entablaron una amistad que se extendería durante décadas, y que finalizaría con la muerte de Cushing en 1994, a causa de un cáncer a la próstata. Ambos de rostros angulosos y siluetas alargadas, trabajarían juntos en numerosas ocasiones durante su carrera, en gran medida porque durante las décadas del sesenta y del setenta su sola presencia era sinónimo de éxito comercial, y porque como el mismo Christopher Lee se ha encargado de declarar en incontables oportunidades, disfrutaban trabajar juntos al punto que buscaban guiones que les permitieran interpretar personajes antagónicos. Una de las tantas películas en las que coincidirían sería “Nothing But The Night”, la cual estaba basada en la novela del mismo nombre del escritor John Blackburn, y que sería producida por la compañía Charlemagne Productions, la que había sido fundada por Christopher Lee y Anthony Nelson-Keys con la intención de realizar films de terror más maduros que los producidos por la Hammer. Originalmente, la adaptación de la novela de Blackburn era la primera parte de un plan mucho más ambicioso por parte de Lee, quien deseaba adaptar otras dos novelas del escritor tituladas “Portrait of Barbara” y “Bury Him Darkly”, para así formar una trilogía cuyo protagonista sería el Coronel Charles Bingham, personaje que en esta oportunidad está a cargo de la investigación de las muertes de un grupo de administradores de la poderosa fundación Van Traylen. Sin embargo, algunos desacuerdos con el escritor y los exiguos resultados de taquilla del film, eventualmente tiraron por la borda las intenciones de Lee.

“Nothing But The Night” comienza con los asesinatos de tres administradores de la fundación Van Traylen, cada uno de los cuales se caracterizaba por ser personas de avanzada edad sumamente influyentes y acaudaladas. De manera casi simultánea, un bus que transporta a treinta huérfanos que están bajo el cuidado de la fundación, sufre un grave accidente de tránsito. Si bien ninguno de los niños termina con lesiones graves, la pequeña Mary Valley (Gwyneth Strong) ha quedado hospitalizada a petición del doctor Haynes (Keith Barron), debido a que la niña ha experimentado una serie de vívidas pesadillas en las que se ve envuelta en llamas luego del accidente. En el intertanto, el Coronel Bingham, quien desde hace ya un tiempo no trabaja como policía, se acerca al hospital donde está internada Mary para convencer a su viejo amigo, el patólogo Mark Ashley, que lo ayude a investigar la muerte de los administradores, ya que sospecha que algo se esconde tras lo que la policía ha catalogado como suicidios. Para complicar aún más el asunto, una reportera llamada Joan Foster (Georgia Brown) descubre que la niña no es realmente huérfana; su madre, una supuesta vidente llamada Anna Harb (Diana Dors), la cual ha estado diez años en prisión por asesinar a tres personas, ha aparecido para reclamar a la pequeña. Desde sus respectivas trincheras, Bingham, Ashley, Haynes y Foster, intentarán descubrir que se esconde tras las misteriosas muertes, y cuál es el secreto que parece residir en el subconsciente de Mary, cuya revelación puede ser la clave que solucione este complejo rompecabezas.

 

El gran motor de “Nothing But The Night” es el misterio que se esconde tras los asesinatos y el extraño comportamiento de la pequeña Mary, razón por la cual durante gran parte del metraje este funciona más como un thriller policial que como una cinta de terror. Si bien en un inicio la trama se presenta de manera atractiva atrapando rápidamente el interés del espectador, lamentablemente a medida que avanza el relato, el director pierde el rumbo con la inclusión de diversas subtramas que lo único que hacen es que el núcleo de la historia pase a segundo plano, y que el ritmo narrativo del film decaiga de manera considerable. Entre otras cosas, se explora el frenético escape de la en apariencia desequilibrada Anna Harb, quien rápidamente se convierte en la principal sospechosa de los crímenes, hasta la isla escocesa de Bala, lugar en el cual se encuentra el orfanato de la fundación Van Traylen y donde se desarrolla el último tramo de la película; la breve pero intensa relación amorosa que surge entre el Doctor Haynes y Joan Foster cuando ambos se involucran en el proceso de recuperación de Mary, y comienzan a investigar las verdaderas razones de la sorpresiva aparición de Anna Harb; y la desaparición y posterior búsqueda de un pequeño que también reside en el ya mencionado orfanato. Estos saltos constantes entre una subtrama y otra, complejizan de sobremanera una historia repleta de giros de tuerca, y provocan que muchas situaciones luzcan forzadas y poco creíbles, debido al torpe desarrollo de las mismas.

El principal problema con “Nothing But The Night”, es que sufre de una indefinición temática y narrativa constante, que le impide convertirse en una obra del todo coherente. Para comenzar, el film presenta una total carencia de un verdadero protagonista. Si bien en un inicio todo parece indicar que los personajes de Lee y Cushing son los protagonistas, la cinta pasa gran parte de su primera mitad explorando la investigación médica y periodística del Doctor Haynes y Joan Foster, para luego centrarse nuevamente en el Coronel Bingham y Mark Ashley, aunque siempre de manera intermitente, cuando estos son testigos de un nuevo atentado contra otro grupo de miembros de la fundación Van Traylen, quienes se encontraban a bordo de una embarcación en las costas de la isla de Bala. Todo esto, que es una consecuencia directa de la rotación constante de subtramas, provoca que al espectador le resulte virtualmente imposible identificarse con alguno de los cuatro personajes principales, aún es posible empatizar con sus motivaciones y creencias. Por otra parte, el guión intenta combinar ciertos elementos sobrenaturales con otros más cercanos a la ciencia, lo que resulta contradictorio en distintos niveles. Mientras que la inclusión de guiños al ocultismo paradójicamente acercan a la cinta al tipo de horror que tanto Christopher Lee como Anthony Nelson-Keys intentaban dejar de lado, la inverosímil explicación científica que se le intenta dar a los crímenes parece que solo busca justificar la participación del patólogo interpretado por Cushing.

 

Como es de esperarse, uno de los puntos altos de la cinta son las actuaciones de Christopher Lee y Peter Cushing, cuyas escenas en conjunto reflejan en gran medida la relación de amistad existente entre ambos actores. Mientras que Lee interpreta a un hombre algo serio y autoritario, que solo demuestra su faceta más apacible cuando está en compañía de su viejo amigo, Cushing le da vida a un médico que se muestra dispuesto a investigar incluso aquello que va en contra de su formación científica, y que de vez en cuando tiene pequeños estallidos de ira provocados principalmente por desavenencias con el Doctor Haynes y Joan Foster. Georgia Brown por su parte, realiza una labor correcta mermada únicamente por algunas líneas de diálogo bastante mediocres, y por la torpe escena romántica que tiene con el personaje interpretado por Keith Barron. Por último, tanto Gwyneth Strong como Diana Dors no pueden evitar caer en la sobreactuación, lo que causa por ejemplo que algunas de las escenas que muestran a una fugitiva Anna Harb refugiándose en el bosque de la isla de Bala, caigan en la comedia involuntaria. En relación al aspecto técnico de la cinta, mientras que el trabajo de fotografía de Kenneth Talbot resulta ser bastante mediocre, en especial en aquellas escenas que supuestamente transcurren de noche, la banda sonora compuesta por Malcolm Williamson es altamente irregular, por lo que en contadas ocasiones complementa de manera efectiva lo que buscan transmitir las imágenes.

Si algo hay que reconocerle a Peter Sasdy con respecto a su trabajo en “Nothing But The Night”, es su notoria preocupación por construir una atmósfera malsana y opresiva, que en cierta medida compensa algunas de las debilidades de un guión incapaz de explotar el potencial presente en una historia que en el papel prometía mucho más. De la misma forma, resulta necesario destacar lo sorprendente de la vuelta de tuerca final, la cual es coronada con una escena sumamente perturbadora que rápidamente queda grabada a fuego en la memoria del espectador. Curiosamente, el hecho de que la secuencia final involucre una hoguera, y que la clave del misterio que se proponen resolver los protagonistas se encuentre en una alejada isla, entre otras cosas, acercan a esta producción al film “The Wicker Man” (1973), el cual también contó con la participación de Christopher Lee. Como se menciona anteriormente, el magro resultado de taquilla de “Nothing But The Night” significó que la compañía Charlemagne Productions cerrara prontamente sus puertas, lo que le otorga una importancia histórica especial a esta modesta producción. “Nothing But The Night” es claramente una cinta fallida, pero presenta varios elementos interesantes que merece la pena considerar, como por ejemplo la mencionada participación de Lee y Cushing, lo peculiar de la solución final, y el curioso comentario que realiza acerca de la obsesión de la sociedad con la efímera juventud.


por Fantomas.

jueves, 21 de agosto de 2014

On Her Majesty´s Secret Service: Bond y su momento de mayor fragilidad.

“On Her Majesty´s Secret Service” (1969), es un film de acción del director Peter R. Hunt, el cual está protagonizado por George Lazenby, Diana Rigg y Telly Savalas.

Tras rescatar a una chica llamada Tracy (Diana Rigg) del supuesto ataque de una pareja de asaltantes, James Bond (George Lazenby) establece un vínculo con ella y con su padre, Marc-Ange Draco (Gabriele Ferzetti), quien es el jefe de un conocido sindicato criminal, debido a que este posee información del paradero del maquiavélico Ernst Stavro Blofeld (Telly Savalas). Bond pronto descubrirá que escondido en medio de los Alpes Suizos, Blofeld planea desarrollar y lanzar una peligrosa bacteria que podría acabar con millones de personas en todo el planeta, y que solo él puede detenerlo.

 

Tras el estreno de “Goldfinger” (1964), los productores Albert Broccoli y Harry Saltzman pretendían continuar la serie con la adaptación de la novela “On Her Majesty´s Secret Service”. Sin embargo, durante el transcurso de los años surgieron una serie de problemas de diversa índole que obligaron a posponer su adaptación. Todo empeoraría con la renuncia de Sean Connery al inicio del rodaje de “You Only Live Twice” (1967), quien además de estar cansado de interpretar al sofisticado espía inglés, no se encontraba en muy buenos términos contractuales con Broccoli. Ante la inminente posibilidad de perder la pequeña mina de oro que habían descubierto, Broccoli y Saltzman se lanzaron a la difícil tarea de encontrar al reemplazante de Connery. De esta forma convocaron a más de 400 postulantes en un llamado abierto, entre los que se encontraban Roger Moore, Timothy Dalton, John Richardson, Robert Campbell, y un ignoto modelo australiano de 29 años cuyo mayor éxito había sido un comercial de una conocida barra de chocolate, llamado George Lazenby. Curiosamente, Lazenby sería seleccionado para interpretar a Bond básicamente porque mientras estaba audicionando para el rol, golpeó accidentalmente en el rostro al coordinador de los dobles de riesgo, lanzándolo por los aires, dando con esto muestras de su salvaje personalidad. Lamentablemente para el novato actor, lo que podía haberse convertido en la oportunidad de su vida, terminó sentenciando su destino en el mundo del cine. Al hecho de su nula experiencia como actor, se sumó su incapacidad a la hora imitar de forma convincente el acento británico, y el escaso control de su propio ego. Una vez que se transformó en el centro de atención de los medios, Lazenby comenzó a tener problemas tanto con sus compañeros de elenco, como con los productores y el mismo director. Su ego descontrolado también lo llevaría a rechazar un contrato por siete películas, ya que su agente lo convenció de que las cintas de James Bond pronto dejarían de importarle a la audiencia, razón por la cual debía privilegiar su participación en otro tipo de producciones, como por ejemplo los cada vez más populares Spaghetti Western. Eventualmente, la crítica destrozaría a Lazenby, y este se vería obligado a pasar el resto de su carrera participando en cintas de bajo presupuesto tanto en Europa como en Asia.

A diferencia de la gran mayoría de los films del popular agente secreto, en “On Her Majesty´s Secret Service” Bond se convierte en el motor que impulsa la trama, y no en un mero vehículo cuya función principal es llevar al espectador de una glamorosa locación a otra. En esta oportunidad, Bond se encuentra en medio de la Operación Bedlam, cuyo objetivo es capturar al genio criminal Ernst Stavro Blofeld. Sin embargo, el espía británico se ve obligado a hacer un alto en el camino para rescatar a una joven que está a punto de ahogarse en el mar. Dicha joven se llama Tracy di Vicenzo, y es la alocada hija del respetado jefe del sindicato criminal de Córcega, Marc-Ange Draco. Curiosamente, dicho acontecimiento servirá para que Bond y Draco establezcan un curioso acuerdo; según Draco, Bond es el único hombre capaz de encaminar a su hija, por lo que lo incita a conquistarla con la promesa de que no solo va a pagarle un millón de libras esterlinas si logra su cometido, sino que además lo ayudará a dar con el paradero del esquivo Blofeld. A medida que el romance avanza y Bond gradualmente comienza a enamorarse de Tracy, este descubre que puede acercarse a Blofeld a través de un genealogista llamado Sir Hilary Bray (George Baker), quien ha sido contratado por el criminal para que certifique un supuesto título nobiliario que posee. A sabiendas de esto, Bond asume la identidad de Sir Hilary Bray y se dirige a los Alpes Suizos, donde Blofeld aparentemente maneja una clínica que se dedica al tratamiento de las alergias. Sin embargo, 007 pronto descubrirá que el verdadero plan del líder de S.P.E.C.T.R.E. consiste en utilizar a sus jóvenes y hermosas pacientes para dispersar a nivel mundial un virus de infertilidad, a no ser que se le otorgue un perdón total por todos sus crímenes pasados y se le valide el título nobiliario que tanto ansía tener.

 

“Esto nunca le pasó al otro tipo”. Esta línea de diálogo, dicha por el James Bond interpretado por George Lazenby al inicio del film, en gran medida resume lo que representa “On Her Majesty´s Secret Service” dentro de la popular saga del agente británico. Entre otras cosas, en esta oportunidad Bond utiliza disfraces ridículos, se deprime cuando es reprimido por M (Bernard Lee), se enamora, coquetea momentáneamente con la abstinencia, y eventualmente contrae matrimonio. Pese a las múltiples diferencias que presenta el Bond de Lazenby con el de Sean Connery, de todas formas la cinta presenta una serie de elementos cuya función parece ser enlazar esta nueva aventura con el resto de la exitosa serie. Para empezar, la secuencia de créditos cumple con exhibir a gran parte de la galería de chicas Bond y villanos que se habían visto hasta entonces. De la misma forma, cuando Bond considera su retiro prematuro, es posible escuchar varias de las canciones utilizadas en los films protagonizados por Connery. Esta yuxtaposición entre el nuevo y el viejo Bond, donde se exponen tanto sus similitudes como sus diferencias, lamentablemente termina dejando al descubierto las falencias interpretativas de Lazenby. Por estos motivos, “On Her Majesty´s Secret Service” usualmente es tratada como una entrada inusual dentro de la serie, no al nivel de “Casino Royale” (1967) o “Never Say Never Again” (1983), pero que de todas formas se convirtió en un momento incómodo para Saltzman y Broccoli, el cual les costaría bastante superar.

Si hay algo que no se puede negar, es que “On Her Majesty´s Secret Service” posee algunas de las mejores escenas de acción de la saga. Además de ser visualmente atractivas, son rápidas, emocionantes, y bastante realistas para estar enmarcadas dentro del pintoresco universo Bond. En gran medida, la razón por la que el director Peter Hunt quiso otorgarle un tono más realista a la cinta, fue debido a que deseaba regresar a las raíces de Bond como espía, ya que sentía que la imagen del icónico personaje había perdido su eje en las últimas cintas de Connery, hasta el punto de volverse un producto propio del género fantástico. Quizás por esta misma razón, en “On Her Majesty´s Secret Service” Bond no es el asesino letal e implacable que es posible ver en las cintas anteriores, sino que es un hombre notoriamente más vulnerable, más humano. Lo que es más importante, es que cada vez que Bond da muestras de alguna conexión emocional durante el posterior transcurso de la saga, es posible trazar paralelos con este film. Por ejemplo, en “For Your Eyes Only” (1981), Bond visita la tumba de Tracy, lo que de por sí es un inusual reconocimiento de la historia pasada del espía, y un signo evidente de que en algún momento se le intentó dar una cierta continuidad a sus aventuras. Por otro lado, en “License to Kill” (1989), Bond de inmediato demuestra una evidente empatía con su amigo Felix Leiter (David Hedison) cuando su flamante nueva esposa es asesinada. Motivado por su propio pasado, el espía británico emprende una violenta cruzada para encontrar a los responsables del crimen.

 

Pese a que el film presenta algunos diálogos absolutamente olvidables, el elenco en general realiza un buen trabajo, con la sola excepción de Lazenby. Y es que el australiano pese a que logra otorgarle un aire de sofisticación al personaje, y se desenvuelve de manera brillante en las escenas de acción, lamentablemente se muestra algo torpe en aquellas escenas en las que Bond expresa algún tipo de sentimiento o conflicto. Al mismo tiempo, es necesario mencionar que George Baker fue el encargado de doblar la voz de Bond mientras este asume la identidad de Sir Hillary Bray, ya que Lazenby jamás logró reproducir de manera creíble el acento del genealogista. Telly Savalas por su parte, logra construir a un Blofeld que es menos escalofriante que el representado brevemente por Donald Pleasance, pero que claramente resulta ser más amenazante físicamente hablando. Por último, Diana Rigg no solo interpreta a quien es probablemente la chica Bond más activa y madura de toda la serie, sino que además por momentos es capaz de opacar al mismísimo 007. En cuanto al aspecto técnico de la cinta, resulta destacable el trabajo de edición de John Glen, quien en conjunto con Peter Hunt, que dicho sea de paso había trabajado como editor en los films anteriores de Bond, le otorgan una dinámica bastante distintiva a la producción en general. Al mismo tiempo, el trabajo de fotografía de Michael Reed, la banda sonora del compositor John Barry, la cual además incluye un tema de Louis Armstrong, y en especial el diseño de producción de Syd Cain, también se encuentran dentro de los puntos altos de la cinta.

Aun cuando la primera mitad de “On Her Majesty´s Secret Service” avanza de manera pausada, el ritmo narrativo se acelera notablemente una vez que Bond se infiltra en la peculiar clínica de Blofeld, donde resguarda a doce bellas jóvenes a las cuales él llama sus “ángeles de la muerte”. Lamentablemente para gran parte de los involucrados en la producción, una vez que esta no obtuvo los resultados esperados a nivel comercial en los Estados Unidos, y la actuación de Lazenby fue ampliamente denostada por la crítica especializada, no tuvieron más remedio que aceptar que sus intentos por construir a un Bond más complejo habían fracasado, y que su participación al interior de la saga había terminado de manera amarga. Con el objetivo de borrar lo más rápido posible de la memoria del espectador la existencia de “On Her Majesty´s Secret Service”, en “Diamonds are Forever” (1971), Broccoli y Saltzman optaron por regresar a la fórmula utilizada en las cintas previas de Connery. Al mismo tiempo, la supuesta venganza que Bond emprende en contra de Blofeld debido a los acontecimientos finales ocurridos en el film de Hunt, solo es explorada de manera superficial en la secuencia inicial de la cinta, para luego ser obviada por completo durante el resto de los encuentros que tiene la dupla de personajes a lo largo del film. “On Her Majesty´s Secret Service” es una cinta injustamente subvalorada, la cual resulta clave a la hora de entender a Bond como personaje, ya que deja explicitado que el espía es algo más que las bellas mujeres, las armas, los artefactos y la misión. Irónicamente, eventualmente Daniel Craig lograría lo que Lazenby desafortunadamente no pudo hacer en su momento, en gran medida debido a que en ese entonces el público no pudo superar el impacto que le provocó la salida del inigualable Sean Connery.



por Fantomas.

lunes, 11 de agosto de 2014

The Pirates of Blood River: Los Piratas y la Hammer.

“The Pirates of Blood River” (1962), es un film de aventuras del director John Gilling, el cual está protagonizado por Kerwin Mathews, Christopher Lee y Glenn Corbet.

En una villa de hugonotes refugiados, Jonathon Standing (Kerwin Mathews) es enviado por su padre (Andrew Kier) a una colonia penal cercana por mantener una relación impropia con una mujer casada. Una vez que Jonathon logra escapar del lugar, es encontrado por un grupo de piratas liderados por el Capitán LaRoche (Christopher Lee), quien lo obliga a guiarlo hasta su villa, convencido de que en el lugar se encuentra un gran tesoro escondido.

 

Tras pasar varios años relegadas a un segundo plano, en la década del cincuenta las películas de piratas volvieron a adquirir cierta popularidad gracias al estreno de la adaptación del clásico de aventuras escrito por Robert Louis Stevenson, “Treasure Island” (1950). El éxito de dicha producción generaría una oleada de cintas de corte similar, cuyo punto en común sería la presencia de aventuras en alta mar y una gran cantidad de acción de capa y espada. Fue así como a principios de la década del sesenta, los ejecutivos de la productora británica Hammer Films, pensaron que sería buena idea probar suerte con el mundo de los piratas, para así diversificar el éxito que habían obtenido con las cintas de horror gótico. En un inicio, la misión de escribir el guión de “The Pirates of Blood River” recaería en las manos de Jimmy Sangster, responsable de gran parte de los guiones de las producciones más exitosas de la Hammer, como por ejemplo “Horror of Dracula” (1958) y “Curse of Frankenstein” (1957), entre otras. Sin embargo, a Sangster le costó lidiar con las restricciones presupuestarias del estudio, las cuales lo obligaban a escribir una historia de piratas en la cual no fuese necesaria la presencia de ningún tipo de embarcación. A raíz de esto, Sangster solo desarrollaría las bases de lo que posteriormente sería el guión escrito por John Gilling y John Hunter, cuya historia se ambientaría por completo en los inhóspitos terrenos de una isla caribeña alejada del resto de la civilización.

El protagonista del film, Jonathon Standing, es miembro de un asentamiento de hugonotes ubicado en una isla remota, cuya localización exacta jamás es definida. Los hugonotes fueron básicamente los primeros Protestantes, los cuales se vieron fuertemente enfrentados con la Iglesia Católica, lo que significó que fueran perseguidos durante gran parte del siglo XVI hasta fines del siglo XVIII. Tomando en cuenta este contexto histórico, no resulta extraño que el asentamiento al cual pertenece el protagonista se mantenga en el más completo de los secretos, y que sea liderado por un concilio de ancianos quienes han forjado sus leyes basándose en las estrictas interpretaciones de la Biblia realizadas por la religión Protestante. Si bien su sistema parece haber funcionado sin mayores inconvenientes durante años, para cuando Jonathon Standing es apresado por adúltero el concilio muestra claras evidencias de corrupción, lo que ha generado una preocupación palpable entre el resto de los ciudadanos, quienes cada vez están más convencidos que las decisiones de los ancianos están guiadas por su sed de poder y su propia codicia, y no precisamente por la palabra de Dios. Todo esto conlleva a que Jason Standing, quien es el padre de Jonathon y el líder de los ancianos, termine sucumbiendo ante la presión de sus pares y dictamine que su hijo debe pasar el resto de su vida realizando trabajos forzados en un penal cercano. Pese a la molestia que ha despertado la sentencia en el resto de los miembros del asentamiento, nadie parece estar preparado para alzarse en contra de quienes los oprimen, lo que eventualmente tendrá una serie de nefastas consecuencias para este grupo de hugonotes.

 

Una vez en prisión, Jonathon se convierte en el blanco preferido de los sádicos guardias, quienes lo desprecian su innegable atractivo físico. Tras algunos meses de sufrimiento y vejaciones al interior del penal, Jonathon logra escapar solo para caer en manos de alguien incluso más peligroso que los guardias; el Capitán de un grupo de piratas llamado LaRoche. Entre la espada y la pared, al protagonista no le queda más remedio que llegar a un acuerdo con el pirata, quien está convencido de que en el asentamiento se encuentra un gran tesoro oculto. Con la certeza de que en la villa no existe tal tesoro, Jonathon accede a guiar a los piratas hasta su antiguo lugar de residencia, siempre y cuando una vez que registren el lugar, vuelvan a su embarcación sin dañar a nadie. Lamentablemente, jamás se debe confiar en la palabra de un pirata, ya que una vez que LaRoche y los más de 30 piratas que lo acompañan llegan al asentamiento, rápidamente comienzan a asesinar a todo aquel que intenta cruzarse en su camino. Pese a que los lugareños realizan una serie de esfuerzos por defender sus hogares y a sus familias, eventualmente los piratas se apoderan del pueblo con la promesa de colgar a todos sus habitantes si es que los ancianos no se deciden a entregar el tesoro. Involucrados en una verdadera carrera contra el tiempo, Jonathon y un pequeño grupo de lugareños entre los que se encuentra su hermana Bess (Marla Landi) y su mejor amigo Henry (Glenn Corbett), tendrán que encontrar la forma de expulsar a LaRoche y a sus secuaces, antes de que estos acaben con toda la colonia de hugonotes, sin importar si estos son mujeres, niños o ancianos.

En gran medida, en “The Pirates of Blood River” Jonathon Standing se ve enfrentado a dos enemigos; un grupo de piratas y la ideología religiosa corrupta que practica su padre y el resto de los líderes de los hugonotes en los que se centra el film. Pese a que existen diferencias evidentes entre ambos extremos del conflicto, si en algo se asemejan es en el hecho de que no dejan espacio para los espíritus libres, a los cuales prefieren rechazar por completo ya que ponen en peligro los cimientos de sus regímenes. La Hammer a menudo se vio en problemas con las autoridades religiosas debido al contenido potencialmente controversial de sus producciones. En el caso particular de este film, Sangster, Gilling y Hunter realizan una fuerte crítica contra la hipocresía y la intolerancia religiosa. Desde el momento en que aparecen en escena, el consejo de ancianos da muestra de sus actitudes despóticas cuando sentencian a Jonathon a una muerte segura en prisión. Lo que es peor, ninguno de ellos demuestra una pizca de arrepentimiento durante el transcurso de la cinta, ni siquiera el padre del protagonista, quien muy por el contrario, cada vez parece más dispuesto a que cada uno de los habitantes del asentamiento sea asesinado por los piratas, incluyendo a sus propios hijos, que a entregar la ubicación del tesoro la cual solo él conoce.

 

Aun cuando Jonathon Standing es el protagonista, probablemente el personaje más interesante de todo el film sea el Capitán LaRoche, sencillamente por el hecho de que su persona encierra una serie de interrogantes que nunca llegan a ser contestadas. LaRoche es poseedor de un pasado misterioso que lo ha llevado a ser el líder de un peligroso grupo de piratas, pero este nunca es desmitificado a los ojos del espectador. Christopher Lee realiza un gran trabajo interpretando al decidido e implacable LaRoche, aun cuando su acento francés deje bastante que desear. Kerwin Mathews por su parte, pese a que dota de un innegable carisma a su personaje y se desenvuelve bien en las escenas de acción, su actuación no es precisamente memorable. Dentro del elenco secundario, se destacan Peter Arne y Oliver Reed, quienes interpretan a los dos piratas más viles y sanguinarios del grupo liderado por LaRoche, los cuales eventualmente se ven enfrentados en una particular y mortal competencia en la cual está en juego la integridad física de Bess Standing. Por último, es necesario destacar la labor de Michael Ripper, quien interpreta al supuesto mejor amigo de LaRoche, el cual tras un incidente ocurrido en una noche de juerga, comienza a albergar el deseo de amotinarse en contra de su alguna vez querido Capitán. En cuanto al aspecto técnico del film, mientras que la banda sonora compuesta por Gary Hughes resulta ser bastante efectiva, el trabajo de fotografía de Arthur Grant es sencillamente espectacular, al igual que el diseño de producción de Bernard Robinson, quien logra crear una serie de escenarios atractivos con un escasísimo presupuesto.

Aunque este es un film de aventuras, de todas formas hay espacio para algunos elementos más propios del género del horror. De hecho, la secuencia inicial, en la cual Jonathon es descubierto junto a una mujer casada, termina de manera espeluznante cuando la pobre mujer en el afán de escapar de su abusivo marido, es devorada por un grupo de pirañas mientras intenta cruzar el rio que le da nombre a la cinta. En gran medida, “The Pirates of Blood River” está fuertemente influenciada tanto por las cintas clásicas de piratas, como por los Westerns norteamericanos. Y es que mientras que el asentamiento de los hugonotes se asemeja bastante a un fuerte de los pioneros americanos, la invasión de los piratas inevitablemente trae a la memoria algunos Westerns en los que un grupo de indios hace exactamente lo mismo. Curiosamente, en un determinado momento del film los roles se invierten, y los piratas se convierten en las víctimas de una batalla en medio del bosque dominada por Jonathon y algunos de sus compañeros, los cuales pese a estar en inferioridad numérica y contar con menos armas, gracias a su conocimiento del terreno logran diezmar y desmoralizar a los piratas, y con eso restarle autoridad al cada vez más descontrolado LaRoche. Aun cuando no cuenta con el encanto de un film de Errol Flynn o con el presupuesto de una producción de los estudios Disney, y pese a que no aparece una sola embarcación en toda la película, “The Pirates of Blood RIver” es una entretenida cinta de aventuras, la cual además de estar plagada de acción, cuenta con un elenco sólido y con un aspecto que la hace parecer una producción de mayor presupuesto. Lo más importante de todo, es que el film de Gilling es la mejor evidencia de que la Hammer era mucho más que una exitosa factoría de horror gótico.



por Fantomas.

sábado, 2 de agosto de 2014

The Mercenaries/Dark of the Sun: Un crudo retrato de la Crisis del Congo.

“The Mercenaries” (1968), es un drama bélico del director Jack Cardiff, el cual está protagonizado por Rod Taylor, Yvette Mimieux, Peter Carsten y Jim Brown.

En plena guerra, una banda de mercenarios comandados por el Capitán Curry (Rod Taylor) intentará evacuar a los habitantes de un pueblo del Congo y, al mismo tiempo, impedir que una fortuna en diamantes caiga en manos de las fuerzas rebeldes.

 

En el año 1965, el escritor Wilbur Smith publicó su segunda novela titulada “The Dark of the Sun”, la cual relataba desde la tribuna de la ficción la llamada Crisis del Congo, ocurrida entre 1960 y 1966, y durante la cual Joseph Mobutu llegó al poder una vez que la República del Congo logró independizarse de Bélgica. Cuando los estudios MGM compraron los derechos de la novela, se le encomendó a Ranald MacDougall la tarea de adaptar al guión, aunque finalmente también participó en su elaboración Adrian Spies y Rod Taylor. Ante la imposibilidad de filmar en locaciones en África, el equipo de filmación liderado por el director Jack Cardiff no tuvo más opción que trasladarse a Jamaica. Para Cardiff, su participación en “The Mercenaries” sería una experiencia absolutamente inolvidable. Con respecto a su trabajo en el film, el director declaró lo siguiente en su biografía titulada “Magic Hour”: “´The Mercenaries´ estaba ambientada en el Congo belga pero tuvo que ser rodada en Jamaica, debido a que no pudimos encontrar un tren de vapor adecuado en África, y este era parte vital de la trama. Pese a que era una historia muy violenta, la violencia que ocurrió en el Congo en aquel periodo fue mucho peor de lo que yo podía plasmar en el film; mientras investigaba el tema encontré documentos tan repulsivos que me dieron nauseas.”

“The Mercenaries” está ambientada en plena Rebelión Simba ocurrida en el Congo en 1964. El Congo acababa de salir de un periodo brutal durante el cual lograron independizarse de Bélgica. Sin embargo, tras su independencia, las diferentes provincias del país africano entraron en una guerra de secesión, en la que al mismo tiempo que las tropas de las Naciones Unidas intentaban instaurar un gobierno centralizado, mercenarios de distintas nacionalidades se dedicaban a luchar por los líderes regionales. Al poco tiempo que este conflicto terminó, estalló la Rebelión Simba. Si bien los rebeldes aseguraban que estaban luchando contra la corrupción del gobierno, la verdad es que básicamente estaban asesinando a todos los ciudadanos congoleses que desde su punto de vista habían sido “occidentalizados”, al mismo tiempo que se dedicaban a aterrorizar a los europeos que habían decidido quedarse en el Congo. Ante esta situación, el gobierno del Congo se vio obligado a utilizar mercenarios para liderar y entrenar a los militares congoleses, para así terminar con la rebelión. Es aquí donde “The Mercenaries” comienza. El Capitán Curry y su fiel compañero, el Sargento congolés Ruffo (Jim Brown), son contratados por el gobierno para liderar una misión cuyo objetivo es rescatar a un grupo de colonos europeos que viven en un pueblo remoto. Sin embargo, su verdadera misión es la siguiente: recuperar cincuenta millones de dólares en diamantes sin cortar, los cuales serán utilizados por el Presidente Ubi (Calvin Lockhart) para mantenerse a flote y acabar con los Simbas. Para cumplir dicha misión, la dupla tendrá un plazo de 72 horas. Si lo logran, recibirán una recompensa de 50.000 dólares.

 

Con la ayuda de 40 de los mejores soldados del ejército del Congo, un simpatizante Nazi llamado Henlein (Peter Carsten), y un brillante pero alcohólico médico llamado Wreid (Kenneth More), Ruffo y Curry emprenderán una odisea en la que constantemente se verán enfrentados a la amenaza de posibles ataques por parte de los despiadados rebeldes. Junto con esto, Curry tendrá que lidiar con la amenaza que significa la figura de Henlein, quien evidentemente sabe de la existencia de los diamantes. Curiosamente, el primer enfrentamiento serio entre ambos hombres es provocado por una mujer llamada Claire (Yvette Mimieux), a quien el grupo liderado por Curry rescata de una granja saqueada previamente por los Simba. Con respecto a esto último, es necesario mencionar que aun cuando la trama de “The Mercenaries” es bastante simple, la complejidad dramática que presenta el film está dada por la interacción entre los protagonistas, específicamente entre Curry y Ruffo. Por un lado está Curry, un soldado norteamericano que aparentemente es feliz tomando el dinero que el gobierno congolés está dispuesto a ofrecerle, y al cual poco le importa la situación que se vive en el Congo. Esto ocurre porque básicamente es un hombre que siente un total desprecio por el mundo, y por la forma en como las grandes potencias privilegian sus propios intereses en desmedro del resto. Esto queda perfectamente explicitado en la siguiente frase mencionada por Curry en un determinado momento de la cinta: “El arma es china, Ruffo, pagada con rublos rusos. El acero probablemente proviene de una fábrica alemana construida con francos franceses. Luego fue traída acá en una aerolínea sudafricana probablemente subsidiada por los Estados Unidos.”

Ruffo por su parte, ahora se encuentra luchando en su país de origen, y a diferencia de Curry, su mayor deseo es lograr que en el Congo opere una sociedad funcional. Aun cuando ambos mercenarios son amigos, en lo que se refiere al conflicto en el que ahora se encuentran insertos, sus posturas son completamente opuestas. Ruffo admite que en esta oportunidad su verdadero interés es su país y no el dinero, lo que provoca que Curry se pregunte qué sucedería si se vieran obligados a luchar en lados opuestos del conflicto. “Lucharía contigo. Pero no me gustaría,” afirma Ruffo con evidente amargura en un determinado momento del film. El lazo de amistad que une a estos hombres se vuelve especialmente importante a medida que avanza la historia, ya que la situación a la que se ven enfrentados posibilita la opción de que uno de ellos traicione al otro con el objetivo de sobrevivir. Junto con explorar los matices existentes en la relación entre Curry y Ruffo, “The Mercenaries” también se sumerge en otros temas como el racismo, el genocidio, y la violación de los derechos humanos que en ocasiones cometen algunos gobiernos en nombre de una supuesta democracia. Además de condenar la ideología nazi que orgullosamente reconoce seguir Henlein, el film retrata con un evidente recelo las posturas de los dos grupos envueltos en el conflicto del Congo. Mientras que por un lado se condena la actitud genocida de los Simbas, también se expone que la drástica occidentalización del Congo en cierta medida justifica el violento accionar de un grupo de nativos que parecen no estar dispuestos a que sus costumbres y creencias sean pisoteadas y desechadas de un día para otro.

 

En el ámbito de las actuaciones, Rod Taylor realiza un estupendo trabajo interpretando a un personaje carismático cuyas motivaciones son cuestionables, el cual eventualmente parece encontrar en la difícil misión que se le ha encomendado una oportunidad para redimir todos sus errores pasados. Jim Brown por su parte, interpreta de manera espléndida a un hombre cuya formación es producto de la fusión de dos mundos completamente opuestos, los cuales él espera que puedan convivir en paz. Al mismo tiempo, la química que posee con Rod Taylor es innegable, aun cuando se dice que la relación entre ambos actores tras las cámaras distaba de ser amistosa. A diferencia de la dupla protagónica, Yvette Mimieux y Peter Carsten realizan una labor más bien mediocre. Mientras que el personaje interpretado por Mimieux solo funciona como el interés amoroso de Curry, razón por la cual su inclusión resulta completamente injustificada, Carsten frecuentemente cae en la sobreactuación, por lo que Henlein termina reducido a ser una mera caricatura. En lo que respecta al aspecto técnico del film, mientras que la dirección de fotografía de Edward Scaife es irregular, los efectos especiales a cargo de Cliff Richardson por momentos dejan bastante que desear. Afortunadamente, la banda sonora compuesta por Jacques Loussier es sencillamente perfecta, ya que marca con exactitud el tono pesimista que domina a la historia.

Por otro lado, “The Mercenaries” adolece de algunos problemas de guión, los cuales se evidencian principalmente en la calidad de algunos diálogos, y en la inclusión de determinados hechos cuyo único objetivo parece ser sumarle minutos al metraje. Al momento de su estreno, el film de Jack Cardiff causó bastante polémica por la crudeza de algunas de sus imágenes. Y es que entre otras cosas, “The Mercenaries” incluye escenas de infanticidio, y muestra con lujo de detalles la brutalidad con la que actuaban los Simbas en contra de los colonos europeos, quienes en el film prefieren suicidarse antes de verse violentados sexualmente o torturados por los nativos africanos. Todo esto provocó que la producción adquiriera un seguimiento de culto, el cual se cimentó cuando directores como Quentin Tarantino y Martin Scorsese la nombraron como uno de sus “placeres culpables”. De hecho, el mismo Scorsese mencionó en una entrevista que le sorprendió la inesperada ferocidad del film cuando lo vio por primera vez en 1968. En relación a esto último, pareciera que la gran pregunta que plantea la cinta es: ¿Puede utilizarse la violencia para alcanzar la paz? Curry eventualmente terminará encontrando la respuesta a dicha interrogante, aunque en el proceso ve con impotencia como se convierte en aquello que tanto desprecia. “The Mercenaries” comienza como otra película de acción con altas dosis de violencia, pero en el camino se convierte en una rara subversión del género bélico, la cual no solo expone una serie de temas bastante interesantes, sino que además saca al espectador de su zona de confort para enfrentarlo con las atrocidades que se cometieron en el África post-colonial.



por Fantomas.

martes, 29 de julio de 2014

Asylum: Bienvenido al asilo de Dunsmoor.

“Asylum” (1972), es un film de terror del director Roy Ward Baker, el cual está protagonizado por Peter Cushing, Patrick Magee, Robert Powell y Britt Ekland.

El Dr. Martin (Robert Powell) visita el Asilo Dunsmoor para los Dementes Incurables, con la intención de asistir a una entrevista de trabajo con el Dr. Starr. Sin embargo, a su llegada se encuentra con que el Dr. Rutherford (Patrick Magee) es quien lo está esperando. Al parecer la presión del trabajo ha sobrepasado al Dr. Starr, quien se ha convertido en uno más de los internos del asilo. Para asegurar su puesto en Dunsmoor, Martin es enviado a entrevistar a cuatro de los pacientes de la institución para ver si es capaz de descubrir cuál de ellos es realmente Starr.

 

Inspirados en el clásico del cine de terror, “Dead of Night” (1945), los productores norteamericanos Max Rosenberg y Milton Subotsky, quienes habían fundado la productora británica Amicus, entre los años 1965 y 1980 realizaron nueve antologías de terror, de las cuales tres fueron dirigidas por Roy Ward Baker: “Asylum”, “The Vault of Horror” (1973), y “The Monster Club” (1981). Tanto Baker como un puñado de otros realizadores, actores, y diversos profesionales que trabajaban en la industria cinematográfica británica, también tuvieron la oportunidad de participar en varias de las producciones de la compañía Hammer Films, la cual era la competencia directa de la Amicus. Aunque las similitudes entre las producciones de ambas compañías eran evidentes, si por algo se caracterizó la Amicus es que a diferencia de la Hammer, que prefirió priorizar el rodaje de cintas de horror gótico y de época, la productora de Rosenberg y Subotsky optó por ubicar la mayoría de sus películas en la época contemporánea, lo que eventualmente le traería bastantes dividendos. De la mano del escritor y guionista Robert Bloch, quien por ese entonces era un colaborador habitual en este tipo de cintas, “Asylum” se sumerge de lleno en el mundo de la locura y lo sobrenatural, centrándose en la figura de un joven psiquiatra el cual tendrá que discernir que es real y que es el producto de la mente enferma de cuatro pacientes de una institución psiquiátrica, a los cuales tendrá que entrevistar con tal de asegurarse un puesto laboral en dicho lugar.

La primera paciente que el Dr. Martin entrevista y cuya historia le da vida al primer segmento del film titulado “Frozen Fear”, es una mujer que se hace llamar Bonnie (Barbara Parkins). Bonnie le cuenta como ella y su amante, Walter (Richard Todd), conspiraron para deshacerse de Ruth (Sylvia Syms), la esposa de este último. Una noche, luego de que Ruth regresara de una clase de vudú, Walter la asesinó utilizando un hacha, con la que también desmembró el cuerpo en varios pedazos, los cuales luego de envolverlos en papel, procedió a guardarlos en un congelador ubicado en el sótano de su casa, junto con un extraño amuleto que cargaba la víctima. Para su mala fortuna, dicho amuleto místico será el responsable de que los restos de Ruth cobren vida para vengarse de su calculador esposo y de su amante. De los cuatro segmentos que presenta el film, este es probablemente el más aterrador de todos. Aun cuando la fotografía no es precisamente memorable, como tampoco lo son las interpretaciones de los actores que protagonizan la historia, “Frozen Fear” funciona de maravilla básicamente porque utiliza una fórmula que ha sido probada en múltiples ocasiones desde los inicios de la literatura gótica: presenta a una pareja de personajes desagradables decididos a cometer actos cuestionables, por los cuales eventualmente reciben el castigo que se merecen. En la medida que el crimen sea lo suficientemente macabro y la retribución sea tan atroz como el mismo crimen, este tipo de historias siempre van a tener el efecto deseado, aun cuando en esta ocasión el segmento pierde parte de su encanto una vez que es posible ver las partes del cuerpo de Ruth moviéndose a través del sótano.

 

El segundo paciente que entrevista el Dr. Martin es Bruno (Barry Morse), y su historia le da vida al segmento titulado “The Weird Tailor”. Bruno es un viejo y empobrecido sastre que alguna vez fue dueño de su propia tienda junto a su esposa Anna (Anne Firbank). Ante la posibilidad de ser expulsado de su tienda, Bruno acepta trabajar para un misterioso hombre llamado Smith (Peter Cushing), quien le ofrece una generosa suma de dinero por la realización de un traje para su hijo. Para dicho fin, Smith le entrega a Bruno una tela especial y una serie de instrucciones las cuales deben ser seguidas al pie de la letra. Algunos días más tarde, cuando Bruno se dirige a entregarle el traje terminado a su cliente, este no puede esconder su asombro cuando se entera que Smith ha perdido toda su fortuna, y que el traje va a ser utilizado para cumplir un macabro propósito. Robert Bloch había adaptado esta historia previamente para la serie de televisión “Thriller”, en el año 1961. En esa versión, la cual se apega bastante más al relato original, el sastre era retratado como un hombre cruel, mientras que su esposa era descrita como una mujer solitaria que pasaba sus días charlando con el maniquí de la tienda. En esta oportunidad, Bruno es presentado como una víctima de su propia desesperación por mantener su tienda funcionando, lo cual lo lleva a cometer una serie de actos moralmente cuestionables, mientras que su esposa solo es retratada como una mujer abnegada cuya única preocupación es su marido. Este segmento no solo presenta un mejor trabajo de dirección por parte de Baker, sino que además cuenta con las estupendas interpretaciones de Morse y Cushing, quienes les otorgan una marcada profundidad a sus personajes. El único problema de este segmento, es que su clímax resulta ser algo apresurado, lo que merma notoriamente el efecto de la revelación final del relato.

El tercer segmento titulado “Lucy Comes to Stay”, tiene como protagonista a Barbara (Charlotte Rampling), una joven que durante el último tiempo ha estado encerrada en una institución psiquiátrica por su adicción a las drogas, y que una vez que es dada de alta se va a vivir con su sobreprotector hermano George (James Villiers). Agobiada por las restricciones que la ha impuesto George y la Srta. Higgins (Megs Jenkins), una enfermera contratada por su hermano para cuidarla las 24 horas del día, Barbara termina recayendo en las drogas. Es entonces cuando la visita su vieja amiga Lucy (Britt Ekland), quien la anima a revelarse utilizando una serie de drásticas medidas cuyo objetivo es asegurarse que George y la Srta. Higgins no interfieran en sus planes. Este es sin lugar a dudas el más débil de los cuatro segmentos, en gran medida debido a que Bloch sobrevalora su propia historia más de la cuenta. Y es que este tipo de relatos en los cuales el protagonista eventualmente se revela como el amigo/familiar/niño al cual culpa de todas las desgracias que suceden a su alrededor, han sido utilizadas hasta el cansancio en esta clase de cintas, casi siempre con mediocres resultados debido a lo evidente del giro final. Lamentablemente, “Lucy Comes to Stay” no es la excepción a lo antes mencionado. No solo la dirección de Baker resulta algo torpe en este segmento, sino que además Charlotte Rampling no logra que el espectador desarrolle algún nivel de simpatía por su personaje. Britt Ekland por su parte, realiza una labor bastante más destacable que su compañera, pero de todas formas no logra sacar a flote una historia carente de elementos de real interés.

 

En el último segmento titulado, “Mannikins of Horror”, el Dr. Martin conoce al Dr. Byron (Herbert Lom), un paciente que pasa sus días fabricando muñecos cuyos rostros corresponden a los rostros de personas que él alguna vez conoció, incluyendo uno que luce como él. Byron asegura que los muñecos poseen órganos internos similares al de los humanos, y que él es capaz de transferir su voluntad al muñeco forjado a su imagen y semejanza. Una vez terminada la entrevista, Martin se reúne con el Dr. Rutherford con la certeza de que ha logrado deducir cuál de los pacientes es realmente el Dr. Starr. Mientras ambos facultativos discuten acerca de cuál es la mejor manera de tratar a los pacientes del asilo, una pequeña figura empieza a acercarse sigilosamente al Dr. Rutherford con intenciones desconocidas. Desde un punto de vista estructural, “Mannikins of Horror” viene a cerrar de buena manera la historia que le da vida al film, aun cuando el segmento es relatado de manera apresurada. De hecho, funciona de mejor forma que gran parte de los finales utilizados en las antologías de la Amicus, los cuales usualmente se reducían a ser pequeñas escenas marcadas por la ironía, la cuales estaban situadas inmediatamente después del último segmento. En esta ocasión, el tramo final de “Asylum” no solo presenta la estupenda pero breve actuación de Herbert Lom, sino que además cuenta con la presencia amenazadora de los macabros muñecos fabricados por Byron, e incluye una sorpresiva y satisfactoria vuelta de tuerca que tiene relación con la revelación de la verdadera identidad del Dr. Starr.

En cuanto al aspecto técnico del film, mientras que el trabajo de fotografía de Denys N. Coop y la dirección de arte de Tony Curtis se muestran bastante irregulares a lo largo de la cinta, la banda sonora conformada por temas de diversos autores, entre los que se destacan las canciones del compositor ruso Modest Músorgski, “Night on Bald Mountain” y “Pictures at an Exhibition”, es uno de los puntos altos de la producción. “Asylum” bien podría ser considerada como una película que intenta explorar la psiquis de cuatro personas con obsesiones bastante particulares. Es posible encontrar un hombre obsesionado con asesinar a su esposa, un sastre obsesionado con cobrar sus honorarios, una joven obsesionada con su alter ego, y un doctor obsesionado con la venganza y con la fabricación de pequeños muñecos vudú. Incluso podría argumentarse que ellos no están locos, ya conviven en un mundo donde lo sobrenatural está permitido, por lo que hasta cierto punto solo son víctimas de sus obsesiones. Pese a su irregularidad y a presentar un segmento totalmente olvidable, “Asylum” hoy es recordada como una de las mejores cintas de antología de las que se tenga memoria, especialmente por la forma en como Bloch y Baker logran conectar todos los segmentos mediante un arco narrativo que se presenta particularmente interesante para el espectador.



por Fantomas.

jueves, 8 de mayo de 2014

Sitting Target: Hasta que la muerte nos separe.

“Sitting Target” (1972), es un thriller de acción del director Douglas Hickox, el cual está protagonizado por Oliver Reed, Ian McShane y Jill St. John.

Harry Lomart (Oliver Reed) está cumpliendo una sentencia por un violento robo. Durante una visita de su esposa Pat (Jill St. John), ella le cuenta que está embarazada de otro hombre, lo que desata la ira de Harry quien jura asesinar a su esposa y a su nuevo novio. Con la ayuda de su amigo Birdy Williams (Ian McShane), Harry logra escapar de prisión determinado a asesinar a todo el que se atreva a tratar de impedir su descarnada venganza.

 

“Sitting Target” fue uno de los tantos thrillers marcadamente pesimistas que fueron producidos al interior de la industria cinematográfica británica durante la década del setenta, los cuales nacieron como la progresión natural del drama criminal que hasta entonces se venía desarrollando. La gran diferencia que presentaban producciones como “Sitting Target” o “Get Carter” (1971), del director Mike Hodges, es que aun cuando revisaban prácticamente las mismas temáticas que gran parte de las cintas clásicas pertenecientes al mismo género, lo hacían desde un prisma teñido por la violencia y por un marcado sentido de la realidad, todo esto gracias a que para ese entonces los organismos de censura ingleses habían eliminado un buen número de sus restricciones temáticas. A sabiendas del interés que estaba presentando el público por este tipo de cintas, el productor Barry J. Kulick rápidamente compró los derechos de la novela “Sitting Target”, del escritor Laurence Henderson, la cual relataba la historia de un violento convicto que se escapa de prisión solo para asesinar a su esposa infiel, para posteriormente encargarle la adaptación de la misma al legendario guionista Alexander Jacobs, cuyo trabajo más celebrado fue el guión de “Point Blank” (1967).

En “Sitting Target”, pese a haber sido encarcelado gracias a un soplón anónimo, el criminal profesional Harry Lomart parece dispuesto a pasar aproximadamente quince años en prisión. Después de todo, él supone que su amada esposa lo estará esperando hasta que finalmente sea dejado en libertad. Sin embargo, en una de las visitas de su esposa a la cárcel, Harry no solo se entera que esta desea divorciarse, sino que además se encuentra embarazada de otro hombre. Enceguecido por la ira, Harry intenta estrangular fallidamente a su esposa, y de inmediato jura asesinarla a ella y a su nuevo novio apenas logre salir de prisión. Con la ayuda de Birdy Williams, quien además de ser su mejor amigo es su compañero de fechorías, Harry logra escapar del recinto penitenciario con la sola intención de cumplir con sus amenazas. Es por esto que aun cuando Williams intenta convencerlo de viajar fuera del país, lejos del alcance de la policía, Harry es incapaz de dejar de lado la violenta cruzada en la que se ha embarcado. Decidido a acabar con cualquiera que se atreva a atravesarse en su camino, Lomart se enfrentará tanto a la policía encabezada por el Inspector Milton (Edward Woodward), como con algunos integrantes de los bajos mundos, lo que eventualmente lo llevará a encontrar algunas respuestas que hubiese sido mejor no haber conocido jamás.

 

Durante prácticamente todo el transcurso del film, Hickox intenta establecer el drama interno por el cual está pasando Lomart y el limitado rango de acción que este tiene para intentar solucionarlo. Todo esto le provoca un alto grado de frustración, por lo que no resulta extraño que entremedio de sus múltiples episodios violentos, el protagonista demuestre ser un hombre vulnerable. Poco después de que su esposa Pat le confiese la situación en la que se encuentra, es posible ver a Lomart tendido en su celda con lágrimas en los ojos. Esta no será la única ocasión en la que se puede apreciar la aparente fragilidad del protagonista. Algo similar sucede cuando va a recuperar el botín conseguido en el robo por el cual fue apresado. Cuando está por salir del Teatro Hipódromo de Londres con el dinero en sus manos, él decide detenerse sobre el escenario para realizar una reverencia ante los cientos de asientos vacíos que colman el recinto, reconociendo en cierta forma que la cruzada de violencia que ha emprendido probablemente no tendrá un final feliz. De la misma manera, el director intenta establecer el estado mental de Harry contrastando sus actitudes con las de Birdy, quien por momentos parece tener su propia agenda. En dos ocasiones puntuales, tanto a Harry como su compañero se les presenta la oportunidad de tener sexo con dos bellas mujeres. Sin embargo, Lomart prefiere negarse a disfrutar de los placeres de la carne, básicamente porque bajo toda la ira descontrolada que siente y expresa, en el fondo aún está enamorado de su infiel esposa.

Si por algo se caracteriza “Sitting Target”, es por el hecho de que muchas de sus escenas exudan brutalidad y tensión. Ya sea cuando Harry está golpeando ferozmente a un traficante de armas o cuando este se encuentra en medio de una persecución a bordo de un jeep, prácticamente todas las escenas del film poseen pequeñas dosis de acción. Con respecto a esto, existe una secuencia en particular que suele ser recordada por sus altas dosis de adrenalina y por su particular estilo visual, en la cual Lomart es perseguido por un par de policías motorizados en medio de un laberinto conformado por numerosos tendidos de ropa. Aunque a nivel práctico todo esto puede parecer absurdo, mediante un estilo de edición desorientador y vistoso, Hickox logra convertir un escenario algo irrisorio en un concepto absolutamente extraordinario y dinámico. En otras secuencias como la de la fuga de la prisión, el director se inclina por un suspenso más clásico y en cierta medida más realista, el cual está dado por los múltiples obstáculos que deben superar Lomart y sus dos compañeros de fuga. Entre otras cosas, el protagonista se ve obligado a sobornar guardias, escalar muros, asesinar brutalmente a un feroz perro guardián, y a balancearse desde un andamio hacia el muro exterior de la prisión con un gancho improvisado.

 

Indudablemente el film carecería de credibilidad o de capacidad de impacto si no fuese por la estupenda actuación del elenco participante. Oliver Reed siempre se caracterizó por interpretar con sumo profesionalismo a personajes violentos, intensos y algo primitivos, cuyas emociones se desbordan a tal punto que no les permiten pensar con claridad. En el caso puntual de Harry Lomart, este podría ser descrito como un hombre consumido por un torbellino emocional, el cual está involucrado en algo que escapa de su control y de su entendimiento. Si bien es indiscutible que la actuación de Reed es una de las principales atracciones que presenta “Sitting Target”, el resto del elenco, en especial Ian McShane, se complementan de buena manera con las crisis violentas del protagonista y con sus repentinos cambios de ánimo. En cuanto al aspecto técnico del film, resulta destacable el interesantísimo trabajo de fotografía de Edward Scaife, y la punzante banda sonora del compositor Stanley Myers, la cual en gran medida refleja el particular estado de ánimo de Lomart. En relación a la selección de locaciones, llama la atención como determinados escenarios londinenses juegan un rol preponderante en la trama. Gracias a la utilización de ángulos de cámara caóticos y vertiginosos por parte de Hickox, los escenarios en los que transcurre el film se convierten en lugares claustrofóbicos, melancólicos y representativos de la mentalidad fragmentada del protagonista, quien se debate entre un pasado tranquilo y feliz y un presente sombrío y sumamente autodestructivo.

Como los mejores dramas criminales británicos de la década del setenta, “Sitting Target” exuda cinismo. Todos los personajes sin excepción carecen de cualidades redentoras, lo que convierte al film de Hickox en una obra ácida exenta de cualquier atisbo de comedia. En gran medida, “Sitting Target” es una de esas cintas que funcionan mejor como una experiencia puramente visceral. Y es que una vez que es sometida a un examen más minucioso, la película evidencia sus errores tanto interpretativos como argumentales. A la falta de verosimilitud de algunos pasajes del film, los cuales en su mayoría están marcados por la vergonzosa ineptitud de los agentes de policía, se suma la mediocre actuación de Jill St. John, quien no logra cumplir con las expectativas puestas en su personaje, el cual por momentos resulta demasiado artificial. Más allá de estos detalles, “Sitting Target” es una obra entretenida y explosiva, que refleja a la perfección la filosofía de Douglas Hickox referente a la correcta realización de una película de acción, la cual expresó en una ocasión en el contexto de una entrevista otorgada a la revista Films Illustrated: “No me gusta incluir violencia gratuita en mis películas. Me gusta que la acción golpee de forma rápida a la audiencia. Tampoco me gusta filmar a gente muriendo en cámara lenta, porque creo que ese tipo de cosas enlentece la acción.”



por Fantomas.
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