martes, 4 de abril de 2017

Citizen X: La caza del Carnicero de Rostov.

En “Citizen X” (1995), thriller biográfico del director Chris Gerolmo, tras hallar ocho cadáveres en una granja, el camarada forense Viktor Burakov (Stephen Rea), presenta un informe en el que afirma que los crímenes fueron cometidos por un asesino serial. Pese a la carencia de recursos y las complicaciones impuestas por la política partidista de la entonces Unión Soviética, Burakov acepta hacerse cargo de la investigación con la esperanza de atrapar a un asesino cuya sed de sangre parece no tener límites. 

Entre 1978 y 1990, en la Unión Soviética emergió la figura del asesino serial Andrei Romanovich Chikatilo, responsable de la violación, mutilación y muerte de al menos 52 mujeres y niños, lo que le valió el apodo del Carnicero de Rostov. Nacido en 1936 en la actual Ucrania, Chikatilo creció en una pequeña aldea en tiempos donde la hambruna provocaba la muerte de millones de personas, cuyos cadáveres se amontonaban en las calles y campos. Marcado por las historias de su madre acerca de cómo su hermano mayor Stepan fue raptado y devorado por algunos de sus vecinos, Chikatilo se convirtió en un joven introvertido, incapaz de aceptar sus defectos físicos, el cual era constantemente humillado por sus compañeros, hecho que se acrecentó cuando se corrió la voz que era impotente y eyaculador precoz. Como gran parte de los ciudadanos soviéticos de la época, se enlistó en el ejército donde estudió Lengua y Literatura Rusa, Ingeniería y Marxismo-Leninismo. Esto le permitiría en 1971 comenzar a trabajar como profesor, lo que a su vez detonó su creciente atracción por las menores de doce años, a quienes espiaba de forma frecuente mientras estas se cambiaban de ropa en sus dormitorios. Con el objetivo de dar la impresión de que era un ciudadano modelo, Chikatilo se enlistó en el Partido Comunista, contrajo matrimonio, y se las ingenió para tener dos hijos. Discreto, viviendo con la rigurosa austeridad propia de un verdadero soviético, Chikatilo se las arregló para mantener sus pulsiones más oscuras controladas hasta el 22 de Diciembre de 1978, momento en el cual cometió el primero de una serie de brutales asesinatos, cuya investigación fue plasmada por Robert Cullen en el libro “The Killer Department”, en el cual se basó el director y guionista Chris Gerolmo para la realización del telefilme “Citizen X”, producido por la cadena de televisión HBO. 

El protagonista del film es el Teniente Viktor Burakov, quien tras el descubrimiento de una serie de cadáveres en una granja comunitaria, es nombrado como el nuevo jefe del recientemente creado “Departamento de asesinos”. Convencido que el responsable de los crímenes es un asesino serial, Burakov no solo tendrá que desarrollar un método investigativo efectivo con la escasez de recursos con los que cuenta, sino que además tendrá que lidiar con un régimen que no cree en él ni en sus métodos, y que por lo tanto, no está dispuesto a otorgarle ninguna clase de colaboración. “Necesito más hombres. También necesito computadoras, para armar una base de datos del caso... Y también necesito comunicarme con el FBI, en Virginia, que tiene el mayor almacén de información sobre asesinos seriales en el mundo. Y para terminar, debemos hacerlo público. Primero para advertir a la gente del peligro. Segundo para llegar a identificar más cadáveres desconocidos. Y tercero para intentar encontrar algún testigo de los crímenes.”, pedirá con desesperación Bukarov en un momento del film, recibiendo una negativa como respuesta por parte de sus superiores, quienes consideran que es imposible que en la Unión Soviética exista un asesino serial, ya que estos solo son un producto del sistema capitalista enfermo reinante en Occidente. 



El único aliado del protagonista en la tarea de capturar al asesino será el Coronel Mikhail Fetisov (Donald Sutherland), jefe de la milicia y secretario del comité encargado de supervisar la labor de Burakov, quien terminará convirtiéndose en una suerte de mentor para el Teniente, especialmente en lo que se refiere al manejo de la burocracia y de las relaciones con aquellos hombres que están ligados al poder. Si bien resulta interesante la evolución que se da en la relación entre Fetisov y Bukarov a lo largo de la cinta, donde ambos hombres en sus respectivas trincheras, hacen lo posible por llevar a cabo su trabajo de la mejor forma posible, guardándose un respeto mutuo que la gran mayoría de las veces es demostrado mediante gestos más que por palabras, lo que sin lugar a dudas llama la atención, es el proceso investigativo que desarrolla el protagonista durante los años que se dedicó a perseguir al Carnicero de Rostov. Una de las piezas claves de la detención de Andrei Chikatilo (Jeffrey DeMunn), es el convencimiento por parte de Bukarov de la necesidad de elaborar un perfil psicológico del asesino, idea que en aquel entonces se presentaba como algo absolutamente inaudito. De hecho, la inclusión de un psiquiatra en la investigación resulta ser tan rupturista, que cuando el doctor Alexandr Bukhanovsky (Max von Sidow) se une a esta, su único requerimiento es que su participación se mantenga en el más absoluto secreto, para así no perjudicar su carrera.  

Si hay algo que “Citizen X” realiza de manera casi perfecta, es situar al espectador en la posición de Bukarov mientras este lucha contra viento y marea para poder dar con el cruel asesino. Su impotencia ante la imposibilidad de capturar al asesino y ante la ignorancia de sus superiores es palpable, al igual que los efectos negativos que la investigación provoca en su vida personal, quebrantando por momentos a un hombre que parece tener una voluntad de hierro. De la misma forma, resulta destacable la forma en como el director utiliza determinadas imágenes, como por ejemplo el deterioro progresivo de un cartel que busca enaltecer la ideología comunista, para reflejar el paso inexorable del tiempo con sus respectivos cambios políticos y sociales, o la elección por parte de Gerolmo de secuencias de corte onírico para recrear los asesinatos de Chikatilo, sin necesariamente recurrir a la violencia gráfica. El director también grafica de excelente manera los errores cometidos por las autoridades soviéticas, en su mayoría inducidos por sus propios prejuicios y por su obcecación con la ideología comunista y la defensa del partido, como por ejemplo la persecución de la que fueron víctimas los miembros homosexuales de la comunidad soviética de aquel entonces, quienes fueron apuntados como los principales sospechosos de los crímenes sin ninguna clase de fundamento lógico



Una de las grandes fortalezas de “Citizen X” reside en las actuaciones de los protagonistas. La interpretación de Stephen Rea es magnífica, ya que es capaz de plasmar la evolución contenida de Bukarov, quien inicia la investigación de los crímenes con una cierta cuota de inocencia e idealismo, para terminar convertido en un hombre sometido a un sistema que aprende a utilizar a su favor. Igualmente magnífica es la interpretación de Donald Sutherland, quien proyecta de manera eficaz como su cinismo inicial es remplazado por una inquebrantable admiración por quien es su subalterno. Ambos actores se complementan de manera perfecta, tanto en el desarrollo de la trama como en la evolución de sus personajes. En lo que respecta a Jeffrey DeMunn, su interpretación es sencillamente brillante, ya que se las arregla para inspirar repulsión en el espectador sin caer en la caricatura. Al mismo tiempo, exterioriza de gran manera la dualidad propia de su personaje, quien pese a ser consciente de la gravedad de sus actos, idea que queda plasmada en la atmosférica escena del interrogatorio final, no puede evitar cometer las brutalidades que acabarían con la vida de más de cincuenta personas. Por último, resulta necesario destacar la labor de Joss Ackland, cuyo personaje se presenta como la encarnación de gran parte de las falencias ideológicas del régimen soviético, y la actuación de Max von Sydow, cuyo personaje cobrará vital importancia durante el clímax del film.  

Si bien “Citizen X” es un producto pensado para la televisión, a ratos no lo parece. A las estupendas actuaciones, se suma la efectiva y emotiva banda sonora del compositor Randy Edelman, el correcto trabajo de fotografía de Robert Fraisse, y una serie de diálogos inteligentes que logran quedar grabados en la memoria del espectador, debido al contexto en el cual son mencionados. También resulta acertada la decisión del director Chris Gerolmo de no recurrir al morbo propio de una historia de estas características, con el fin de configurar una cinta que de todos modos termina siendo tan perturbadora como emotiva. Es necesario recordar que Andrei Chikatilo confesó 53 asesinatos, durante los cuales no solo abusaba sexualmente de sus víctimas, sino que además las sometió a terribles amputaciones (útero, testículos, ojos, y pezones, entre otras cosas) que a veces realizaba con sus propios dientes. Fue uno de los asesinos más crueles y salvajes de la historia, al punto que él mismo llegó a decir: “Yo soy un error de la naturaleza, una bestia enfadada”. Con esto en mente, es posible argumentar que la mayor virtud de “Citizen X”, reside en el hecho de que en vez de caer en la utilización de la violencia gratuita para llamar la atención de la audiencia, termina siendo un documento audiovisual que afirma que sin importar las dificultades que se le presenten a un hombre, si este logra poner su voluntad, sus principios y su esfuerzo en la realización de una determinada tarea, es capaz de cumplir cualquier objetivo que se proponga. 

por Fantomas.

martes, 28 de marzo de 2017

Le Trou (El Agujero): La obra póstuma de Jacques Becker.

En “Le Trou” (1960), thriller carcelario del director Jacques Becker, cuatro reclusos que comparten celda y que enfrentan largas condenas, están planeando un arriesgado escape que se ve amenazado por Claude Gaspar (Marc Michel), un joven que es acusado de intentar asesinar a su esposa, cuyo reciente traslado levanta las sospechas del grupo de criminales.

Al mismo tiempo que el movimiento de la Nouvelle Vague comenzaba a irrumpir en las salas de cine alrededor del mundo, uno de sus precursores, el director francés Jacques Becker, sin saberlo estaba realizando la que sería su última película. La idea tras “Le Trou” se gestaría en 1947, cuando Becker leyó en un periódico acerca del intento de escape ocurrido en la prisión de Le Santé. Varios años más tarde, el director descubrió que el ex-presidiario José Giovanni, había escrito una novela en 1957 sobre el mismo intento de escape, titulada “The Break”. Sin pensarlo dos veces, Becker contactó a Giovanni, quien no solo accedió a llevar su novela a la pantalla grande, sino que además participó de forma activa en la elaboración del guion junto a Becker. En su afán de ser lo más fiel posible a los “hechos reales” relatados en la obra de Giovanni, el director además de contratar a Jean Keraudy, uno de los reos que participó en el incidente de Le Santé, como uno de los protagonistas de la cinta, contó con la supervisión de tres “expertos técnicos” que también participaron en el intento de escape original, optó por contratar a un elenco de actores no profesionales, y los incentivó a realizar las duras tareas necesarias para llevar a cabo su plan, todo esto generalmente en tomas largas donde es posible escuchar su respiración agitada por el cansancio.  

La premisa básica de “Le Trou” sigue la historia de un grupo de presidiarios quienes, ante la posibilidad de enfrentarse a un largo periodo de confinamiento en prisión, deciden forjar un arriesgado y complejo plan de escape para evitar que eso suceda. Dicho grupo de reos inicialmente está conformado por el encantador y siempre sonriente Vossellin (Raymond Meunier); Roland Darbant (Jean Keraudy), el cerebro de toda la operación y el encargado de presentar el film; y finalmente Geo Cassid (Michel Constantine) y Manu Borelli (Philippe Leroy), dos tipos rudos y de pocas palabras. Eventualmente a este grupo se le suma Claude Gaspard, un joven que claramente no pertenece al mundo criminal, pero que de todas formas ha sido condenado a pasar un tiempo en prisión. Aun cuando Gaspard no es el personaje principal de la película, “Le Trou” a menudo adopta su punto de vista, básicamente porque tanto él como el espectador son ajenos al mundo carcelario. Esta noción es acentuada por su incapacidad de integrarse del todo al grupo conformado por sus compañeros de celda, como también por el hecho de que es el único personaje del cual se entregan datos acerca de su pasado. En ese sentido, Becker se preocupa de establecer que Gaspard es un extraño en el cual no se puede confiar del todo, principalmente por su actitud retraída y su propia historia personal. De hecho, lo primero que aprende el espectador acerca de él, es que ha engañado a su mujer con su cuñada. Lo que es aún más decidor, es que él es el único personaje que nunca es retratado realizando trabajos pesados, a diferencia de sus compañeros cuyo esfuerzo simboliza su compromiso con el objetivo grupal. 



Más allá de su estilo cuasi documental, sería un error clasificar a “Le Trou” como una suerte de sombrío docudrama. En gran parte de la película, la acción es privilegiada por sobre el contexto psicológico o social de la historia. Esto no significa que Becker deje de lado ciertos simbolismos que buscan evocar los pensamientos y los deseos del grupo de reos que protagoniza el film. La clara demarcación de los espacios en los que se desarrolla la historia es un claro ejemplo de aquello; mientras que la pequeña celda en la que los protagonistas están confinados puede ser interpretada como el reflejo del “mundo consciente”, donde a diario cada una de las acciones cometidas por el colectivo es analizada por la sociedad en la que están inmersos, el laberinto subterráneo conformado por las galerías y las redes de alcantarillado reflejan el “mundo del subconsciente”, donde los hombres se permiten soñar sin ningún tipo de límites o barreras. Llena de simbolismos también está la escena donde dos de los prisioneros levantan una tapa de alcantarillado, para vislumbrar por un momento una de las calles de Paris, que dicho sea de paso, es la única vez que la cinta abandona la prisión. Es en este breve momento que lo ordinario se convierte en algo extraordinario, ya que por un instante, la ansiada fuga pasa a ser una realidad que está al alcance de los protagonistas. Esta escena en particular resulta ser fundamental para entender que el agujero al que hace mención el título del film, no se refiere a un personaje en particular o al complejo plan de escape, sino que a la compuerta que conecta los mundos que se entrelazan en la película. 

Si hay algo que resulta admirable de “Le Trou”, es el enfoque visceral que emplea Becker al momento desarrollar el relato. Como se menciona previamente, el director se toma bastante tiempo para retratar la fuerza bruta utilizada por los prisioneros al momento de romper el piso de concreto de su celda, y como estos van utilizando diversas herramientas artesanales para ir sorteando las dificultades que se presentan en su camino. El sonido persistente del metal chocando con el concreto, resuena una y otra vez en la mente de la audiencia, que no puede evitar admirar la tenacidad de los protagonistas a la hora de enfrentarse a una labor que los exige física y mentalmente. Al mismo tiempo, Becker se preocupa de incluir una cantidad suficiente de momentos de tensión, para satisfacer al espectador ávido de emociones. Por otro lado, resulta curiosa la decisión del director de no profundizar de manera individual en la vida de los cuatro reclusos originales, a quienes los retrata como partes de un conjunto. El espectador jamás se entera de su historia de vida ni de los motivos que los llevaron a prisión, pero si los logra identificar como hombres pertenecientes a la clase obrera, que han soportado de forma estoica las dificultades que les ha presentado la vida, y que son poseedores de un código de honor que se ha articulado de forma espontánea entre ellos. Más allá de las diferencias en su personalidad o su rol en el plan de escape, Roland, Manu, Geo y Vossellin son recordados por el espectador por su fortaleza, su resiliencia y su solidaridad a toda prueba, que va más allá de los planes que cada uno pueda tener una vez que salgan de los límites de la prisión. 



Por otro lado, el tiempo funciona de manera compleja en “Le Trou”. Esto es debido a que Becker lo utiliza para dividir el film en dos partes; en la primera mitad de la película, aun cuando el director decide relatar determinados acontecimientos en “tiempo real”, en especial aquellos que requieren de algún tipo de esfuerzo físico, la noción del paso del tiempo es difusa, tanto para los protagonistas como para el mismo espectador. Sin embargo, esta tendencia se rompe luego del primer viaje de reconocimiento que realizan los presidiarios por las galerías subterráneas. Es entonces cuando ellos se dan cuenta de la importancia de medir el paso de los minutos, para así no poner en riesgo su intento de fuga. Eventualmente, la fabricación de un reloj de arena artesanal no solo les permitirá medir el tiempo, sino que además facilita que el director acelere el ritmo narrativo de la película. El trabajo de edición se vuelve cada vez más aparente, ya que acciones que antes habían sido exhibidas de manera integra, ahora son presentadas a modo de breves sinopsis. Pese a que se podría argumentar que este cambio del manejo del paso del tiempo responde a que el director está pavimentando el camino al clímax del film, también obedece a un cambio de enfoque del relato. Y es que luego de entregarle al espectador una suerte de exceso de información durante la primera mitad de la cinta, Becker empieza a jugar un poco al misterio, adelantando lo que será el giro final de la historia. 

“Le Trou” es film carcelario que se distingue de otras producciones similares por varias razones. Por ejemplo, rehúye a varios de los clichés del género, como la presencia de guardias abusadores o la exploración del funcionamiento del resto de la población penal. Esto sucede básicamente porque Becker prefiere enfocarse en el grupo de protagonistas, y en su accionar al interior de la pequeña celda en la que se encuentran confinados. Esto contribuye en la construcción de una tensión palpable, dota al film de una atmósfera claustrofóbica, y fortalece el lazo existente entre los conspiradores. Por otro lado, el hecho de que Becker haya optado por emplear a actores no profesionales, provee a la cinta de un sentido de autenticidad que resulta algo esquivo en este tipo de producciones, noción que es reforzada por la completa ausencia de una banda sonora. “Le Trou” primariamente invita al espectador a invertir tiempo en los personajes, y luego le presenta un plan de escape que es tan plausible como fascinante. Por todo lo previamente mencionado, el que sería el último trabajo de Becker es sin lugar a dudas un verdadero triunfo cinematográfico, que también funciona como una cruda alegoría al mundo del cine y a su función como válvula de escape del complejo y agobiante mundo real.


por Fantomas.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Grand Piano: No existe tal cosa como el concierto perfecto.

En el thriller “Grand Piano” (2013), del director Eugenio Mira, Tom Selznick (Elijah Wood), el pianista más talentoso de su generación, está listo para retornar a los escenarios tras cinco años de silencio. Sin embargo, poco antes de salir a escena, Tom es contactado por un misterioso hombre (John Cusack) que lo amenaza con asesinar a su esposa (Kerry Bishé), quien se encuentra en la audiencia, si es que falla siquiera una nota durante su presentación. 

Tras el éxito comercial del modesto thriller “Buried” (2010), y el posterior estreno de la interesante “Red Lights” (2012), el director y productor Rodrigo Cortés junto con su productora Nostromo Pictures, llamó la atención de varias compañías de distribución tanto norteamericanas como europeas, que estaban buscando financiar proyectos enmarcados en el género del thriller, que les permitieran no solo recuperar rápidamente su inversión, sino que además les generaran ganancias sin correr demasiados riesgos. De manera paralela, antes de obtener el reconocimiento de la crítica y el público por el drama musical “Whiplash” (2014), Damien Chazelle desarrolló un par de guiones con la esperanza de poder acceder a la oportunidad de dirigirlos. Uno de esos guiones sería precisamente el de “Grand Piano”, el cual llamaría rápidamente la atención de Cortés y su socio Adrián Guerra, particularmente por tratarse de una suerte de tributo a los grandes directores del género del suspenso, pero en clave de musical. Ante la imposibilidad de Chazelle de hacerse cargo de la dirección del proyecto, los productores contrataron al director español Eugenio Mira, quien de inmediato se lanzó a la difícil tarea de configurar el sistema mediante el cual fusionaría las piezas musicales con los giros narrativos, para que el conjunto funcionara como un instrumento perfectamente afinado. 

Como se adelanta previamente, el protagonista de “Grand Piano” es Tom Selznick, un inquieto prodigio del piano que está listo para su regreso a los escenarios en compañía de una gran orquesta, luego de un receso de cinco años provocado por un incidente ocurrido durante su última presentación, en la que intentó sin éxito tocar “La Cinquette”, obra musical compuesta por su fallecido mentor, la cual es conocida como “la pieza imposible”. Respaldado por su hermosa esposa Emma, quien es una reconocida actriz de Hollywood que desea que su marido recupere la confianza que alguna vez tuvo, Selznick debe lidiar con sus propios miedos y con la presión del público, la prensa, y sus colegas, quienes están esperando que cometa otro error que termine por sepultar su carrera. Si bien el concierto se presenta como un desafio difícil de afrontar, todo se pone cuesta arriba cuando Selznick descubre una nota escrita en una de las hojas de su partitura con el mensaje: “Toca una nota de forma errónea y morirás”. Pese a su incredulidad inicial, el joven pianista no tarda en percatarse que se encuentra bajo la mira de un misterioso francotirador, quien mediante un auricular comienza a entregarle instrucciones, lo que obliga a Tom a intentar descubrir cuál es el verdadero objetivo del criminal que lo amenaza desde la sombras, mientras que lucha por dar el concierto más perfecto de su vida. 



Si bien el film evidencia casi desde su inicio que utiliza el trabajo de directores como Alfred Hitchcock y Brian De Palma como modelo, la verdad es que “Grand Piano” solo se asemeja a los thrillers realizados por esos cineastas de manera superficial. Aun cuando Eugenio Mira cumple en el aspecto técnico y estilístico, ya sea realizando tomas largas, evitando los cortes repentinos y empleando el recurso de la pantalla dividida de forma eficiente, a diferencia de los directores antes mencionados, Mira no entiende del todo la importancia de introducir a la audiencia al mundo donde se desarrolla la historia, ni tampoco cumple con permitir que el espectador se conecte en algún grado con los personajes. En gran medida, esto se debe a que el guion de Chazelle parece no darle importancia alguna a la inclusión de escenas que busquen el desarrollo de los personajes, sino que su principal preocupación es empujarlos rápidamente a la acción, entregándole al espectador un poco más que una mera sinopsis del pasado y presente del protagonista. La principal consecuencia de esto, es que a la audiencia le resulta complicado creer la frenética seguidilla de giros dramáticos en los que se ve envuelto Tom Selznick, aun cuando la forma en como estos se presentan sea innegablemente atractiva.  

La suspensión de la incredulidad por parte del espectador es fundamental para que la cinta funcione, y de eso está consciente el trío conformado por Mira, Guerra y Cortés, quienes convierten el escenario en el que se desarrolla la trama en un mundo contenido en sí mismo, donde la lógica no se aplica. Mientras que por un lado la trama central es difícil de digerir, por otra parte la forma en como el protagonista se desenvuelve ante la crisis que se le presenta es bastante cuestionable. En un concierto de las características que exhibe la película, cada músico no solo debe intentar tocar cada una de las piezas musicales de manera perfecta, sino que además debe estar atento a las indicaciones del conductor, escuchar a los otros miembros de la orquesta, y debe enfocarse en el arco emocional de la experiencia musical que está intentando crear. Sin lugar a dudas se trata de una tarea exhaustiva y compleja, pero en “Grand Piano” se le pide al espectador que acepte que Tom Selznick puede hacer todo eso, y al mismo tiempo involucrarse en un intercambio de palabras con el villano de turno, temer por su vida y por la de su esposa, y planear su escapatoria haciendo entre otras cosas, un par de llamados con su teléfono celular en pleno concierto. 



Aun cuando en un inicio resulta complicado tomar en serio al protagonista como el próximo Rachmaninoff, una vez que se sienta y comienza a tocar el piano que alguna vez fue de su mentor, logra crear la ilusión de que se trata del mejor pianista vivo. Esto es mérito de Elijah Wood, quien gracias a las lecciones de piano que tomó previo al inicio de las filmaciones, se desenvuelve como un pianista virtuoso, en especial durante el último acto de la cinta. Wood también es quien sin lugar a dudas realiza el mejor trabajo interpretativo del film, imprimiéndole una energía a su personaje que logra traspasarse al espectador. John Cusack por su parte, realiza un buen trabajo como la voz en off que controla al protagonista como si fuese una marioneta, mientras que Kerry Bishé entrega una interpretación correcta como la flamante esposa del aproblemado pianista. En la vereda contraria se encuentran tanto Alex Winter, más conocido por su rol en la película “Bill & Ted´s Excellent Adventure” (1989), como Tamsin Egerton, cuyas interpretaciones resultan ser mediocres y uno de los puntos más bajos de la película. En cuanto al aspecto técnico de la producción, no solo se destaca el estupendo trabajo de fotografía de Unax Mendia, sino que además la atmosférica y casi hitckoquiana banda sonora del compositor Victor Reyes, la cual funciona en dos niveles; como música diegética (como concierto clásico de piano), y como partitura incidental del film. 

En una entrevista, el director Eugenio Mira se describió a sí mismo como alguien capaz de realizar diversas tareas al mismo tiempo, lo cual se refleja en “Grand Piano”, que básicamente es un thriller creado para personas que creen que pueden hacer varias cosas a la vez con el mismo grado de eficiencia. Afortunadamente para él y para el espectador, el despliegue técnico, la gran actuación de Elijah Wood, y la perfecta conjunción entre las imágenes y la música, logran al menos por un momento, crear la ilusión de que eso es posible, configurando de esta forma un film dinámico y entretenido, aun cuando el nivel de suspenso decae considerablemente en el tercer acto, cuando se revela el verdadero objetivo del criminal interpretado por John Cusack. Pese a que las falencias de “Grand Piano” son innegables, se trata de una producción interesante que no alcanza los niveles cinematográficos de las películas realizadas por Hitchcock, pero que de todas formas podría ser considerada como un tributo a su forma de hacer cine, cuyo planteamiento invita al espectador a entregarse a la experiencia y disfrutar del paseo, sin cuestionarse demasiado durante todo el proceso.



por Fantomas.
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