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jueves, 6 de agosto de 2015

Flatliners: Hoy es un buen día para morir.

“Flatliners” (1990), es un thriller de horror del director Joel Schumacher, el cual está protagonizado por Kiefer Sutherland, Kevin Bacon y Julia Roberts.

Nelson (Kiefer Sutherland) es un ambicioso estudiante de medicina que convence a algunos de sus compañeros para que participen en un peligroso experimento, cuyo objetivo es descubrir si existe algo después de la muerte. Aunque todo en un principio sale acorde a lo planeado, las consecuencias de sus actos no tardarán en amenazar con terminar con su sanidad mental y con sus propias vidas.

 

El político, científico e inventor estadounidense Benjamín Franklin, en una ocasión mencionó: “Solo hay dos cosas seguras en esta vida: la muerte y los impuestos”. Mientras que de lo último nos quejamos continuamente, como todo cineasta ligado al género del horror sabe, lo primero es una de las fuentes principales de nuestros miedos. De hecho, el miedo a la muerte ha sido explorado en prácticamente todas las películas de terror de las que se tenga memoria. Aun cuando hoy en día principalmente por motivos comerciales, la mayoría de las cintas de terror intentan analizar el tópico de la muerte a través de una serie de clichés predecibles, de vez en cuando aparecen guionistas y cineastas con ideas ambiciosas o simplemente alocadas, capaces de convertir temas clichés en algo innovador o sencillamente fascinante. Eso fue precisamente lo que pasó con el entonces desconocido guionista Peter Filardi, quien se inspiró en el caso de un amigo cercano que tras tener una reacción alérgica a la anestesia durante una cirugía, vivió una experiencia cercana a la muerte, a la hora de escribir el guion de “Flatliners”. Cuando eventualmente el guion llamó la atención de los ejecutivos de la Columbia Pictures, estos convocaron al director Joel Schumacher, quien atraído por los tópicos incluidos en el escrito de Filardi, decidió abandonar otros proyectos para sumarse a la producción. La participación de Schumacher en el film sería de suma importancia, ya que no solo se encargó de darle algunos retoques al guion de Filardi, sino que además se preocupó de instruirse en temas ligados a la medicina y a experiencias cercanas a la muerte, para así otorgarle un mayor realismo a la producción.

“Flatliners” se ambienta en una escuela de medicina norteamericana de Chicago donde cinco inteligentes y ambiciosos estudiantes; Nelson, Rachel Mannus (Julia Roberts), David Labraccio (Kevin Bacon), Joe Hurley (William Baldwin), y Randy Steckle (Oliver Platt), están a punto de embarcarse en un riesgoso viaje que promete llevarlos a donde ningún hombre ha estado antes y ha vivido para contarlo. Será Nelson el encargado de convencer a sus compañeros de parar su corazón temporalmente mediante el uso de un desfibrilador y anestésicos, para luego resucitarlo a través técnicas médicas, todo esto con el fin de responder la mayor pregunta de todas: ¿Qué yace más allá de este mundo y de este estado consciente el cual ha sido denominado como “vida”? Después de un exitoso viaje al más allá, los colegas de Nelson se entusiasman con la experiencia y se ofrecen voluntariamente a morir en nombre de la ciencia médica, y en el caso de algunos de ellos, en nombre de su propia curiosidad. A medida que se someten por periodos más largos de tiempo a este estado de muerte temporal, arriesgando su bienestar con cada segundo que pasa y jugando a ser Dios con las vidas de sus amigos, estos jóvenes se verán enfrentados a sus propios demonios, los cuales no solo les harán cuestionar su sanidad mental, sino que además los llevarán a aprender más sobre la vida que sobre el tópico que tanto les atrae.

 

Si se considera a “Flatliners” como un film de terror, lo cual no sería algo tan alejado de la realidad considerando su temática, la época en la que suceden los hechos (Halloween), y la serie de postales que Schumacher incluye y que son propias de un relato de horror, la verdad es que su tema central es tanto su fortaleza como su debilidad. Esto se explica con bastante facilidad, ya que si el objetivo de un determinado cineasta es realizar una cinta acerca de la esencia de la vida y la muerte, es necesario que se asegure de tener una buena respuesta con respecto a lo que nos espera del otro lado, o de lo contrario se arriesga a que el espectador sienta que sus expectativas no han sido cumplidas. Desafortunadamente, esto último es precisamente lo que sucede con “Flatliners”, ya que a medida que se van revelando las consecuencias de los paseos por la muerte de los protagonistas, resulta difícil no sentir que la respuesta elaborada por Schumacher y Filardi es poco satisfactoria. Y es que en gran medida, la película sucumbe demasiado fácil al cliché temático expuesto ampliamente en las viejas historietas publicadas por la editorial EC: cada uno de los actos moralmente cuestionables que hayas cometido en tu vida, eventualmente regresarán a atormentarte a no ser de que repares el error de alguna manera antes de que sea demasiado tarde.

Más allá de los temas que son gradualmente explorados durante el transcurso de la historia, “Flatliners” se alza como un testimonio del particular estilo visual de Joel Schumacher, y de su tendencia a filmar relatos extraños. De hecho, el film incorpora prácticamente cada uno de los elementos característicos del sello de Schumacher; está dominado por oscuras sombras, contiene una gran cantidad de arquitectura y esculturas góticas, incorpora explosiones de imágenes en neón que se contrastan con la oscuridad general de los escenarios, incluye una innecesaria y colorida escena en la que aparece un montón de gente disfrazada celebrando Halloweeen, y por último el director hace uso de una serie de tomas aéreas para dejar patente que el peligro que acecha a los protagonistas es prácticamente omnipresente. El logrado apartado visual está acompañado de la música rock con sintetizadores tan típica de fines de los ochenta y principios de los noventa, la que en esta ocasión estuvo a cargo del compositor James Newton Howard, y la cual además trae a la memoria lo hecho por Schumacher en “The Lost Boys” (1987), uno de sus trabajos más recordados. De hecho, tanto “Flatliners” como “The Lost Boys” se alzan como dos buenos ejemplos de la capacidad del director de complementar de forma exitosa la estética con la narrativa, todo esto en beneficio de la historia, talento que lamentablemente con el paso de los años Schumacher fue incapaz de conservar.

 

El elenco, conformado por quienes en ese momento eran vistos como talentosos actores jóvenes, presenta la mezcla perfecta entre intensidad, temor, petulancia, y honestidad. Quienes obviamente se destacan son el trío conformado por Kiefer Sutherland, Julia Roberts, y Kevin Bacon, cuyos personajes no solo son los protagonistas centrales de la historia, que dicho sea de paso también conforman el tormentoso triángulo amoroso del film, sino que además los actores son capaces de comprender, aceptar, y acentuar sus conflictos durante la exploración de temas como la redención, la salvación, y el perdón influenciados por los diversos errores que Nelson, Rachel, David, y el resto cometieron en algún punto de sus vidas. En gran medida, “Flatliners” utiliza la muerte como un medio que le permite a los protagonistas, y por extensión también a la audiencia, ver la vida y el mundo que los rodea desde otra perspectiva. Es el personaje de Sutherland quien representa en mayor medida uno de los temas principales de la cinta, aquello que él mismo llama “salvación”, que no es otra cosa que la tarea de revertir los errores del pasado que eventualmente regresan a atormentar el alma del hombre, corrigiendo de esta forma las influencias nefastas que le dieron forma a su vida, aun cuando en el caso particular de Nelson, este fue incapaz de percatarse del dolor generado por el lento pero constante proceso de la culpa que yace en su interior.

“Flatliners” fue estrenada en una época en que Hollywood estaba fascinada con la muerte y el más allá, temas que también fueron tratados en cintas como “Ghost” (1990) y “Jacob´s Ladder” (1990). Podría decirse que “Flatliners” reside en algún lugar entre ambas producciones, ya que comparte algunas de las aspiraciones románticas y las nociones de perdón expuestas en “Ghost”, y también incluye algunos aspectos propios del thriller presentes en “Jacob´s Ladder”. Es indudable que Schumacher supo explotar las fortalezas de la historia, lo que afortunadamente deja en segundo plano el hecho de que por momentos la cinta cae en un patrón algo decepcionante, en el cual se supone que el espectador debe aguantar la respiración cuando los protagonistas se someten a una nueva experiencia que pone en riesgo sus vidas. Una resucitación provoca suspenso. Dos aún son capaces de generar una atmósfera efectiva. Más de dos terminan por completo con la novedad y con las esperanzas del director de generar algún grado de tensión. “Flatliners” es un thriller original, inteligente y bien dirigido por Joel Schumacher, el cual gozó de bastante éxito al momento de su estreno, y que hoy en día si bien no es considerado un clásico, básicamente porque el guion obliga al espectador a pasar por la misma crisis una y otra vez, de todas formas es recordado como uno de los mejores trabajos de un director con una carrera bastante irregular.

por Fantomas.

miércoles, 22 de julio de 2015

The Bat: Cada vez que "El Murciélago" vuela, alguien muere.

“The Bat” (1959), es un thriller de misterio del director Crane Wilbur, el cual está protagonizado por Vincent Price, Agnes Moorehead y Gavin Gordon.

Cuando la escritora de misterio Cornelia Van Gorder (Agnes Moorehead) decide rentar una lúgubre casa en las afueras de Nueva York, cerca de la cual hace un tiempo un criminal conocido como “El Murciélago” cometió una serie de violentos asesinatos, jamás pensó que ella se vería envuelta en una trama digna de sus novelas. Y es que al parecer, el Murciélago está rondando la mansión con intenciones desconocidas, lo cual obligará a la escritora a descubrir el misterio que encierra el lugar antes de convertirse en la próxima víctima del criminal.

 

En el año 1920, Avery Hopwood y Mary Roberts Rineheart estrenaron en Broadway el melodrama de misterio “The Bat”, el cual además de contar con un éxito increíble a nivel comercial, que se extendió durante 867 presentaciones, eventualmente sería adaptado al cine por el director Roland West en el año 1926, y nuevamente cuatro años más tarde bajo el título “The Bat Whispers” (1930), film que en numerosas ocasiones se ha mencionado como una de fuentes de inspiración que llevó a Bob Kane y Bill Finger a crear al icónico personaje de historietas Batman. Aproximadamente treinta años más tarde, el guionista y director Crane Wilbur llevaría una vez más la obra de Hopwood y Rineheart a la pantalla grande, está vez con el actor Vincent Price a la cabeza, quien durante la década del cincuenta había logrado establecerse como una figura importante dentro del cine de terror gracias a su participación en cintas como “House of Wax” (1953), “The Mad Magician” (1954) y “The Fly” (1958). En una entrevista otorgada al programa de conversación “Sinister Image” en el año 1987, Price reveló que la obra teatral “The Bat” lo había aterrorizado cuando era pequeño, y que aceptó el rol en el remake de Wilbur porque pensó que el director sería capaz de revivir la obra y actualizarla de manera eficiente. Sin embargo, en esa misma oportunidad el actor no pudo esconder su desilusión con el resultado final, reconociendo que el mayor problema de la producción era su flojo guion.

En gran medida, “The Bat” relata una seguidilla de allanamientos de morada con consecuencias fatales. La protagonista del film es Cornelia Van Gorder, una escritora de misterio que en compañía de su inseparable criada Lizzie Allen (Lenita Lane), ha decidido rentar una vieja y solitaria casa con el objetivo de encontrar la inspiración necesaria para escribir su próxima novela. El dueño de esa casa resulta ser John Fleming (Harvey Stephens), quien es el gerente del banco local, al cual ha desfalcado en aproximadamente un millón de dólares, los que aparentemente ha escondido en algún lugar del domicilio. Cuando Fleming le revela el crimen que ha cometido a su amigo, el Dr. Malcolm Welles (Vincent Price), durante un viaje de cacería, este último decide sacar provecho de la situación y termina asesinándolo para así poder quedarse con todo el dinero. Desde ese momento en adelante, la vieja casa de Fleming se convertirá en la escena de una serie de allanamientos de morada y de un par de asesinatos, cometidos por un criminal enmascarado conocido como “El Murciélago”, quien posee un largo historial de asesinatos sin resolver. Será responsabilidad del Teniente Andy Anderson (Gavin Gordon) descubrir la verdadera identidad del psicópata, quien no dudará en eliminar a todo aquel que se interponga entre él y el dinero que se esconde en la mansión Fleming.

 

Si algo llama la atención de “The Bat”, es precisamente la apariencia y el modus operandi del principal villano del film. Ataviado con una máscara, un sombrero, y un par de guantes de cuero equipados con unas garras de acero con las cuales les desgarra el cuello a sus víctimas, el criminal merodea de forma constante la mansión de Fleming en búsqueda del dinero que el ejecutivo escondió en el lugar. No contento con esto, el asesino incluso utiliza murciélagos reales para atacar a sus víctimas a distancia, con la esperanza de no tener que intervenir de manera directa en sus muertes. Más allá de las características del “Murciélago”, resulta interesante el hecho de que son varios los elementos que se conjugan en la trama de “The Bat” para darle vida al misterio central de la historia. Además del misterio concerniente a la identidad del criminal, está la interrogante con respecto a la ubicación del dinero, las dudas que genera el enigmático pasado del chofer/mayordomo (John Sutton) de la protagonista, y la posibilidad de que alguna de las mujeres que eventualmente deciden alojarse en la siniestra mansión, pueda estar actuando como cómplice del asesino. Lamentablemente, el misterio central está tan pobremente construido, que de poco sirve que este posea diversas aristas. El hecho de que la cantidad de sospechosos sea limitada, y que la mayoría de estos sean asesinados por el psicópata, provoca que la solución de la principal interrogante del film sea bastante predecible y por ende, que el clímax del relato carezca de real emoción.

Otra cosa que resulta curiosa con respecto a “The Bat”, es la relación que mantiene Cornelia Van Gorder con Lizzie Allen, la cual en varias ocasiones se ha mencionado que presenta un marcado tinte lésbico, aun cuando en la época en la cual se filmó la película la homosexualidad era un tema tabú. Por un lado, Cornelia es retratada como una mujer segura de sí misma, exitosa, y carismática, que ejerce un evidente control sobre quienes la rodean, es especial sobre la fiel Lizzie Allen. A esto se le suma el hecho de que ambas mujeres comparten habitación, y que pasan gran parte de la película vestidas solo con unos camisones para dormir que esconden una cierta sensualidad, considerando que se trata de un par de mujeres de mediana edad. Obviamente reflejan una particular cercanía, que provoca que el espectador al menos considere que su relación va más allá del mero aspecto laboral. Como si el director quisiera reforzar esta idea, en un momento de la historia incluye una peculiar conversación que poco tiene que ver con el desarrollo de la trama, en la cual Lizzie asegura que no hay manera de que alguna vez establezca una relación sentimental con un hombre. Ya en el último acto del film, Cornelia se ve rodeada de tres mujeres, las cuales curiosamente han decidido refugiarse del asesino en la mismísima mansión que acecha noche tras noche. De esta manera, se conforma un escenario cuasi metafórico en el cual las cuatro mujeres vestidas solo con sus camisolas, corren por los diversos pasillos de la casa huyendo de la siniestra figura masculina, la cual se alza como el macho alfa en un mundo donde los hombres son impotentes o sencillamente maquiavélicos.

 

Más allá del buen trabajo interpretativo de Agnes Moorehead, quien al menos construye a una protagonista carismática con una personalidad definida, quien realmente se destaca es Vincent Price aun cuando su personaje es secundario. El hecho de que en un principio se revele como un asesino a sangre fría con un particular interés por los murciélagos, para posteriormente mostrarse como uno de los principales interesados en atrapar al criminal de turno, le otorga una interesante ambigüedad. El resto del elenco realiza una labor que va desde lo correcto hasta lo sencillamente mediocre, lo que le resta relevancia a gran parte de los personajes secundarios. En cuanto al aspecto técnico de la producción, uno de los puntos altos está representado por el trabajo de fotografía de Joseph F. Biroc, quien no solo demuestra un gran manejo de la luz y las sombras, sino que además logra de forma exitosa que los mediocres sets en los que se desarrolla la historia, luzcan lo suficientemente amenazantes como dotar al film de una atmósfera claustrofóbica. Otro de los puntos altos de la cinta es la jazzística banda sonora compuesta por Alvino Rey, la cual lamentablemente a medida que avanza el relato va perdiendo efectividad, ya que la misma pieza musical es reutilizada en incontables ocasiones.

“The Bat” es un pequeño film que posee una serie de elementos interesantes, como por ejemplo su premisa, las actuaciones de Agnes Moorehead y Vincent Price, y la apariencia del asesino, pero que al final del día termina convirtiéndose en un producto fallido debido a que el director no supo explotar todo el potencial que poseía la historia original. Crane Wilbur comete una serie de errores que rayan en lo incomprensible, entre los que se encuentran la inclusión de los personajes interpretados por Riza Royce y Darla Hood, que no aportan en absoluto al desarrollo de la trama, la utilización de pistas falsas que bordean lo insultante, y la formulación de un estilo narrativo cuasi circular en el que determinados escenarios y situaciones se repiten en un loop continúo a lo largo del film. Además de todo esto, el pausado ritmo narrativo que posee la cinta termina exacerbando los errores cometidos por el director, en especial aquellos que tiene que ver con la sumatoria de minutos de metraje a expensas de escenas sin ningún valor dramático. Por último, el tinte teatral que por momentos exhibe la película, provoca que ciertas escenas luzcan algo acartonadas, restándole verosimilitud a un relato donde las coincidencias convenientes están a la orden del día. A raíz de todos estos problemas, “The Bat” termina presentándose como una película recomendable solo para los seguidores de la filmografía de Vincent Price, para los entusiastas por las historias de misterio, y para aquellos espectadores que les despierte cierta curiosidad ver insinuaciones vagas de una relación sáfica entre dos mujeres mayores en una producción de la década del cincuenta.

por Fantomas.

martes, 14 de julio de 2015

The Believers: Santería, Brujería, Vudú y otras especies en Nueva York.

“The Believers” (1987), es un thriller de horror del director John Schlesinger, el cual está protagonizado por Martin Sheen, Helen Shaver y Robert Loggia.

Después de la muerte de su esposa, el psiquiatra Cal Jamison (Martin Sheen) decide mudarse a Nueva York junto a su hijo Chris (Harley Cross). En dicha ciudad, se le pide que participe en la investigación de los asesinatos de dos niños, los cuales parecen haber sido sacrificados durante una especie de ritual. Lamentablemente para él, su escepticismo lo llevará a acercase más de la cuenta a los responsables de los crímenes, quienes aparentemente han seleccionado a su hijo como su próxima víctima.

 

Existe un miedo transversal que ha sido retratado en un número no menor de cintas de horror durante el transcurso de los años, y que tiene que ver con los peligros que esconden las fuerzas siniestras que se encuentran merodeando en distintas partes del globo, ya sean terrenales o espirituales. Dentro de este subgrupo de cintas, existe un puñado de producciones que se ha centrado específicamente en diversas sectas dedicadas a la adoración de Satán o de dioses paganos. ¿Cómo es posible verse involucrado en una secta? Si se logra formar parte de una sociedad secreta, ¿es necesario estar buscando nuevos miembros de manera activa? Preguntas como estás suelen surgir cada vez que se está ante una película que intenta retratar la existencia y el funcionamiento de un determinado culto satánico, que es precisamente el caso de “The Believers”, cinta del director John Schlesinger, responsable de clásicos como “Midnight Cowboy” (1969) y Marathon Man” (1976), la cual está basada en el libro de Nicholas Conde titulado “The Religion”. A primera vista, el guion escrito por Mark Frost guarda una serie de similitudes con algunas de las películas de temáticas satánicas que se filmaron durante las décadas del sesenta y el setenta, como por ejemplo “Rosemary Baby” (1968), en la cual un grupo de personajes adinerados residentes en la ciudad de Nueva York, se ven involucrados en prácticas moralmente cuestionables, cuyo objetivo central es hacerse con el alma de un inocente.

En “The Believers”, luego de que Cal Jamison y su pequeño hijo Chris presencian el terrible accidente que terminó con la vida de su esposa/madre, el cual involucró el malfuncionamiento de una cafetera, ambos buscan dejar el pasado atrás mudándose desde Minnesota a Nueva York. A su llegada a la Gran Manzana, los Jamison se instalan en un bonito vecindario en el cual también vive su inquilina, una atractiva mujer llamada Jessica Halliday (Helen Shaver), todo gracias a la gestión del amigo y abogado de Cal, Marty Wertheimer (Richard Masur), quien lo ha estado presionando para que persista con la demanda contra de la empresa fabricante de la cafetera. Una vez establecidos en su nuevo domicilio, Cal comienza a trabajar como psiquiatra para el Departamento de Policía de Nueva York, donde ayuda a oficiales que han pasado por situaciones traumáticas. Es así como conoce a Tom Lopez (Jimmy Smits), un ex-policía encubierto que aparentemente ha perdido la cordura, el cual está convencido que una nefasta secta está tras sus pasos. Según el perturbado oficial, los integrantes de la secta a la que tanto teme, son también los responsables de una serie de brutales crímenes rituales que se han estado cometiendo últimamente en la ciudad, cuyas víctimas son niños que no parecen tener nada en común. Ayudado por el Teniente Sean McTaggert (Robert Loggia), Cal se sumergirá en el mundo de la Santería, solo para descubrir con horror que existen cosas que ni la ciencia ni su mente racional pueden explicar.

 

“The Believers” se sumerge en la rica e inquietante mitología de la Santería, que básicamente es un conjunto de sistemas religiosos que funden creencias católicas con elementos propios de ciertas culturas africanas. Ya sea por ignorancia o por exigencias del guion, Schlesinger se preocupa de retratar a la Santería como una extraña fuerza mística de naturaleza poco definida, la cual en ocasiones se fusiona sin previo aviso con prácticas propias de la Brujería y el Vudú, y cuyo alcance cuasi omnipresente es revelado tanto de manera sutil como gráfica. Si algo se le ha criticado a “The Believers”, es que al igual que otras películas que se centran en algún tipo de religión caribeña, esta insiste en la noción de que los practicantes de este tipo de religiones son hombres sedientos de sangre, que buscan complacer a sus dioses y a su propia codicia a través de sacrificios de personas inocentes. Junto a este estereotipo negativo que históricamente han cargado las creencias menos tradicionales en el cine, la cinta hasta cierto punto promueve la práctica del catolicismo de manera casi panfletaria. ¿Es usted católico?, le preguntan de manera insistente al protagonista en varios pasajes del film, insinuando que su afiliación a la Iglesia católica puede protegerlo del mal que amenaza con destruir su vida y la de su hijo, y que su escepticismo no es otra cosa más que un boleto directo a su perdición.

En gran medida, la trama de “The Believers” se desenvuelve dentro de los parámetros del género policial. El misterio central de la historia es interesante, pero una vez que se revela quien está detrás del mal que se esconde en la ciudad de Nueva York, la cinta pierde algo de fuerza y el espectador termina con más preguntas que respuestas. Al mismo tiempo, la película intenta funcionar como un drama acerca de una familia fracturada que está intentando reconstruirse, y como un relato de horror sobrenatural. Son precisamente las escenas que se encasillan dentro del género del horror las que resultan ser las más efectivas del film. Estas escenas incluyen a un hombre con un cuchillo intentando remover unas serpientes que supuestamente se han albergado en su estómago, o la evolución de una especie de tumor que comienza a crecer en el rostro de Jessica Halliday, el cual eventualmente explota solo para permitir que decenas de arañas surjan de su interior. Mientras que la inclusión de este tipo de escenas ayuda a establecer el tono enfermizo que rodea a los actos realizados por los miembros de la secta, la decisión por parte del director de incluir otras escenas que poco tienen que ver con la trama, y que cuyo objetivo principal es retratar parte de la cotidianidad de determinados personajes, finalmente funcionan solo como una distracción y su adición resulta a lo menos cuestionable.

 

En general, el elenco realiza un buen trabajo considerando que el material del que disponían no es precisamente de lo mejor. Martin Sheen interpreta de buena manera a un personaje a ratos demasiado racional, el cual se encuentra en una encrucijada emocional y espiritual que por momentos escapa de su comprensión. Helen Shaver por su parte, realiza una labor algo irregular, aunque es innegable que tiene una gran química con su coprotagonista. Con respecto a la relación que se establece entre ambos, el hecho de que sea tan repentina no solo provoca que se sienta algo forzada, sino que además entorpece la interacción entre ambos y el pequeño hijo de Cal, a quien obviamente le cuesta aceptar a la nueva novia de su padre. Probablemente sea justo decir que la interpretación más efectiva de la cinta sea la de Jimmy Smits, como el policía que sabe más de lo que debería de la peligrosa secta. El actor hace un buen trabajo transmitiendo el horror que se esconde tras los infanticidios, y al mismo tiempo se encarga de establecer que el alcance de los poderes sobrenaturales de la secta no conoce límites. Quien viene a reforzar esta idea es Malick Bowens, quien interpreta al médico brujo Palo, el villano más aterrorizante del film. Por otro lado, en lo que se refiere a los aspectos técnicos destacables de la producción, se encuentra el atractivo trabajo de fotografía de Robby Müller, y la peculiar pero atmosférica banda sonora del compositor J. Peter Robinson.

Pese a la utilización de algunos artificios poco acertados, los dos primeros tercios de “The Believers” poseen un ritmo narrativo dinámico y una cantidad no menor de sordidez, en especial cuando se vuelve evidente que Chris puede convertirse en la próxima víctima de la secta. Sin embargo, el film pierde gran parte de su impacto durante su acto final, sobre todo cuando los miembros de la secta llevan a cabo un plan absurdo no solo para secuestrar a Chris, sino que también para que Cal se encargue de realizar el trabajo sucio. Es así como lo que en un principio comienza como un sutil estudio de ciertas creencias primitivas versus el racionalismo a toda prueba, termina convirtiéndose en un espectáculo granguiñolesco, adornado con algunas escenas de lucha pobremente coreografiadas, las que probablemente pueden provocarle alguna risotada a aquellos espectadores de mentalidad más cínica. Algo similar ocurre con la supuestamente perturbadora escena final de la película, la que deja abierta la posibilidad de que las fuerzas del mal vuelvan a acechar en un futuro a la familia Jamison. Aun cuando el guion de “The Believers” presenta algunos problemas evidentes, es un interesante relato urbano de misterio, que se las arregla para tocar temas como la fe, las creencias, y el amor tras la viudez, todo bajo un manto emocional y perturbador por partes iguales, lo que finalmente alza al film de Schlesinger como una de las buenas entradas del cine demoniaco de la década del ochenta.

por Fantomas.

viernes, 10 de julio de 2015

Torso: La muerte es la que mejor guarda los secretos.

“I corpi presentano tracce di violenza carnale” aka “Torso” (1973), es un giallo del director Sergio Martino, el cual está protagonizado por Suzy Kendall, Tina Aumont y Luc Merenda.

Una serie de violentos asesinatos se han estado cometiendo en las cercanías de un campus de una universidad de Perugia. A raíz de esto, una estudiante de intercambio llamada Jane (Suzy Kendall), decide irse con tres de sus amigas a una retirada villa en el campo con la esperanza de que la policía encuentre pronto al asesino. Sin embargo, cuando el psicópata se dispone a seguirlas, lo que comenzó como un viaje de placer se convertirá en una verdadera pesadilla.

 

Junto con los franceses, los japoneses y los norteamericanos, los cineastas italianos formaron parte fundamental en el proceso de revitalización del cine como industria y como fabricante de sueños durante las décadas del sesenta y setenta. Eso significó que a fines de los sesenta, Roma se convirtiera en uno de los epicentros de la industria cinematográfica, el cual no solo era capaz de albergar a directores consagrados como Federico Fellini, Pier Paolo Pasolini, y Sergio Leone, sino que además daba pie para que otro puñado importante de cineastas experimentara con diversos géneros y subgéneros. Fue así como en Italia se generó la clásica batalla entre el arte y el artificio, proceso en el cual Sergio Martino se alza como un ingeniero menor de todo el asunto, pero no por eso menos importante. En aquella época, el director cimentó su reputación creando una serie del films encasillados dentro del llamado género del giallo, nombre que hace referencia al color de las cubiertas de ciertas novelas policíacas baratas que fueron editadas en la década del treinta en Italia, y de las que el género toma gran parte de sus argumentos y elementos formales. De la mano de su colaborador habitual, el guionista Ernesto Gastaldi, Martino nuevamente explora su obsesión con los desnudos femeninos y con la violencia descarnada, tal y como lo había hecho anteriormente en “The Strange Vice of Mrs. Wardh” (1971), “Case of the Scorpion´s Tale” (1971), “All the Colors of the Dark” (1972), y “Your Vice is a Closed Room and Only I Have the Key” (1972).

“Torso” se desarrolla en Perugia, una pequeña ciudad italiana que alberga a cientos de estudiantes universitarios, y que se presenta como el escenario perfecto para estudiar y pasar los días disfrutando de la buena vida. Sin embargo, esa idílica presunción no tarda en quebrarse en miles de pedazos cuando una serie de estudiantes comienzan a ser asesinados por lo que parece ser un psicópata sexual. La policía está desconcertada con los asesinatos, y la única pista que poseen es un pañuelo rojo con negro que encontraron en una de las escenas del crimen. Todo esto provoca que las clases en la universidad sean rápidamente suspendidas, que es precisamente lo contrario a lo que desea una estudiante de intercambio llamada Jane, quien en el último tiempo se ha estado encariñando con uno de sus profesores, el encantador Franz (John Richardson). Lamentablemente para ella, la compleja situación que se está viviendo en la ciudad la obliga junto a un grupo de amigas, entre las que se encuentra Daniela (Tina Aumont), quien últimamente ha estado siendo acosada insistentemente por Stefano Vanzi (Roberto Bisacco), un viejo conocido de la infancia, a viajar a una aislada villa en medio de la campiña italiana hasta que el asesino sea atrapado por la policía y sea seguro regresar a la ciudad. Desafortunadamente para las muchachas, al parecer ellas y no el resto de los estudiantes, son el verdadero objetivo del psicópata, quien está decidido a terminar lo que comenzó en Perugia.

 

Aun cuando se incluyen una serie de pistas falsas durante el transcurso del film, “Torso” no presenta necesariamente un misterio demasiado complicado de resolver. De hecho, aproximadamente a la hora de metraje, es posible descubrir la identidad del villano mediante un sencillo proceso de eliminación. En esencia, se debe considerar a los pocos sospechosos que aún están con vida, analizar sus posibles motivos, y posteriormente es posible realizar una deducción relativamente acertada. Aunque la respuesta termina siendo bastante obvia, Martino se las arregla para que el camino hacia el clímax del film sea por sobre todo entretenido y envolvente. Mientras que por un lado el director utiliza los desnudos femeninos casi como si se trataran de un elemento narrativo más, al mismo tiempo demuestra la razón de porqué muchos de los giallos habitualmente son considerados como parte de la base estilística de lo que posteriormente sería el llamado género slasher, al retratar cada uno de los asesinatos desde la perversa perspectiva del asesino. Si bien todo esto resulta ser efectivo, especialmente a nivel visual, es en el último acto donde Martino realmente demuestra su habilidad como director. Mientras Jane se está recuperando de un pequeño accidente que le provocó una seria lesión en uno de sus tobillos, no le queda más remedio que presenciar con horror como el asesino utiliza una sierra para descuartizar a sus amigas. Desde ese punto, durante aproximadamente 25 minutos, Martino inunda el aire con una atmósfera de tensión, ya que Jane deberá buscar una forma de escapar del psicópata quien está cada vez más cerca de descubrir que existe otra víctima potencial escondida dentro de la lujosa villa.

Pese a que una de las características predominantes de los personajes femeninos del film es su hipersexualización, “Torso” dista de ser una película misógina, característica que sí define al asesino de turno. Existen varias escenas de desnudos e incluso un par de escenas eróticas, pero por lo general están de alguna forma conectadas a la violencia que contiene la cinta, lo que provoca que la desnudez no sea del todo gratuita. A diferencia de muchos giallos, las mujeres no son retratadas como personajes inútiles o meros objetos sexuales, sino que en el caso particular de Jane, ella se alza como la heroína del relato y el espectador está llamado a empatizar con su peculiar situación. Muy por el contrario, los hombres que aparecen a lo largo del film son ampliamente criticados por su actitud sexista hacia las mujeres, en especial aquellos que viven en las cercanías de la villa en la cual se hospedan las protagonistas, ya que constantemente se les ve realizando comentarios de índole sexual con respecto a ellas. Por otro lado, es interesante como “Torso” describe los tipos de violencia cinematográfica existentes en el giallo. En un artículo publicado en 1993 en la revista Film Quarterly, Devin McKinney intentó describir dos tipos de violencia cinematográfica. Estaba la forma “débil”, la cual es característica del cine comercial y donde la violencia tiende a ser espectacular, directa e incluso disfrutable, y la forma “fuerte”, la cual habitualmente está relacionada con el cine arte, y donde la violencia es retratada de manera más compleja e indirecta. Bajo esta premisa, en el caso puntual de “Torso”, la primera mitad de la cinta opera en el espectro “débil” de la violencia, mientras que los eventos que ocurren en la villa presentan tintes más cercanos al llamado espectro “fuerte”, ya que priva al espectador de ver los asesinatos de determinado personajes para centrarse en las consecuencias de los crímenes y en la reacción desencajada de Jane ante los hechos.

 

Suzy Kendall realiza un gran trabajo como la heroína de turno, especialmente porque cuando se percata de todo lo que está sucediendo en la villa, actúa con mesura en vez de reaccionar de forma errática ante la presencia del asesino, como suele suceder en las películas de este tipo. Junto con esto, es la única del grupo de muchachas que intenta descubrir algo más acerca de la identidad del psicópata, y es probablemente el único personaje femenino del film que demuestra un marcado grado de independencia con respecto a los hombres que la rodean. En el caso de Tina Aumont, esta se destaca más por su belleza que por sus dotes interpretativos, mientras que Luc Merenda, que personifica a uno de los tantos sospechosos del relato, realiza una labor más bien discreta los escasos minutos que aparece en pantalla. En cuanto al aspecto técnico del film, lo que más se destaca es la estilizada dirección de Martino y el trabajo de fotografía de Giancarlo Ferrando, otro de los colaboradores habituales del realizador italiano. En conjunto, ambos logran construir una atmósfera de tensión casi constante, principalmente gracias al inteligente manejo de la cámara subjetiva y al uso de curiosos ángulos de cámara, los cuales además permiten que el espectador participe de manera activa en diversos pasajes de la película, en una actitud abiertamente voyerista. Por último, la banda sonora compuesta por Guido y Maurizio De Angelis, resulta ser algo irregular y por momentos rompe el tono enfermizo que domina al film.

Más allá de la habilidad de Sergio Martino para imprimirle un suspenso cuasi hitchcockiano a los últimos 25 minutos del film, y del atractivo estilo visual que utiliza durante gran parte del metraje, es necesario destacar la forma en como el director conjuga todos los elementos que hicieron popular al género del giallo, como por ejemplo la desnudez, la violencia, y algunos momentos de verdadero horror, sin caer en ningún tipo de exceso que le reste credibilidad al relato. Básicamente, “Torso” es una película de naturaleza sexual, que se enfoca en los placeres carnales de la vida y en la violencia que estos pueden generar. Aunque en la superficie da la impresión que la trama gira en torno a un psicópata que asesina brutalmente a aquellas mujeres cuyo cuerpo no puede poseer, la verdad es que como en gran parte de los giallos, existen aristas psicológicas más complejas en torno a su accionar, las cuales justifican su visceralidad y le otorgan una profundidad mayor a la que poseen los típicos asesinos de las cintas slasher. Esto no significa que la explicación del porqué el psicópata comete los crímenes sea del todo satisfactoria, pero al menos le agrega un punto más de interés al misterio central de la historia. Sin ser una película imprescindible, “Torso” es un buen ejemplo de los contenidos presentes en el giallo, de las fijaciones de los cineastas de la época, y de la habilidad como director de Martino, quien lamentablemente no ha obtenido el reconocimiento que realmente merece como una de las piezas importantes de la constante evolución del cine italiano.

por Fantomas.

martes, 30 de junio de 2015

Near Dark: La refrescante revisión del Western y el cine de vampiros de Kathryn Bigelow.

“Near Dark” (1987), es un film de horror de la directora Kathryn Bigelow, el cual está protagonizado por Adrian Pasdar, Jenny Wright y Lance Henriksen.

En una pequeña localidad rural, Caleb Colton (Adrian Pasdar) pasa las noches persiguiendo chicas y bebiendo alcohol con sus amigos. Sin embargo, cuando conoce a una hermosa muchacha llamada Mae (Jenny Wright), sin saberlo Caleb es arrastrado a un mundo dominado por el horror y el caos. Y es que Mae pertenece a una peligrosa banda de vampiros, los cuales han estado dejando una pila de cadáveres a su paso. ¿Estará Caleb dispuesto a pagar un alto precio por el amor de Mae y la vida eterna, o encontrará una forma de conquistar el mal que está creciendo en su interior con cada noche que pasa?

 

A mediados de los ochenta, en medio de la fiebre por las cintas slasher, las películas de vampiros nuevamente comenzaron a despertar el interés del público norteamericano, principalmente gracias a la aparición de cintas como “Fright Night” (1985) y “The Lost Boys” (1987), las cuales gozaron de un inesperado éxito comercial. Para ese entonces, la directora Kathryn Bigelow estaba considerando la idea de realizar un Western que escapara de las convenciones habituales del género. Sin embargo, cuando ella y el guionista Eric Red se percataron de que nadie estaba dispuesto a invertir en un Western, se vieron obligados a tratar de fusionar su idea original con los elementos de un género que gozara de mayor popularidad. Su interés en realizar una interpretación revisionista de la tradición cinematográfica, eventualmente llevó a la dupla a combinar dos géneros que ellos consideraban que merecían ser reinterpretados: el Western y el horror, específicamente aquel centrado en las historias de vampiros. De esta forma nació “Near Dark”, la cual fue la última película producida por la compañía DeLaurentiis Entertaiment Group, cuya bancarrota jugaría un rol importante en el desempeño comercial que finalmente tendría el film de Bigelow. Contrario a lo que se podría pensar, la combinación de estos dos géneros ya había sido llevada a la pantalla grande al menos en dos ocasiones, tanto en “Curse of the Undead” (1959), como en “Billy the Kid vs. Dracula” (1966).

Al inicio de “Near Dark”, Caleb Colton asume que está a punto de pasar otra aburrida noche en su pueblo natal, cuando de pronto se encuentra con una hermosa mujer llamada Mae, quien está parada afuera de una heladería. Tras acercarse a la muchacha y ofrecerle un aventón hasta su casa, los dos jóvenes emprenden rumbo hacia la oscuridad de la noche con la intención de conocerse mejor el uno al otro. De pronto, la improvisada cita toma un giro inesperado cuando Mae súbitamente comienza a pedirle a Caleb que la lleve a su casa de inmediato, ya que su vida depende de ello. Cuando Caleb se niega a encender su camioneta si es que Mae no accede a besarlo, esta sucumbe ante los encantos del joven y termina mordiendo su cuello. Con el sol asomándose por el horizonte, Mae rápidamente se larga a correr hacia un granero cercano, al mismo tiempo que Caleb comienza a darse cuenta que algo raro le sucede, y que su cuerpo está reaccionando de forma extraña a la luz del sol. Es entonces cuando es rescatado por los compañeros de viaje de Mae, un surreal clan de vampiros liderados por el intimidante Jesse (Lance Henriksen) y el sanguinario Severen (Bill Paxton), quienes se han estado alimentando de la sangre inocente de los habitantes de los pequeños pueblos del oeste norteamericano. Pese a percatarse de la peligrosa situación en la que se encuentra, Caleb opta por acompañar a su nueva “familia” no solo por la atracción que siente por Mae, sino que además por su nueva condición la cual dictamina que tendrá que aprender a matar si es que desea sobrevivir.

 

El gran mérito de Bigelow con “Near Dark” consiste en su habilidad para imprimirle nueva vida a un par de géneros que han sido explotados hasta el cansancio. En relación a la mitología del vampirismo, todo lo relacionado con el efecto del ajo, el uso de crucifijos o estacas en el corazón, y la incapacidad de los vampiros de reflejarse en los espejos, ni siquiera es mencionado. De hecho, la palabra “vampiro” no es utilizada en ningún momento durante el transcurso de la cinta. Lo que emerge del guion desarrollado por Bigelow y Red es una nueva estirpe de vampiros, los cuales se visten con trajes de cuero, se trasladan de un lugar a otro en casas rodantes, interactuando la mayor parte del tiempo como una cuasi familia disfuncional de marginados, y cuya única debilidad pareciera ser la luz solar. En gran medida, lo que Bigelow mejor hace es jugar con las expectativas del espectador. A causa de la vestimenta que ostentan, uno esperaría que Jesse y compañía utilizaran motocicletas para trasladarse, y no una casa rodante u otro tipo de vehículos familiares. Al mismo tiempo, una vez que son expuestos sus deseos asesinos, el espectador tiende a suponer que eventualmente va a presenciar numerosas escenas plagadas de violencia, y no necesariamente un puñado de escenas contemplativas llenas de angustia existencial y paradojas éticas. Por otro lado, si se considera su estilo de vida alternativo, resulta sorprendente no encontrarse con un grupo de personajes poseedores de egos incontrolables, sino que con una familia que se mantiene unida bajo lineamientos disciplinarios estrictos. Por último, contrario a la clásica representación romántica de los vampiros en el cine, dentro del clan de Bigelow es posible encontrar al desaseado y arrogante Severen, y a un adolescente malcriado llamado Homer (Joshua Miller).

Quien probablemente representa de mejor manera este poco tradicional enfoque del vampirismo, es el mismísimo Caleb, quien durante el transcurso del film se le puede ver tanto disfrutando como despreciando su nueva condición. Esto provoca que se convierta en un personaje complejo, que sufre de forma genuina por el destino que ha caído sobre sus hombros, pero que al mismo tiempo busca encajar dentro del grupo de vampiros para así poder estar cerca de Mae, aun a sabiendas de que esto lo alejará de su verdadera familia para siempre. “Near Dark” también le otorga nueva vida al Western hollywoodense. Aunque la realizadora incluye unas pocas tomas panorámicas del horizonte y de los escenarios desérticos del oeste norteamericano, emulando ciertas características estéticas del Western clásico, la verdad es que la mayor parte del tiempo se dedica a retratar escenarios suburbanos plagados de bares, luces de neón, calles pavimentadas, moteles, y bodegas industriales. Es el oeste, pero no precisamente el oeste habitado por los personajes que alguna vez interpretaron John Wayne o Gary Cooper. Bigelow dibuja un provocativo retrato del nuevo oeste norteamericano, uno donde los clubes nocturnos han sustituido a las tabernas, los automóviles han reemplazado a los caballos, y las casas rodantes han dejado en el pasado a las diligencias. Sin embargo, el espíritu reinante en el viejo oeste se ha mantenido intacto, lo que explica que los forajidos de turno sigan estando gobernados por un incombustible apetito capitalista que los lleva a consumir todo a su paso. En ese sentido, los vampiros del film no se diferencian de los vaqueros presentes en los westerns realizados durante los años cuarenta y cincuenta. Y es que básicamente Jesse y compañía han cambiado las ansias de tierra y ganado que dominaban al vaquero clásico, por una incontrolable sed de sangre.

 

Además de todo lo antes mencionado, la cinta también rediseña el concepto tradicional de la femme fatale expuesto de manera magistral en el film noir. Habitualmente, las femme fatale son presentadas como las agresoras, ya sea de forma activa o pasiva. Sin embargo, en “Near Dark”, Mae claramente es una observadora pasiva que termina sucumbiendo a los deseos lascivos de Caleb. Desde el primer minuto, él se presenta como el agresor, mientras que ella se encarga de advertirle que es preferible que mantenga la distancia. Como suele suceder con las femme fatale, es su sexualidad la que provoca que el protagonista se vea envuelto en un problema que escapa de su compresión, lo que no significa que Mae no simpatice con su situación y trate de ayudarlo de forma constante. En cierta medida, ambos están atrapados en una realidad con la que no están del todo felices, aun cuando Mae abraza con mayor entusiasmo su condición que Caleb. En esta vorágine sin control, ambos hacen lo posible por encontrar el romance en circunstancias adversas, pese a que dicho accionar eventualmente puede terminar provocando su propia destrucción. Esta dinámica no funcionaría tan bien si no fuese por la actuación de la dupla protagónica y de la totalidad del elenco secundario, en especial de Bill Paxton, quien sobresale como el villano más impredecible y sanguinario del film, particularmente en la recordada escena del bar.

Pese a todas sus virtudes, “Near Dark” no es un film de vampiros excepcional, pero si logra equilibrar con éxito diversos elementos que por lo general no es posible encontrar en películas de estas características. Entre las cosas a destacar, se encuentra la manera en como Kathryn Bigelow utiliza un escenario rural para relatar la historia de amor de una joven pareja, la cual se ve enfrentada a una serie de actos abominables en su afán por permanecer juntos. Dentro de este esquema, obviamente el clan de vampiros se convierte en el corazón y el alma de la historia, pero finalmente es la peculiar manera en la cual Bigelow incorpora los diversos elementos revisionistas, lo que separa a “Near Dark” del resto de los relatos de vampiros. Complementando el tono del film, se encuentra el estupendo trabajo de fotografía de Adam Greenberg, y la atmosférica banda sonora compuesta por el grupo de música electrónica alemán Tangerine Dream. Por otro lado, lo que podría considerarse como el lado menos amable de la producción, es la forma en como Caleb y Mae inician su relación, ya que su interacción resulta ser algo torpe y forzada, y está marcada por un incómodo intercambio de palabras que no conduce a ninguna parte. Al mismo tiempo, el adolescente interpretado por Joshua Miller es definitivamente el personaje más detestable del film, lo que no impide entender que su incorporación responde al deseo por parte de Bigelow de que el clan de vampiros se asemeje lo más posible a una verdadera familia. Con más pros que contras, probablemente la mejor forma de visionar “Near Dark” sea pensando que su progresión narrativa es similar a la de una montaña rusa; los primeros cuarenta minutos del film son el largo ascenso hasta la cima del viaje, mientras que el resto de la película se alza como el tramo más adrenalínico y entretenido de todo el trayecto.

por Fantomas.

lunes, 22 de junio de 2015

The Relic: Horror en el museo.

“The Relic” (1997), es un film de horror del director Peter Hyams, el cual está protagonizado por Penelope Ann Miller y Tom Sizemore.

Tras la llegada de un barco que trae valiosos ejemplares para el Museo de Historia Natural de Chicago, en cuyo interior se encuentra una serie de cadáveres horriblemente mutilados, la Dra. Margo Green (Penelope Ann Miller), una bióloga evolucionista que trabaja en el museo, y el teniente Vincent D´Agosta (Tom Sizemore), deciden unir fuerzas para intentar esclarecer las causas de tan atroces muertes, y cuál es su conexión con la nueva exhibición que está por inaugurar el museo.

 

“The Relic” está basada en la exitosa novela de horror del mismo nombre escrita por Douglas Preston, quien ejerció como periodista y director de relaciones públicas para el Museo Americano de Historia Natural de la ciudad de Nueva York, y el escritor y licenciado en literatura inglesa Lincoln Child. Lamentablemente para los productores del film, a raíz de que la novela retrataba de manera poco amable a los encargados de la administración del museo, y al temor de estos de que el contenido de la cinta ahuyentara a los niños del lugar, ellos eventualmente rechazaron la importante suma de dinero que la Paramount Pictures ofreció por utilizar el museo para ambientar la película. Tras este pequeño percance, los productores visitaron varios museos ubicados en Washington y Chicago cuya arquitectura se asemejaba al neoyorquino, antes de que los encargados del Museo Field de Historia Natural de Chicago se interesaran en el contenido de la novela, y facilitaran sus dependencias para el rodaje del film. Cabe mencionar que la elección del escenario principal de la historia no sería el único problema que enfrentaría la producción. Debido a que una buena parte del relato se desarrolla en una serie de túneles subterráneos cubiertos de agua, la salud de Tom Sizemore se vio mermada en dos ocasiones durante el proceso de rodaje, el cual eventualmente tuvo que ser suspendido por un tiempo cuando Peter Hyams se vio demasiado enfermo como para continuar trabajando.

El film comienza con el descubrimiento de una antigua reliquia ubicada en la jungla de Brasil. Bajo la suposición de que la estatua va a llamar la atención de un buen número de personas cuando sea exhibida bajo el marco de una exposición titulada “Superstición”, la cual va a llevarse a cabo en el Museo de Historia Natural de Chicago, un antropólogo llamado John Whitney (Lewis Van Bergen) aborda un barco junto con sus descubrimientos, con la intención de enseñárselos al curador del museo. Sin embargo, cuando el barco llega al puerto de Chicago, la policía encabezada por el teniente Vincent D´Agosta descubre que ha ocurrido una inexplicable masacre a bordo de la embarcación, la que aparentemente no ha dejado sobrevivientes. Mientras tanto, al interior del Museo de Historia Natural, la Dra. Margo Green, quien se especializa en el estudio del ADN y su evolución en las distintas especies, se sorprende al ver un par de cajas que aparentemente formaban parte del cargamento que transportaba Whitney. En su interior, no solo se encuentra con la ya mencionada estatua, sino que además viene una serie de hojas vegetales cubiertas por lo que parece ser una extraña especie de hongo. Cuando eventualmente uno de los guardias del museo es brutalmente asesinado en circunstancias similares a las víctimas del barco, el teniente D´Agosta comienza a pensar que puede existir un nexo entre ambos crímenes, por lo que decide pedirle ayuda a la Dra. Green y así intentar descubrir quién o qué está detrás de los asesinatos.

 

En gran medida, “The Relic” funciona bajo un esquema similar al que presentan las cintas que se desarrollan al interior de casas embrujadas. Y es que casi la totalidad de la acción se lleva a cabo al interior del espeluznante museo de Chicago, cuyos oscuros pasillos, sus desolados laboratorios, su intricado piso subterráneo, la atmosférica exhibición que está pronta a inaugurarse, y la red de túneles que parece albergar a la criatura que el Dr. Albert Frock (James Whitmore) señala como la posible encarnación de Kothoga, un mítico monstruo del bosque, se convierten en lugares donde el peligro acecha en cada rincón. Evidentemente, el guión también funciona como un homenaje a cintas tales como “Jaws” (1975), “Alien” (1979), y “Jurassic Park” (1993), entre otras. Esta idea es reforzada por la presencia de una protagonista que comparte gran parte de las características heroicas exhibidas por el personaje interpretado por Sigourney Weaver en “Alien”, quien también confía plenamente en su inteligencia a la hora de enfrentarse a la criatura. El teniente D´Agosta por su parte, se presenta como un policía sumamente supersticioso pero capaz, el cual está determinado a cerrar el museo hasta finalizar la investigación, aun cuando el mismísimo Alcalde de Chicago (Robert Lesser) lo está presionando para permitir que se lleve a cabo la gala inaugural de la exhibición “Supersticiones”, ya que el evento se propicia como la oportunidad perfecta para reunir fondos para su posible reelección.

Como es de suponer, la criatura termina irrumpiendo en la gala y no pasa mucho tiempo antes de que las cabezas comiencen a rodar. Es entonces cuando “The Relic” pasa de ser una película de terror con toques de ciencia ficción, a una cinta de desastres en la cual el museo se convierte en un verdadero circuito de obstáculos. Y es que al mismo tiempo que la electricidad comienza a fallar, todos los sistemas de alarma se vuelven completamente locos, provocando que los rociadores actúen sin control y que las enormes compuertas de seguridad amenacen con dejar a todos los asistentes a la gala atrapados al interior del museo, sin ninguna posibilidad de escapar del lugar. La poca consistencia narrativa que presenta el film, cuyo guión se pasea entre el género policial, la ciencia ficción, el horror y el cine de desastres, es probablemente su mayor falencia ya que no solo provoca que algunos giros de la trama carezcan de una explicación lógica o satisfactoria, sino que además merma de forma considerable los niveles de suspenso que alcanza la historia. Con respecto a esto último, en general se suele afirmar que en este tipo de películas entre más tiempo se mantenga el misterio sobre la real naturaleza del antagonista principal, más tensión se genera durante la espera de su gran revelación. Lamentablemente en este caso no ocurre precisamente eso, principalmente porque durante la primera hora de metraje la historia se diluye en los diversos aspectos de la investigación policial, al mismo tiempo que se enfatizan algunos elementos que tienen poca importancia para el desarrollo de la trama, y ciertos giros narrativos en apariencia más profundos son explorados solo de manera superficial.

 

En el ámbito de las actuaciones, tanto Tom Sizemore como Penelope Ann Miller realizan un trabajo interpretativo mucho mejor de lo que por lo general se suele ver en cintas de horror de estas características, ya que logran que sus personajes no solo resulten ser carismáticos, sino que además le otorgan un grado extra de credibilidad a la historia. Algo similar sucede con Linda Hunt y James Whitmore, quienes consiguen despertar el interés del espectador con sus respectivos personajes, aun pese a la poca exposición que estos tienen. En cuanto al aspecto técnico del film, resulta destacable el correcto aunque algo opaco trabajo de fotografía de Peter Hyams, y la efectiva para rápidamente olvidable banda sonora del compositor John Debney. Sin embargo, quien se roba por completo la película son los efectos especiales creados por Stan Winston y su equipo de colaboradores. Para darle vida a Kothoga, Winston y compañía crearon tres criaturas cuyas cabezas eran manejadas por dos personas, al mismo tiempo que otro grupo de técnicos se encargaban de mover a control remoto los brazos, las garras, la boca y el resto del cuerpo del monstruo. Según relatan algunos de los involucrados en la producción, Winston se inspiró en una serie de invertebrados y arácnidos a la hora de diseñar a la bestia. Si bien gran parte de los efectos especiales creados por Winston han soportado de buena manera el paso del tiempo, no se puede decir lo mismo de aquellos creados digitalmente mediante el uso de computadoras, los cuales terminan restándole algo de espectacularidad a los efectos más “artesanales” diseñados por Winston.

En cuanto a sus niveles de horror y violencia, “The Relic” probablemente se encuentra uno o dos escalones por sobre la media de las cintas de la época, aun cuando estos se concentran principalmente durante la última media hora del film. Al método utilizado por Kothoga para acabar con sus víctimas, el cual consiste en desmembrarlas para así alimentarse de parte de sus cerebros, se suma una escena al interior de una sala de autopsia la cual contiene altas dosis de humor negro, y el intenso enfrentamiento final entre los protagonistas y la criatura. Aun cuando es innegable que “The Relic” es una cinta por sobre todo entretenida, es imposible no considerarla como un producto fallido incapaz de explotar todo su potencial. Mientras que por un lado la producción presenta una premisa básica interesante, en especial cuando se crea un nexo entre la criatura, la ciencia y una vieja superstición tribal, y además existen múltiples elementos que provocan que la cinta sea disfrutable incluso en la actualidad, particularmente durante el último tramo de la misma, donde además se entrega una explicación relativamente satisfactoria acerca del origen del monstruo, por otra parte la película presenta una serie de problemas que cuando emergen a la superficie, le recuerdan al espectador los motivos por los cuales el film de Hyams es solo una obra menor del género.

por Fantomas.

viernes, 17 de abril de 2015

The Cabinet of Caligari: La retorcida visión de la psiquiatria según Robert Bloch.

“The Cabinet of Caligari” (1962), es un thriller psicológico del director Roger Kay, el cual está protagonizado por Glynis Johns, Dan O´Herlihy y Richard Davalos.

Cuando el automóvil de la joven Jane Lindstrom (Glynis Johns) sufre un problema mecánico, ella decide caminar hasta el lugar habitado más cercano para pedir ayuda. Sin embargo, una vez ahí, sus problemas comienzan a empeorar de manera significativa; no solo es retenida en el lugar en contra de su voluntad por el dueño de casa, un siniestro hombre llamado Caligari (Dan O´Herlihy), sino que además este decide llevar a Jane por un lento y tortuoso camino hacia la locura, mediante la utilización de diversos juegos psicológicos en los que también participan algunos de sus invitados, quienes no parecen estar conscientes de lo que en verdad está sucediendo al interior de la casa.

 

Tras la exitosa adaptación que el director Alfred Hitchcock realizó de la novela “Psycho” en el año 1960, el escritor Robert Bloch decidió que era tiempo de probar suerte en Hollywood como guionista. Sin embargo, su aventura en la industria cinematográfica probaría ser más accidentada de lo que en un inicio pensó que sería. Tras trabajar como guionista en algunas series de televisión, a Bloch se le otorgó la oportunidad de escribir el guion del prácticamente desconocido thriller “The Couch” (1962), del director Owen Crump. Ese mismo año, el escritor consiguió involucrarse en otro proyecto que al menos en un principio parecía ser el indicado para impulsar su carrera hollywoodense. Sin embargo, “The Cabinet of Caligari” terminaría convirtiéndose en una verdadera debacle para Bloch. Para empezar, independiente del título del film, el cual fue sugerido por Roger Kay, este prácticamente no tiene nada que ver con el clásico del cine expresionista alemán dirigido por Robert Wiene durante la década del veinte, sino que muy por el contrario, la cinta presenta una mayor cantidad de similitudes con la historieta “Whirpool”, la cual fue escrita por Johnny Craig y publicada en la colección “Vault of Horror” de la editorial EC en el año 1953. Por otro lado, es por todos conocida la áspera relación que Bloch mantuvo con Kay durante el rodaje del film, lo cual quedó estampado en la autobiografía del escritor titulada “Once Around the Bloch”. En dicho libro, Bloch no escatima palabras para describir los numerosos intentos por parte de Roger Kay de despojarlo de la autoría del guion, actitud que probablemente sería en parte responsable del resultado del film.

En “The Cabinet of Caligari”, Jane Lindstrom es presentada como una mujer joven de espíritu libre, la cual mientras se encuentra manejando su automóvil por un solitario camino montañoso con destino desconocido, sufre un problema en uno de sus neumáticos, lo que la obliga a buscar ayuda en la palaciega casa del enigmático Doctor Caligari. Después de entablar una extraña e insinuante conversación, el dueño de casa le pide a su asistente Chris (Constance Ford) que prepare una de las habitaciones para su nueva “invitada”, quien está convencida que podrá seguir su camino una vez que amanezca. Sin embargo, la muchacha pronto se dará cuenta de lo equivocada que estaba; luego de descubrir que el Doctor no tiene interés alguno en dejarla ir, Jane se ve obligada a interactuar con los extraños invitados de su anfitrión, quienes parecen estar dominados por el influjo de Caligari ya que curiosamente no demuestran ninguna prisa por regresar a sus respectivos hogares. A medida que la estadía de Jane se prolonga de un par de horas a varios días, esta admite su rol de prisionera, pero no logra dilucidar el rol del resto de los invitados, lo que la lleva a desconfiar de todos aun cuando algunos intentan establecer un vínculo más cercano con ella. Impulsada por el temor que le provoca su captor y la posibilidad de perder por completo la cordura, Jane buscará superar su desconfianza y establecer algún tipo de alianza con el resto de los invitados de Caligari, para así poder escapar del lugar antes de que sea demasiado tarde.

 

Ya para el año 1962, la industria hollywoodense había logrado adaptarse de manera satisfactoria al nuevo esquema reinante luego de la estrepitosa caída del Sistema de los Estudios a fines de la década del cuarenta. Una vez que los productores entendieron que podían obtener recursos mediante la explotación de diversos medios de comunicación, los creativos pudieron respirar tranquilos porque se les abría un abanico de posibilidades para poder plasmar sus ideas. En gran medida, “The Cabinet of Caligari” se benefició de esta renovada atmósfera laboral, la cual provocó una proliferación de nuevos rostros al interior de la industria, y desencadenó un ferviente deseo por parte de un buen número de realizadores y productores de experimentar con ideas comercialmente riesgosas. Desde prácticamente el inicio del film, Roger Kay no solo deja en evidencia que la historia posee un distorsionado sentido del espacio/tiempo, sino que además existe una fascinación voyerista con la figura de Jane Lindstrom. Esto pavimenta el camino para la exploración de temas como el ya mencionado voyerismo, el fetichismo, la sexualidad, la desorientación, la paranoia y la incomodidad, los que en conjunto conducen al film a los terrenos del terror psicológico. Al mismo tiempo, la atmósfera enrarecida que domina al relato se refuerza gracias a la presencia de diversos diálogos pintorescos, y de una serie de imágenes surrealistas que buscan sorprender e incomodar tanto a la protagonista como al espectador.

Como se indica anteriormente, más allá del título, la cinta de Kay tiene una escasa relación con el ya mencionado clásico “Das Cabinet des Dr. Caligari” (1920). De hecho, el nexo entre ambas producciones se limita a la utilización de algunos de los preceptos del expresionismo alemán en una de las escenas finales de la película de Kay, y a la exploración del abordaje manipulador de la psiquiatría. De hecho, el film no solo expone a la psiquiatría como una disciplina enfermiza y retorcida, sino que además critica varios aspectos de la vida moderna. Esta noción es reforzada a través de la actitud de Caligari, quien parece demostrar un especial interés en la vida sexual y las fantasías de la protagonista, por lo que ante las constantes negativas de Jane de satisfacer sus morbosos deseos, el buen doctor busca que la muchacha reaccione espiándola por un tragaluz mientras esta toma un baño. La curiosidad voyerista de Caligari es complementada por una serie de juegos mentales, los cuales culminan con la respuesta desesperada de Jane, quien cree que la única forma de frenar los constantes avances de su captor, es revelando la supuesta impotencia que se esconde tras su conducta lasciva. Las metáforas tanto sutiles como evidentes abundan en el guion escrito por Robert Bloch, siendo la más llamativa aquella que se plasma en una secuencia en la que la protagonista se ve atrapada en un laberinto expresionista una vez que descubre el horrible secreto que esconde Caligari, lo que obviamente no hace más que representar el caos psicológico que ha desencadenado la irrupción del doctor en su vida.

 

En el ámbito de las actuaciones, Dan O´Herlihy realiza un estupendo trabajo interpretando a Caligari, ya que no solo lo convierte en un personaje enigmático, sino que además logra establecerlo como un villano despreciable y retorcido. La labor de Glynis Johns en cambio es sumamente irregular, ya que mientras que por un lado logra expresar de manera creíble un gran rango de emociones mientras intenta establecer alianzas con los otros personajes que visitan la casa de Caligari, solo para descubrir que nadie parece realmente dispuesto a rescatarla de la situación que la tiene al borde del colapso, en diversos pasajes del film no puede evitar caer en una sobreactuación que le resta impacto a la historia, y que destruye por completo la atmósfera paranoica y surrealista que intenta establecer el director. En relación al elenco secundario, si bien todos realizan un trabajo correcto, la verdad es que nadie se destaca demasiado ya que en su totalidad interpretan a personajes unidimensionales que no logran despertar el interés del espectador. Por otro lado, en lo que respecta al aspecto técnico del film, el atmosférico pero algo irregular trabajo de fotografía de John L. Russell, es complementado con la banda sonora compuesta por Gerald Fried, la cual realza de manera efectiva tanto los momentos dramáticos como aquellos más cargados al terror psicológico.

La principal debilidad del guion escrito por Bloch es que la revelación final resulta ser algo predecible, lo cual sumado a la inclusión de escenas innecesarias repletas de diálogos que carecen de una real coherencia o importancia para el desarrollo de la trama, provoca que la cinta se sienta algo pesada y larga. Al mismo tiempo, la irregularidad interpretativa de su protagonista por momentos facilita que el espectador pierda interés en su dilema y su eventual destino. Comercialmente hablando, “The Cabinet of Caligari” tuvo un pobre desempeño en las salas de cine, principalmente porque la Twentieth Century Fox decidió promocionar el film como una cinta de terror, siendo que en verdad es un thriller psicológico en toda su regla, lo que obviamente decepcionó a los espectadores que esperaban ver un producto similar a “Psycho”, o que sencillamente que añoraban encontrarse con un remake de la obra de Robert Wiene. Pese a sus falencias, “The Cabinet of Caligari” es claramente un film que triunfa al momento de exhibir una serie de determinados objetos y situaciones familiares bajo un prisma distorsionado y siniestro, y que al menos expone de manera interesante el tema de las realidades subjetivas y la complejidad que se esconde tras la disciplina de la psiquiatría, lo que al final del día provoca que la colaboración de Bloch y Kay califique al menos como una curiosidad a descubrir para el espectador ávido de este tipo de relatos.

por Fantomas.

lunes, 6 de abril de 2015

The Devil-Doll: El ataque de los humanos en miniatura.

“The Devil-Doll” (1936), es un film de terror del director Tod Browning, el cual está protagonizado por Lionel Barrymore, Maureen O´Sullivan y Frank Lawton.

Encarcelado injustamente durante 17 años por un robo y un asesinato que nunca cometió, Paul Lavond (Lionel Barrymore) escapa de prisión en compañía de Marcel (Henry B. Walthall), un científico que ha estado desarrollando una fórmula para miniaturizar a las personas a un sexto de su tamaño original, con el fin de resolver la falta de recursos que amenaza a la Tierra. Sin embargo, dicha fórmula terminará siendo utilizada por Lavond para llevar a cabo su ansiada venganza, la cual planeará desde una modesta tienda de muñecas ubicada en Paris.

 

Aunque tuvo una carrera envidiable como director, para el momento en que comenzó a filmar “The Devil-Doll”, Tod Browning era un hombre muy distinto al cineasta que alguna vez fue. Junto con figuras como Lon Chaney Sr. y Bela Lugosi, entre otros, Browning sorprendió y aterrorizó a los espectadores durante prácticamente veinte años. Sin embargo, su lucha con los censores, los críticos y la audiencia durante el proceso de rodaje y el posterior estreno de “Freaks” (1932), lo dejó convertido en un hombre distante y frágil. “The Devil-Doll”, cinta la cual estaría basada en la novela “Burn Witch Burn”, del escritor Abraham Merritt, y cuyo guion fue escrito por Garrett Fort, Guy Endore y Erich von Stroheim, sería el penúltimo trabajo de Browning antes de que el director se alejara de las cámaras hasta su fallecimiento en 1962. Aunque en cierta medida la cinta presenta algunos ecos siniestros que traen a la memoria parte de los primeros trabajos del realizador, particularmente dramas como “The Wicked Darling” (1919) y la comentada “The Unholy Three” (1925), la verdad es que la película terminó trascendiendo en gran medida por la actuación del elenco participante, la inclusión de efectos especiales sumamente bien orquestados, y la mezcla de diversos y curiosos giros dramáticos que dificultan su encasillamiento dentro de un género determinado.

“The Devil-Doll” presenta una premisa bastante inverosímil: Paul Lavond, quien alguna vez fue el prestigioso presidente de un banco, escapa de prisión tras 17 años de encarcelamiento, jurando vengarse de sus tres socios banqueros que lo acusaron de un crimen que no cometió. Junto a él escapa un hombre llamado Marcel, un científico que pese a ir gravemente enfermo, logra guiar a Lavond hasta su viejo laboratorio. En dicho lugar vive su esposa Malita (Rafaela Ottiano), y una sirvienta llamada Lachna (Grace Ford), quienes durante la ausencia de Marcel han estado trabajando en una fórmula que busca miniaturizar a diversas criaturas vivientes, con el objetivo de resolver el problema de recursos que trae consigo la sobrepoblación de la Tierra. El único problema con dicha fórmula, es que una vez el sujeto es empequeñecido, este pierde por completo su voluntad y debe ser guiado mediante un proceso de control mental, lo que automáticamente lo convierte en esclavo. Mientras Marcel intenta probar la fórmula en su sirvienta, su situación empeora y fallece de forma súbita. Perturbada por la muerte de su marido, Malita jura terminar su trabajo, para lo cual le pide ayuda a Lavond. A sabiendas que Malita y su peculiar fórmula pueden servirle para llevar a cabo su venganza, Lavond acepta ayudar a la mujer y muda la operación a Paris, donde no solo sus antiguos socios se encuentran disfrutando de su fortuna, sino que además vive su hija Lorraine (Maureen O´Sullivan), a quien no ha visto durante años. Sin embargo, vengarse no será una tarea sencilla, ya que para evitar ser atrapado por la policía, Lavond se ve obligado a tomar la identidad de Madame Mandilip, una viejecita que ejerce como dueña de una modesta tienda de muñecas.

 

Como es de esperarse, para cumplir con su venganza, Lavond utilizará a algunos de los sujetos de prueba de Malita y Marcel para en una primera instancia atraer a su tienda a uno de sus ex-socios llamado Victor Radin (Arthul Hohl), invitándolo a participar financieramente en la fabricación de supuestos juguetes capaces de interactuar con su dueño, con el solo objetivo de someterlo a la fórmula desarrollada por su fallecido amigo, y convertirlo junto a Lachna en uno de los peones de su peculiar plan. Mientras esto es llevado a cabo, se desarrolla la que probablemente es la subtrama más importante que presenta el film, la cual se centra exploración de la fragmentada relación padre e hija que existe entre Lavond y Lorraine, tema recurrente dentro de la filmografía de Browning. La muchacha, quien no sabe que en realidad de su padre es inocente de los crímenes que se le imputa, lo odia por haberla abandonado a ella, a su madre y a su abuela (Lucy Beaumont), y dejarlas a merced de los embates de la pobreza. Además de esto, Lorraine es incapaz de perdonar el hecho que el exilio obligado de su padre, terminó provocando el suicido de su madre quien no pudo soportar la precaria situación en la que quedaron. Todo esto y la actual situación laboral de Lorraine, quien trabaja en dos lugares a la vez para así poder sobrevivir junto a su abuela, no solo enardece los deseos de venganza de Lavond, sino que además lo lleva a buscar la confesión de sus antiguos socios para así tener alguna posibilidad de recuperar el amor de su hija. Lorraine por su parte, está involucrada sentimentalmente con Toto (Frank Lawton), un modesto taxista con quien se niega a contraer matrimonio por el estigma de tener un padre criminal.

Más allá de la cuasi surrealista puesta en escena, “The Devil-Doll” prueba ser una película entretenida y bien realizada. Tod Browning una vez más demuestra ser un director competente, y el elenco en general realiza una labor formidable. Con respecto a esto último, Lionel Barrymore interpreta de manera fantástica tanto a Paul Lavond como a Madame Mandilip. Aun cuando su transformación en una anciana en un principio resulta ser una verdadera distracción, ya que inevitablemente su disfraz posee un efecto cómico involuntario, a medida que avanza el film Madame Mandilip se convierte en una prueba de las habilidades actorales de Barrymore. Y es que el actor realiza una interpretación increíblemente convincente de una anciana claramente siniestra, lo que colabora enormemente a despertar el interés del espectador en el posible desenlace de la historia, y en particular en el destino del protagonista. Junto a Barrymore es necesario destacar a Rafaela Ottiano, quien interpreta a su demente asistente, Malita. Sus expresiones faciales, y particularmente la intensidad de su mirada, la convierten en la encarnación perfecta de la locura. Junto con esto, el simple hecho de que Malita posea un impedimento físico, que constantemente se desenvuelva en oscuros sótanos y elaborados laboratorios, y que su cabello evoque al personaje que Elsa Lanchaster interpretó en “Bride of Frankenstein” (1935), la convierten en el nexo más importante de la cinta con el género del horror, lo cual evidentemente le otorga una importancia especial dentro del relato.

 

Por otro lado, los efectos especiales presentes en “The Devil-Doll” son sencillamente excepcionales. Esto queda patente en aquellas escenas en las que la gente en miniatura se desenvuelve con bastante naturalidad en los ambientes que conservan su tamaño original. En relación a esto, resulta ser particularmente impresionante la secuencia en la cual Lavond infiltra a Lachna en la casa de uno de sus enemigos llamado Emil Coulvet (Robert Greig), con el objetivo de envenenarlo y robar las valiosas joyas de su esposa. Es así como es posible ver como la pequeña Lachna escala hasta el mesón de un tocador, retira varias gemas del interior de un joyero inmenso, para luego lanzarlas por un balcón bajo el cual está escondido Lavond, y finalmente se las ingenia para subirse a una cama la cual se presenta como una montaña gigantesca ante sus ojos, con el fin de apuñalar a Emil con un microscópico estilete envenenado. Esta y otras escenas son orquestadas brillantemente por Browning mediante el uso diversos efectos de fotografía y sets de tamaño aumentado, gracias a lo cual siguen manteniendo intacto su encanto pese a los estándares actuales. Complementando estas imágenes y la peculiar mixtura de géneros e influencias que presenta el film, se encuentra el atmosférico trabajo de fotografía de Leonard Smith, y la efectiva banda sonora del compositor Franz Waxman, aun cuando esta por momentos es más propia de un melodrama.

“The Devil-Doll” es evidentemente una obra atípica poseedora de una serie de características distintivas, donde se destaca la fusión de elementos propios de los géneros de la ciencia ficción, el horror y el melodrama, y la presencia de una llamativa científica loca. Al mismo tiempo, parte del atractivo que posee la película descansa en el retorcido sentido del humor de Browning, el cual queda mayormente reflejado en las escenas en las que participa Malita, quien parece volverse adicta a miniaturizar humanos. Teniendo en cuenta la seguidilla de circunstancias que relata la cinta, en donde claramente el protagonista hace las veces de antihéroe, y como tal, comete una serie de actos moralmente cuestionables, causa extrañeza que desde la Oficina Hays no hayan tenido mayores reparos con el contenido de la historia, aunque de todas formas obligaron a Browning a incluir un final moralista donde Lavond expía sus crímenes, cosa que ocurre durante una escena cargada al melodrama que se desarrolla arriba de la Torre Eiffel, en la que los personajes de Barrymore y O´Sullivan expresan un dolor palpable en sus rostros debido a que ambos saben que están aceptando una mentira. Curiosamente, es quizás este exceso de melodrama lo que le resta algo de impacto a “The Devil-Doll”, film el cual si bien no puede considerarse como un verdadero clásico del cine de terror, si puede ser identificado como una buena muestra del coral temático existente en el cine de Tod Browning.

por Fantomas.
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