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lunes, 30 de marzo de 2015

Millions: Varios santos, cientos de libras y una pareja de niños.

“Millions” (2004), es una comedia del director Danny Boyle, la cual está protagonizada por Alex Etel, Lewis McGibbon y James Nesbitt.

Cuando el asalto a un tren sale mal, una enorme valija llena de libras esterlinas cae desde el cielo y aterriza en las manos de un niño de siete años llamado Damian (Alex Etel), y de su hermano mayor Anthony (Lewis McGibbon). En este caso, solo hay una cosa que puede hacerse: gastarlas como si no hubiera un mañana. Y esto por una sencilla razón: en doce días, Gran Bretaña adoptará el Euro y todas las libras esterlinas irán a parar al incinerador.

 

A principios de la década del 2000, el escritor y guionista Frank Cottrell Boyce se embarcó en un ambicioso proyecto que involucraba la confección de un guión que sería filmado por el director británico Danny Boyle, y su posterior adaptación al formato literario, el cual sería publicado a la par con el estreno del film. “Ahora parece algo sacado de la ciencia ficción”, musita Boyce en el audio comentario presente al inicio del DVD de “Millions”. Durante ese mismo audio comentario, ambos recuerdan los esfuerzos que tuvieron que realizar para estrenar la cinta a tiempo, justo cuando Gran Bretaña estaba considerando adoptar el Euro tal y como lo habían hecho gran parte de los países pertenecientes a la Unión Europea (cosa que aún no sucede). “No es culpa del dinero que este sea robado”, declara en un pasaje del film Anthony Cunningham, quien a sus nueve años de edad es bastante más realista que su pequeño hermano de siete años, Damian. Por lo tanto, no es culpa de ellos que un bolso que contiene 265.000 libras esterlinas, el cual cayó de un tren en movimiento directamente sobre el lugar de juego de Damian, ahora se encuentre escondido debajo de su cama. Esa es precisamente la lógica que Boyle y Boyce utilizan para reflejar una realidad que va más allá de un simple hito financiero que marcó una época, y que busca explorar las formas maravillosas en como los niños ven el mundo.

Como se menciona anteriormente, “Millons” se centra en Damian y Anthony, quienes se han mudado junto a su padre (James Nesbitt), el cual ha enviudado recientemente, a un nuevo suburbio ubicado en las afueras de Liverpool. Mientras se encuentran en pleno proceso de mudanza, para matar el tiempo Damian construye un elaborado fuerte hecho de cajas de cartón desechadas, a orillas de las líneas del tren que pasan cerca de su nueva casa. Cierto día, mientras Damian se encuentra jugando en su interior, un bolso repleto de dinero se estrella contra uno de los muros del fuerte, desencadenando su colapso. Si bien el dinero fue arrojado de un tren en movimiento, Damian está seguro que le ha sido enviado por Dios. Y es que él es un niño especial el cual posee un conocimiento enciclopédico de los santos, y que constantemente imagina que es visitado por los héroes del martirio cristiano, a los cuales aprovecha de preguntarles si se han encontrado con Santa Maureen, su madre fallecida. Más allá de las alucinaciones de Damian relacionadas con su catolicismo, el dinero que le ha caído del cielo es real, y ahora él y su hermano se disponen a gastarlo. Mientras que Anthony cree que es más costo-eficiente ocupar el dinero para sobornar a sus compañeros de colegio y comprar propiedades, Damian impulsado por el consejo de San Francisco de Asís, desea darle el dinero a los pobres para así ganarse un lugar en el cielo junto a su madre. Afortunadamente, Boyle y Boyce son lo suficientemente inteligentes como para establecer un límite de tiempo para que los niños decidan qué hacer con el dinero, el cual está relacionado con el supuesto cambio de moneda que el Reino Unido está a punto de adoptar, lo cual le imprime una divertida sensación de urgencia a todo el asunto.

 

Resulta a lo menos curiosa la relación que Damian mantiene con los santos cristianos. Para el niño, las apariciones de los santos son algo completamente normal, y van de la mano con su marcado catolicismo. En ese sentido, gracias a que Boyle narra la historia desde el peculiar punto de vista del niño, el espectador es capaz de aceptar que dichas apariciones están ligadas al mundo real, y que no son solo el producto de la activa imaginación de Damian. Esta idea incluso es reforzada por el director en una escena en la que San José reemplaza al protagonista durante parte de su participación en una obra estudiantil acerca del nacimiento de Jesús, cuando este se ve obligado a huir de la amenazante presencia del villano de turno (Christopher Fulford). Al mismo tiempo, pese a su apariencia y a que claramente provienen de una época completamente distinta, los santos de Boyle se presentan como hombres contemporáneos capaces de utilizar un lenguaje coloquial, con la excepción de San Nicolás quien es el único que le habla a Damian en latín, lenguaje el cual aparentemente el niño entiende a la perfección. Cabe mencionar que en la versión literaria de “Millions”, Frank Cottrell Boyce enfatiza la fijación de Damian con los santos, así como también su fascinación por la mortificación y su obsesión con la realización de buenas obras, lo que lo convierte un marginado social. De hecho, su comportamiento en la novela es bastante más extremo, lo que eventualmente lo lleva a estar bajo tratamiento psicológico. Que el comportamiento de Damian haya sido “normalizado” en el film, probablemente responde al hecho que para que la historia funcione, Boyle era consciente que el protagonista debía ser un personaje que despertara la empatía del espectador, y no que este último se limitara solo a catalogarlo como un chico raro.

Más allá del dinero y los santos, la historia que intenta relatar “Millions” tiene que ver con las vidas de los niños, de su padre, y de Dorothy (Daisy Donovan), una mujer que trabaja en una organización de caridad y que se encuentra con una pequeña fortuna durante su paso por el colegio en el cual estudian Damian y Anthony. Por un lado, el dinero se presenta como una pequeña distracción para la pareja de niños, los cuales aún están lidiando con las consecuencias de la muerte de su madre. Mientras ellos piensan que hacer con su nueva fortuna, su padre no parece estar demasiado bien; no solo expresa sentirse algo aislado del resto del mundo, lo que de forma automática le niega cualquier posibilidad de rearmar su vida junto a otra mujer, sino que además toda la situación que está experimentando lo ha distraído a tal punto, que no ha logrado proteger a sus hijos del villano de turno, quien tras realizar el robo perfecto ahora está rondando el vecindario con el objetivo de encontrar el dinero que ha perdido. Probablemente una de las cosas más impresionantes de “Millions”, es que estos temas son explorados utilizando un mínimo de sentimentalismo, el cual es reemplazado con generosas dosis de humor negro. Por ejemplo, resulta ser particularmente divertido como los niños utilizan la muerte de su madre para obtener cosas gratis en diferentes lugares, o como los cuatro personajes protagónicos en un frenesí de codicia e ingenuidad, logran afianzar sus lazos mientras intentan cambiar sus libras por euros en diversos bancos londinenses.

 

Uno de los puntos altos del film claramente es la elección de su elenco. Alex Etel y Lewis McGibbon realizan un estupendo trabajo interpretando sus respectivos roles. Y es que no solo logran que Damian y Anthony se presenten como dos niños peculiares pero extremadamente queribles, sino que además evitan caer en el exceso de dramatismo, impidiendo de esta forma que su comportamiento sea identificado como el producto de una realidad trágica que en algún grado los empuja a marginarse del resto de la sociedad. Lo que es aún más importante, es que la historia les permite demostrar que son increíblemente inteligentes, algo que queda patente en la mayoría de sus diálogos, como por ejemplo cuando Anthony expone la teoría de que quizás es mejor cambiar las libras por dólares, para luego cambiar la moneda norteamericana por euros una vez que esta última viera mermado su valor tras su salida inicial. En cuanto al aspecto técnico del film, resulta necesario destacar el correcto trabajo de fotografía de Anthony Dod Mantle, el cual se complementa de manera perfecta con el interesante juego de cámaras utilizado por Boyle. De la misma forma, la banda sonora compuesta por John Murphy acompaña de forma perfecta la intencionalidad de las imágenes, así como también lo hacen las dos canciones de la banda británica Muse que son utilizadas durante el transcurso de la historia. Por último, según Boyce y Boyle, el diseño de producción de Mark Tildesley resultó ser una pieza fundamental en la concreción de su visión inicial, en especial en aquellas escenas en las que los santos católicos desfilan ante los ojos de Damian.

El gran problema con “Millions” es que tras la primera hora de metraje, la historia central comienza a perder fuerza y se ve amenazada por la aparición de diversas subtramas. Sin embargo, las falencias que presenta el guión son superadas en gran medida gracias a la interpretación de la dupla protagónica, y a las fortalezas temáticas que se exhiben durante la primera mitad de la cinta. En cierta forma, “Millions” podría ser considerada como la reinterpretación realizada por Danny Boyle y Frank Cottrell Boyce del film “A Simple Plan” (1998), del director Sam Raimi, cuyo producto fue esta divertida parábola navideña contemporánea. Evidentemente, el concepto de que un grupo de personas súbitamente se encuentre con una gran suma de dinero no es nuevo, y de hecho ha estado presente dentro del espectro cinematográfico por al menos medio siglo. Lo que resulta original de esta película, es la forma en como el dinero es utilizado como un medio mediante el cual los hermanos descubren cómo funciona el mundo, y que es lo realmente importante en sus vidas. Por otro lado, si bien la secuencia final en la que los protagonistas supuestamente visitan una aldea africana resulta ser algo innecesaria, hay que reconocer que responde al tono del film. Mal que mal, uno de los requisitos de la santidad es la realización de un milagro, y ya que Damian está claramente en búsqueda de dicha santidad, la secuencia final es una licencia que tanto los protagonistas como el espectador son capaces de aceptar sin mayores condiciones.

por Fantomas.

martes, 12 de junio de 2012

Las Garras de Lorelei: La enigmática sirena del Rin.

“Las Garras de Lorelei” (1974), es una cinta de terror del director Amando de Ossorio, la cual está protagonizada por Tony Kendall, Helga Liné y Silvia Tortosa.


En un pueblito ubicado a las orillas del Rin, los habitantes viven asustados ante las muertes que últimamente, de forma inexplicable, acontecen en la zona. Aunque todo parece indicar que se trata de una fiera proveniente del bosque, no todos piensan así. Algunos lugareños creen que la culpable es Lorelei (Helga Liné), la mítica sirena que vigila el oro del Rin y que ha vuelto de su letargo milenario en búsqueda de sangre.

 

Tras terminar el rodaje de “El Ataque de los Muertos sin Ojos” (1973), el director Amando de Ossorio comenzó a buscar en el mundo de las leyendas y los mitos la inspiración necesaria para darle vida a su próximo proyecto. Eventualmente, el cineasta encontraría algunas referencias mitológicas relacionadas con un pináculo rocoso ubicado a orillas del río Rin llamado Lorelei, las cuales llamarían profundamente su atención. Debido a que el punto en el cual se alza esta roca es una zona particularmente peligrosa y difícil de navegar por su profundidad y fuertes corrientes, muchos marineros perdieron la vida en aquel lugar. Lo que le otorga un mayor aire de misticismo a ese punto geográfico en específico, son los extraños sonidos parecidos a un murmullo que provoca el agua al pasar por ahí. Todo esto sirvió como punto de partida para un par de leyendas germánicas que terminaron siendo plasmadas en poemas, pinturas, canciones, óperas y películas. Una de esas leyendas asegura que el tesoro de los Nibelungos está escondido bajo la roca de Lorelei, mientras que otra leyenda, la cual es bastante más conocida y que en gran medida inspiró el guión de “Las Garras de Lorelei”, relata la historia de una doncella llamada Lorelei, quien tras ser traicionada por su enamorado, se lanzó del risco para convertirse en una criatura acuática cuyo canto lleva a los marineros a su muerte.

Una vez terminado el guión, el cual fusionaba elementos de ambas leyendas con algunos clichés propios del género fantástico, Ossorio rápidamente contrató a la actriz alemana Helga Liné, quien desde el año 1960 se encontraba radicada en Madrid, para interpretar a la enigmática y vengativa Lorelei. Con respecto a su participación en el film, en una entrevista reciente la actriz no solo declaró que Ossorio era un pésimo director y una persona desagradable, sino que además afirmó que la única razón por la que decidió participar en una cinta tan horrible, fue debido a que en aquel entonces era una madre soltera de dos hijos, la cual tenía que pagar las cuentas de alguna forma. El elenco lo completaría la española Silvia Tortosa y el italiano Tony Kendall, cuyas carreras estuvieron fuertemente ligadas al cine fantástico. Por otro lado, como se trataba de una producción de bajo presupuesto, Ossorio y compañía tuvieron que minimizar algunos costos ya sea fabricando artesanalmente determinados efectos especiales, y utilizando material extraído de otras producciones. Fue así como para evitar filmar en Alemania, se utilizaron algunas de las escenas de un documental titulado “The Castles of the Rhine”, las cuales se ensamblaron con unas tomas que el director rodó a orillas del río Alberche, el cual está ubicado en las cercanías de Madrid, para dar la impresión de la que cinta realmente transcurría en un pequeño pueblo germano ubicado a orillas del Rin.

 

En cuanto a la historia, “Las Garras de Lorelei” se desarrolla en un pequeño pueblo alemán el cual está siendo aterrorizado por una serie de macabros asesinatos, cuyo culpable por algún extraño motivo ha decido arrancarle el corazón a sus víctimas. Con el temor de que una de las estudiantes que asisten a un internado ubicado en las cercanías del pueblo se convierta en la nueva víctima del asesino, la profesora Elke Ackerman (Silvia Tortosa) decide contratar los servicios de Sirgurd (Tony Kendall), un joven cazador que no tardará en imponer sus propias reglas y en conquistar a gran parte de las jóvenes que residen en el lugar. En una de sus primeras rondas por las cercanías del internado, Sirgurd descubre en una cabaña aparentemente abandonada, a una misteriosa mujer con la que rápidamente establece un vínculo inexplicable. Para su sorpresa, no pasa mucho tiempo antes de que descubra que dicha mujer es nada menos que Lorelei, una criatura marina que cada vez que hay luna llena, sale de su guarida para conseguir corazones humanos que le permitan retornar a su sueño milenario. Sin embargo, ahora que se ha empecinado a convertir a Sirgurd en su compañero para toda la eternidad, al joven no le quedará más remedio que involucrarse en una carrera frenética cuyo objetivo es detener a Lorelei antes de que esta cumpla con su horrible misión.

La trama del film bien podría considerarse como la conjugación de dos corrientes narrativas, donde la primera está claramente ligada con el género del horror y con las historias que tienen a monstruos como Drácula como protagonistas, mientras que la segunda se mete de lleno en los terrenos del melodrama. Al igual que el famoso vampiro, Lorelei es un monstruo inmortal que acecha por las noches a sus víctimas, el cual se ve en la necesidad de extraerle el corazón a sus víctimas para así prologar su existencia, tal y como Drácula necesita la sangre de los humanos para conservar su vida eterna. Siguiendo con los paralelos existentes entre el Conde y Lorelei, con el fin de proteger a un determinado grupo de mujeres, Sirgurd se hace asesorar por el profesor Von Lander (Sergio Mendizábal), quien ha dedicado su vida a estudiar el mito de la extraña criatura marina, lo que lo ha llevado a descubrir que la radiación es lo único que puede acabar con su vida. Al mismo tiempo, Sirgurd descubre que Lorelei presenta otra debilidad; tal y como Drácula no puede exponerse a la luz del sol, Lorelei no puede permanecer demasiado tiempo fuera del agua sin poner en riesgo su existencia. Finalmente, una vez que el héroe de turno ha logrado determinar las debilidades de la mujer, este concentra sus esfuerzos en encontrar la guarida de la seductora criatura para así terminar con la amenaza que esta representa. En cuanto a la naturaleza melodramática del film, esta se ve reflejada en el triángulo amoroso conformado por Lorelei, Sirgurd y Elke Ackerman. Si bien la relación de estos dos últimos no comienza de la mejor manera, eventualmente la atractiva profesora no puede seguir ocultando sus sentimientos hacia su viril protector, lo que inevitablemente la convierte en el blanco de la furia de Lorelei, quien no está dispuesta a perder a su amado a manos de otra mujer.

 

El hecho de que Lorelei sea una villana con una historia trágica, en cierta medida contribuye a que el espectador empatice en algún grado con su situación. Y es que su mayor deseo es encontrar a alguien que la acompañe por toda la eternidad. Sin embargo, por motivos obvios, sus eventuales enamorados mortales inevitablemente terminan dejándola completamente sola. En cuanto al ámbito de las actuaciones, Helga Liné se destaca como la enigmática, seductora y cruel Lorelei. Tony Kendall y Silvia Tortosa por su parte, realizan una labor correcta aun cuando su interpretación se ve afectada por un puñado de diálogos deficientes y por situaciones que rompen con el tono de suspenso que intenta establecer el film. En relación al aspecto técnico de la producción, esta cuenta con la disonante banda sonora del compositor Antón García Abril, el encomiable diseño de producción de Cruz María Baleztena y Alfonso de Lucas, el cual se asemeja bastante a lo visto en las cintas de horror gótico de la productora británica Hammer Films, y los atractivos e ingeniosos efectos especiales diseñados por Alfredo Segoviano, los cuales en gran medida impiden que ciertos segmentos de la cinta caigan en la comedia involuntaria a causa de la evidente ineptitud del director.

Si bien Amando de Ossorio es conocido por haber sido el responsable de algunas de las joyas del cine fantástico español de bajo presupuesto, es necesario reconocer que no era precisamente un gran director. Aun cuando la historia de “Las Garras de Lorelei” poseía un tremendo potencial, este no pudo ser completamente explotado debido a la presencia de algunos detalles que inevitablemente alteran el resultado del producto. Por ejemplo, a ratos el relato carece de cohesión debido a que de golpe son introducidos una serie de personajes los cuales no tienen mayor relevancia en la trama, lo que provoca que la acción se traslade sin control de un lugar a otro sin respetar ninguna lógica narrativa. Además de esto, el film contiene algunas escenas completamente ridículas e innecesarias que atentan con destruir la atmósfera de suspenso y paranoia que Ossorio logra construir en algunos pasajes del relato. Dichas escenas transcurren en su mayoría al interior del internado, y se concentran en la relación que Sirgurd establece con las jóvenes que residen en el lugar, las cuales hacen todo lo posible por conquistar al galán recién llegado, quien coquetea constantemente con ellas. Más allá de estos factores, hay que reconocer que “Las Garras de Lorelei” es una película entretenida, que presenta una estética hammeriana, unas buenas dosis de gore, una interesante fusión de elementos de diversos géneros narrativos, bellas mujeres, y un encanto que finalmente resulta inexplicable, tan inexplicable como el poder de seducción de Sirgurd, quien provoca que prácticamente todas las mujeres que aparecen en la película pierdan el control ante su mera presencia.

              

por Fantomas.

miércoles, 6 de junio de 2012

Lifeforce: Sexo, alienígenas, y fin del mundo.

“Lifeforce” (1985), es una cinta de horror y ciencia ficción del director Tobe Hooper, la cual está protagonizada por Steve Railsback, Mathilda May, y Peter Firth.

La nave espacial angloamericana "Churchill" va en misión de estudio hacia el cometa Halley, que se está acercando a la Tierra. Al llegar a destino, encuentran una nave extraterrestre que viaja en la cola del famoso cometa. En su interior, sólo hallan tres ataúdes de cristal con lo que parecen ser dos hombres y una mujer. Cuando estos llegan a la Tierra, desatan un caos alucinante que comienza en Londres y que amenaza con ser solo el inicio del fin del mundo como lo conocemos.

 

Tras comprar los derechos de la novela “Space Vampires”, del escritor Colin Wilson, el productor Manahem Golan contactó al director Tobe Hooper con la intención de llevar el relato a la pantalla grande. Entusiasmado con la idea adaptar la historia, el realizador contactó a Dan O´Brannon y a Don Jakopy para que escribieran el guión. Fue así como se inició una labor que se extendió durante 22 semanas, en las que además Hopper y su equipo de filmación trabajaron en Londres en la construcción de los escenarios, y en el desarrollo de diversos efectos especiales que le permitieran a la cinta distinguirse de otras producciones de similares características. Pese a que el director contó con total libertad creativa y un presupuesto inicial de 15 millones de dólares, el cual eventualmente se elevó a 25 millones debido a que Manahem Golan decidió que era prudente invertir más dinero, el rodaje no estuvo exento de problemas. La inclinación por la experimentación de John Dykstra, quien estaba a cargo de los efectos especiales, no solo provocó una explosión que quemó por completo uno de los sets, sino que además le causó una serie de quemaduras de gravedad al actor Bill May, quien tuvo que ser rescatado de un destino peor por el equipo de filmación. Debido a estos lamentables acontecimientos, Dykstra fue forzado a terminar los efectos especiales en su estudio de Los Ángeles, los cuales posteriormente fueron incluidos por Hooper quien aún se encontraba trabajando en Inglaterra.

“Lifeforce” comienza a bordo del transbordador espacial Churchill, cuyos tripulantes, que forman parte de una aventura conjunta del gobierno americano y el británico, tienen por misión investigar los misterios que esconde el cometa Halley, el cual coincidentemente está pasando cerca de la superficie terrestre. Para su sorpresa, en la cola del cometa encuentran una extraña nave alienígena, que en su interior alberga tres ataúdes de cristal que contienen tres cuerpos humanoides. Tras recoger los ataúdes, se iniciará una serie de acontecimientos que darán como resultado el aterrizaje forzoso del transbordador en la superficie terrestre, y la supuesta muerte de la totalidad de sus tripulantes. Para sorpresa de los encargados de la Agencia Espacial Europea que estaba a cargo de monitorear la misión, lo único que logró mantenerse intacto tras la tragedia fueron los tres ataúdes de cristal, los cuales terminan siendo llevados a su centro de operaciones. Es durante la investigación de la naturaleza de las formas humanoides que se encuentran en su interior, que estas despiertan desatando el caos en el lugar, lo que luego se traslada a Londres y a sus alrededores. Es entonces cuando el único sobreviviente del Churchill, el Coronel Tom Carlsen (Steve Railsback), el Coronel Colin Caine (Peter Firth), y el Doctor Hans Fallada (Frank Finlay), deberán unir fuerzas para detener a estos alienígenas que amenazan con destruir el mundo.

 

El contexto social que se esconde tras la historia de “Lifeforce” es el auge de una enfermedad que a mediados de los ochenta sería identificada con el nombre de SIDA, y que sería reconocida como una epidemia que puede afectar a todo el mundo sin importar las inclinaciones sexuales de cada persona. El hecho de que el trío de alienígenas, encabezados por una atractiva mujer (Mathilda May), se apropien de la energía de las personas que tocan (como si de vampiros se tratase), y que estas a su vez tengan un tiempo determinado para apropiarse de la energía de otros individuos antes de convertirse en polvo, hace clara referencia a las enfermedades de transmisión sexual donde el portador de esta contagia a todos aquellos que tienen contacto con él. Pese al conocimiento del alcance del SIDA, de todas formas la cinta incluye un par de escenas que resultan ser un guiño a la idea de que esta enfermedad es más común en la comunidad homosexual. La primera ocurre durante una autopsia, en la que la supuesta víctima (un hombre), mesmeriza al patólogo y mediante un beso lo convierte en un portador más de la “enfermedad”. La segunda escena involucra un beso entre Carlsen y un psiquiatra interpretado por Patrick Stewart, cuyo objetivo es descubrir si este último está actuando como vehículo de la fuerza vital de la chica alienígena. Y es que con el fin de proteger su verdadero cuerpo, la mujer ha ido traspasando su fuerza vital de cuerpo en cuerpo, obligando a Carlsen y Caine a recorrer Inglaterra en búsqueda de la clave que les permita detener el horror que está por dominar al mundo.

Para reafirmar aún más la idea de que el rastro de muerte y destrucción que van dejando los extraterrestres, tiene relación con las enfermedades de transmisión sexual, la chica ejerce un control hipnótico sobre sus víctimas, que suelen ser varones, el cual está acompañado de algunas insinuaciones de carácter erótico (de hecho, ella deambula completamente desnuda por la Tierra seduciendo a todos quienes tienen la desgracia de encontrársela). La principal víctima de la hipersexualización que ejerce esta “mujer” es Tom Carlsen, quien en un momento del film admite que su mayor temor es no poder controlarse, y sucumbir al incontrolable deseo sexual que le provoca la chica, lo que inevitablemente lo llevará a cometer actos que van en contra de sus principios y de su naturaleza. En relación a esto mismo, el tramo final de la cinta contiene un marcado simbolismo de lo que aparentemente algunas personas pensaban con respecto al tema de la sexualidad en aquel entonces. Londres se encuentra en el más completo caos, dominado por miles de personas infectadas, y una catedral de la ciudad está siendo utilizada por los alienígenas como el punto de recolección de la fuerza vital de los humanos, la cual está subiendo directamente hacia el espacio con el objetivo de poner en funcionamiento su nave espacial. Si analizamos toda la situación, pareciera que se nos está entregando un mensaje propio del puritanismo cristiano, el cual dictamina que si tenemos sexo indiscriminado y eso no nos causa una enfermedad, el precio a pagar será nuestra alma, sentenciándonos a deambular por siempre en el infierno.

 

Más allá del tema de fondo y los simbolismos que presenta el film, este alcanzó cierta notoriedad debido a que toma variados elementos del cine de horror y ciencia ficción, y los combina para dar vida a una historia que no termina por decidir cuál es la amenaza a la que deben hacer frente los protagonista. Lo qué comienza como una cinta de ciencia ficción modélica, no tarda en convertirse en un relato de vampiros, que eventualmente se transforma en una película distópica en la que hordas de zombies se han apoderado de un mundo al borde de su extinción. Esta falta de definición narrativa provoca que el relato se complique más de la cuenta por momentos, llevando a la confusión al espectador a quien eventualmente no le queda más remedio que entregarse a la distorsionada lógica del film. Por otro lado, las actuaciones no son mucho mejores que el guión. Solo Peter Firth logra entregar una interpretación por lo menos correcta, a diferencia de Steve Railsback cuya labor es bastante deficiente. En lo referente al aspecto técnico de la producción, se destaca la banda sonora compuesta por Henry Mancini, el trabajo de maquillaje de Nick Maley, y los efectos especiales realizados por John Dykstra, los que logran ser efectivos aún cuando algunos dejan bastante que desear. 

Lamentablemente para Hooper y compañía, la cinta fue un fracaso de taquilla y además fue ampliamente criticada por Colin Wilson, quien no solo no estaba de acuerdo con las libertades creativas que se tomó el realizador, especialmente en el último tramo de la historia, sino que además denunció que se editaron una buena cantidad de minutos de metraje que terminaron por provocar que el relato a ratos se tornara confuso. Si bien es evidente que Tobe Hooper es un director mediocre, aún cuando dentro de su filmografía existan un par de films destacables que han soportado bien el paso del tiempo, en esta ocasión hay que reconocer que el realizador logra crear con éxito un par de escenas de verdadero terror, y otras que logran retratar de cuerpo completo un mundo que está girando fuera de control por acontecimientos que escapan a la comprensión humana. Aún cuando los problemas que presenta “Lifeforce” son evidentes, terminan siendo parte de su especial encanto. En el fondo, se trata de una película inclasificable pero sumamente entretenida, cuya historia esconde un mensaje social potencialmente incendiario para la época, y cuyo desarrollo es tan impredecible que inevitablemente termina capturando la atención del espectador.

           

por Fantomas.

lunes, 14 de mayo de 2012

Taste the Blood of Dracula: El Conde Drácula y su curiosa cruzada de venganza.

“Taste the Blood of Dracula” (1970), es una cinta de terror del director Peter Sasdy, la cual está protagonizada por Christopher Lee, Geoffrey Keen y Linda Hayden.

Lord Courtley (Ralph Bates), un depravado satanista obsesionado con la idea de resucitar a Drácula (Christopher Lee), convence a tres caballeros para comprar unas reliquias pertenecientes al mismísimo Príncipe de las Tinieblas: su capa, una cadena y un frasco de sangre pulverizada. Reunidos en una vieja iglesia, el grupo practicará un extraño ritual cuyas consecuencias serán más terribles de lo que imaginaban.
A principios de la década del setenta, las producciones de la compañía británica Hammer Films comenzaron a exhibir la carencia de ideas de los profesionales a cargo del estudio. Esto eventualmente provocaría que existieran algunos roces entre productores, directores, guionistas y actores, generando un tenso ambiente laboral. Esto fue precisamente lo que ocurriría durante la producción de “Taste the Blood of Dracula”, que sería la quinta entrada de la saga del famoso vampiro que realizó la llamada Casa del Martillo. Algunos de los problemas que experimentaría la producción se arrastraban del rodaje del film “Dracula has Risen from the Grave” (1968), donde Christopher Lee tuvo que ser persuadido por James Carreras para interpretar al Conde. Por este mismo motivo, el actor reaccionó de mala manera cuando el productor le pidió protagonizar “Taste the Blood of Dracula”, puntualmente porque sentía que su sueldo era demasiado bajo en relación a las ganancias que estaba obteniendo el estudio fuera de Inglaterra con sus producciones. Cuando Lee se negó a participar en el proyecto, los creativos de la Hammer se lanzaron a la tarea de encontrar a un actor más joven para darle una nueva imagen a Drácula. El actor seleccionado para llevar a cabo dicha labor sería un joven de 29 años llamado Ralph Bates, cuya experiencia profesional solo se limitaba a una participación en una miniserie basada en la vida de Calígula. 

Lamentablemente, este intento de renovación por parte de la Hammer no fue visto con buenos ojos por sus asociados norteamericanos, la productora Warner-Seven Arts, quienes habían accedido a financiar la cinta solo si esta era protagonizada por Christopher Lee. A raíz de esto, la productora Aida Young se vio obligada a convencer al complicado actor de reintegrarse al proyecto, quien tras una serie de conversaciones finalmente aceptó participar en el film. Sin embargo, su tardía inclusión no le dejaría mucho tiempo al productor y guionista Anthony Hinds, quien como de costumbre fue acreditado bajo el seudónimo de John Elder, para cambiar algunos aspectos del guión ya terminado, por lo que no solo Drácula aparece recién durante la segunda mitad de la cinta, sino que además Ralph Bates tuvo que resignarse a interpretar a un súbdito del vampiro cuya participación en pantalla es bastante reducida. Una vez finalizado el rodaje y cuando todo el mundo pensaba que los problemas se habían acabado, surgió otro inconveniente que generaría una nueva polémica al interior del estudio. Durante la primavera de 1969, el hijo del director Freddie Francis, Kevin Francis, le entregó a Brian Lawrence y James Carreras un guión titulado “Dracula´s Feast of Blood”, el cual servía de secuela a la ya mencionada “Dracula Has Risen From the Grave”. Si bien el guión fue rápidamente rechazado, tras el estreno de “Taste the Blood of Dracula” Francis se percató que varios elementos presentes en su guión habían sido plasmados en el film por el director Peter Sasdy. Aunque el asunto no llegó a mayores, la acusación de plagio llevaría a Anthony Hinds, quien hacía un tiempo que estaba desencantado con su rol al interior de la Hammer, a presentar su renuncia justo un año después del estreno de la cinta.

“Taste the Blood of Dracula” comienza exactamente donde termina “Dracula Has Risen From the Grave”, con el fallecimiento del vampiro luego de haber sido atravesado por una cruz gigantesca. Aprovechando la curiosa oportunidad que se le presenta, un vendedor ambulante que justo pasaba por el lugar, decide recoger parte de los restos de Drácula con la intención de comercializarlos en algún momento. Luego de esta breve introducción, la cinta se sumerge de lleno en las andanzas de William Hargood (Geoffrey Keen), Samuel Paxton (Peter Sallis) y Jeremy Secker (John Carson), los cuales son tres caballeros victorianos que bajo la apariencia honorable que intentan proyectarle al resto de los miembros de la comunidad en la que residen, esconden una serie de oscuros deseos que los llevan a asistir de forma regular a diversos burdeles ubicados en los barrios más peligrosos de la región. Es en una de sus tantas visitas a estos burdeles que conocen a un hombre llamado Lord Courtley, quien los convence de comprar ciertos artefactos que son necesarios para realizar un ritual que les asegurará placer eterno. Lamentablemente, durante la realización del ritual satánico que consistía en beber una copa de la sangre de Drácula, los tres hombres entran en pánico y terminan asesinando a Courtley. Debido a este trágico acontecimiento, el mítico vampiro volverá a la vida utilizando el cuerpo de su lacayo, con la única intención de vengarse de los hombres que lo asesinaron y de sus respectivas familias.

La temprana muerte de Lord Courtley y la posterior utilización de su cuerpo como contenedor del espíritu de Drácula, es el primero de una serie de acontecimientos que terminan relegando al vampiro a un papel secundario dentro de una historia que estaba llamado a protagonizar. Reforzando esta idea de que el Conde no es más que un adorno en la trama, se encuentra el hecho de que Drácula utiliza a los hijos de los tres hombres involucrados en el ritual, como verdaderos peones de su venganza, en especial a la hija de Hargood, Alice (Linda Hayden). Con respecto a esto, cabe mencionar que la vampirización de los integrantes más jóvenes de familias de los caballeros victorianos oculta un significado mucho más profundo de lo que parece. El trío conformado por Hargood, Paxton y Secker, en su afán de mantener las apariencias, han forzado a sus hijos a vivir bajo ciertos códigos morales bastantes estrictos, lo que inevitablemente ha provocado en los jóvenes un fuerte sentimiento de frustración que eventualmente terminarán volcando sobre quienes los reprimen. En el caso puntual de Alice Hargood, debido a que su padre no solo reprueba su relación con Paul Paxton (Anthony Higgins), sino que además es violento con ella y con su madre, no resulta extraño que ella sea en la primera víctima en caer bajo el influjo de Drácula, y que termine convirtiéndose en una pieza importante del siniestro plan del vampiro.

En el ámbito de las actuaciones, Christopher Lee logra con éxito que Drácula se presente como un personaje intimidante pese a lo pobre de sus diálogos y a lo breve de su participación. Geoffrey Keen por su parte, interpreta de manera perfecta a un hombre reprimido que cree controlar el mundo que lo rodea, hasta que se involucra con cosas que van más allá de su comprensión. En gran medida, William Hargood es el verdadero villano de una historia que presenta como tema central la influencia de los pecados de los padres sobre sus hijos, y como estos eventualmente se vuelven en su contra. En cuanto al resto del elenco, si bien la mayoría realiza un trabajo correcto, lamentablemente tanto Linda Hayden como Anthony Higgins no logran que el espectador empatice con la situación en la que se ven envueltos sus personajes, lo que obviamente influye en capacidad de impacto de la subtrama que protagonizan. En lo que al aspecto técnico de la producción se refiere, se destaca el estupendo trabajo de fotografía de Arthur Grant, el maravilloso diseño de producción de Scott MacGregor, y la efectiva banda sonora del compositor James Bernard, la cual curiosamente se parece bastante a la que el músico escribió para la cinta “The Devil Rides Out” (1968). Por último, es necesario mencionar el buen trabajo de Peter Sasdy, quien no solo utiliza una serie de interesantes ángulos de cámara para contrastar la inmensidad del poder de Drácula con la fragilidad del resto de los personajes, sino que además consigue que la escena de la resurrección del vampiro se convierta en una de las más memorables del film, debido a que incluso utiliza algunos efectos en stop-motion en su intento por sorprender al espectador. 

La mayoría de los problemas de “Taste the Blood of Dracula” se desprenden de los cambios en el guión que tuvo que realizar de manera apresurada Anthony Hinds. Mientras que por un lado resulta poco creíble que Drácula vuelva a la vida solo con la intención de vengar la muerte de un seguidor que jamás conoció, por otra parte resulta bastante curioso el hecho de que por momentos la trama tome distancia del tema del vampirismo, considerando que se trata de una cinta que tiene al famoso Conde como protagonista. En la vereda contraria, el film se beneficia enormemente del impresionante trabajo de locaciones realizado en la campiña de Hertfordshire, y de las escenas filmadas en el atmosférico Cementerio Highgate. Pese a todas sus falencias, “Taste the Blood of Dracula” es una película entretenida que tiene la virtud de presentar algunas ideas interesantes, un puñado de buenas actuaciones, y un llamativo aspecto técnico. Solo algunos meses después del estreno de esta cinta, la Hammer produciría su sexto largometraje de Drácula titulado “Scars of Dracula” (1970), el cual presentaría una estética muy distinta a la exhibida en las producciones clásicas del estudio. Es a raíz de esto que la cinta de Peter Sasdy sigue siendo considerada por muchos estudiosos como el último gran film de horror gótico de la Hammer, compañía que durante años dominó completamente el mercado del cine de terror mundial.



por Fantomas.

martes, 1 de mayo de 2012

Santo en el Museo de Cera: Bienvenido al museo más escalofriante de México.

“Santo en el Museo de Cera” (1963), es un film de horror y aventuras de los directores Alfonso Corona Blake y Manuel San Fernando, el cual está protagonizado por el Santo, Claudio Brook y José Luis Jiménez. 

Inexplicablemente, una joven periodista que realizaba un reportaje sobre la novedosa sección de monstruos de un Museo de Cera desaparece. El Santo es llamado a resolver el misterio por el Doctor Karol (Claudio Brook), quien es el director del museo y cuya implicancia en los hechos es más profunda de lo que parece.
A través de los años, los museos de cera han sido seleccionados como escenarios de un sinnúmero de producciones cinematográficas enmarcadas dentro del género del horror, las cuales han descrito con lujo de detalles como los dueños de estos curiosos establecimientos esconden oscuras intenciones entre los muros que albergan sus macabras creaciones. Con esto en mente, Alfonso Corona Blake y Manuel San Fernando comenzaron a escribir el guión de la cinta que ayudaría al mítico héroe azteca conocido como el Santo, a cruzar la frontera de su natal México para darse a conocer en los Estados Unidos. “Santo en el Museo de Cera”, que es la octava aparición cinematográfica del héroe enmascarado, sería exhibida en las salas de cine mexicanas durante un breve periodo de tiempo antes de ser doblada al inglés por el productor K. Gordon Murray, quien finalmente la exhibiría en numerosas ocasiones en diferentes cadenas de televisión norteamericanas. Cabe mencionar que para cuando se comenzó a rodar el film, el misterioso luchador mexicano tenía 45 años de edad y se encontraba en medio de una férrea disputa salarial con los ejecutivos del estudio Filmadora Panamericana, la que finalmente lo obligó a buscar una nueva casa cinematográfica una vez que la cinta fue estrenada. 

La verdad es que la trama de “Santo en el Museo de Cera” no difiere demasiado del resto de las producciones ambientadas en escenarios similares. Cuando varias personas desaparecen sin explicación alguna en un pequeño pueblo mexicano, la policía comienza a sospechar que las desapariciones tienen relación con un curioso museo de cera que recientemente ha inaugurado una sección de monstruos famosos. A raíz de esto, el dueño del museo, el enigmático Doctor Karol, se convierte en el principal sospechoso de los crímenes. Sin embargo, tras la desaparición de una fotógrafa llamada Susana (Norma Mora), quien se encontraba trabajando en un reportaje sobre el museo, es el mismo Doctor quien decide recurrir al Santo para que este le ayude a develar el misterio que se esconde tras los inexplicables sucesos que rodean al museo. Aunque en un principio todo parece indicar que alguien está intentando incriminar al Doctor Karol, eventualmente surgirán nuevas pruebas que vuelven a situarlo al centro de todas las sospechas. ¿Es el Doctor el verdadero responsable de las desapariciones? y ¿Qué es lo que está sucediendo con las víctimas?, son algunas de las interrogantes que tendrá que responder el Santo una vez que se embarca en una carrera contra el tiempo que incluso podría costarle la vida.

Aunque es evidente que la cinta se inspira en la clásica “Mystery of the Wax Museum” (1933), del director Michael Curtiz, esta posee una serie de elementos que la sitúan en una categoría completamente diferente, partiendo por su singular protagonista. El Santo es un héroe que se diferencia del resto de sus colegas no solo por el hecho de que cuando no está ayudando al prójimo, pasa sus días sobre un cuadrilátero enfrentándose a peligrosos luchadores profesionales, sino que además porque tiene la particularidad de no poseer una doble identidad. El Santo es un héroe las veinticuatro horas del día, razón por la cual jamás se quita su distintiva máscara ni su traje de luchador, aun cuando en sus posteriores apariciones cinematográficas al menos aparece vestido con ropa casual cuando no se encuentra persiguiendo a siniestros criminales. Esta idea del héroe eterno traspasó la pantalla, al punto que el hombre tras el personaje solo mostró su verdadero rostro en el año 1984, durante un programa de televisión que fue emitido dos años después de su retiro. Por otro lado, junto con ser un eximio luchador, el Santo es conocido por sacar a relucir sus innegables habilidades detectivescas a la hora de solucionar los extraños casos que se le presentan. En esta ocasión, el protagonista utiliza el laboratorio de su amigo, el profesor Galván (José Luis Jiménez), quien eventualmente se convierte en una de las víctimas del villano de turno, para intentar descubrir que es lo que se esconde tras la lúgubre exposición de monstruos de cera del Doctor Karol. 

Otro de los puntos interesantes de la cinta son las motivaciones que llevan al Doctor Karol a secuestrar a diversas personas. Si bien existe un evidente paralelo con el accionar del villano de la ya mencionada “Mystery of the Wax Museum”, quien utiliza cuerpos humanos para aumentar el número de muñecos de cera de su museo, el personaje interpretado por Claudio Brook esconde algo aún más siniestro. A raíz de un accidente que sufrió algunos años atrás, el cual desfiguró parte de su cuerpo, y debido a su traumática experiencia al interior de un campo de concentración nazi, el buen Doctor presenta un trastorno emocional que lo empuja a infringirle dolor a otras personas, las que él considera que han tenido una vida mucho más afortunada que la suya. Quizás lo más interesante de todo esto, es que la sed de venganza que expresa el doctor termina traspasando las barreras de lo artístico y lo sobrenatural. Como se menciona anterioremente, el Doctor utiliza a sus víctimas para crear nuevas figuras para su museo de los horrores. Sin embargo, no contento con esto, mediante la utilización de un suero que él mismo ha creado, logra darle vida a sus monstruos de cera durante las noches, con la intención de sumir en un horror inimaginable al resto de los pobladores del hasta entonces tranquilo pueblo en el cual reside.

Más allá de estos curiosos detalles, “Santo en el Museo de Cera” presenta gran parte de los elementos que caracterizarían a las producciones protagonizadas por el enmascarado de plata. Y es que durante el transcurso del film el Santo no solo se enfrenta de manera encarnizada a los secuaces del cruel villano, sino que además se sube en tres ocasiones a un cuadrilátero en el marco de su labor profesional. Estos enfrentamientos de exhibición son precisamente uno de los principales problemas de la cinta. Lamentablemente, dichas escenas junto con atentar contra la fluidez narrativa de la trama, están pobremente coreografiadas, por lo que no resultan ser particularmente atractivas. Por otro lado, otra de las falencias del film es la extrema polarización de los personajes, lo cual a decir verdad es una característica habitual de las películas del enmascarado de plata. Debido a que en el microcosmos en el cual se desenvuelve el Santo solo existen representantes del bien y el mal sin ningún tipo de matices, los personajes que aparecen en sus cintas son meros estereotipos del héroe, el villano y la damisela en peligro, lo que no solo le resta profundidad a la trama, sino que además limita la labor interpretativa de los actores participantes en la producción, cuya labor en esta ocasión resulta ser más bien mediocre. Dentro del elenco participante, los únicos que se destacan son el Santo y Claudio Brook, quien pese a que por momentos no puede evitar caer en la sobreactuación, de todas formas le da vida a un villano interesante que se alza como un digno rival del protagonista.

En cuanto al aspecto técnico de la producción, esta presenta el irregular trabajo de fotografía de José Ortiz Ramos, y el correcto diseño de producción de José Rodríguez Granada, quien crea un par de escenarios sorprendentes considerando el escaso presupuesto con el que contaba la cinta. En lo que al guión escrito por Alfonso Corona Blake se refiere, aun cuando presenta algunos toques de originalidad, es más bien simplista y presenta una serie de agujeros que provocan que en un determinado momento del film se generen más preguntas que respuestas. Más allá de sus falencias, “Santo en el Museo de Cera” es una película entretenida que mezcla elementos tan diversos como un científico loco, un luchador enmascarado, un guiño al holocausto, y una serie de monstruos de cera con vida propia, entre otras cosas. Junto con esto, el film además deja espacio para la comedia involuntaria, producto del bajo presupuesto de la producción y del exceso de seriedad con la que los realizadores se tomaron al mítico héroe mexicano, cuya leyenda sigue viva hasta el día de hoy gracias al carácter cuasi surrealista que solían poseer sus peculiares aventuras.

 

por Fantomas.

jueves, 19 de abril de 2012

Warlock: La batalla temporal de un brujo y su cazador.

“Warlock” (1989), es una cinta de terror del director Steve Miner, la cual está protagonizada por Julian Sands, Lori Singer y Richard E. Grant.

En el año 1691, un hombre (Julian Sands) es condenado a morir en la hoguera debido a que practica la brujería. Gracias a una fuerza misteriosa, el brujo y Redferne (Richard E. Grant), el hombre que había logrado capturarlo, son transportados trescientos años hacia el futuro. Ahora, con la ayuda de una joven llamada Kassandra (Lori Singer), Redferne tendrá que evitar que el brujo consiga la llamada Biblia del Diablo, con la cual planea destruir el mundo.
Durante la década de los ochenta, el cine de terror se convirtió en una importante fuente de ingresos para los diferentes estudios hollywoodenses. Sin embargo, la sobreexplotación del género durante este periodo, provocó que a fines de la década los directores se empezaran a quedar sin ideas. Dentro de la constante reutilización de las fórmulas que ya habían sido probadas con éxito anteriormente, algunos directores se atrevieron a plantear ideas originales aunque claramente riesgosas, con distintos resultados. Este es precisamente el caso de David Miner y su cinta “Warlock”, cuyo guión estuvo a cargo de David Twohy. Si bien la historia no es precisamente rupturista, era lo suficientemente llamativa y novedosa como para que Roger Corman y su compañía New World Pictures decidieran producir la cinta (la cual dicho sea de paso, fue una de las últimas películas que la productora realizó antes de ser declarada en bancarrota). La extraña mezcla de terror, ciencia ficción y comedia, no solo lograría llamar la atención del famoso productor y director, sino que además transformaría a este modesto film en un inesperado éxito.

“Warlock” es la historia del villano del mismo nombre (o a quien vamos a identificar con dicho nombre), el cual se ve involucrado en una batalla que traspasa las barreras del tiempo y el espacio con Giles Redferne, un cazador de brujas que culpa al hechicero de la muerte de su amada. El film comienza en el año 1961 en Boston, donde Redferne finalmente ha logrado capturar a Warlock, quien se encuentra prisionero en una torre a la espera de su sentencia. Cuando están a punto de quemarlo en la hoguera, el brujo invoca el poder de Satán para abrir un portal que le permite transportarse hacia la libertad. Sin embargo, segundos antes de que se cierre el portal, Redferne logra saltar adentro en su afán por acabar con su némesis. Lo que ninguno de los dos espera, es que la puerta mística que han utilizado para transportarse los llevará a un lugar más distante del que pudiesen haberse imaginado. Es así como ambos aterrizan en el año 1989, en medio de la ciudad de Los Ángeles, donde el mismísimo Diablo enviará al hechicero a recolectar las piezas de un libro conocido como el “Gran Grimoire”, también llamado la Biblia de Demonio, el cual contiene el verdadero nombre de Dios, que paradójicamente posee el poder para destruir toda su creación.

Cuando Redferne se entera de las intenciones de Warlock, se ve obligado a pedirle ayuda a una joven llamada Kassandra, la cual ha sido hechizada por el brujo, provocando que esta envejezca de forma acelerada. Con la presión de evitar el fin del mundo y la muerte de la joven quien tiene solo tres días de vida, la improvisada pareja tendrá que ingeniárselas para detener al cada vez más poderoso y sanguinario brujo. Si bien esta es a grandes rasgos la historia del film, son varios los elementos que la convierten en una producción destacable, lo que no significa que esté exenta de fallos. Por un lado, nos encontramos con las posibilidades narrativas que ofrece el viaje en el tiempo que realizan los protagonistas. Mientras que esta es una idea interesante, la cual está claramente inspirada por la cinta "The Terminator" (1984), lamentablemente no es del todo aprovechada por el director. Al mismo tiempo, tanto Warlock como Redferne parecen no tener demasiados problemas para aceptar que han sido transportados al futuro, ni para utilizar las innovaciones tecnológicas realizadas por el hombre durante los últimos trescientos años, las cuales para alguien del siglo XVII perfectamente podrían haber sido interpretadas como obras de brujería. Si bien es Redferne quien se ve un poco más afectado con la situación, de todas forma se adapta rápidamente a todas las comodidades que ofrece el siglo XX, echando por la borda la explotación de una situación que perfectamente pudo haber presentado tintes cómicos.

Por otro lado, la cinta a ratos se comporta como una “road movie”, especialmente cuando profundiza en la relación que se establece entre Redferne y Kassandra, quienes se ven obligados a perseguir al brujo a través de los Estados Unidos. Lo que comienza como una relación basada en la desconfianza y la incredulidad, se convierte gradualmente en una relación amorosa que nunca se llega a concretar del todo. Es en este tramo del film que el director juega un poco con la comedía, sometiendo a la dupla a situaciones en las que tendrán que improvisar para seguir con vida. Lamentablemente, Steve Miner no siempre logra su cometido en lo que a la comedia se refiere. Resulta curioso que lo que más risa provoca de todo el film, sean sus artesanales efectos especiales, los que obviamente no pretendían generar risas en el espectador. Y es que resulta imposible no reírse con las escenas en las que el brujo vuela al más puro estilo de Superman, las cuales perfectamente pudieron haberse omitido para evitar que la cinta cayera en la comedia involuntaria. También resulta hilarante la feroz batalla que sostiene la dupla protagónica al interior de un viejo granero, donde incluso terminan utilizando una veleta como arma.

Tras revisar todos estos factores, resulta extraño que “Warlock” sea habitualmente encasillada dentro del género del horror. En gran medida, esto se debe principalmente a la temática sobrenatural del film y a un par de escenas que exhiben ciertas dosis de violencia gráfica, las cuales pese a su sencillez resultan ser bastante efectivas. Junto con esto, la cinta incluye el asesinato de un niño fuera de pantalla, cuya sangre es utilizada por el brujo para poder volar. En este sentido, probablemente la secuencia que presenta la atmósfera más inquietante es aquella que transcurre en el Boston del 1600. Es ahí cuando el villano se ve más aterrador, imagen que se va diluyendo a medida que transcurre la historia. En cuanto al ámbito de las actuaciones, cabe mencionar que la labor del trío protagónico es resulta correcta. Julian Sands logra con éxito darle vida a un hechicero implacable y codicioso que busca ser el amo y señor del mundo, el cual por momentos se ve realmente intimidante. Sin embargo, termina siendo víctima de las circunstancias a las que se ve envuelto, perdiendo su capacidad de impacto. Richard E. Grant por su parte, realiza un buen trabajo interpretando al héroe de turno, el cual logra ser lo suficientemente carismático como para que el espectador logre empatizar con su causa. Afortunadamente, este logra tener bastante quimica con el personaje de Lori Singer, en quién recae el tono cómico de la cinta.

En lo que al aspecto técnico de la producción se refiere, lo más destacable es la banda sonora compuesta por Jerry Goldsmith, la cual por momentos logra imprimirle una atmósfera de suspenso al film. En relación a los efectos especiales realizados por Ken Pepiot, van desde lo absolutamente irrisorio hasta lo efectivo dentro de sus posibilidades. Si bien Steve Miner logra construir una cinta bastante entretenida, el hecho de que sea más bien episódica repercute directamente en la continuidad de la trama y en el ritmo narrativo de la misma. Al mismo tiempo, todo esto provoca que el guión presente una serie de agujeros que terminan generando más preguntas que respuestas. Pese a la gran cantidad de falencias que presenta “Warlock”, de todas formas se alza como una producción interesante que ha soportado de buena manera el paso del tiempo, en gran medida gracias a su curiosa fusión de géneros y temáticas, lo que terminó imprimiéndole un sello distintivo que fue reconocido por el público al momento de su estreno. Por este motivo no resulta extraño que la cinta de Miner generara dos secuelas, las que lamentablemente no podrían repetir lo logrado por el film original.



por Fantomas.

martes, 27 de marzo de 2012

My Best Friend is a Vampire: Los problemas de un vampiro adolescente.

“My Best Friend is a Vampire” (1987), es una comedia de horror del director Jimmy Houston, la cual está protagonizada por Robert Sean Leonard, Cheryl Pollack y Rene Auberjonois.

Tras tener una cita que terminó mal con una hermosa mujer, Jeremy Capello (Robert Sean Leonard) comienza a experimentar una serie de cambios que lo convierten en el blanco de un maniaco cazador de vampiros llamado Leopold McCarthy (David Warner). Ahora junto a su mejor amigo Ralph (Evan Mirand), Jeremy tendrá que aprender a lidiar con su nueva condición e intentar sobrevivir a la persecución incesante del profesor McCarthy.

Durante la década de los ochenta, junto con el nacimiento, auge y caída del slasher, otro subgénero enmarcado dentro del cine de terror comenzó a tener bastante éxito. Este sería el llamado “cine de transformación adolescente”, conocido también como “cine de monstruos adolescentes”, el cual había nacido en la década de los cincuenta en la forma de una serie de largometrajes serie B. Las características principales de este subgénero son su marcada inclinación hacia la comedia, y la inclusión de un adolescente como protagonista, el cual no solo estaba llamado a lidiar con los cambios que comienza a experimentar por una determinada serie de acontecimientos, sino que además debe intentar aceptarlos. Obviamente, dichos cambios no se refieren a cambios hormonales o psicológicos (aunque estos también están de cierta forma incluidos en el tema central de estas películas), sino que se refieren a verdaderas transformaciones en monstruos como vampiros u hombres lobo. Este es precisamente el caso de “My Best Friend is a Vampire”, a la cual se suman films como “Teen Wolf” (1985) o “Once Bitten” (1985), solo por dar algunos ejemplos.

El protagonista de esta cinta es Jeremy Capello, un adolescente común y corriente sin mayores problemas, el cual últimamente ha estado teniendo una serie de extraños sueños en los cuales aparece una misteriosa mujer que intenta seducirlo. A poco de haber empezado el film, él es enviado a dejar una bolsa de mercadería a una vieja mansión en la que ahora vive Nora (Cecilia Peck), una seductora mujer que resulta ser la misma que ha estado apareciendo en sus sueños. Después de una fallida cita, la cual es interrumpida por el Profesor McCarthy y su torpe colaborador Grismdyke (Paul Wilson), el protagonista nota que ha sido mordido por la mujer, lo cual pronto desencadenará su transformación en un vampiro. Es cuando comienza a experimentar una serie cambios notorios, como una creciente sed de sangre, que aparece Modoc (Rene Auberjonois), un viejo vampiro que actuará como mentor de su ahora colega, el cual tendrá que aceptar su nueva naturaleza, al mismo tiempo que intenta conquistar a la chica que le gusta, y trata de escapar del Profesor McCarthy, quien se ha empecinado en enviarlo al infierno junto con el resto de los de su especie.

Aunque básicamente esto resume la trama del film, este presenta algunos elementos que la convierten en una obra interesante, y que la distinguen del resto de las cintas de su tipo. Lo primero y quizás lo más importante, es que a diferencia de la gran mayoría de los protagonistas de este tipo historias, Jeremy no desea escapar de la “maldición” de la que ha sido víctima. En ningún momento de la película él intenta buscar una cura para su condición, pese a que si rehúye por un tiempo a la idea de beber sangre. Sin embargo, cuando encuentra una alternativa no violenta, Jeremy pasará gran parte del tiempo tratando de sacarle el mayor provecho posible a las habilidades que ahora ha adquirido. Y es que en la realidad cinematográfica creada por Jimmy Houston, la gran mayoría de los vampiros son una especie incomprendida, que solo busca vivir en paz sin hacerle daño a nadie (de hecho, prefieren beber sangre de cerdo embotellada que sangre humana). El paralelo existente entre este discurso y el expresado por otras minorías sociales es evidente. A sabiendas de esto, el director decide para jugar con la sexualidad del protagonista, incluyendo una serie de gags que involucran a sus padres, los cuales creen que los cambios que ha estado experimentando últimamente su hijo, tienen relación con su supuesta homosexualidad no asumida.

La inclusión de “vampiros amables” no es la única variación al mito del vampirismo que incluye el film. También los separa en dos grupos: los muertos, que son aquellos que nacieron vampiros, y los no muertos, que son aquellos que al igual que Jeremy, han sido transformados por una mordida. La gran diferencia entre dichas especies, reside en el hecho de que los vampiros como Jeremy pueden caminar a la luz del día, lo que en términos narrativos obviamente ayuda a que el director pueda explorar con más detenimiento las actividades cotidianas del protagonista, tanto en su casa como en su escuela. El vampirismo como un estilo de vida, le será introducido a Jeremy por Modoc, quien como había mencionado anteriormente, se convertirá en su mentor, el cual busca enseñarle las bondades de su recientemente adquirida condición y advertirle del peligro que significa McCarthy en sus vidas. Cabe mencionar que McCarthy dista bastante del típico cazador de vampiros cinematográfico. Es un hombre egocéntrico, cuya cruzada contra los chupasangres solo se sostiene en su búsqueda de fama y reconocimiento de sus pares. Sus métodos son poco ortodoxos, y está dispuesto a sacrificar humanos si con esto logra atrapar a su presa. En términos generales es una verdadera caricatura de la figura clásica del Profesor Van Helsing, imagen que es reforzada por su ayudante, el cual no solo es torpe sino que también es cobarde.

Algo que resulta bastante curioso, es que esta película rompe los moldes concernientes a las actitudes clásicas de los adolescentes en el cine. En una suerte de inversión de los papeles, en esta ocasión el protagonista se siente atraído por Darla Blake (Cheryl Pollack), quien es una chica más bien retraída y de bajo perfil, y no toma en cuenta a Candy Andrews (LeeAnne Locken), quien es una de las chicas más populares de su escuela y que da la casualidad que se siente atraída por él. Quizás por el hecho de que tanto Jeremy como Darla se sienten un poco distanciados del mundo que los rodea, es que el romance que se da entre ellos funciona tan bien. Se siente mucho más real, y eso conlleva a que el espectador se identifique más con ellos. En general, todo el elenco realiza un buen trabajo, en especial Robert Sean Leonard, quien hoy en día es más conocido por su rol de Wilson en la serie “House M.D.”. Aquí interpreta a un personaje bastante querible, que busca sobrellevar de la mejor manera posible sus cambios, sin pasar a llevar a otros en el proceso. En el aspecto técnico, el film cuenta con el discreto trabajo de fotografía de James Bartle, y con la correcta banda sonora compuesta por Steve Dorff, la cual se complementa con algunos clásicos setenteros y ochenteros de bandas como Blondie y Oingo Boingo.

Si bien la cinta cuenta con una buena cantidad de virtudes, también presenta más de algún problema. Después de los primeros cuarenta minutos de metraje, el ritmo del film comienza a decaer, principalmente debido al hecho de que los conflictos principales de la historia llegan a un punto muerto. El director incluye una serie de secuencias que no tienen otro objetivo más que agregarle algunos minutos al film, lo que hace pensar que este habría funcionado mucho mejor si su duración hubiese sido menor. Por otro lado, nos encontramos con una serie de convenientes coincidencias que provocan algunas de las situaciones que ocurren durante el transcurso de la historia, las cuales se ven bastante artificiales. Así mismo, el final parece algo apresurado, por lo que no es del todo satisfactorio. “My Best Friend is a Vampire” es una película entretenida, que presenta un humor más inteligente que el que podemos ver hoy en día en las cintas de este tipo, y que tiene la virtud de haberse atrevido a romper algunas de las convenciones clásicas de género del horror y del llamado subgénero del “cine de monstruos adolescentes”, lo que obviamente la distingue del resto. Aunque no posee las características para tildarla como un “indispensable del género”, de todas formas es recomendable para aquellos que disfrutan los films que mezclan el terror con la comedia.

por Fantomas.

martes, 13 de marzo de 2012

Caltiki, Il mostro Immortale: Freda, Bava, los mayas y el fin del mundo.

“Caltiki, Il mostro Immortale” (1959), es una cinta de terror y ciencia ficción del director Riccardo Freda, la cual está protagonizada por John Merivale, Didi Sullivan, y Gérard Herter.

Durante una expedición científica a las ruinas mayas en Tikal, el doctor John Fielding (John Merivale) y su equipo son atacados por un monstruo gigantesco que destruye todo a su paso. Tras quemar al monstruo y conseguir un fragmento del mismo, Fielding regresa a casa con el objetivo de examinar la naturaleza de la extraña criatura, sin imaginarse que esta causó la desaparición de los mayas y que ahora puede causar la destrucción de la humanidad.

Durante gran parte de la década del cuarenta y del cincuenta, el cine de terror era visto tanto por la crítica como por el público como un género de segunda categoría, lo que significó que durante mucho tiempo no se estrenaran muchas producciones de este tipo, especialmente en Europa. Esta noción del cine de terror como algo burdo, se mantendría hasta fines de los cincuenta, cuando la productora británica Hammer Films demostró que el género no solo permitía obtener ganancias económicas, sino que además dejaba cabida a expresiones artísticas dignas de aplauso. Sin embargo, antes de que esto sucediera, existieron algunos directores que se atrevieron a probar suerte con modestas producciones, no siempre logrando los resultados deseados. Este fue el caso del italiano Riccardo Freda, responsable de la primera cinta de terror gótico italiana, “I Vampiri” (1956), la cual marcaría el camino para otros directores como su amigo Mario Bava, quienes pronto emprenderían la difícil tarea de cimentar las bases del cine de terror italiano, otorgándole una identidad propia e inigualable.

Lamentablemente para Freda, su primera incursión en el género tendría una fría recepción del público, lo que provocaría que los productores perdieran todo interés en financiar películas de características similares. Fue ahí cuando el director comprendió que para poder rodar su próxima cinta, tendría que desarrollar una idea que pudiese ser ofrecida en distintos mercados. Fue por este motivo que junto al guionista Filippo Sanjust, tomaron parte de la premisa del film norteamericano “The Blob” (1958), la mezclaron con algunos elementos de la producción de la Hammer, “The Quatermass Xperiment” (1955), y agregaron algunas ideas propias para darle vida al curioso guión de “Caltiki, Il mostro Immortale”. Como el director sabía que tomar ideas prestadas de otras producciones exitosas no era suficiente para disipar las dudas que el público y la crítica italiana tenían de los profesionales de su propia industria cinematográfica, Freda optó por anglicanizar su nombre (utilizó el seudónimo de Robert Hamton) y los nombres de su equipo de filmación, para hacer creer a la audiencia que el film era británico. Aunque el proyecto se veía prometedor, el director era conocido por ser un tipo complicado que en más de una ocasión abandonó rodajes por mero capricho. Precisamente esto fue lo que sucedió durante la filmación de la cinta, por lo que el puesto de director cayó en manos de Mario Bava, quien oficiaba de director de fotografía del film. Algunos años después, en una entrevista Freda explicaría que la razón por la que abandonó el rodaje, fue porque deseaba darle una oportunidad a su amigo Mario para dirigir.

La cinta comienza en Tikal, donde un grupo de investigadores encabezados por el doctor John Fielding, intentan resolver la interrogante que se esconde tras la desaparición del pueblo maya. Lo que parece ser una expedición tranquila, se ve interrumpida por la súbita muerte de dos científicos que se encontraban rondando las cercanías de uno de los volcanes de la zona. Con el objetivo de descubrir que fue lo que realmente sucedió con ellos, Fielding y compañía se adentran en un templo subterráneo lleno de riquezas, el cual se encuentra custodiado por Caltiki, una criatura de naturaleza desconocida que destruye todo lo que toca (su modus operandi es básicamente el mismo que el del monstruo de “The Blob”). Tras escapar y destruir a este ser extraño, los sobrevivientes se trasladan a Ciudad de México llevando un fragmento de este con ellos, sin imaginarse que sus ansias por resolver sus interrogantes terminarán por poner en riesgo a toda la gente que los rodea, dando inicio a lo que bien podría convertirse en el fin del mundo. Si bien esto podría ser considerado como el núcleo del relato, la verdad es que Freda en su intento por satisfacer a una audiencia más diversa, decide explorar distintos temas y subtramas que no siempre se entrelazan de manera coherente, logrando que esta producción sea más interesante de lo parece.

Junto al conflicto principal, nos encontramos con el rápido descenso a la locura de Max Gunther (Gérard Herter), uno de los colaboradores de Fielding que en la expedición pierde un brazo a manos del monstruo, lo que desata que comience a aflorar el lado más oscuro de este. Y es que eventualmente este personaje se convierte en un asesino cuya obsesión con la esposa de Fielding, llega a niveles enfermizos. De forma paralela, se explora la suerte de triángulo amoroso que se produce entre Ellen (Didi Sullivan), Max, y Linda (Daniela Rocca), siendo esta última una suerte de sirvienta del matrimonio Fielding que se encuentra locamente enamorada de Max. No contento con esto, Freda añade a la mezcla una serie de experimentos que buscan despertar a la criatura, y una teoría que involucra a un meteorito que pasa una vez cada cientos de años, y que cuyas propiedades radiactivas parecen ser el detonante del crecimiento de Caltiki. Afortunadamente, pese a que varias de las ideas lanzadas a la mezcla son bastante inverosímiles y no parecen tener demasiada relación las unas con las otras, el director logra sacar adelante la cinta a base de momentos efectistas apoyados por el excelente equipo técnico con el que contaba.

Si bien la cinta contó con un escaso presupuesto, razón por la cual los efectos especiales son bastante básicos, quedando en evidencia el excesivo uso de maquetas e incluso de algunos juguetes, los cuales en su mayoría son utilizados en el último tramo del film, esto queda en segundo plano gracias al estupendo trabajo de fotografía de Mario Bava, y a la también destacable banda sonora compuesta por Roberto Nicolosi y Roman Vlad, elementos que combinados dotan al film de una atmósfera sombría y perturbadora, incluso en aquellas escenas donde los efectos especiales muestran más de alguna falencia (dicho sea de paso, estos también estuvieron a cargo de Bava). Por otro lado, las actuaciones van desde lo mediocre hasta lo medianamente correcto. Y es que estamos ante personajes unidimensionales, meros estereotipos del científico, del héroe, del villano, y de la damisela en peligro, tan propios del cine serie B de ciencia ficción norteamericano. Esto dificulta que el espectador se involucre demasiado con los protagonistas y sus conflictos, y se preocupe más por el apartado visual o por los múltiples giros narrativos que ofrece el film.

En un poco más de una hora de metraje, Riccardo Freda y Mario Bava (vamos a darles el mismo reconocimiento, pese a que no se sabe con certeza qué porcentaje de la responsabilidad del film le corresponde a cada uno) nos entregan una cinta entretenida, con un ritmo de narrativo frenético, y que con el paso de los años se ha convertido en una obra de culto. Esto se debe sin lugar a dudas a su potente apartado visual, cuya sofisticación pone al film un escalafón más arriba que algunas de las producciones realizadas por figuras insignes del cine de ciencia ficción norteamericano de la época, como Bert I. Gordon y Nathan Juran. Por otro lado, cabe mencionar que algunas de las escenas de la cinta podrían considerarse como verdaderas precursoras de lo que sería el cine gore italiano, el cual en un futuro sería comandado por figuras como Lucio Fulci y Dario Argento, entre otros. En definitiva, “Caltiki, Il mostro Immortale” es una película absolutamente recomendable, que en la medida de lo posible ha soportado de buena forma el paso del tiempo, aún cuando parte de su guión, sus humildes efectos especiales, y algunas de las actuaciones le jueguen algo en contra.


por Fantomas.

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