martes, 18 de diciembre de 2012

Santa Claus is Comin´ to Town: La verdadera historia de Santa Claus.

“Santa Claus is Comin´ to Town” (1970), es un telefilme realizado por Jules Bass y Arthur Rankin Jr., el cual está protagonizado por Fred Astaire, Mickey Rooney y Keenan Wynn.

En vísperas de Navidad, un cartero llamado S. D. Kluger (Fred Astaire) se detiene un momento de su recorrido para revelar los verdaderos orígenes de Santa Claus (Mickey Rooney).

A principios de los sesenta, Jules Bass y Arthur Rankin Jr. fundaron la compañía Videocraft International, que con el paso de los años pasaría a llamarse Rankn-Bass Productions, con el fin de realizar diversas producciones animadas para la televisión. No pasaría mucho tiempo antes de que la empresa adquiriera cierta notoriedad gracias a sus animaciones en stop-motion, las cuales eran realizadas en Japón mediante un proceso llamado Animagic, el cual había sido perfeccionado varios años antes por George Pal, y que consistía en la combinación de marionetas y animación tradicional. En 1964, Rankin y Bass realizarían un especial navideño para la NBC titulado “Rudolph the Red Nosed-Reindeer”, cuyo inusitado éxito provocó que la dupla realizara otros dieciocho especiales navideños entre 1964 y 1985, muchos de los cuales se basaban en conocidos villancicos. Entre estas producciones se encuentra “Santa Claus is Comin´ to Town”, la cual está levemente inspirada en la canción del mismo nombre escrita en 1934 por John Frederick Coots y Haven Gillespie, y en la que un cartero decide contarle a la audiencia la verdadera historia de los orígenes de Santa Claus.

En vísperas de Navidad, el cartero S. D. Kluger va camino al Polo Norte a dejarle cientos de cartas repletas de peticiones y preguntas a Santa Claus. De pronto decide detenerse no solo para explicar el motivo de su viaje, sino que también para revelarles a los niños y al público en general el origen de Santa Claus, y como este llegó a convertirse en la figura mitológica que es hoy en día. Gran parte de este especial para la televisión transcurre en una pequeña localidad llamada Pueblo Sombrío, la cual está controlada por el Burgomaestre Maestreburgo (Paul Frees), una suerte de alcalde que cierto día encuentra un bebé abandonado en su puerta, junto con una carta y un collar con el nombre “Claus” inscrito en una placa. Dominado por su propia amargura y egoísmo, el Burgomaestre ordena abandonar al bebé en el bosque, donde tras un descuido de los soldados encargados de transportarlo, llega a manos de una familia de duendes apellidados Kringle, quienes no solo se encargarán de cuidarlo y educarlo, sino que también lo introducen al oficio que se ha traspasado de generación en generación en su familia; la fabricación de juguetes.


De esta forma, durante la primera mitad del telefilme vemos como Kris Kringle, que es como lo han bautizado los duendes, pasa su niñez y adolescencia en las montañas hasta el momento que decide cumplir el sueño de su familia adoptiva, el cual consiste en entregar los cientos de juguetes que han fabricado durante el transcurso de los años a los niños que habitan en Pueblo Sombrío. Será durante la segunda mitad de la cinta que Kris Kringle se verá enfrentado a diversas dificultades que finalmente forjarán su carácter, y lo llevarán a convertirse en Santa Claus. Y es que no solo deberá superar el miedo de abandonar su hogar para emprender un largo viaje por su cuenta, sino que además tendrá que hacerle frente al malvado mago Invierno (Keenan Wynn), quien controla las montañas que debe cruzar el protagonista para llegar al pueblo, y deberá desafiar al tirano Burgomaestre, que tras sufrir un accidente con un pato de madera decide prohibirles la tenencia de juguetes a todos los habitantes de la pequeña localidad. Es así como en su cruzada por alegrar las vidas de los niños de Pueblo Sombrío, Kris Kringle se enamora, se convierte en rebelde, luego en fugitivo, y eventualmente adquiere las habilidades necesarias para cumplir su misión alrededor del mundo.

Mediante la utilización de una estructura narrativa por sobre todo entretenida, el guionista Romeo Muller reconstruye de manera ingeniosa el mito de Santa Claus, y explica la raíz de cada uno de los elementos y situaciones que en su conjunto lo conforman. De esta forma, nos enteramos de la procedencia de los duendes que colaboran en la fabricación de los juguetes, como Santa consiguió su traje tan característico, la razón por la cual este baja por la chimenea, como conoció a la señora Claus, como él se entera que niños se han comportado bien durante el año, y como es que sus renos tiene la capacidad de volar por los aires, entre otras cosas. Cada respuesta es coherente con el mundo en el que se desarrolla la historia, lo que facilita que cada pieza del rompecabezas encaje perfectamente. La trama no está exenta de momentos algo cursis a los cuales el paso del tiempo no los ha beneficiado precisamente, especialmente cuando esta se adentra en territorios más melodramáticos, aunque de todas formas estos poseen una calidez propia de la temática a la que está ligada el relato, por lo que al espectador no le resultan molestos.


Una de las características esenciales de las producciones de la Rankin-Bass, es la presencia de al menos un personaje querible y llamativo con el cual el espectador logra identificarse en cierto nivel. Pese a la constante figuración de Kris Kringle, son los villanos lo que se roban la película, ya que estos resultan ser personajes mucho más interesantes y coloridos que el protagonista. Aunque el Burgomaestre pueda parecer un villano algo estereotipado, la verdad es que su complejo napoleónico resulta divertido. En el fondo, no es más que un niño frustrado porque nunca consigue lo que quiere, el cual prefiere que todos sufran su misma suerte en vez de intentar cambiar su actitud. En la vereda contraria está el mago Invierno, cuya gélida amargura termina derritiéndose ante las buenas intenciones y la amabilidad de Kris, por lo que eventualmente se convierte en uno de sus más grandes aliados. Por otro lado, la cinta está repleta de buenos diálogos, los que adquieren una mayor profundidad gracias al excelente trabajo de los actores encargados de darles las voces a los personajes, destacándose Fred Astaire, quien incluso canta algunas de las canciones de la cinta, y Paul Frees, quien trabajó en gran parte de las producciones de la Rankin-Bass.

En cuanto a la calidad del stop-motion, pese a la falta de fluidez que presenta la animación en algunos tramos del film, lo cual es comprensible debido al bajo presupuesto con el que contó el mismo, de todas formas resulta fascinante. Por otra parte, el apartado musical es algo dispar. De todas las canciones que aparecen durante el transcurso de la película, solo resultan ser memorables el clásico “Santa Claus is Comin´ to Town”, el cual es interpretado por Fred Astaire, y “First Toymaker to the King”, la cual tiene tintes cómicos y cuya melodía posteriormente es reutilizada con una letra distinta. Aún cuando el paso del tiempo no ha jugado a favor de las producciones de la Rankin-Bass, estas poseen un valor nostálgico que las alza como verdaderos clásicos navideños imperdibles. Las canciones son alegres, los personajes son queribles, y la historia de esta cinta en particular es de las más originales que existen acerca del mito de Santa Claus. “Santa Claus is Comin´ to Town” tiene los atributos necesarios para ser considerada una pequeña joya del cine stop-motion, por lo que debería estar en la lista de las películas navideñas imperdibles de todo cinéfilo.

 

por Fantomas.

martes, 11 de diciembre de 2012

Silent Night, Deadly Night: La película navideña más controversial de los ochenta.

“Silent Night, Deadly Night” (1984), es una cinta de terror del director Charles E. Sellier Jr., la cual está protagonizada por Lilyan Chauvin, Gilmer McCormick y Robert Brian Wilson. 

Después de años de sufrir abusos a manos de unas monjas tiránicas, Billy (Robert Brian Wilson) finalmente ha perdido la razón. En víspera de Navidad y vestido como Santa Claus, el trastornado adolescente se dirige hacia el orfanato donde pasó su niñez para llevar a cabo su venganza, castigando a todos aquellos que osen interponerse en su camino.

Dentro de los estrechos límites del slasher, subgénero del cine de terror cuya popularidad alcanzó su punto máximo a principios de los ochenta, los productores y los realizadores de este tipo de películas buscaron diversas fórmulas para extender su éxito, a sabiendas de que se trataba de un producto cuya fecha de caducidad se aproximaba a pasos agigantados. Una de las fórmulas utilizadas para lograr dicho objetivo, consistió en la creación de historias que utilizaran como telón de fondo diversas festividades como Halloween, el día de San Valentín, o la Navidad, entre otras. Fue dentro de este contexto que la productora TriStar Pictures le encomendó al director y escritor Charles E. Sellier Jr., que se hiciera cargo de filmar “Silent Night, Deadly Night”, cinta en la cual un adolescente trastornado lleva a cabo una masacre vestido de Santa Claus en plena víspera de Navidad. Aunque varios años antes ya habían representado al alegre gordinflón de rojo como un furioso asesino, primero en uno de los segmentos del film de la productora británica Amicus, “Tales From the Crypt” (1972), y luego en la mediocre “Christmas Evil” (1980), cuando la cinta de Sellier fue estrenada, la PTA (Asociación de Padres y Maestros) puso el grito en el cielo por la satanización de Papá Noel, y realizó una serie de protestas hasta que los ejecutivos de la TriStar accedieron a retirar la película de las salas de cine, la cual más tarde lograría ser distribuida de manera limitada por una compañía independiente.

En la cinta basada en la novela “Slayride”, del escritor Paul Caimi, y cuyo guión estuvo a cargo de Michael Hickey, el protagonista es Billy Chapman, un joven que se ve expuesto a una serie de situaciones traumáticas durante su niñez, las cuales eventualmente terminan empujándolo hacia los abismos de la locura. Su viaje hacia el horror comienza en 1971, en plena víspera de Navidad. Tras visitar a su abuelo que está internado en una institución psiquiátrica, y cuyas únicas palabras tienen relación con la actitud castigadora que según él Santa Claus tiene con los niños malos, Billy es testigo de cómo un ladrón vestido de Papá Noel le dispara a su padre para luego violar y asesinar su madre. Lamentablemente para él, su suerte tras este terrible hecho no mejora demasiado, ya que la Madre Superiora (Lilyan Chauvin) a cargo del orfanato al cual es enviado junto a su pequeño hermano, está convencida que el castigo severo es la mejor herramienta para educar a los niños. Es así como tras años de abusos, el joven Billy se convierte en un tímido y bienintencionado adolescente, el cual no puede impedir que afloren todos sus miedos y traumas durante una víspera de Navidad en la que se ve obligado a disfrazarse de Santa Claus en la tienda en la cual trabaja, lo que no solo libera todos sus demonios, sino que además lo embarca en una cruzada sangrienta en la que buscará castigar a todos aquellos que se han portado mal.


De manera inteligente, durante la primera mitad del film el director presenta las numerosas razones por las cuales una década más tarde, el pequeño Billy se convierte en un asesino maníaco cuya locura está estrictamente ligada a la época navideña. La exploración de la cruda infancia del protagonista no solo tiene por objetivo que el espectador comprenda las motivaciones del villano/antihéroe de turno, y que incluso empatice hasta cierto punto con él, sino que además sirve para que Sellier establezca la idea de que la violencia engendra violencia, y que la maldad no siempre está ligada a la genética como suele sugerirse en el género del horror. Sin embargo, lo que en el papel parece una buena idea, pronto se diluye en una seguidilla de excesos. No pasa mucho tiempo antes de que Billy pase de ser un personaje, a ser un mero recipiente de abusos, por lo que cualquier atisbo de profundidad que él pudo haber exhibido durante este segmento del relato, desaparece por completo durante la segunda mitad del film, donde se convierte en un personaje extremadamente unidimensional. Con esto, Sellier no solo echa por la borda la posibilidad de realizar un interesante estudio de personalidad, sino que además impide que el espectador demuestre verdadero interés en la evolución del protagonista.

El cambio de Billy es tan repentino, que da la impresión que el director bien podría haberse ahorrado gran parte de los primeros cuarenta minutos de metraje. La combinación de alcohol, un traje de Santa Claus y un acto sexual, es lo que finalmente termina convirtiendo al retraído joven en un autómata sediento de sangre, que repite incesantemente las palabras “Castigo” y “Desobediente” mientras asesina a sus víctimas. Claramente las palabras de la Madre Superiora a cargo del orfanato, quien aseguraba que el “castigo es necesario”, han quedado grabadas a fuego en la mente de Billy, quien no hace más que seguir la doctrina de quien lo educó. Sin embargo, no todos sus crímenes están guiados por este distorsionado sentido de la justicia y la rectitud. La mayoría de sus víctimas son gente inocente cuyo único error fue estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado. El discurso del asesino es claramente incoherente, aunque evidentemente esto poco importa cuando comienza la masacre. Ya en el último tramo de la película, Billy dedicará todos sus esfuerzos a eliminar a las dos figuras que convirtieron su infancia en una pesadilla, al mismo tiempo que la única persona que logró construir un nexo emocional con el muchacho, la Hermana Margaret (Gilmer McCormick), intenta detenerlo con la ayuda de la policía.


En el ámbito de las actuaciones, la gran mayoría del elenco realiza un trabajo bastante mediocre, con la sola excepción de Lilyan Chauvin, cuya interpretación de la sádica Madre Superiora ayuda a que la actriz se destaque por sobre el resto de sus colegas. Cabe mencionar que ninguno de los personajes que aparecen a lo largo del relato resulta ser ni ligeramente querible, lo que claramente impide que el espectador demuestre algún tipo de interés por lo que pueda sucederles. Por otro lado, si bien Charles E. Sellier Jr. aprovecha al máximo la buena factura de los efectos especiales al momento de construir las escenas de terror, en otras ocasiones deja en evidencia su nula experiencia como director, en especial cuando convierte secuencias dotadas de un cierto humor negro en ejercicios de mal gusto en su forma más pura. Probablemente el mejor ejemplo de esto, sea la escena en la cual un policía le dispara a un hombre vestido de Santa Claus en frente de varios de los niños del orfanato bajo la presunción de que se trata de Billy, solo para darse cuenta que ha asesinado a un sacerdote que no escuchó sus advertencias debido a su sordera.

Quizás el mayor pecado que comete Charles E. Sellier Jr. es intentar dotar a la película de una mayor profundidad dramática de la que en verdad necesita. El discurso moral que presenta la historia se ve extremadamente forzado, y finalmente termina convirtiéndose en algo demasiado simplista. Mucho se ha hablado también del discurso anti-católico que realiza el director, el cual si bien es interesante, a fin de cuentas no es más que una excusa para incluir un mayor número de escenas donde la crueldad ocupa un rol protagónico. “Silent Night, Deadly Night” no es el bodrio que algunos críticos afirman que es, pero tampoco cuenta con las virtudes necesarias para ser considerada como uno de los grandes clásicos del género. Por otro lado, aun cuando las escenas de violencia están correctamente escenificadas, no son realmente especiales o novedosas, y la gran mayoría de estas transcurre en un lapso de aproximadamente veinte minutos, por lo que los fanáticos del cine de terror pueden quedar con gusto a poco. Pese a todo, “Silent Night, Deadly Night” resulta ser una cinta entretenida, la cual quizás no hubiese tenido el impacto que tuvo de no ser por el escándalo orquestado por un grupo de padres, cuyo distorsionado sentido de la moralidad les impidió darse cuenta que el asesino del film no es Santa Claus, sino un psicópata que jamás entendió el espíritu navideño.

 

por Fantomas.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Deathtrap: El peligroso mundo del teatro.

“Deathtrap” (1982), es un thriller del director Sidney Lumet, el cual está protagonizado por Michael Caine, Christopher Reeve, y Dyan Cannon.

Sidney Bruhl (Michael Caine), quien alguna vez gozó de un gran éxito como autor de obras teatrales de intriga, hace un tiempo se encuentra lidiando con una serie de fracasos profesionales. En su momento de mayor angustia por la falta de ideas y las malas críticas, Bruhl se topa con el manuscrito de un escritor aficionado llamado Clifford Anderson (Christopher Reeve), a quien invita a su casa con la intención de robarle su obra y asesinarlo, sin imaginar que Anderson le tiene algunas sorpresas reservadas.
El 26 de febrero de 1978, el escritor norteamericano Ira Levin, conocido mundialmente por su novela “Rosemary´s Baby”, estrenó en el Music Box Theatre de Broadway la comedia de suspenso “Deathtrap”, sin imaginar el éxito que esta tendría. Para sorpresa de Levin, quien pese a ostentar una brillante carrera como novelista jamás había logrado destacarse como dramaturgo, la obra estaría en cartelera durante casi cuatro años, tiempo en el cual no solo quebró una serie de récords de taquilla, sino que además logró despertar el interés de un puñado de figuras de la industria hollywoodense, entre las que se encontraba la productora y guionista Jay Presson Allen, quien finalmente junto al director Sidney Lumet se encargaría de llevar al cine la curiosa e ingeniosa historia de Levin. El primero en integrarse al proyecto sería el consagrado actor Michael Caine, quien varios años antes había visto truncada la posibilidad de colaborar con Lumet en la cinta “The Hill” (1965), luego de que le ofrecieran protagonizar la comedía “Alfie” (1966), film que eventualmente sería el responsable de convertirlo en una estrella. Posteriormente se sumarían al elenco Dyan Cannon y Christopher Reeve, siendo este último el más interesado en trabajar en la producción, debido a que creía que esta le permitiría demostrar sus dotes actorales, y lo alejaría del tan temido encasillamiento que suponía haber interpretado en dos ocasiones a Superman.

En este film el gran protagonista es Sidney Bruhl, un veterano dramaturgo cuya carrera está a punto de irse por el desagüe. Lamentablemente para él, sus últimas comedias de misterio han resultado ser un completo fracaso, por lo que su desesperación por escribir una nueva obra exitosa se acrecienta con cada día que pasa. La situación de su esposa Myra (Dyan Cannon) no es mucho mejor; al mismo tiempo que debe controlar la enfermedad cardíaca que le aqueja, debe lidiar con la frustración que le provocan sus intentos fallidos por subirle el ánimo a su marido. Sin embargo, el destino le tiene preparada una sorpresa al angustiado autor. Cuando a sus manos llega el borrador una obra titulada “Deathtrap”, el cual le fue enviado por un estudiante llamado Clifford Anderson con la intención de escuchar su opinión experta, Bruhl ve una salida para sus problemas. Deslumbrado por la brillantez del manuscrito y decidido a salvar su carrera a cualquier costo, Sidney invita al joven a una velada en su casa con la intención de asesinarlo, robarle la obra, y deshacerse de cualquier evidencia que pueda indicar la verdadera naturaleza del escrito, sin imaginar que su en apariencia plan perfecto puede no ser tan perfecto después de todo.

Describir la trama de “Deathtrap” sin dar a conocer datos que pueden revelar las múltiples sorpresas que tiene reservada la historia, sin lugar a dudas resulta algo complicado. Básicamente, la cinta es un thriller compuesto por dos actos, un escenario, cinco personajes, algunos toques de comedia negra brillantemente insertados, buenos diálogos y un relato con un gran potencial comercial. Mientras que en el primer acto el espectador es testigo de un asesinato que será crucial para el posterior desarrollo de la trama, en el segundo acto entra en funcionamiento una maraña de hechos inesperados que rápidamente atrapan al espectador hasta la conclusión de la película, la cual ocurre casi en su totalidad al interior de la casa de los protagonistas. En cuanto a los personajes, además de los tres ya mencionados en el párrafo anterior, en el relato participa Helga Ten Dorp (Irene Worth), una psíquica que está visitando los Estados Unidos por el reciente éxito de su libro, y que hace muy poco tiempo se ha mudado a la casa contigua al hogar de los Bruhl. Dicha cercanía provocará que la excéntrica mujer visite con frecuencia a la pareja, con la intención de advertirles sobre los peligros que se ciernen sobre ellos, aunque la forma en como lo hace resulta ser siempre algo críptica. El último personaje en juego es Porter Milgrim (Henry Jones), quien es el abogado y amigo de Sidney, y cuyo rol solo cobrará cierta importancia durante el segundo acto de la historia.

En gran medida, el guión de “Deathtrap” encierra una historia dentro de una historia. En algunas ocasiones es difícil distinguir si el personaje de Caine está describiendo el manuscrito de Anderson, o se está refiriendo a los acontecimientos en los que se ve inmerso. Y es que en ese sentido, durante el transcurso de la película son varios los diálogos que hacen referencia ya sea a las bases narrativas del thriller, o a los profesionales que están ligados de una u otra forma al mundo del teatro, como por ejemplo los productores, los agentes, los críticos e incluso los abogados. La cinta sirve tanto de parodia como de homenaje a las historias de misterio, lo que le permite al director jugar con las expectativas del espectador quien en su búsqueda de clichés, termina absolutamente desconcertado con los constantes giros de la trama. Probablemente uno de los giros más discutidos del film sea la sorpresiva relación homosexual que mantienen Bruhl y Anderson. La escena en que ambos se besan y le revelan al público la verdadera naturaleza de su relación (la cual dicho sea de paso, no aparecía en la obra de Levin), no solo provocó que la producción recibiera una serie de críticas negativas, sino que además le significó un problema mayor a la pareja de actores. A raíz de que ninguno de los dos tenía mayores deseos de llevar a cabo dicha escena, no les quedó más remedio que emborracharse a tal punto que pudieran hacer todo lo que el director les pidiera. Afortunadamente para ambos, su peculiar estrategia funcionó de maravilla.

Independiente de la latente homosexualidad de los protagonistas, el errático accionar de estos se ve inducido mayormente por la ambición que los consume, aunque en el caso de Sidney Bruhl existe una motivación aún más oscura. Según el mismo Caine: “Bruhl es un exitoso escritor de misterio que tiene gustos caros y una esposa enferma, cuya musa macabra lo ha abandonado. Él siempre ha asumido que cometer crímenes en un papel sirve para sublimar las hostilidades personales. Pero ahora, después de una vida llena de asesinatos ficticios, Bruhl se encuentra fantaseando con cometer uno real. Con esto en mente, no puedo evitar preguntarme que es lo que motiva su extraño comportamiento. ¿Algún trauma de la niñez? ¿Una compulsión enterrada en lo más profundo? No, eso sería muy sencillo. La respuesta es que él está loco, completamente loco”. Esa locura de la que habla Caine logra traspasar la pantalla, y se traduce en la impredictibilidad de su personaje, cuya mente está trabajando de manera constante con el fin de buscar la mejor solución a los problemas que se le van presentando durante el transcurso del film. Demás está decir que el actor realiza un estupendo trabajo, al igual que Christopher Reeve, quien logra que su personaje sea lo suficientemente macabro y cínico como para contrarrestar la presencia abrumadora de Bruhl. Por otro lado, mientras que la actuación de Irene Worth resulta ser cómica sin caer en lo caricaturesco, la interpretación de Dyan Cannon está marcada por la sobreactuación y la verdad es que deja bastante que desear.

En cuanto al aspecto técnico de la cinta, esta cuenta con la atmosférica banda sonora del compositor Johnny Mandel, la cual se complementa de buena manera con el correctísimo trabajo de fotografía de Andrzej Bartkowiak, el cual impide que la película se convierta en la mera filmación de una obra teatral. Lamentablemente, a través de los años, “Deathtrap” ha sido injustamente comparada con el exitoso film de Joseph L. Mankiewicz, “Sleuth” (1972), no solo por sus similitudes temáticas, sino porque además ambas producciones fueron protagonizadas por Michael Caine. Aunque las similitudes saltan a la vista, la verdad es que la cinta de Lumet brilla con luces propias como una excelente adaptación de una de las obras teatrales más exitosas que se han exhibido en Broadway. Aunque por momentos el ritmo narrativo tiende a caer en ciertas lagunas, el director se las arregla para impedir que la historia se torne tediosa, ya sea insertando sorpresivos giros dramáticos, o imprimiéndole altos grados de tensión a ciertas escenas en las que los personajes participantes resultan ser por completo impredecibles. “Deathtrap” es un thriller inteligente, pero también es una comedia poblada por personajes con excéntricas personalidades, cuya interacción da como resultado una serie de situaciones inesperadas y descabelladas. Una vez que el espectador comprenda esto, le será más fácil embarcarse en un viaje que de seguro disfrutará.

 

por Fantomas.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

The Fury: El poder destructivo del odio.

“The Fury” (1978), es un thriller de ciencia ficción del director Brian De Palma, el cual está protagonizado por Kirk Douglas, John Cassavetes, y Amy Irving.

Tras ser atacado por un supuesto grupo extremista, el agente del gobierno Peter Sandza (Kirk Douglas) es dado por muerto. Algunos meses más tarde, desesperado por encontrar a su hijo Robin (Andrew Stevens), Sandza recurre a Gillian Bellaver (Amy Irving), una joven que posee poderes psíquicos inexplicables. Ella parece ser la única capaz de revelar donde está retenido Robin, quien está siendo utilizado en peligrosos experimentos mentales, cuyas consecuencias pueden ser devastadoras.

Después de filmar “Carrie” (1976), Brian De Palma se puso a buscar financiamiento para otros de los proyectos que tenía en carpeta. Debido a la escasa recaudación que logró dicho film, esto no sería una tarea fácil. Sin embargo, por esas casualidades de la vida, tras acompañar a la actriz Jill Clayburgh a ver el estreno de la cinta “Silver Streak” (1976), la cual ella protagonizaba, la pareja se encontró con el actor Alan Ladd y el productor Frank Yablans en un restaurante de Nueva York. Este último le mencionó a De Palma que junto al escritor John Farris, se encontraban escribiendo la adaptación de la novela “The Fury”, la que quizás podría interesarle. Al día siguiente, el representante del director, que casualmente también era el representante de Farris, le envío el mentado guión. Para el realizador, el flechazo fue inmediato. En el escrito reconoció elementos de la ya mencionada “Carrie”, y otros tantos de “The French Connection” (1971) y de “Three Days of the Condor” (1975), con los cuales le entusiasmaba trabajar. Fue entonces cuando casi sin pensarlo, De Palma llamó a Yablans para confirmarle su participación en el proyecto. Pese a creer que el guión era lo suficientemente bueno como para atraer a la audiencia, el director quiso asegurarse de no fracasar nuevamente en la taquilla contratando a dos actores consagrados como Kirk Douglas y John Cassavetes, quienes le otorgarían al film el "star-power" suficiente como para obtener una buena recaudación en las salas de cine.

En “The Fury”, Kirk Douglas interpreta a Peter Sandza, un agente del gobierno cuyo hijo Robin es engañado por los superiores de Sandza, quienes convencen al joven que su padre ha muerto en un tiroteo en Israel, con el fin de investigar y manipular las habilidades psíquicas que este posee, y que lo convierten en una potencial arma de destrucción contra los rusos. Sediento de venganza, Sandza regresa a los Estados Unidos con el único fin de encontrar a su hijo y asesinar al responsable de su “secuestro”, el siniestro agente Ben Childress (John Cassavetes). En medio de su cruzada, Sandza se percata de que no es el único que está buscando a su hijo. Una joven llamada Gillian Bellaver no solo ha estado teniendo una serie de problemas a causa de sus poderes paranormales, sino que además se ha estado comunicando telepáticamente con Robin, por lo que ella cree que él es el único que puede ayudarla a comprender su situación y a encontrar un lugar en un mundo que le es ajeno. Es así como eventualmente Peter y Gillian unen fuerzas para encontrar a Robin, sin conocer que tanto el carácter como los poderes del joven se encuentran fuera de control, lo que inevitablemente traerá consecuencias mortales para todos quienes osen interponerse en su camino.


“The Fury” es una película en extremo curiosa. Lo que comienza como una cinta de espionaje, pronto se convierte en una producción que trata acerca del fenómeno psíquico y de los problemas que conlleva el paso por la adolescencia. Durante la primera media hora del film, De Palma se centra en la situación que conlleva a que Peter se aleje involuntariamente de su hijo, y como este regresa un año después de dicho acontecimiento a los Estados Unidos para intentar vengarse de sus antiguos colegas. Como su contraparte nos encontramos con Ben Childress, quien no solo es responsable de todo lo sucedido, sino que además es el encargado de llevar a cabo el proyecto que recluta jóvenes psíquicos para convertirlos en armas del gobierno. Estrictamente ligado con esto, también somos testigos de cómo el grupo liderado por la doctora Susan Charles (Fiona Lewis), intenta despertar el verdadero poder psíquico de Robin, incrementando su ira a través de la filmación del supuesto asesinato de su padre. Sin embargo, lo que más afecta al joven es la relación que este mantiene con la Dra. Charles, cuyos tintes edípicos tendrán macabras consecuencias en un joven cada vez más emborrachado con su poder y su incontrolable ira.

Ya en la segunda mitad del film, el director explora los problemas que sufre Gillian a causa de su poder, específicamente como es apartada por sus compañeras de colegio, quienes piensan que es un fenómeno, y como esta termina siendo internada por su propia voluntad en un instituto que se dedica a trabajar con jóvenes como ella, el cual está a cargo del aparentemente bienintencionado doctor Jim McKeever (Charles Durning). Y es que el mayor temor de la joven es que su poder (o su maldición como ella lo ve), la lleve a dañar a aquellos a quienes ama, situación que ya ha experimentado en un par de ocasiones cuando sin quererlo, le ha provocado hemorragias a quienes tienen contacto con ella. Para alegría de Gillian, será en este lugar donde por fin se sienta a gusto, aunque lamentablemente no podrá disfrutar de aquello por mucho tiempo. Pronto la joven comenzará a fortalecer su nexo psíquico con Robin, quien también estuvo un tiempo en el instituto, lo que no solo la llevará a intentar dar con el paradero de aquel que comparte y entiende su don, sino que además la pone en la mira de Childress, quien hace ya un tiempo está buscando otro conejillo de indias capaz de convertirse en un arma efectiva y moldeable a sus más oscuros deseos.


Como es de esperarse por la talla de los actores que participan en esta producción, el elenco completo realiza un estupendo trabajo interpretando sus respectivos papeles. Se destaca la actuación de Kirk Douglas, quien personifica a este padre vengativo de energía contenida, la cual por momentos se libera de manera violenta y brutal. Amy Irving por su parte, refleja de buena manera la evolución de su personaje, que pasa de ser una joven frágil y algo asustadiza, a ser una mujer fuerte capaz de enfrentarse a cualquier situación. Por último cabe mencionar la labor de John Cassavetes, que logra que su personaje se muestre como un hombre realmente siniestro capaz de todo por alcanzar sus objetivos, lo que lo sitúa como un villano a la altura de las circunstancias. En el aspecto técnico del film, este cuenta con la atmosférica banda sonora compuesta por el siempre confiable John Williams, y con el correcto trabajo de fotografía de Richard H. Kline, que permite que en ciertos pasajes la cinta adquiera un cariz onírico. Cabe destacar que la producción también presenta una buena cantidad de bien logrados efectos especiales, los cuales resultan ser en su mayoría bastante viscerales y vienen a coronar el último tramo del relato.

En “The Fury” De Palma opta por no utilizar una estructura lógica para narrar una historia compleja y trágica, que no solo intenta fusionar géneros que rara vez suelen ir de la mano, sino que además juega a confundir y manipular al espectador para facilitar la entrada de este al mundo surrealista y onírico en el que se desarrollan los acontecimientos. Sin embargo, esta maniobra del director termina siendo un arma de doble filo. Mientras que logra con éxito capturar la atención del espectador, al mismo tiempo provoca que la cinta sufra una curiosa dicotomía que impide que las dos subtramas principales se fusionen de buena manera, hecho que solo ocurrirá en el último tramo del film. Claramente “The Fury” no es de lo mejor que podemos encontrar dentro de la filmografía del siempre interesante Brian De Palma, pero tampoco es uno de sus peores trabajos. Pese a que su carencia de definición narrativa arrastra consigo algunos agujeros en la trama, la cinta presenta un buen número de escenas visualmente atrayentes, las cuales en su mayoría son bastante viscerales, además de un par de momentos realmente destacables que han soportado bien el paso del tiempo, manteniendo intacta su capacidad de sorprender al espectador. Es precisamente por sus virtudes que "The Fury" se alza como una producción interesante, que al menos merece ser rescatada de los anales del cine setentero.

 

por Fantomas.

jueves, 6 de septiembre de 2012

The Big Heat: Una de las últimas joyas de Fritz Lang en suelo norteamericano.

“The Big Heat” (1953), es un thriller del director Fritz Lang, el cual está protagonizado por Glenn Ford, Gloria Grahame y Lee Marvin.

Cuando al sargento de policía Dave Bannion (Glenn Ford) le ordenan investigar el aparente suicidio de un colega, este se ve enfrentado a un mundo dominado por la corrupción el cual termina cobrando la vida de su esposa (Jocelyn Brando). Ahora motivado por el dolor y la ira, Bannion hará hasta lo imposible por vengarse de los responsables de la muerte de su esposa, aunque esto le cueste la vida.

Durante gran parte de su carrera cinematográfica, el director alemán Fritz Lang se dedicó a retratar el submundo criminal y todas sus aristas. Tras su escape de la Alemania nazi, sus trabajos adquirieron un tono más oscuro y la venganza pasó a convertirse en uno de los temas primarios de sus obras. Teniendo esto en cuenta, la Columbia contrató al realizador para filmar la adaptación del serial “The Big Heat”, escrito por Willian P. McGivern y publicado por la revista Saturday Evening Post, el cual era una historia de venganza que gozó de gran popularidad entre los lectores de la época. El encargado de escribir el guión sería un reportero llamado Sydney Boehm, cuyo mayor cambio a la historia original consistiría en transformar al protagonista de un detective con educación universitaria, a un tipo común y corriente con quien la audiencia pudiera identificarse fácilmente. Para interpretar a este personaje, el estudio escogió a Glenn Ford, quien en aquel entonces era una de las estrellas más populares y confiables de Hollywood, lo que aseguraba el éxito del film. En lo que respecta al resto de elenco, los ejecutivos de la Columbia optaron por utilizar a una serie de actores que estaban bajo contrato con el estudio, entre los que se destacaban un joven Lee Marvin y la ganadora del Oscar, Gloria Grahame. Sería con esta última con quien Lang tendría una serie de diferencias creativas durante el rodaje, las cuales tuvo que solucionar a punta de amenazas (de hecho, en una ocasión le dijo: “o haces lo que te digo, o solo mostraré tu espalda y conseguiré a un loro para que diga tu diálogo”).

A los pocos segundos de comenzado el film, somos testigos de cómo el policía Tom Duncan decide volarse los sesos por motivos desconocidos. A sabiendas de las prácticas ilegales de su marido, Bertha Duncan (Jeanette Nolan) decide ocupar una nota dejada por este para chantajear a Mike Lagana (Alex Scourby), el mafioso más poderoso de la ciudad, y así darse la vida que jamás pudo gozar con el sueldo de su difunto esposo. Es aquí donde entra en escena el sargento Dave Bannion, un honesto policía de homicidios cuya intuición lo empuja a investigar las razones que llevaron a Duncan a suicidarse. Con el cruel asesinato de la amante de este último de por medio, Bannion decide confrontar a Lagana, a quien le promete acabar con su reino de corrupción cueste lo que cueste. Consciente de la amenaza que representa el obstinado policía, Lagana ordena asesinarlo sin imaginarse que un fallido atentado cobrará la vida de la esposa de Bannion. Decepcionado por la nula respuesta de las autoridades y dominado por la ira y el dolor, el ahora ex policía arriesgará su vida para encontrar al responsable de la muerte de su mujer y las pruebas suficientes para encerrar a Lagana, aún cuando esto le cueste su propia vida.


Si bien en la superficie el film de Lang no es más que la historia de un policía honesto, que intenta por todos los medios enfrentarse a un sistema corrupto dominado por criminales sin escrúpulos, la verdad es que en el fondo esconde un mensaje mucho más subversivo que cuestiona los costos personales y profesionales de la cruzada ética del protagonista. Durante la primera mitad de la historia, son dos las mujeres que pierden la vida por el simple hecho de confiar en Bannion, y más tarde una tercera termina corriendo la misma suerte a causa de la información que este último le proporciona. Dentro de su inocencia y su aparente desconexión con el mundo en el que está inmerso, el protagonista parece creer que puede trazar una línea divisoria entre la tranquilidad de su vida doméstica, y el violento entorno en el que se desenvuelve día a día a causa de su trabajo. Lamentablemente para él, serán su ética a prueba de balas y su malentendido heroísmo los grandes responsables de las tragedias que cambiarán su vida. Sin embargo, por la mente de Bannion jamás se vislumbra un dejo de culpabilidad. Esta es la razón por la que el film resulta ser increíblemente insidioso; ¿merecen Lagana y su lacayo Stone (Lee Marvin) pagar por todo lo que han hecho? Por supuesto que sí, pero ¿valía la pena que tres mujeres perdieran la vida a causa de la cruzada de Bannion? Eso es sumamente cuestionable.

Aunque la cinta se centra en la investigación inicial de Bannion y en su posterior sed de venganza, el verdadero motor de la historia resultan ser las mujeres que se cruzan en la vida del protagonista. Durante la primera mitad del film, será el cruento asesinato de la amante de Duncan lo que llevará a Bannion a enfrentarse a Lagana, lo que tendrá como consecuencia la muerte accidental de su esposa a manos de unos de los matones del poderoso e influyente criminal. De la misma forma, durante el segundo tramo de la cinta, otro par de mujeres se convierten en piezas claves de la trama; estás son Bertha Duncan y Debby Marsh (Gloria Grahame). Mientras que la primera se muestra como una verdadera villana y como la guardiana de las pruebas que pueden hundir a Lagana y sus secuaces, la segunda es la seductora pero bien intencionada novia de Vince Stone, el violento hombre de confianza de Mike Lagana. Debby eventualmente termina convirtiéndose en una suerte de interés amoroso del protagonista, y en su nexo más directo con el grupo de criminales, lo que por supuesto le traerá graves consecuencias. En una de las escenas más famosas del film, durante un ataque de celos, Stone quema la mitad de la cara de su chica arrojándole café caliente, por lo que a esta no le queda más remedio que recurrir a Bannion en busca de protección y contención.


En cuanto a las actuaciones, Glenn Ford hace un buen trabajo interpretando a este policía por sobre todo honesto, quien si bien la mayor parte del tiempo se muestra contenido y tranquilo, cuando se enfada es capaz de volverse un hombre sumamente violento que no respeta género ni edad. Lee Marvin por su parte, también realiza una estupenda labor interpretando al gran villano de la cinta, cuya frialdad y crueldad resulta ser realmente atemorizante incluso para su propio jefe, quien parece no poder controlarlo. Sin embargo, quien se roba la película es Gloria Grahame, cuya interpretación de esta mujer inteligente, seductora y desafiante, terminó por convertir a Debby Marsh en el personaje más interesante del film. Era tal el profesionalismo de la joven actriz, que a sabiendas de que su personaje no poseía líneas de dialogo realmente destacables, le pidió ayuda a su novio y futuro esposo, el guionista Cy Howard, quien contribuyó con dos de las líneas de diálogo más famosas de la cinta, que no hacían más que resaltar la sagacidad de su personaje. En lo que al aspecto técnico se refiere, la producción cuenta con el siempre destacable trabajo de fotografía de Charles Lang, y con una más que adecuada banda sonora compuesta principalmente por música de archivo, la cual había sido utilizada anteriormente en otros largometrajes del estudio.

Una de las características más interesantes de “The Big Heat” es su moralidad ambigua, la cual está presente en gran parte de los trabajos de Lang. Si bien el dilema ético del protagonista es un ejemplo perfecto de esto, este probablemente será obviado por el espectador quien no podrá evitar empatizar con un protagonista agobiador por el dolor y la impotencia. Es por esto que el mejor ejemplo de la naturaleza dual de la historia, está encarnado en el personaje de Gloria Grahame. Antes del incidente del café, Debby se muestra abiertamente feliz de estar con Vince Stone, aún cuando sabe a lo que este se dedica y conoce lo violento que puede llegar a ser. Cuando ella conoce a Bannion, sus últimos rasgos de inocencia logran salir a flote, lo que la lleva a intentar convertirse en una mujer acorde a los estándares morales del protagonista. Esta lucha interna es ilustrada con las consecuencias de las quemaduras en su rostro, donde el lado dañado representa todo aquello que Debby quiere dejar atrás, aún cuando en su momento no le molestaba, mientras que el lado sano representa sus ansías de encontrar la tan buscada redención, cuyo costo bien podría ser demasiado alto. Por su interesante contenido temático, su estupendo ritmo narrativo, el excelente trabajo del elenco, y su cuidado aspecto técnico, “The Big Heat” no solo es una de las mejores películas filmadas por Fritz Lang en suelo norteamericano, sino que además es una de las piezas fundamentales del siempre llamativo cine negro.

           

por Fantomas.

viernes, 24 de agosto de 2012

The Final Countdown: ¿Y si pudiésemos reescribir la historia?

“The Final Countdown” (1980), es un film de ciencia ficción del director Don Taylor, el cual está protagonizado por Kirk Douglas, Martin Sheen, Katharine Ross y James Farentino

Un moderno y enorme portaviones de la marina norteamericana se ve envuelto en una gigantesca tormenta en las costas de Hawái. El extraño y misterioso fenómeno meteorológico termina enviando a la nave y a la totalidad de su tripulación al pasado, justo unas horas antes de que ocurra el infame bombardeo de Pearl Harbor, otorgándole al Capitán Matthew Yelland (Kirk Douglas) y compañía la oportunidad de reescribir el pasado y alterar de manera incontrolable el futuro.



Dentro del género de la ciencia ficción nos encontramos a menudo con historias que se centran en el deseo del hombre de poder manejar el tiempo y el espacio a su antojo, sin detenerse en ocasiones en las consecuencias que pueden tener sus actos. Con esto en mente, Thomas Hunter, Peter Powell y David Ambrose comenzarían a escribir un guión donde un viaje temporal accidental les ofrecería a un grupo de marinos del ejército norteamericano la oportunidad de borrar uno de sus acontecimientos históricos más dolorosos: el bombardeo de Pearl Harbor. Encantado con la idea, el productor Peter Douglas no solo consiguió que su padre, el mítico actor Kirk Douglas, participara en la cinta, sino que además logró despertar el interés de la Marina de los Estados Unidos, institución que se mostró dispuesta a facilitar algunas de sus instalaciones y a dar asesoría técnica, con el fin de sacar adelante esta modesta producción que les serviría en cierta medida para reclutar nuevos soldados. Con la condición de rodar solo bajo la autorización del personal de marina que se encontrase en el lugar, el equipo de filmación liderado por el director Don Taylor pasó alrededor de diez semanas rodando la cinta en la Estación Naval Norlfolk y en la Estación Naval Aérea de Key West.

Lamentablemente para el director, la irresponsabilidad de algunos de sus técnicos y la intervención constante de la Marina, terminó retrasando el calendario de filmación, lo que dañó su hasta entonces intachable reputación. Más allá de estos detalles, la historia se centra en el curioso e inexplicable viaje temporal del portaaviones U.S.S. Nimitz y su tripulación, quienes durante un ejercicio de entrenamiento son transportados por una suerte de vórtice al 6 de diciembre de 1941, exactamente un día antes de que los aviones japoneses bombardearan la base de Pearl Harbor. Mientras intentan descubrir que fue lo que sucedió y como pueden volver a su época de origen, el Capitán Matthew Yelland, el Comandante Richard Owens (James Farentino), y el consejero del Ministerio de Defensa Warren Lasky (Martin Sheen), tendrán que debatir en un breve periodo de tiempo si van a actuar en contra de las fuerzas de combate japonesas, reescribiendo por completo la historia, o van a evitar intervenir en la sucesión de acontecimientos de aquel fatídico día, a sabiendas de las terribles consecuencias que eso puede tener.


Más de alguno habrá escuchado alguna vez el concepto del efecto mariposa, que postula que dadas ciertas condiciones iniciales en un determinado sistema caótico, la más mínima variación de ellas puede provocar que el sistema evolucione de forma diferente. Esto quiere decir que basta una pequeña perturbación inicial, para generar un efecto considerablemente grande a mediano o corto plazo. Evidentemente, la cinta coquetea con este concepto, y digo coquetea porque jamás se mete de lleno a analizar las potenciales consecuencias de la intervención de los protagonistas en un hecho histórico por todos conocido. El único que menciona algunos de los alcances del concepto del efecto mariposa, es el personaje interpretado por Martin Sheen, quien se atreve a teorizar que la alteración de cualquier evento del pasado, por más pequeño o irrelevante que este pueda parecer, puede alterar por completo la cadena de acontecimientos históricos que dieron como resultado su propia existencia y la de sus compañeros en esta peculiar aventura. El hecho de que los guionistas intenten evadir por todos los medios cualquier profundización del tema, tiene dos consecuencias claramente tangibles. La primera tiene relación con el accionar de los protagonistas, en especial con las decisiones que toma el Capitán Yelland, mientras que la segunda resulta ser una paradoja temporal que atenta contra la inteligencia del guión.

En lo que a la primera consecuencia se refiere, los militares dejan en claro su postura tan pronto como se percatan que han viajado en el tiempo; su deber es proteger al país de cualquier ataque, por lo que lo único correcto es derribar a las tropas japonesas antes de que estás logren su objetivo. Pese a las advertencias de Warren Lasky, quien es el único que por momentos parece tener algo de cordura, Yelland decide seguir adelante con su plan sin importarle las nefastas consecuencias que este pueda tener. Lo que dificulta la comprensión del accionar de estos personajes, es el hecho de que durante el transcurso del film comienzan a caer en pequeñas contradicciones, lo que impide que el espectador se identifique con algunos de ellos. Mientras que Lasky teoriza con la posible desaparición de todos los tripulantes del U.S.S. Nimitz en caso de que estos lleguen a atacar a los invasores japoneses, por otro lado este no oculta su entusiasmo con la idea de reescribir la historia. Yelland en cambio, si bien no tiene problemas para ocupar los hombres y las armas que tiene a su disposición para impedir el inminente ataque extranjero a tierras norteamericanas, por momentos se muestra sumamente cauteloso a la hora de intervenir con su entorno, confundiendo tanto a quienes están bajo sus órdenes como al mismo espectador.


En cuanto a la paradoja temporal que mencionaba anteriormente, Yelland y compañía terminan viéndose involucrados en el ataque de un par de aviones japoneses a un yate propiedad del senador Samuel Chapman (Charles Durning), quien junto a su asistente Laurel Scott (Katharine Ross), logran ser rescatados por el Coronel Owens. Indudablemente, el rescate de estas dos personas quienes debiesen haber muerto en ese ataque, significa una grave alteración en la continuidad temporal, lo que inevitablemente debiese traer algunas consecuencias. Si bien parte de esta alteración es solucionada mediante un lamentable accidente, de todas formas termina produciéndose una paradoja temporal que escapa a toda lógica (aunque esta sea un arma de doble filo en lo que se refiere al cine de ciencia ficción). Y es que los guionistas en todo momento apelan a que el espectador no se cuestione demasiado que es lo que está sucediendo. Tal y como los protagonistas aceptan rápidamente que han sido transportados en el tiempo por un suerte de agujero negro, el espectador debe aceptar sin cuestionamientos los giros imposibles que da la historia, y hacer a un lado cualquier tipo de noción existente concerniente al concepto del efecto mariposa. Durante el transcurso del film, Yelland y su equipo producen más de un cambio significativo en el pasado, lo que curiosamente no provoca ninguna consecuencia tangible para ellos, ni para el espectador.

Más allá de los aspectos temáticos del film, este tiene la virtud de contar con un gran elenco que en general realiza una buena labor, además de presentar un correcto apartado técnico, donde obviamente se destacan los efectos especiales los cuales pese a ser bastante simples, resultan ser efectivos. Gran parte del encanto de la cinta reside en el suspenso que provoca la posibilidad de que la tripulación del U.S.S. Nimitz altere el pasado de manera considerable, y en la descripción que realiza el director de lo que es la vida a bordo de un barco. Además de esto, el film incluye un par de escenas de acción que ayudan a agilizar un relato que por momentos tiende a caer en algunas lagunas. Si bien puede resultar criticable la forma en cómo Don Taylor y compañía optan por elegir una salida fácil para evitar ahondar en las consecuencias del conflicto principal, no se puede negar que pese a sus falencias narrativas y temáticas, “The Final Countdown” resulta ser una película entretenida que por momentos se asemeja al cine de ciencia ficción de la década del cincuenta, lo que le da un encanto especial. Aunque obviamente se trata de una producción que está a años luz de la brillante “Back to the Future” (1985), que trata de mejor manera el concepto del efecto mariposa, de todas formas el film de Taylor sigue siendo considerado por muchos espectadores como una pequeña joya del cine de ciencia ficción ochentero.

 

por Fantomas.

jueves, 2 de agosto de 2012

I Deal in Danger: Como reciclar una serie de televisión para convertirla en un largometraje.

“I Deal in Danger” (1966), es un thriller bélico del director Walter Grauman, el cual está protagonizado por Robert Goulet, Christine Carère, y Eva Pflug.

David March (Robert Goulet) es un agente secreto norteamericano que logra infiltrarse en el alto mando alemán a principios de la Segunda Guerra Mundial, con el pretexto de que es un traidor. Ahora con la ayuda de Gretchen Hoffmann (Eva Pflug), una científica germana, tendrá que encontrar la forma de sabotear un peligroso proyecto secreto nazi, el cual puede cambiar el curso del conflicto bélico.

A principios de los sesenta, el cantante y actor Robert Goulet alcanzaría cierta fama en los Estados Unidos principalmente por su participación en varias obras de Broadway. Esto eventualmente lo llevó a probar suerte como actor en otros medios como el cine y la televisión, siendo en este último donde obtendría una mayor cantidad de roles durante el transcurso de su carrera. En 1965, Goulet sería escogido para protagonizar una serie de televisión producida por la 20th Century Fox titulada “Blue Light” (1966), la cual había sido creada por Larry Cohen y Walter Grauman. El show, el cual estuvo constituido por 17 episodios, presentaba al personaje de Goulet como un supuesto corresponsal norteamericano que al percatarse de la hegemonía nazi a principios de la Segunda Guerra Mundial, decide traicionar a su país y unirse a los servicios de inteligencia germanos. Sin embargo, pronto se descubre que él pertenece a un grupo de espías llamado “Blue Light”, cuyo objetivo principal es desmantelar la maquinaría nazi desde dentro. Debido a que a la serie no obtuvo los resultados esperados, el estudio optó por reciclar los cuatro primeros episodios, y editarlos de manera tal que pudieran ser utilizados para realizar un largometraje pensado para ser estrenado en las salas de cine del país, dando vida de esta forma a “I Deal in Danger”.

La cinta comienza con el asesinato del miembro número 16 del grupo de espías denominado “Blue Light”, estableciendo que solo queda un integrante vivo de dicho grupo, David March, quien se encuentra cómodamente infiltrado en la Alemania nazi. Como es de esperarse, su posición no solo le permite codearse con oficiales de la Gestapo y con miembros de la alta sociedad germana, sino que además le facilita la obtención de información confidencial que puede resultar crucial para el desarrollo de la guerra. En la actualidad, su principal objetivo es encontrar la manera de sabotear un proyecto secreto que se conoce bajo el nombre de “Grossmunchen”, el cual consiste en la fabricación de un nuevo tipo de armamento, con el cual los alemanes pretenden invadir Norteamérica y por ende ganar la guerra. Durante el transcurso de su difícil misión, March será ayudado por otra supuesta traidora llamada Suzanne Duchard (Christine Carère), cuyo padre fue ejecutado por la Resistencia Francesa por colaborar con los nazis, y por Gretchen Hoffmann, una de las científicas germanas a cargo del temido proyecto secreto, quien tras un trágico episodio se percata que desea enmendar lo que su país le ha hecho a tanta gente inocente.


Debido a su origen multiepisódico, “I Deal in Danger” presenta dos líneas dramáticas claramente marcadas. Durante su primera mitad, la cinta se centra en el juego del gato y el ratón que se produce entre el protagonista y Elm (Werner Peters), un oficial de la SS que desconfía de la lealtad de March, al punto que logra conseguir una orden judicial para asesinarlo al más mínimo indicio de que es un traidor. Y es que el oficial alemán sospecha que March es nada menos que el último miembro vivo de “Blue Light”, lo que lo convierte en un hombre muy peligroso. La prueba de fuego a la que será sometido el protagonista, consistirá en la validación de las intenciones de un doble agente británico (Donald Harron), quien siguiendo el ejemplo de March, supuestamente quiere comenzar a trabajar para la Alemania nazi. Lo que March no sabe, es que los alemanes están en conocimiento de las verdaderas intenciones del espía inglés, por lo que si este confirma que las palabras de su colega son sinceras, terminará cavando su propia tumba. Ya durante la segunda mitad del film, la  acción se centra en el traslado del protagonista a una planta subterránea de armamento, lugar en el cual conocerá a la científica Gretchen Hoffmann, quien parece ser su mejor opción para poder destruir la tan temida arma secreta de los alemanes, por lo que tendrá que convencerla de ayudarlo a cumplir su misión.

Teniendo en cuenta el escenario y las circunstancias en las que se desarrolla la historia, es evidente que gran parte del encanto de la cinta reside en la posibilidad de que el plan del protagonista sea expuesto por los nazis, poniendo en riesgo no solo su vida y la de sus asociados, sino que también toda la operación de la que forma parte, lo que significaría un golpe tremendo para las fuerzas aliadas. Sin embargo, hay una serie de elementos que atentan contra la construcción de una trama verosímil, los cuales en su mayoría tienen relación con la forma en la que son representados los oficiales nazis. En su gran mayoría, con la excepción del villano interpretado por Werner Peters, los nazis resultan ser personajes caricaturizados, que no solo se dejan engañar fácilmente por March y Suzanne Duchard, sino que además presentan un grado de sadismo y frialdad bastante menor al que usualmente exhiben en las producciones de estas características, lo que inevitablemente disminuye el nivel de tensión de algunas escenas que dependen del accionar del oficial nazi de turno. Y es que por momentos, los alemanes parecen ser tan solo una tropa de ineptos, cuya soberbia los ha llevado a confiarse demasiado, al punto que dejan que un supuesto traidor norteamericano deambule libremente incluso por sus fábricas de armamento más celosamente cuidadas.


Afortunadamente, el film se ve bastante beneficiado con la participación de Robert Goulet, quien interpreta de buena manera a este espía sofisticado, seductor y temerario, que siempre se las arregla para lograr su objetivo con una sonrisa en su rostro. Quienes también realizan un buen trabajo son el ya mencionado Werner Peters y Horst Frank, quienes interpretan de manera creíble a los principales villanos de la cinta (que dicho sea de paso, son los únicos dos personajes que dudan de la lealtad del protagonista), lo que los convierte no solo en personajes atractivos, sino que también en los principales generadores de tensión del relato. Por último cabe mencionar la labor tanto de Christine Carère como de Eva Pflug, quienes si bien realizan un trabajo correcto, por momentos sus interpretaciones se ven algo mermadas por lo pobre de sus diálogos. En el aspecto técnico, probablemente lo que más se destaca es la banda sonora compuesta por Joseph Mullendore y Lalo Schifrin, la cual de todas formas presenta algunos pasajes bastante planos que no permiten crear la atmósfera deseada. Por razones obvias, la fotografía por momentos deja bastante que desear, al igual que algunos de los sets en los cuales se desarrolla la historia, los cuales no pueden evitar exhibir la escasez de presupuesto con la que contaba la serie.

En términos narrativos, la cinta se ve tanto beneficiada como perjudicada por el collage de episodios que Cohen y Grauman utilizaron para construir el guión del film. Si bien por un lado la edición de los capítulos ayudó a que los ripios narrativos que presentaba la serie fueran eliminados, dando como resultado que la producción presente un ritmo bastante dinámico, por otra parte también provocó que muchas de las situaciones que se exploran durante el transcurso de la historia se resuelvan de manera apresurada, simplificando demasiado el trabajo de March y compañía. De la misma forma, durante los casi noventa minutos que dura el film, es imposible no percatarse de las secuelas directas del origen televisivo de la película, entre las que se encuentran las transiciones entre escenas tan típicas de las series de la época, y la secuencia de títulos inicial, la cual contiene varios extractos de los episodios de la serie, los cuales no necesariamente aparecen en el film. Pese a sus problemas narrativos y técnicos, “I Deal in Danger” resulta ser una “película” entretenida, que se ve ampliamente beneficiada por la presencia de un protagonista lo suficientemente interesante y querible, como para que el espectador haga caso omiso a varios de los elementos que atentan directamente contra la verosimilitud de una historia cuya concepción es por lo menos curiosa.


por Fantomas.

jueves, 26 de julio de 2012

Strangers on a Train: Nunca confíes en extraños.

“Strangers on a Train” (1951), es un thriller del director Alfred Hitchcock, el cual está protagonizado por Farley Granger, Robert Walker y Ruth Roman.

Guy Haines (Farley Granger) es un famoso tenista que quiere iniciarse en la política, y que de hecho está saliendo con la hija de un senador. El problema es que su molesta esposa no quiere darle el divorcio. Sin embargo, durante un viaje en tren, Guy conoce a un carismático hombre llamado Bruno Antony (Robert Walker), quien le propone una curiosa solución a sus problemas: él matará a su esposa y Guy tendrá que hacer algo similar por el hombre que acaba de conocer.
Tras estrenar la curiosa y tramposa “Stage Fright” (1950), el director Alfred Hitchcock se topó con la novela “Strangers on a Train” de la escritora Patricia Highsmith, la cual tocaba algunos de los temas que tanto le fascinaban al realizador británico, como por ejemplo la dualidad del ser humano y la capacidad que tiene el hombre para dañar a quienes lo rodean. Hitchcock inmediatamente les ordenó a sus agentes que negociaran los derechos cinematográficos del escrito, con la precaución de que no mencionaran su nombre para no gastar más dinero del necesario. Finalmente se hizo de los derechos por solo 7.500 dólares, lo que irritó a la escritora una vez que supo quién era el hombre tras el trato. Con la esperanza de superar los fracasos que habían tenido sus producciones más recientes, Hitchcock contrató al guionista Whitfield Cook, con quien escribiría una adaptación de sesenta y cinco páginas. Sin embargo, si bien su trabajo con Cook había sido fructífero, al director le costaría encontrar a un escritor con la capacidad de emprender la complicada tarea de redactar el guión. Su primera opción sería Dashiell Hammett, conocido como uno de los creadores de la novela negra. Lamentablemente, los encuentros entre Hitchcock y el escritor terminaron siendo inexplicablemente saboteados por la negligencia de una secretaria.

Curiosamente, la realización del guión recaería en manos de otro de los padres de la novela negra, el formidable Raymond Chandler. Debido a que el contrato del escritor le autorizaba a trabajar en casa, Hitchcock tuvo que ir hasta allá para sus reuniones, las que gradualmente provocarían un sinfín de roces entre ambos creativos. Lo que más le irritaba a Chandler, era la insistencia del director de incluir sus indicaciones visuales en el guión. Tras una serie de fuertes discusiones y dos borradores de por medio, Hitchcock pidió que contrataran a otro escritor ante la inminente posibilidad de que la Warner Brothers cancelara la producción. Fue así como llegó Czenzi Ormonde, quien terminaría por borrar cualquier vestigio del trabajo realizado por Chandler. Una vez terminado el guión, comenzó el proceso de selección del elenco, el cual estaría conformado no solo por la actriz Ruth Roman, quien había sido impuesta nada menos que por Jack Warner (lo que molestó de sobremanera al realizador), sino que también por la hija de Hitchcock, Patricia. En cuanto a los roles protagónicos, para interpretar el papel del elegante psicópata, el británico contrató a Robert Walker, quien hasta ese entonces acostumbraba interpretar a personajes que representaban el prototipo del encantador chico americano, mientras que para el papel del joven tenista que aspira a convertirse en político, tras la imposibilidad de conseguir los servicios de William Holden, Hitchcock no tuvo más opción que contratar a Farley Granger, con quien ya había trabajado en “Rope” (1948).

En “Strangers on a Train”, Guy Haines es un famoso jugador de tenis profesional que mientras se encuentra viajando a bordo de un tren, es reconocido por un hombre llamado Bruno Antony, con quien entabla una amistosa conversación centrada principalmente en los aspectos de conocimiento público de su vida privada. Es en esta instancia que Guy le comenta a su “nuevo amigo” que desea divorciarse de Miriam (Kasey Rogers), su infiel y ambiciosa esposa, para contraer matrimonio con Anne Morton (Ruth Roman), la hija de un senador que pretende ayudarlo a comenzar una carrera en la política. Bruno por su parte, desea ver muerto a su padre quien no aprueba el desenfadado estilo de vida que ha estado llevando. Es entonces cuando Bruno decide contarle a Guy su idea del crimen perfecto; “¿Qué pasaría si dos hombres se ponen de acuerdo para intercambiar asesinatos, en los que la víctima no conozca personalmente a su victimario?” De esta forma comienza un peligroso juego del gato y el ratón, donde Bruno hará lo posible por lograr que Guy asesine a su padre, llegando incluso al punto de implicarlo en un crimen que no cometió, con el que amenaza destruir su vida por completo.

En algunas de sus cintas anteriores, particularmente en “Shadow of a Doubt” (1943), Hitchcock ya había explorado el concepto de la dualidad del ser humano, cosa que repite en este film. Durante el transcurso de la historia, el director incluye una serie de parejas cuyo único fin es reforzar esta idea de la dualidad de manera casi subliminal. Nos encontramos con dos respetables e influyentes padres, dos mujeres con gafas, y otras dos mujeres que en una fiesta se divierten enumerando ideas para ejecutar el crimen perfecto. También hay dos grupos de dos detectives en dos ciudades distintas, y dos viajes a la feria en la que ocurre el crimen que pondrá en problemas al personaje de Granger, entre un sinfín de otras cosas que se presentan en parejas. A su vez, Hitchcock se encarga de contrastar la naturaleza de las personalidades de la dupla protagónica. Mientras que Bruno es un hombre que vive en el "mundo de la oscuridad", sumergido bajo las sombras de la mansión gótica de su padre, Guy es alguien más cercano al "mundo de la luz", el cual está representado por sus partidos de tenis al aire libre, su atracción hacia los colores vivos y sus suntuosas cenas en Washington. Y es que básicamente las duplicidades que el realizador inserta en el film, sirven para asociar el orden y la vitalidad al “mundo de la luz”, y el caos, la locura y la muerte al “mundo de la oscuridad”, los que por supuesto no son mutuamente excluyentes.

Y es que es indudable que si bien Guy no está de acuerdo con la idea que le propone Bruno, y que este último decide llevar a cabo sin su consentimiento, en algún momento del film fantasea con la idea de asesinar a su esposa para así finalmente ser libre y llevar a cabo sus deseos y ambiciones. Básicamente, Guy y Bruno son las dos caras de una misma moneda, donde el primero representa el lado más tradicionalista de las personas, mientras que el segundo personifica los impulsos más básicos y anárquicos del ser humano. Otros de los temas importantes de la cinta y que ha sido ampliamente discutido, es el de la homosexualidad del personaje de Robert Walker. Debido a que en aquellos años el tema de la homosexualidad no era algo que se podía tratar abiertamente, Hitchcock utiliza una serie de simbolismos y sutilezas para establecer la orientación sexual de Bruno Antony. El mejor ejemplo de esto es la secuencia inicial en el tren, la cual sugiere una situación de conquista casual, donde Bruno se acerca de forma coqueta y seductora al lugar donde está Guy, con la intención de entablar una conversación con él, la cual terminará al interior de su compartimiento privado. Desde ese momento, Bruno siente una mezcla de admiración y atracción hacia Guy, que lo impulsará a intentar convertirse en su aliado, ayudándolo a resolver sus problemas de manera tal que este aprecie el esfuerzo que su nuevo “amigo” está haciendo por él, fortaleciendo el vínculo que supuestamente existe entre ambos.

Si bien tanto el tema de la dualidad como el de la homosexualidad de Bruno están presentes durante gran parte de la cinta, los momentos de mayor suspenso están dados por la representación de otro de los temas preferidos de Hitchcock: la persecución de un hombre injustamente acusado. Tras asesinar a Miriam, Bruno no hará más que empujar a Guy hacia un espiral de intrigas y falsas acusaciones, del que solo podrá salir con la ayuda de su novia y de la hermana de esta, Barbara (Patricia Hitchcock). La cinta juega con la posibilidad de que Guy termine aceptando la propuesta de Bruno, debido a que este último lo está chantajeando con implicarlo en el crimen, lo que no le deja demasiadas opciones al joven tenista. En el ámbito de las actuaciones, resulta destacable la labor tanto de Robert Walker, quien interpreta de manera magistral a este hombre por sobre todo siniestro y calculador, como la de Patricia Hitchcock, cuyo papel no solo termina siendo relevante dentro de la trama, sino que también se destaca por el hecho de que es quien dice varios de los diálogos más interesantes del film. Farley Granger por su parte, no realiza un trabajo del todo convincente, como tampoco lo realiza Ruth Roman, por lo que la labor de ambos es uno de los puntos más bajos de la producción. En cuanto al aspecto técnico de la cinta, esta cuenta con la estupenda banda sonora de Dimitri Tiomkin, y el magistral trabajo de fotografía de Robert Burks, quienes en conjunto construyen la atmósfera siniestra y opresiva que domina a la historia.

Pese a que “Strangers on a Train” es usualmente considerada entre los entendidos como uno de los mejores trabajos del realizador británico, suele caer dentro del grupo de sus obras menores principalmente por la escasa popularidad del elenco que participó en el film. No solo el director hace gala de su habilidad para crear imágenes impactantes, destacándose la lúgubre escena del asesinato y la inolvidable secuencia final, la cual involucra un carrusel girando a toda velocidad, sino que además se las arregla para mantener un ritmo narrativo vibrante, el cual se tornará casi frenético durante el último tramo del relato. La cinta no pretende ser un estudio psicológico de la mentalidad criminal ni de los límites de la ambición del hombre, pero de todas formas explora ciertos temas que en parte definían la compleja personalidad de Hitchcock, quien solía explorar sus demonios en cada uno de sus proyectos. Es quizás por esto que algunos de los segmentos de la historia poseen un cierto carácter onírico, lo que provoca que la experiencia resulte aún más espeluznante. Más allá de su aspecto técnico y temático, “Strangers on a Train” es una película entretenida, que ha envejecido de buena manera y que pone en evidencia la genialidad que siempre caracterizó a ese director llamado Alfred Hitchcock.

 

por Fantomas.
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