martes, 13 de marzo de 2012

Caltiki, Il mostro Immortale: Freda, Bava, los mayas y el fin del mundo.

“Caltiki, Il mostro Immortale” (1959), es una cinta de terror y ciencia ficción del director Riccardo Freda, la cual está protagonizada por John Merivale, Didi Sullivan, y Gérard Herter.

Durante una expedición científica a las ruinas mayas en Tikal, el doctor John Fielding (John Merivale) y su equipo son atacados por un monstruo gigantesco que destruye todo a su paso. Tras quemar al monstruo y conseguir un fragmento del mismo, Fielding regresa a casa con el objetivo de examinar la naturaleza de la extraña criatura, sin imaginarse que esta causó la desaparición de los mayas y que ahora puede causar la destrucción de la humanidad.

Durante gran parte de la década del cuarenta y del cincuenta, el cine de terror era visto tanto por la crítica como por el público como un género de segunda categoría, lo que significó que durante mucho tiempo no se estrenaran muchas producciones de este tipo, especialmente en Europa. Esta noción del cine de terror como algo burdo, se mantendría hasta fines de los cincuenta, cuando la productora británica Hammer Films demostró que el género no solo permitía obtener ganancias económicas, sino que además dejaba cabida a expresiones artísticas dignas de aplauso. Sin embargo, antes de que esto sucediera, existieron algunos directores que se atrevieron a probar suerte con modestas producciones, no siempre logrando los resultados deseados. Este fue el caso del italiano Riccardo Freda, responsable de la primera cinta de terror gótico italiana, “I Vampiri” (1956), la cual marcaría el camino para otros directores como su amigo Mario Bava, quienes pronto emprenderían la difícil tarea de cimentar las bases del cine de terror italiano, otorgándole una identidad propia e inigualable.

Lamentablemente para Freda, su primera incursión en el género tendría una fría recepción del público, lo que provocaría que los productores perdieran todo interés en financiar películas de características similares. Fue ahí cuando el director comprendió que para poder rodar su próxima cinta, tendría que desarrollar una idea que pudiese ser ofrecida en distintos mercados. Fue por este motivo que junto al guionista Filippo Sanjust, tomaron parte de la premisa del film norteamericano “The Blob” (1958), la mezclaron con algunos elementos de la producción de la Hammer, “The Quatermass Xperiment” (1955), y agregaron algunas ideas propias para darle vida al curioso guión de “Caltiki, Il mostro Immortale”. Como el director sabía que tomar ideas prestadas de otras producciones exitosas no era suficiente para disipar las dudas que el público y la crítica italiana tenían de los profesionales de su propia industria cinematográfica, Freda optó por anglicanizar su nombre (utilizó el seudónimo de Robert Hamton) y los nombres de su equipo de filmación, para hacer creer a la audiencia que el film era británico. Aunque el proyecto se veía prometedor, el director era conocido por ser un tipo complicado que en más de una ocasión abandonó rodajes por mero capricho. Precisamente esto fue lo que sucedió durante la filmación de la cinta, por lo que el puesto de director cayó en manos de Mario Bava, quien oficiaba de director de fotografía del film. Algunos años después, en una entrevista Freda explicaría que la razón por la que abandonó el rodaje, fue porque deseaba darle una oportunidad a su amigo Mario para dirigir.

La cinta comienza en Tikal, donde un grupo de investigadores encabezados por el doctor John Fielding, intentan resolver la interrogante que se esconde tras la desaparición del pueblo maya. Lo que parece ser una expedición tranquila, se ve interrumpida por la súbita muerte de dos científicos que se encontraban rondando las cercanías de uno de los volcanes de la zona. Con el objetivo de descubrir que fue lo que realmente sucedió con ellos, Fielding y compañía se adentran en un templo subterráneo lleno de riquezas, el cual se encuentra custodiado por Caltiki, una criatura de naturaleza desconocida que destruye todo lo que toca (su modus operandi es básicamente el mismo que el del monstruo de “The Blob”). Tras escapar y destruir a este ser extraño, los sobrevivientes se trasladan a Ciudad de México llevando un fragmento de este con ellos, sin imaginarse que sus ansias por resolver sus interrogantes terminarán por poner en riesgo a toda la gente que los rodea, dando inicio a lo que bien podría convertirse en el fin del mundo. Si bien esto podría ser considerado como el núcleo del relato, la verdad es que Freda en su intento por satisfacer a una audiencia más diversa, decide explorar distintos temas y subtramas que no siempre se entrelazan de manera coherente, logrando que esta producción sea más interesante de lo parece.

Junto al conflicto principal, nos encontramos con el rápido descenso a la locura de Max Gunther (Gérard Herter), uno de los colaboradores de Fielding que en la expedición pierde un brazo a manos del monstruo, lo que desata que comience a aflorar el lado más oscuro de este. Y es que eventualmente este personaje se convierte en un asesino cuya obsesión con la esposa de Fielding, llega a niveles enfermizos. De forma paralela, se explora la suerte de triángulo amoroso que se produce entre Ellen (Didi Sullivan), Max, y Linda (Daniela Rocca), siendo esta última una suerte de sirvienta del matrimonio Fielding que se encuentra locamente enamorada de Max. No contento con esto, Freda añade a la mezcla una serie de experimentos que buscan despertar a la criatura, y una teoría que involucra a un meteorito que pasa una vez cada cientos de años, y que cuyas propiedades radiactivas parecen ser el detonante del crecimiento de Caltiki. Afortunadamente, pese a que varias de las ideas lanzadas a la mezcla son bastante inverosímiles y no parecen tener demasiada relación las unas con las otras, el director logra sacar adelante la cinta a base de momentos efectistas apoyados por el excelente equipo técnico con el que contaba.

Si bien la cinta contó con un escaso presupuesto, razón por la cual los efectos especiales son bastante básicos, quedando en evidencia el excesivo uso de maquetas e incluso de algunos juguetes, los cuales en su mayoría son utilizados en el último tramo del film, esto queda en segundo plano gracias al estupendo trabajo de fotografía de Mario Bava, y a la también destacable banda sonora compuesta por Roberto Nicolosi y Roman Vlad, elementos que combinados dotan al film de una atmósfera sombría y perturbadora, incluso en aquellas escenas donde los efectos especiales muestran más de alguna falencia (dicho sea de paso, estos también estuvieron a cargo de Bava). Por otro lado, las actuaciones van desde lo mediocre hasta lo medianamente correcto. Y es que estamos ante personajes unidimensionales, meros estereotipos del científico, del héroe, del villano, y de la damisela en peligro, tan propios del cine serie B de ciencia ficción norteamericano. Esto dificulta que el espectador se involucre demasiado con los protagonistas y sus conflictos, y se preocupe más por el apartado visual o por los múltiples giros narrativos que ofrece el film.

En un poco más de una hora de metraje, Riccardo Freda y Mario Bava (vamos a darles el mismo reconocimiento, pese a que no se sabe con certeza qué porcentaje de la responsabilidad del film le corresponde a cada uno) nos entregan una cinta entretenida, con un ritmo de narrativo frenético, y que con el paso de los años se ha convertido en una obra de culto. Esto se debe sin lugar a dudas a su potente apartado visual, cuya sofisticación pone al film un escalafón más arriba que algunas de las producciones realizadas por figuras insignes del cine de ciencia ficción norteamericano de la época, como Bert I. Gordon y Nathan Juran. Por otro lado, cabe mencionar que algunas de las escenas de la cinta podrían considerarse como verdaderas precursoras de lo que sería el cine gore italiano, el cual en un futuro sería comandado por figuras como Lucio Fulci y Dario Argento, entre otros. En definitiva, “Caltiki, Il mostro Immortale” es una película absolutamente recomendable, que en la medida de lo posible ha soportado de buena forma el paso del tiempo, aún cuando parte de su guión, sus humildes efectos especiales, y algunas de las actuaciones le jueguen algo en contra.


por Fantomas.

sábado, 10 de marzo de 2012

Operation Crossbow: El último recurso de la ingeniería nazi.

“Operation Crossbow” (1965), es un thriller de espías del director Michael Anderson, el cual está protagonizado por George Peppard, Sophia Loren, Trevor Howard, y John Mills.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un comando secreto de las fuerzas aliadas recibe información sobre una nueva y poderosa arma que el Tercer Reich va a usar contra Inglaterra. Es entonces cuando deciden preparar a un pequeño grupo de soldados para infiltrarse en una fábrica subterránea, dónde se cree los nazis están trabajando en algunas armas que podrían cambiar el curso de la guerra.


Durante la década de los sesenta, se estrenó una gran cantidad de thrillers de espionaje y cintas bélicas situadas en la Segunda Guerra Mundial, las cuales se caracterizaban por contar con altos presupuestos, y estar protagonizadas por un largo grupo de estrellas consagradas, quienes en algunas ocasiones solo participaban con breves cameos. Precisamente sería el director Michael Anderson, responsable de la cinta que hoy nos ocupa, quién se haría cargo de al menos tres de estas superproducciones. En el caso de “Operation Crossbow”, la película se centra en los esfuerzos de un grupo de operativos británicos, y algunos norteamericanos, por encontrar y destruir los cohetes V1 y V2 que los nazis desarrollaron y comenzaron a utilizar al final de la guerra. En el desarrollo del guión estaría involucrado el prestigioso guionista Emeric Pressburger, cuya carrera en aquel entonces se encontraba en un punto bastante álgido. Su delicado estado financiero, lo llevó a aceptar la tarea de reescribir el guión escrito por Derry Quinn y Ray Rigby, quedando solo unas pocas semanas para que comenzara la filmación del film. Agobiado por la escasez de tiempo, Pressburger realizó una serie de cambios de forma apresurada, logrando entregar el guión final solo unas horas antes del comienzo del rodaje. Por el temor que le producía el hecho de que su carrera se hundiera aún más por un guión escrito a la rápida, Pressburger decidió ocupar el seudónimo de Richard Imrie, el cual volvería a utilizar en su siguiente trabajo.

Como mencionaba anteriormente, la cinta se sitúa en el último tramo de la Segunda Guerra Mundial, cuando tras recibir una serie de fotografías aéreas que parecen indicar que los alemanes están fabricando armas de largo alcance, el Primer Ministro Winston Churchill (Patrick Wymark) le encarga a Duncan Sandys (Richard Johnson), uno de sus ministros, el reclutamiento de una serie de voluntarios con conocimientos de ingeniería e idiomas, con el fin de infiltrarlos en la que se cree que es la fábrica en la que se están construyendo estás nuevas armas, cuyo único fin era retrasar el ya casi inevitable derrocamiento de nazismo. Eventualmente el ejército británico escoge a tres soldados que parecen cumplir los requisitos principales: el teniente norteamericano John Curtis (George Peppard), el británico Robert Henshaw (Tom Courtenay), y el holandés Phil Bradley (Jeremy Kemp). Con un escaso tiempo a cuestas, estos tres hombres son preparados para asumir la identidad de tres colaboradores de los nazis que han muerto durante la guerra, para luego adentrarse en territorio francés y así ser llevados por reclutadores alemanes a la tan buscada y temida fábrica subterránea.

Evidentemente la misión se irá complicando a medida que pasa el tiempo, no solo por el hecho de que el lanzamiento de los cohetes está por acontecer, sino porque además los improvisados espías tendrán que solucionar algunos imprevistos para los que no estaban preparados. Es aquí cuando entra en escena Bamford (Anthony Quayle), un agente doble que está bastante ligado a la fabricación de los cohetes, y Nora (Sophia Loren), la hermosa mujer del hombre que está siendo suplantado por el teniente Curtis, quién está buscando a su esposo para que le ceda la tuición de sus hijos. En relación a esto, puntualmente a la participación de Sophia Loren en la cinta, cabe mencionar que su papel es más bien pequeño y responde a la petición que le hizo su marido Carlo Ponti, quien además es el productor de este film, quien creía que la sola presencia de la actriz serviría para atraer más gente a las salas de cine. Más allá de esto, si bien es evidente que la inclusión de su personaje tiene como principal objetivo imprimirle ciertas dosis de suspenso a la cinta, también logra humanizar al personaje de Peppard, quien hasta antes de toparse con esta mujer cae en el típico arquetipo del personaje rebelde y mujeriego. El personaje de Loren además sirve para demostrar que en toda guerra existen víctimas inocentes, cuyas muertes en ocasiones responden al llamado “bien común”.

Podría decirse que la cinta está conformada por una serie de episodios, en los cuales se examinan los distintos aspectos de todo este operativo. No solo se hace hincapié en el sistema de espionaje aéreo del ejército aliado, y en la toma de decisiones al interior del gobierno británico, sino que también existe un segmento del film el cual se centra en los experimentos fracasados del ejército nazi, y en las consecuencias que estos tuvieron para sus propios soldados. Es precisamente en este tramo de la película, que la etiqueta de villanos con la cual usualmente se identifica al ejército nazi, desaparece por algunos minutos para identificarlos únicamente como hombres cuyas órdenes les costaron la vida. Es a través del entrelazamiento de esta serie de “segmentos” que durante la primera mitad de la cinta, el espectador se entera de la situación a la que tendrán que enfrentarse los protagonistas. Ya durante el segundo tramo de la película, esta se mete de lleno en el trabajo de espionaje en terreno, primero al interior de un hostal vigilado de cerca por los nazis, y luego dentro de la fábrica, dónde además ocurren prácticamente todas las escenas de acción que presenta el film.

En el ámbito de las actuaciones, el elenco en general realiza un buen trabajo, con la excepción de Sophia Loren, cuya interpretación de una mujer que sin querer se ve enfrentada a la posibilidad de perder la vida con el fin de salvaguardar la operación de espionaje británico, resulta poco creíble por momentos, especialmente porque la actriz cae en la sobreactuación. En el aspecto técnico, la cinta cuenta con el espléndido trabajo de fotografía de Erwin Hillier, y la atmosférica banda sonora del compositor Ron Goodwin, quienes en conjunto logran darle un mayor dramatismo a determinadas escenas. Por otro lado, un aspecto destacable de film son sus efectos especiales y la selección de locaciones, elementos los cuales logran darle una mayor credibilidad a la cinta. En relación a esto, Michael Anderson mostró una gran preocupación por rodar una película que se acercara lo más posible a la realidad, lo que lo llevó a utilizar material de archivo para recrear ciertas escenas en las cuales se pretende mostrar como los británicos detuvieron el inminente bombardero a su país. Lo que es aún más importante, el director tuvo una serie de discusiones con los ejecutivos de la MGM, con el objetivo de lograr que los personajes germanos efectivamente hablaran alemán y no inglés, lo que obviamente le da un toque de realismo mayor a la producción.

Si bien “Operation Crossbow” no difiere demasiado del resto de las producciones sesenteras que presentaban temáticas similares, tiene la virtud de ser una película entretenida, con un destacable apartado técnico, y cuyo ritmo narrativo resulta ser bastante fluido. Sin embargo, difícilmente podría ser enmarcada entre las mejores películas de su género. Quizás por eso al momento de su estreno en Norteamérica tuvo una fría recepción, lo que llevó a los distribuidores a cambiar el título del film por “The Great Spy Mission”, debido que pensaban que el título original llevaría a la gente a creer que se trababa de un drama médico, género el cual no gozaba de mucha popularidad a mediados de los sesenta. De todas formas, estamos ante una película recomendable, que ha logrado envejecer de manera digna, y que explora un tema no muchas veces tratado dentro del género del cine bélico. Como dato curioso, al momento de su estreno, Duncan Sandys, quien en el film es retratado como el ministro responsable de la heroica operación, estaba siendo acusado de ser el principal responsable de haber destruido la industria aeronáutica británica, debido a su insistencia en la idea de que los misiles habían dejado obsoletos a los aviones como armas bélicas.

por Fantomas.

lunes, 5 de marzo de 2012

Barking Dogs Never Bite: Cuidado, dueño suelto.

“Barking Dogs Never Bite” (2000), es una comedia del director Joon-ho Bong, la cual está protagonizada por Lee Sung-jae, Bae Doo-na, Kim Ho-jung.

Yun-ju (Lee Sung-jae) es un estudiante universitario recién graduado que está luchando para convertirse en profesor, y así darle una mejor vida a su esposa y al hijo que está por nacer. Sin embargo, cuando los ladridos de un perro que vive en su edificio comienzan a molestarlo, decide tomar acciones extremas contra su torturador, dando inicio a una serie de acontecimientos que pondrán su vida de cabeza.

Antes de saltar a la fama con cintas como “Memories of Murder” (2003) o “The Host” (2006), que lo ubicarían como uno de los directores más importantes de la industria cinematográfica surcoreana en la actualidad, Joon-ho Bong escribiría el guión de lo que se convertiría en su ópera prima, la curiosa “Barking Dogs Never Bite”. Desde su primer largometraje, el director se encargaría de retratar la particular mirada tragicómica que posee del mundo, y además se preocuparía de marcar las tendencias que pronto se convertirían en el sello distintivo de su cine. Por un lado, es evidente que Joon-ho Bong tiene una inclinación hacia el humor sardónico, el cual en este caso lo traslada a un escenario urbano teñido por la marcada psicosis de los personajes que se desenvuelven en el. Por otro lado, queda claro que el director busca complacer a la audiencia intentando quizás de manera inconsciente, convertirse en la respuesta surcoreana a Steven Spielberg, demostrando su capacidad para manipular las emociones del espectador, para luego asegurarle que existe una resolución catártica al final del camino. ¿Pero es el debut Joon-ho Bong una obra redonda? Eso es lo que intentaremos averiguar en este artículo.

Como he mencionado anteriormente, el protagonista del film es Yun-ju, un joven cuyo mayor deseo es convertirse en profesor, no porque eso sea realmente su sueño o su vocación, sino porque está consciente que aquello cambiará rápidamente su estatus de vida. Y es que a poco de comenzada la cinta, queda en evidencia que nuestro protagonista siente que está en el escalafón más bajo de la pirámide social. Lentamente se ha ido convirtiendo en un hombre amargado, que debe lidiar con la presión económica y emocional de tener a su esposa embarazada, y que debe encontrar un modo de ganar un espacio en el cada vez más corrupto sistema educativo. Cansado de ver de cómo la gente a su alrededor quiebra la ley (en especial aquellas que dictan que no se pueden tener mascotas dentro de los edificios), y enloquecido por los constantes ladridos de un perro que vive en uno de los departamentos de su edificio, Yun-ju decide tomar la justicia con sus propias manos, secuestrando al primer perro que encuentra en el complejo laberinto de departamentos en el cual reside, para luego deshacerse de él, abandonándolo al interior de un viejo mueble ubicado en el sótano del edificio.

Cuando Yun-ju se da cuenta que ha asesinado al perro equivocado, decide atacar de nuevo complicando toda la situación. Es ahí cuando entra en escena Hyeon-nam (Bae Doo-na), una joven que trabaja como secretaria de la administración del edificio, que guiada por su inocencia y genuina compasión, comienza a averiguar quién es el responsable de los repentinos secuestros y asesinatos caninos. En el fondo, ambos personajes esconden el deseo de convertirse en algo más que personas marginadas por una sociedad que no suele reconocer los logros individuales de la gente común y corriente. Por un capricho del destino, “criminal” y “justiciera” terminan uniendo fuerzas, y entablando una amistad que en cierta medida los ayudará a cambiar sus vidas. Si ya la historia de por si es extraña, una vez que se agregan a la ecuación un conserje con un gusto particular por la carne de perro, la ruda amiga de Hyeon-nam, y un vagabundo maniático que ha estado viviendo en las calderas del edificio durante bastante tiempo sin ser detectado, la cinta se convierte en un relato urbano inquietante acerca de un grupo personajes anónimos involucrados en situaciones fuera de lo común.

El film no solo explora los límites que cada persona está dispuesta a cruzar para alcanzar lo que ellos creen que les brindará la tan ansiada felicidad, sino que además se centra en las dificultades propias de la vida en pareja, temas que evidentemente se terminan cruzando. Y es que Yun-ju sabe que para obtener un puesto como profesor, será necesario juntar una alta suma de dinero para sobornar al decano de una determinada universidad. Sus ansias por obtener dicho dinero, no solo se convertirán en el detonante de su loca carrera como asesino de perros, sino que además desencadenaran una serie de hechos que ponen en peligro su matrimonio, el cual por momentos parece estar en la cuerda floja. Hyeon-nam por su parte, está atrapada en un trabajo tedioso, lo que la lleva a pasar gran parte del día escondida en la parte de atrás de la tienda en la que trabaja su mejor amiga. Según ella, la única forma de obtener algún grado de atención de la gente que la rodea, es realizando un acto heroico digno de aparecer en la televisión. Es por este motivo que ella convierte la búsqueda del desconocido asesino de perros, en su cruzada personal por convertirse en alguien famosa y admirada por los demás, escapando así del penoso anonimato en el cual se encuentra enclaustrada.

Es precisamente a través de sus carencias y frustraciones, que ambos protagonistas terminan conectándose y mostrándose de forma casi involuntaria, el verdadero camino para alcanzar la felicidad. En términos interpretativos, tanto Lee Sung-jae como Bae Doo-na realizan un estupendo trabajo, logrando que el espectador se identifique en cierta medida con sus personajes, aún cuando estos cometan algunos actos con los que uno puede no estar de acuerdo. Si bien el director se toma el tiempo suficiente para mostrar los distintos aspectos de la vida de Yun-ju, retratando en detalle los problemas y sueños que ocupan sus pensamientos, no sucede lo mismo con su contraparte femenina, cuya vida familiar no es lo suficientemente explorada como para que el espectador se haga una idea de la influencia de su familia en su vida. Por otro lado, la cinta cuenta con el estupendo trabajo de fotografía de Yong-kyou Cho y Yeong-gyu Jo, quienes por momentos dotan al film de una atmósfera casi surrealista, la cual es complementada por la espléndida banda sonora del compositor Sung-woo Jo, quien a punta de piezas jazzísticas le imprime un mayor grado de locura a un relato que por sí solo ya es bastante demencial.

Si bien la idea en general resulta atractiva, la cinta presenta algunos problemas que limitan su capacidad de convertirse en un film memorable. Joon-ho Bong exhibe algunas dificultades a la hora de plasmar el gran número de ideas de tono social que deseaba incluir en el relato, las cuales en variadas ocasiones son subdesarrolladas, perdiéndose por completo dentro de la locura que caracteriza a la cinta. Dentro de esto mismo, el director a sabiendas de que el núcleo cómico de la película (el asesinato y el consumo de perros) es un tema conflictivo no solo en su país, sino que también en la gran mayoría de los países occidentales, opta por atenuar el marcadísimo humor negro del film con algunas subtramas que carecen de importancia, consiguiendo involuntariamente ralentizar el ritmo narrativo de la película. El último detalle que puede resultar molesto, es que si bien se especifica al inicio del film que ningún animal resultó dañado durante la filmación, hay algunas escenas que se ven demasiado reales, por lo que pueden resultar algo fuertes para los amantes de los perros o de los animales en general. De todas formas, “Barking Dogs Never Bite” es una cinta interesante que tiene algunos momentos realmente cómicos, y otros que poseen una profunda carga emocional pese a los macabros elementos que posee el relato. El debut cinematográfico de Joon-ho Bong está lejos de ser perfecto, pero de todas formas merece más reconocimiento del que actualmente tiene.

por Fantomas.

jueves, 1 de marzo de 2012

Telefon: Hipnosis a distancia.

“Telefon” (1977), es un thriller del director Don Siegel, el cual está protagonizado por Charles Bronson, Lee Remick, y Donald Pleasence.

Nikolai Dalchimski (Donald Pleasence), un ex agente de la KGB, roba un libro con los nombres de todos los agentes secretos de la agencia enviados a los Estados Unidos en los años cincuenta. Cuando estos empiezan a realizar actos de sabotaje contra instalaciones del gobierno americano, el gobierno soviético decide enviar al coronel Borzov (Charles Bronson) para localizar y eliminar a Dalchimski antes de que este provoque la Tercera Guerra Mundial.

En 1975, tras leer la novela “Telefon” del escritor norteamericano Walter Wager, la cual se centraba en la idea del uso del control mental como un arma capaz de desatar o solucionar un conflicto bélico, el productor y director James B. Harris reconoció el potencial comercial que poseía la historia y decidió comprar los derechos de la misma, con la intención de llevarla a la pantalla grande. Si bien en un principio Harris había pensado en Peter Hyams para el puesto de director (sería el mismo Hyams en compañía de Stirling Silliphant quienes escribirían el guión), los ejecutivos de la MGM desestimaron su idea porque según ellos, era más conveniente que la cinta fuera dirigida por un realizador con más experiencia. Fue así como Don Siegel se sumó al proyecto, sin imaginar la gran cantidad de problemas que tendría con el protagonista del film, el siempre popular Charles Bronson. El actor, quién en ese entonces había logrado establecerse como uno de los tipos duros más reconocidos de la pantalla grande, estaba consciente de su popularidad, razón por la cual no solía ser muy cooperador con los directores o los actores con los cuales trabajaba.

El primer problema que tuvo Siegel con Bronson, tuvo relación con el famoso bigote del actor. Para el director, era necesario que Bronson se afeitara el bigote una vez que su personaje comenzara su misión de “espionaje”, con el fin de que este no pudiera ser reconocido por el villano de turno y las autoridades norteamericanas. Sin embargo, el actor se negó a afeitarse el bigote, iniciando una fuerte discusión con Siegel, quien eventualmente tuvo que ceder de mala gana al capricho del actor. Lo que resulta aún más curioso, fue la negativa de Bronson de besar a Lee Remick en la escena que esta lo va a buscar al aeropuerto a su llegada a Norteamérica. El actor básicamente se negó porque según él, cuando su esposa lo iba a buscar al aeropuerto jamás lo besaba. Ante esto, Siegel le dijo a Remick que entonces lo abrazara en la ahora polémica escena, a lo que la actriz le respondió: “Pero, Don, no me atrevo. Él es capaz de golpearme”. Aunque eventualmente la escena sería rodada sin inconvenientes, la tensión en el set era palpable, y terminó estallando en la filmación de una escena al interior del Hotel Hyatt de San Francisco. En dicha escena, el personaje de Bronson debía bajarse de un ascensor de vidrio para ir tras uno de los agentes de la KGB. Para que las cámaras pudiesen tomar el ascensor sin problemas, Siegel marcó con una cinta negra el lugar donde el actor debía bajarse, lo cual no le hizo ninguna gracia a Bronson quien sintió que lo estaban tomando por tonto. Tras una fuerte discusión en la cual el director amenazó con abandonar el film, el actor decidió hace una tregua con Siegel, la cual se extendió hasta el fin del rodaje.

La cinta básicamente se centra en la paranoia existente a ambos lados de la cortina de hierro durante la Guerra Fría, y en los alcances de la misma. El villano de turno es Nikolai Dalchimski, un agente de la KGB que tras enterarse de un proyecto secreto llamado “Telefon”, decide que él es el encargado de iniciar un conflicto bélico de proporciones catastróficas. Pero, ¿en qué consiste dicho proyecto? Como bien se lo explica el general Strelsky (Patrick Magee) al personaje de Bronson al principio del film, a principios de los cincuenta, la KGB preparó a 51 agentes para infiltrarse en el corazón de los Estados Unidos. La particularidad de dichos agentes, es que gracias a la hipnosis, basta que escuchen un poema de Robert Frost para que se conviertan en bombas de tiempo ambulantes, y realicen ataques suicidas contra una serie de puntos estratégicos norteamericanos. Ante dicho escenario, el coronel Borzov es enviado a Norteamérica, donde junto a Barbara (Lee Remick), una agente de la CIA, tendrán que encontrar a Dalchimski y eliminar cualquier rastro del macabro proyecto antes de que este llegue a oídos de las autoridades norteamericanas, dando inicio a una guerra sin precedentes.

Resulta curioso como la cinta funciona en distintos niveles. Es un thriller efectivo, cuya tensión se mantiene no solo por lo aleatorio de los ataques suicidas, lo cual obviamente dificulta la tarea de Borzov y compañía, sino además por el hecho de que el espectador no tarda en darse cuenta que el protagonista no es más que un simple peón de sus superiores y de su propia compañera, quien tiene órdenes de asesinarlo una vez que este cumpla su misión. Por otro lado, “Telefon” bien podría ser vista como una “road movie”, aunque técnicamente no lo sea. En un principio, la relación entre Barbara y Borzov es áspera y se basa en la mutua desconfianza. Ninguno tiene claro las órdenes del otro, y su asociación no ha sido voluntaria, sino que ha sido impuesta por sus superiores. Será a medida que viajan por los Estados Unidos en búsqueda de Dalchimski, que la improvisada dupla entabla una relación de compañerismo, la que no tardará en convertirse en algo más. Además la cinta presenta un par de trepidantes escenas de acción, que involucran explosiones, peleas de puños, persecuciones a toda velocidad, e incluso una serpiente de cascabel. Por último, el film presenta una mirada cómica al entonces cada vez más relevante mundo de las computadoras, las cuales son utilizadas por la diligente agente de la CIA, Dorothy Putterman (Tyne Daly), para intentar solucionar todas las interrogantes que plantean los extraños ataques suicidas que han emprendido una serie de supuestos ciudadanos norteamericanos comunes y corrientes.

Si bien Charles Bronson jamás será recordado por sus habilidades actorales, en esta ocasión realiza un buen trabajo interpretando a este militar frio e implacable, que a medida que transcurre la cinta va mostrando algunos rasgos de humanidad, sin dejar de lado su personaje de tipo duro. Por su parte, Lee Remick se presenta como el complemento perfecto del personaje de Bronson, con quién tiene una gran química, lo que obviamente ayuda a que la relación que se va cimentando entre ellos durante el transcurso de la cinta resulte creíble. Por último cabe destacar la actuación de Donald Pleasence, quien interpreta de gran manera a este villano megalómano, voyerista y cobarde, que disfruta viendo como los agentes encubiertos se convierten en verdaderos entes, y se inmolan por una causa que carece de sentido. En el apartado técnico, la cinta cuenta con el correcto trabajo de fotografía de Michael Butler, y con la efectiva banda sonora del compositor Lalo Schifrin, que se presenta como uno de los puntos altos del film.

Aunque en general esta producción cuenta con más virtudes que defectos, si tiene algunos detalles que pueden llegar a molestarle a ciertos espectadores. Si bien el personaje interpretado por Tyne Daly aporta con algunas dosis de humor, este bien pudo haber sido sacado de film, ya que gran parte de sus intervenciones no tienen mayor importancia dentro del desarrollo de la historia. Por otro lado, hay que reconocer que el relato en general es bastante fantástico (de hecho, el mismo Siegel reconocería que el guión era “totalmente imposible de creer”), lo que da pie a explicaciones curiosas, como el método que está utilizando Dalchimski para escoger a sus víctimas, y a situaciones que rayan en el surrealismo, como lo que sucede en la escena donde se lleva a cabo la confrontación final entre los protagonistas y el personaje de Pleasence. Más allá de estos detalles, “Telefon” es una cinta entretenida, que presenta un ritmo adecuado, y que mezcla de buena manera distintos elementos narrativos, por lo que puede ser considerado como uno de los films de espías más interesantes de los setenta, el cual parece haber sentado las bases de lo que sería la trama de la comedía “The Naked Gun” (1988), donde el villano interpretado por Ricardo Montalbán también emplea la hipnosis para convertir a ciudadanos comunes en asesinos improvisados.



por Fantomas.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Berlin Express: Rescate en una Alemania en ruinas.

“Berlin Express” (1948), es un thriller del director Jacques Tourneur, el cual está protagonizado por Merle Oberon, Robert Ryan, y Charles Korvin.

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, un grupo de personas de diversas nacionalidades viaja a bordo de un tren de Paris a Berlín, vía Frankfurt. Cuando el doctor Bernhardt (Paul Lukas), un pacifista cuya misión es unificar Alemania, es asesinado a bordo del tren, se desatan una serie de acontecimientos que pondrán en peligro a todos los pasajeros, quienes deberán unirse para descubrir quién está detrás del atentado.


La idea que daría vida a la historia de “Berlin Express”, nacería de un artículo de la revista “Life”, el cual relataba el tránsito de un tren del ejército de los Estados Unidos por el territorio ruso tras el término de la Segunda Guerra Mundial. Con la ayuda de Curt Siodmak y Harold Medford, el productor Bert Granet desarrollaría el guión de la cinta, la cual contaría con la ayuda del ejército de los Estados Unidos, y tendría la particularidad de ser el primer film hollywoodense rodado en Europa luego de la guerra. Granet escogería a Jacques Tourneur para dirigir la cinta, basado en sus trabajos anteriores al interior de la RKO. Si bien el director no realizó ningún tipo de sugerencia en relación al guión o a la elección del elenco, el director del estudio, Dore Schary, obligaría a Granet a contratar a la actriz Merle Oberon para interpretar el rol femenino protagónico. Junto a ella llegaría su marido, el director de fotografía Lucien Ballard, lo que provocó algunos problemas durante la filmación, los que afortunadamente no lograron influir en la calidad del producto final. El equipo de producción pasaría siete semanas rodando en locaciones en Paris, Frankfurt, y Berlin, lo que significó una verdadera aventura para los involucrados, quienes tampoco disponían de muchos recursos. De hecho, el equipo de filmación era tan escaso, que el director Billy Wilder tuvo que esperar que terminara el rodaje de “Berlin Express”, para poder tomar prestado lo que necesitaba para filmar “A Foreign Affair” (1948).

La trama de “Berlín Express” gira en torno al doctor Heinrich Bernhardt, un famoso activista alemán que tras la Segunda Guerra Mundial, encabeza una comisión que busca unificar Alemania. Será durante el viaje en tren que lo llevaría a una importante reunión con políticos aliados, que un agente que simulaba ser él, fallece en una explosión. Irónicamente, tras llegar a Frankfurt, Bernhardt termina siendo secuestrado por un grupo de miembros pertenecientes a un movimiento subterráneo neonazi. Sabiendo la importancia que tiene el doctor para el mantenimiento de la paz mundial, su secretaria, Lucienne Mirbeau (Merle Oberon), recluta a otros cuatro pasajeros del tren para emprender una improvisada misión de rescate, entre los que se encuentran: Robert Lindley (Robert Ryan), un norteamericano experto en agricultura; Henri Perrot (Charles Korvin), un francés sin profesión conocida; James Sterling (Robert Coote), un profesor británico; y Maxim Kiroshlov (Roman Toporow), un oficial del ejército ruso. Es así como en una Alemania sumida en ruinas, este grupo de coloridos personajes emprenden una carrera contra el tiempo que de fracasar, podría desatar un nuevo conflicto con consecuencias catastróficas.

Básicamente, “Berlín Express” puede ser vista como la fusión de dos películas. Por un lado, tenemos un cuasi thriller de espionaje en el cual un grupo de nazis tratan de silenciar a Bernhardt, cuya única esperanza de sobrevivencia reside en un grupo de desconocidos que deciden unirse en pos del bien común. El otro film es un documental acerca de la situación de Alemania durante los primeros años post Guerra, haciendo hincapié en los aspectos económicos, sociales, políticos y militares, de un país completamente devastado. No solo resultan impactantes las escenas que examinan los restos la ciudad de Frankfurt, sino que estas también tienen un valor educativo al estar acompañadas por una narrador que le explica al espectador la situación que se vivió en aquellos años en el país germano. Claro está que la decisión de filmar en las ciudades en las que transcurre la historia, estuvo ligada a algo más que el simple amor por el cine documental. Según Bert Granet, habría sido imposible realizar la cinta si hubiesen tenido que duplicar las ruinas que formaban parte del paisaje de Alemania en aquel entonces. A las razones económicas, se sumaba el hecho de que en aquella época, el público norteamericano sentía una atracción especial por las películas filmadas en locaciones reales, por lo que la inclusión de este tipo de escenas de seguro atraería un mayor número de espectadores a las salas de cine.

Desde un principio es evidente que el film presenta un claro mensaje anti-bélico. Tourneur no solo expone las consecuencias físicas y sociales de la guerra, sino que además se preocupa de establecer la idea de que no existen ganadores en este tipo de conflictos. Incluso entre los mismos aliados, existe un nivel de desconfianza considerable, y un fuerte deseo por imponer su visión del mundo. Por este mismo motivo, es que pese a compartir un objetivo común, son varios los conflictos que se presentan al interior del grupo de protagonistas. Y es que básicamente estos hombres vienen a representar a los cuatro poderes (o cuatro naciones) que se encontraban en una pugna por el control de las ciudades alemanas al momento del rodaje del film. En cierta forma, Tourneur prevé el conflicto que estaba por estallar (la Guerra Fría), y ofrece una solución basada en su propio optimismo. Resulta curioso que el personaje que más se resiste a la idea de cooperar para encontrar a Bernhardt, es Kiroshlov, el oficial del ejército ruso. La fragmentación existente entre los integrantes de este grupo de héroes accidentales, queda bien establecida en una de las frases que Robert Lindley le dice a Kiroshlov: “Nosotros intentamos entenderte. ¿Por qué tú no tratas de entendernos a nosotros?

Probablemente uno de los puntos más bajos del film, sea la construcción de los personajes protagónicos. En general, la gran mayoría de los personajes resultan ser bastante unidimensionales, por lo que al espectador le resulta difícil sentirse identificado en algún nivel con ellos, o preocuparse por lo que les pueda pasar, aún cuando comparte su causa. Es por esto que el mensaje de hermandad que el personaje de Robert Ryan intenta transmitirle a la audiencia, no alcanza la intensidad que se supone debe tener. Las actuaciones en general resultan convincentes, con la excepción de Merle Oberon, quien realiza un trabajo más bien mediocre. Lo que es aún peor, es que la química con el personaje de Robert Ryan es casi inexistente, por lo que las escenas románticas que protagonizan se ven demasiado artificiales. En la vereda contraria, se encuentra el excelente trabajo de fotografía de Lucien Ballard, quién no solo retrata de manera esplendida las ruinas de Frankfurt, sino que además dota al film de una atmósfera opresiva y algo melancólica. Por otro lado, la banda sonora compuesta por Frederick Hollander si bien es correcta, no es demasiado relevante, por lo que rápidamente pasa a ser olvidada por el espectador.

“Berlin Express” no solo es un entretenido thriller, poseedor de un ritmo narrativo bastante dinámico, sino que también se ha transformado en un verdadero documento histórico, que a diferencia de otras producciones hollywoodenses, no busca ensalzar a los ganadores y juzgar a los perdedores del lamentable conflicto bélico, sino que intenta retratar la situación existente en aquel entonces de la manera más objetiva posible. Por otro lado, si bien en un principio del film Tourneur nos invita a descubrir quién de los pasajeros del tren es el responsable del atentado en contra del doctor Bernhardt, el aspecto “whodunit” de la historia pasa a segundo plano, siendo retomado solo en el último tramo de la cinta. El director ocupa gran parte de metraje explorando temas tan propios de su cine, como el miedo al fracaso y el deseo humano de enfrascarse en tareas que parecen imposibles, lo cual funciona en más de un nivel. Y es que por momentos, tanto el rescate de Bernhardt como la unión entre los países aliados, se ven como tareas casi utópicas, donde el simple optimismo no es herramienta suficiente para lograr dichas metas. Por todo lo antes mencionado, es que “Berlin Express” se presenta como una obra interesante, aún cuando este no sea uno de los mejores films del gran Jacques Tourneur.



por Fantomas.

viernes, 17 de febrero de 2012

Le grande bouffe (La Gran Comilona): Comer hasta morir.

“Le grande bouffe” (1973), es una comedia del director Marco Ferreri, la cual está protagonizada por Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli, y Philippe Noiret.

Un grupo de cuatro amigos formado por el piloto de aviones Marcello (Marcello Mastroianni), el magistrado Philippe (Philippe Noiret), el cocinero Ugo (Ugo Tognazzi) y el productor audiovisual Michel (Michel Piccoli), hastiados de su propia existencia realizan un terrible y pantagruélico pacto: Reunirse en una barroca mansión de París, antigua residencia del poeta Boileau, y dar rienda suelta a su gula hasta llegar a los límites del ser humano.

Marco Ferreri suele ser recordado por haber sido uno de los directores cómicos más inusuales del cine italiano, cuyo trabajo siempre se caracterizó por desafiar las normas establecidas para el cine de la época. Quizás por este mismo motivo, el director logró obtener una mayor popularidad en Francia que en su país natal. Sin embargo, su historia como director comenzaría a gestarse en los cincuenta, cuando viajó a España y conoció al guionista Rafael Azcona, con quién compartía la misma visión pesimista y negativa de la sociedad en la que les tocó vivir. Fue así como juntos darían vida a una trilogía de ácidas comedias, compuesta por “El Pisito” (1959), “El Cochecito” (1960), y la cinta que hoy nos ocupa. Sería especialmente en esta última que la dupla fustigaría con furia, casi con crueldad, todo aquello que odiaban del mundo banal y consumista en el que estaban inmersos, encarnado por la burguesía, generando airadas reacciones del público al momento de su estreno en el Festival de Cannes, ganándose en ese entonces el repudio de la crítica, que señaló al film como el más decadente de la historia del cine francés.

Con la máxima de realizar un cine centrado en la fisiología más que en los sentimientos, y con la ayuda del productor Jean-Pierre Rassam, Ferreri comenzó a gestar el que tal vez fue el film más “afrancesado” de su carrera. La historia de “Le grande bouffe” es tan caótica como el desarrollo de su rodaje. Habiendo reunido a dos figuras importantes del cine italiano, y a otras dos del cine francés, desde un principio el director insistió en la importancia de la improvisación, y de la creación en terreno de una cinta que claramente necesita un cierto grado de locura espontánea. Como bien lo mencionaría Ugo Tognazzi en una vieja entrevista, el clima de confianza que creó Ferreri permitió que los egos involucrados en el proyecto no colisionaran en su búsqueda por protagonismo. Es más, fue tal el grado de confianza y respeto que se formó entre los miembros del elenco, que un día mientras el director se encontraba preparando una escena en el jardín de la casa en la que ocurren los dantescos acontecimientos que conforman la cinta, los actores le tiraron en la cabeza las mil hojas del libreto hechas pedacitos.

Mediante el relato de cómo estos cuatro amigos se reúnen en una casa para literalmente comer hasta morir, Ferreri ataca a la sociedad del consumo, la que al igual que los protagonistas del film parece no saciarse con nada. Como bien queda establecido en el transcurso de la cinta, el cuerpo no es continente suficiente para abarcar la interminable búsqueda de placer (gastronómico, sexual, intelectual, etc.) tan propia del ser humano. Estos cuatro hombres, aparentemente exitosos en sus respectivos campos y fieles representantes de la burguesía, deciden buscar en la comida una suerte de vía de escape de una vida que ha dejado de tener sentido, y en donde las apariencias lo son todo. Por supuesto que este curioso método de suicidio colectivo los llevará de regreso a lo básico, limitando sus existencias a satisfacer solo sus necesidades fisiológicas. Mientras que algunos tendrán que lidiar con su hambre insaciable o sus deseos ocultos, otros como el personaje de Mastroianni, deberán tratar de aplacar su inagotable deseo sexual, ya sea con el trío de prostitutas que los protagonistas deciden invitar a su grotesco acto de suicidio, o con Andrea (Andréa Ferréol), una maestra de escuela que por casualidad da con estos hombres, y que eventualmente decide sumarse a la vorágine gastronómica y sexual en la que están inmersos.

El escenario en general es grotesco, y es algo de lo que no tardan en percatarse las mismas prostitutas. No pasa mucho tiempo antes de que las simples molestias estomacales se conviertan en flatulencias, y para que estas terminen mutando en actos decididamente escatológicos, lo que por supuesto no disuade a los personajes de frenar su “aventura” gastronómica. De la misma forma en que las prostitutas se sienten ofendidas e incluso asqueadas con el accionar de estos hombres, el espectador siente que está siendo testigo de un espectáculo decadente pero extrañamente atrayente. El sufrido camino hacia su propia autodestrucción, es conducido por la ya mencionada Andrea, una mujer que caerá en los mismos excesos del resto del grupo, y que en cierta medida podría considerarse como la mismísima encarnación de la muerte, la cual decide acompañar a estos hombres en su último acto de grandilocuencia. Andrea por momentos se convierte prácticamente en un personaje omnipresente, la cual además parece ser la única capaz de comprender los actos de este grupo que cree que la felicidad reside en la sublimación de las pulsiones fisiológicas.

Para poder obtener la independencia creativa que finalmente gozó el elenco, cada uno de los actores involucrados se identificó con su personaje al punto de convertirse en ellos, lo cual obviamente se refleja en la pantalla. El trabajo de todo el elenco es excepcional, y la química existente entre los actores es innegable. Resulta curioso como por momentos estos pasan a formar parte de la escenografía, del espectáculo, y dejan de ser vehículos utilizados por el director para transmitirle alguna emoción al espectador. Esto también contribuye al hecho de que este último tome cierta distancia de los personajes, y vea con incredulidad como se desarrolla este verdadero circo romano de la glotonería, donde los participantes compiten por ver quién es el primero en morir a causa de sus excesos. Por otro lado, nos encontramos con el correcto trabajo de fotografía de Mario Vulpiani, quien colabora en gran medida en la construcción de este escenario dantesco, cuyo único acompañamiento musical es una pequeña pieza compuesta por Philippe Sarde, la cual es utilizada en muy contadas ocasiones durante el transcurso de una cinta que presenta un ritmo narrativo algo pausado.

Si bien existen una serie de simbolismos inmersos en una historia que no tiene ni un principio ni un final definido, estos se han ido diluyendo en el tiempo, perdiendo importancia ante el impactante espectáculo visual. La aparición del personaje de Tognazzi personificando a Marlon Brando, o el escatológico fallecimiento del personaje de Piccoli, dejan en segundo plano cualquier tipo de mensaje que la dupla conformada por Ferreri y Azcona quisieron transmitir en su momento. Lo que en los setenta se presentó como una película rupturista y provocativa, hoy en día puede ser vista como algo más que una simple extravagancia cinematográfica, o incluso como un mero capricho de un director que buscaba llamar la atención. Si bien el mensaje de “Le grande bouffe” ha perdido fuerza, aún cuando seguimos inmersos en una sociedad gobernada por el consumo, la cinta se conserva como una experiencia única, que falla a la hora de despertar el intelectualismo del espectador, pero que triunfa estimulando las pasiones primarias del mismo. Aunque obviamente no será del gusto del grueso de los espectadores, “Le grande bouffe” se presenta como una experiencia al menos interesante que difícilmente podrá dejar indiferente a quién se aventure a verla.


por Fantomas.

miércoles, 8 de febrero de 2012

L`alpagueur aka El Cazador de Hombres: Un caza recompensas a la francesa.

“L`alpagueur” (1976), es un thriller del director Philippe Labro, el cual está protagonizado por Jean-Paul Belmondo, Bruno Cremer, y Patrick Fierry.

El Cazador de hombres (Jean-Paul Belmondo) es un mercenario solitario y marginal que firma un acuerdo con dos personas importantes para llevar a cabo una serie de misiones utilizando métodos particulares e ilegales, con el objeto de detener a algún peligroso traficante, criminal, etc. Gracias a estas acciones su cabeza tiene precio en muchos lugares, por lo que es perseguido tanto por las autoridades como por los maleantes que intenta eliminar.




A principios de los setenta, el denominado “cine polar” que englobaba a un grupo de cintas francesas fuertemente influenciadas por las producciones del film noir que se rodaron en el Hollywood de los cuarenta, comenzó a mutar al tomar ciertos elementos del cada vez más exitoso cine italiano, tanto en el aspecto narrativo, como en el técnico y el artístico. Fue entonces que cuando bajo el alero de directores como Henri Vernuil, Jacques Deray, y el director de la cinta que hoy nos ocupa, un grupo de actores franceses como Alain Delon y Jean-Paul Belmondo, entre otros, comenzaron a cimentar su fama como hombres de acción en una serie de thrillers criminales, donde por lo general interpretaban a personajes que actuaban fuera de los márgenes de la legalidad. Este es precisamente el caso de “L`alpagueur”, donde Belmondo interpreta a un solitario y misterioso caza recompensas conocido únicamente como “El Cazador” (lo que rápidamente nos trae a la memoria al personaje que Clint Eastwood interpretó en la “Trilogía del Dólar” de Sergio Leone), quien es utilizado de manera secreta por la policía para obtener las pruebas que les permitan capturar diversos criminales que se las han ingeniado para evadir la ley.

Es así como en un determinado momento del film, le es encomendada la tarea de capturar a un peligroso criminal conocido como “El gavilán” (Bruno Cremer), quien últimamente ha estado cometiendo una serie de robos con violencia, en los que utiliza a jóvenes con problemas como fugaces cómplices, a los cuales asesina una vez cometido el crimen. Sin embargo, en uno de estos atracos el cómplice de turno, un joven llamado Costa Valdez (Patrick Fierry), logra salir con vida, convirtiéndose en la única esperanza de la policía, y posteriormente del Cazador, para dar con el tan buscado criminal. Lamentablemente, no todo es tan sencillo como parece. No solo el Cazador tendrá que ganarse la confianza del joven, sino que además deberá ayudarlo a fugarse de la cárcel para dar con el posible paradero del Gavilán. Será la relación que se desarrolla entre el protagonista y Costa, lo que constituye el verdadero núcleo de la película. No pasa mucho tiempo antes de que se transformen en una suerte de maestro y alumno, cuyas semejanzas los terminan uniendo en un potente lazo de amistad. Ambos son hombres solitarios y amorales, los cuales no parecen tener familia ni amigos, por lo que por momentos da la impresión que la relación que establecen es la representación del único rasgo de humanidad que les va quedando.

Mientras que el personaje de Belmondo calza perfecto con el típico antihéroe presente en el spaghetti western, presentándose como un hombre motivado solo por el dinero, el cual está sumamente consciente de su efectividad, y que utiliza la ironía tan seguido como sus puños, aquel interpretado por Bruno Cremer se alza como su contraparte perfecta. El Gavilán es un tipo frío, despiadado y autosuficiente, que pareciera cometer crímenes por mero placer. Ambos son depredadores, aunque claramente pertenecen a distintas especies. Resulta curioso cómo tras la elección de jóvenes cómplices, se esconde una homosexualidad latente por parte del criminal. En todos los atracos, este busca establecer una relación de dominancia con sus cómplices, corrompiéndolos y convirtiéndolos en un mero instrumento para un fin. Sin embargo, todo esto queda en el ámbito de la mera especulación, ya que al igual que lo que sucede con la mayoría de los personajes del film, es poco lo que sabemos acerca de la vida del Gavilán, y durante el transcurso de la película tampoco son explicados sus motivos.

Básicamente, la cinta está divida en tres actos. En el primero son presentados los personajes principales, como estos llevan a cabo sus respectivas actividades, y como es encarcelado el joven Costa. Ya en el segundo acto, el Cazador debe infiltrarse en la prisión para ganar la confianza de Costa, sonsacarle la información que la policía no pudo obtener de él, y ayudarlo a escapar del establecimiento con la colaboración de un grupo clandestino que opera al interior de la prisión. Finalmente, en el tercer acto la improvisada dupla de compañeros no solo deben ingeniárselas para escapar de la policía y del grupo de criminales involucrados en la fuga de la cárcel, sino que además deben dar con el paradero del villano de turno, antes de que este cometa un nuevo crimen. Sin lugar a dudas, es durante el tercer tramo de la cinta donde se concentra la mayor parte de la acción y el suspenso de la misma, cuyo clímax es el esperado enfrentamiento entre el Cazador y el Gavilán, donde las palabras sobran y el único método de comunicación son los puños de los involucrados.

La película en gran medida se sostiene gracias al excelente trabajo de Belmondo. Este impide que su personaje se torne unidimensional, aún cuando sus líneas de diálogo son más bien escasas. El gran mérito del actor, es la capacidad que este tiene para imprimirle ciertos rasgos humorísticos al Cazador, dotándolo de una humanidad que lo aleja de convertirse en una mera encarnación de la virilidad masculina. Esto lo complementa con un buen uso del lenguaje no verbal, lo que termina convirtiéndolo en un personaje querible. Bruno Cremer también realiza un buen trabajo interpretando al temido y escalofriante Gavilán, logrando por momentos que este se convierta casi en un personaje omnipresente, pese a que solo aparece en contadas escenas. Por otro lado, es destacable el trabajo de fotografía de Jean Penzer, quien logra dotar al film de una atmósfera gris y pesimista, lo cual es bastante propio del “polar”. Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de la banda sonora compuesta por Michel Colombier, la cual si bien tiene algunos pasajes interesantes, en general es bastante olvidable y es muy mal utilizada por el director.

Aunque en términos generales “L`alpagueur” es una cinta entretenida e interesante, que mezcla escenas de acción con otras más inclinadas a la comedia o al suspenso, hay dos cosas que resultan criticables. La primera es que al caer en un estilo narrativo más bien episódico, Philippe Labro desvía la atención del conflicto principal, lo que por momentos le resta importancia al punto de que parece solo otra “mini-aventura” de las tantas que emprende el protagonista. Lo otro que resulta molesto, es que quedan muchas preguntas sin resolver y existen algunos agujeros en el guión que desafían la credibilidad del mismo. Si bien tanto Labro como Belmondo trabajarían en cintas superiores a la que hoy nos ocupa, de todas formas “L`alpagueur” es un buen ejemplo de esta oleada de cintas producidas en Francia durante los setenta, que supieron mezclar con éxito elementos de diversos géneros, dando como resultado historias que se desarrollaban en un universo poblado únicamente por hombres que exudaban testosterona, los cuales aprovechaban cada oportunidad para establecer su dominancia ante sus pares. Y es que precisamente en ese ambiente que Jean-Paul Belmondo logró establecerse como uno de los tipos duros más recordados de la historia del cine europeo.

por Fantomas.

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