jueves, 13 de agosto de 2015

Nightmare City: Zombis unidos, jamás serán vencidos.

“Incubo sulla città contaminata” o “Nightmare City” (1980), es un film de horror del director Umberto Lenzi, el cual está protagonizado por Hugo Stiglitz, Laura Trotter, y Mel Ferrer.

En una ciudad europea no identificada, un reportero llamado Dean Miller (Hugo Stiglitz) y su esposa Anna (Laura Trotter) intentan escapar de hordas de zombis sedientos de sangre, los cuales estuvieron expuestos a altas dosis de radiación. Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, un grupo de líderes militares intentan descifrar la forma de detener la amenaza antes de que acaben con todo a su paso.

 

Como un gran número de sus contemporáneos que trabajaron en los ambientes bañados de sangre característicos del cine italiano de horror de bajo presupuesto realizado durante la década del setenta, Umberto Lenzi se destacó por ser un director con una gran capacidad para adaptarse a los requerimientos de diversos géneros cinematográficos, siempre desde un punto de vista utilitario, razón por la cual jamás se preocupó demasiado de la calidad de sus obras. Entre otras cosas, Lenzi aportó con algunas coloridas e interesantes entradas al género del giallo, entre las que se incluyen “Orgasmo” (1969), “So Sweet… So Perverse” (1969), y la alabada “Seven Blood-Stained Orchids” (1972). Sin embargo, su mayor contribución al género del horror fueron tres criticables entradas al subgénero del cine de caníbales; “Deep River Savages” (1972), “Eaten Alive!” (1980), y la infumable “Cannibal Ferox” (1981). Como resultado de estos films, Lenzi construyó un legado cinematográfico marcado por el sadismo más que por la competencia, el cual carece por completo de una personalidad propia y de cualquier sentido de coherencia estilística. Sería su marcada inclinación por las escenas efectistas, lo que eventualmente permitiría que Lenzi se convirtiera en una suerte de figura de culto entre algunos aficionados al cine de terror, aun cuando resulta evidente que no existe una gran pulcritud cinematográfica en la obra del director.

El protagonista de “Nightmare City” es Dean Miller, un reportero de televisión que se desempeña en una ciudad europea indeterminada, al cual se le ha encargado cubrir la inminente llegada de un científico llamado Hagenback al aeropuerto local, el cual ha estado supervisando las consecuencias provocadas por la reciente crisis de una planta nuclear cercana. Aunque todo parece ir según lo esperado, eventualmente Miller y algunos miembros del personal de emergencia del aeropuerto, son sorprendidos por la llegada de una misteriosa aeronave militar de origen desconocido. Una vez que el avión aterriza y se abren sus compuertas, de manera súbita una horda de zombis armados hasta los dientes inicia una verdadera masacre de la cual solo unos pocos logran salir con vida. Alarmado por la situación, tras intentar en vano avisarle a la población de lo sucedido en el aeropuerto, de inmediato Miller se propone ir a buscar a su esposa al hospital donde trabaja, antes que los zombis tomen por completo el control de la ciudad en la que habitan. De forma paralela, las fuerzas militares comandadas por el General Murchison (Mel Ferrer) y el Mayor Holmes (Francisco Rabal), han llegado a la conclusión que los zombis no son otra cosa más que hombres que han sido expuestos a altas dosis de radiación, lo que ha provocado serias mutaciones en su cuerpo, las cuales le han otorgado una cuasi inmortalidad que deben nutrir con sangre. Impotentes ante el implacable avance de los zombis, Murchison declara estado de emergencia con la esperanza de poder encontrar una solución antes de que sea demasiado tarde.

 

Si por algo se caracteriza “Nightmare City”, es por su emblemática ausencia de coherencia narrativa. Ni siquiera posee esa calidad onírica que muchos fanáticos del cine de horror italiano suelen utilizar para explicar por qué algunas de estas producciones carecen de sentido. En cierta medida, la producción se sofoca en su inútil intento por imitar el discurso sociopolítico presente en las películas de zombis de George A. Romero, y al mismo tiempo utilizar como escenario de fondo un estilo de violencia y gore muy similar al exhibido por Lucio Fulci a lo largo de su filmografía. Irónicamente, lo poco convincente que resulta ser el origen de los zombis (término que fue impuesto a la fuerza por los productores de la cinta), genera una reacción en cadena que termina echando por la borda cualquier intento por parte de Lenzi de realizar un discurso alegórico en contra de los peligros de la energía nuclear. Lo que es peor, es que aun cuando el director logra configurar algunas escenas interesantes desde el punto de vista temático y estético, eventualmente termina tirando todo a la basura cuando decide incluir una serie de imágenes de carácter misógino. Resulta a lo menos curioso que exista un énfasis mayor en los topless femeninos que presenta el film que en los mismos zombis, y el hecho de que Lenzi se muestre riguroso en su determinación de presentar las muertes de los extras femeninos con el mayor detalle posible, a diferencia de las víctimas masculinas que son asesinadas rápidamente y sin demasiado aspaviento. Es así como las escenas más brutales de la cinta son protagonizadas por mujeres, a las cuales entre otras cosas les perforan sus globos oculares o sencillamente les cercenan parte de sus glándulas mamarias.

Dentro del festival del sin sentido que es “Nightmare City”, el protagonista en vez de participar en la posible solución del problema de los zombis radioactivos, solo se limita a intentar escapar de la ciudad con su esposa sin un plan definido. En cuanto a las fuerzas militares, más allá de mover algunas piezas ubicadas en un mapa de la ciudad en la comodidad de su refugio, demuestran ser totalmente ineficientes a la hora de detener el avance de los implacables agresores, aun cuando la mayoría de las veces los superan en número y en armamento. Lo que es aún más curioso, es que la primera vez que el espectador ve al Mayor Holmes, uno de los líderes de las fuerzas armadas encargadas de terminar con la particular crisis que se ha desatado, este está disfrutando de un momento de placer con su esposa (Maria Rosaria Omaggio), aun cuando la ciudad está sumida en el más completo caos. Es precisamente en la escenificación del caos provocado por los zombis que Lenzi tiene mayor éxito, particularmente durante la secuencia que ocurre al interior del hospital donde trabaja Anna, el cual termina siendo invadido por una horda de infectados. Bajo un manto de oscuridad, los zombis arrasan con todo a su paso, al mismo tiempo que Dean intenta encontrar a su esposa, quien con cada segundo que pasa se ve cada vez más acorralada por sus grotescos asaltantes.

 

En cierta medida, no resulta sorpresivo que un guion tan poco cohesionado haya sido elaborado por tres escritores. En este caso Antonio Cesare Corti, Luis María Delgado y Piero Regnali. Una multitud de guionistas normalmente suele ser el primer signo de desarmonía e incompetencia narrativa, y aparentemente ninguno de los responsables del guion de “Nightmare City” estaban familiarizados con el término caracterización. Por ejemplo, el aburrido personaje interpretado por Hugo Stiglitz pasa de ser un incisivo e irresponsable reportero, a un verdadero héroe de acción de manera demasiado conveniente. Algo muy similar sucede con Anna, quien sufre una transformación aún más inexplicable. Ella comienza el film presentándose como un bastión de la racionalidad científica, y termina convirtiéndose en una persona supersticiosa que vocifera a los cuatro vientos que están siendo atacados por vampiros. Como es de esperarse, las interpretaciones en general dejan bastante que desear, pero para ser sinceros los actores tampoco contaban con un material decente para empezar. En cuanto al aspecto técnico del film, este cuenta con el irregular trabajo de fotografía de Hans Burmann, la atmosférica banda sonora del compositor Stelvio Cipriani, y el desastroso trabajo de maquillaje de Giuseppe Ferranti y Franco Di Girolamo, quienes son los responsables de la particular e hilarante apariencia de los zombis radioactivos.

Aun cuando en términos generales “Nightmare City” podría ser fácilmente considerado como un desastre cinematográfico por algunos espectadores de paladar más refinado, de todas formas presenta algunos aspectos redentores. Por ejemplo, los zombis son particularmente energéticos, ellos corren y se comportan de una manera que rompió con los esquemas existentes en las películas de zombis hasta aquel entonces. De hecho, es posible que este film haya servido como influencia para los directores a cargo de producciones como “28 Days Later” (2002) y el remake de “Dawn of the Dead” (2004), entre otras. Por otro lado, Lenzi logra crear una atmósfera palpable de desesperanza y nihilismo, la cual es reforzada por su actitud cínica hacia las autoridades y las fuerzas militares. Lo último y quizás lo más importante, es que tras capas y capas de histeria, surrealismo, gore y locura, Lenzi logra crear una cinta entretenida con altas dosis de humor involuntario, razón por la cual esta se ha convertido en una obra de culto para los seguidores del horror italiano. Para terminar, es necesario señalar que el giro de tuerca final del film, el cual ha sido utilizado previamente en incontables ocasiones, como por ejemplo en la película británica “Dead of Night” (1945), aun cuando puede sorprender a algunos espectadores, la verdad es que no tiene demasiada justificación, y solo parece un intento desesperado por parte del director de otorgarle un final a algo que desde un inicio no parecía conducir a ninguna parte.


por Fantomas.

domingo, 9 de agosto de 2015

The Dark Corner: Un estudio de contrastes.

“The Dark Corner” (1946), es un film noir del director Henry Hathaway, el cual está protagonizado por Lucille Ball, Mark Stevens y Clifton Webb.

Un detective privado llamado Bradford Galt (Mark Stevens), descubre un día que lo están siguiendo. Tras acorralar a su perseguidor, averigua que actúa bajo las órdenes de un antiguo socio con el que acabó enemistado. Poco después, Galt se ve envuelto en un calculado plan de asesinato, del cual solo podrá salir con la ayuda de su fiel secretaria, Kathleen Stewart (Lucille Ball).

 

Luego de que “Laura” se convirtiera en un éxito de taquilla en 1944, los estudios 20th Century Fox quisieron capitalizar los buenos resultados del film del director Otto Preminger lanzando otras producciones de corte similar. Una de estas producciones sería “The Dark Corner”, la cual afortunadamente para los ejecutivos del estudio acabó obteniendo los resultados esperados. El film se basó en una historia escrita por Leo Rosten (bajo el seudónimo de Leonard Q. Ross), la cual fue publicada en el año 1945 como una serial en la revista “Good Housekeeping”, y que posteriormente sería adaptada por el guionista Jay Dratler, quien también trabajó en el guion de la ya mencionada “Laura”, y por Bernard Schoenfeld, quien previamente había estado a cargo del guion de “Phantom Lady” (1944). Entre quienes eventualmente se convertirían en los protagonistas de la cinta, se encontraba Lucille Ball, quien varios años más tarde se convertiría en parte de la cultura popular norteamericana gracias a su participación en la serie de televisión “I Love Lucy” (1951-1957). Más allá de los resultados obtenidos por la producción, la actriz en varias ocasiones se encargó de destacar que odió la experiencia de rodar “The Dark Corner”. Gran parte de su resentimiento estaba centrado en la figura del director Henry Hathaway, cuyos malos tratos con Ball provocaron que ella eventualmente comenzara a tartamudear en el set, tras lo cual el director no dudó en acusar a la actriz de asistir ebria a las filmaciones.

En “The Dark Corner”, Bradford Galt es un detective privado que trabaja en Nueva York junto a su secretaría, Kathleen Stewart. Cierto día, ambos se dan cuenta que un hombre de traje blanco (William Bendix) los está siguiendo sin razón aparente. Rápidamente, el detective le tiende una trampa al sujeto, quien tras ser coercionado de forma violenta, revela que ha sido contratado por un tipo llamado Anthony Jardine (Kurt Kreuger) para seguirlo. Resulta que Jardine es un viejo conocido de Galt, con quien este último tenía una pequeña firma de abogados hace algunos años en San Francisco, y que tras utilizar sus encantos para chantajear a mujeres casadas de buena situación económica, terminó incriminando a Galt en un asesinato una vez que este amenazó con exponer su sucio negocio. Fue así como luego de pasar dos años en prisión, Galt se propuso iniciar una nueva vida en Nueva York. En el intertanto, aparentemente Jardine también se mudó a Nueva York, donde ha estado manteniendo una aventura con Mari Cathcart (Cathy Downs), la esposa de un acaudalado coleccionista y vendedor de arte llamado Hardy Cathcart (Clifton Webb). Decidido a descubrir los motivos por los cuales Jardine ha comenzado a seguirlo, Galt termina convirtiéndose en el principal sospechoso del asesinato de su antiguo socio. Con la policía pisándole los talones, ahora el detective deberá descubrir quien ha asesinado a Jardine, y los motivos por los que ha sido seleccionado para cargar con su muerte.

 

Una característica que llama la atención de este film y que comparte con varias producciones de la época, es la relación romántica que inevitablemente se establece entre Galt y su secretaria. Casi pareciera que los hombres de aquella época contrataban secretarias con el único objetivo de seducirlas, y que las mujeres buscaban esa clase de trabajo para dejarse seducir. Desde un inicio, el espectador asume que el rol de secretaria de Kathleen Stewart es solo temporal, una suerte de pasaje a la vida de casada. Evidentemente, el hecho de que el protagonista no tarde demasiado en cortejarla, y que Kathleen responda de manera positiva a los acercamientos del detective, refuerzan esta idea. Sin embargo, lo que resulta aún más curioso, es la dinámica que se establece entre ambos personajes. Kathleen no solo es ingeniosa e independiente, sino que además es algo maternal con Galt, quien en un comienzo se muestra como un tipo duro. De forma gradual, la mujer comienza a enamorarse del detective, y al mismo tiempo lo protege y lo incentiva cuando este se ve acorralado y agobiado por la difícil situación en la que se encuentra. “Estoy atrapado en una esquina oscura, y no sé quién me está golpeando”, dice el protagonista en un pasaje del film, abatido porque ha perdido la única pista con la que contaba. Es entonces cuando Kathleen surge como la figura que lo ayuda a ponerse de pie, y lo motiva a encontrar una solución a sus problemas, tal y como una madre lo haría con su hijo. Obviamente se trata de una dinámica poco común dentro del film noir, la cual afortunadamente funciona de maravilla en esta ocasión.

Uno de los mayores logros de Hathaway al momento del filmar “The Dark Corner”, tiene relación con la forma en como pone el foco de atención en los conflictos de clases que normalmente se esconden entre el pesimismo y la fatalidad del noir. De hecho, la cinta enfatiza determinados contrastes (ferias versus galerías de arte, edificios dilapidados versus espaciosas mansiones, entre otros) que pueden ser interpretados como yuxtaposiciones entre el mundo del proletariado y el de la burguesía, los cuales prueban ser absolutamente excluyentes el uno del otro. En ese sentido, Bradford Galt y Hardy Cathcart funcionan como dos tótems que se encuentran en lados opuestos de la ley y del espectro socioeconómico, mientras que el personaje interpretado por William Bendix es una suerte de germen capaz de corromper a los residentes de ambos mundos por unos pocos dólares. Indudablemente, a través del transcurso de la película se hace evidente como Hathaway toma partido por el héroe de la clase trabajadora, que se ve aplastado por el poder económico de la burguesía, el cual le permite moldear las leyes a su conveniencia. Más allá del comentario social, todo esto da pie a uno de los gags más divertidos del film, el cual involucra a un descolocado Galt en una galería de arte, intentando comprar una invaluable escultura de Donatello como si se tratará de un mueble común y corriente.

 

En cuanto a las actuaciones, Mark Stevens realiza un buen trabajo interpretando un detective atípico, que a diferencia de otros detectives icónicos del género como Sam Spade o Philip Marlowe, se muestra vulnerable en varios pasajes del film, lo que curiosamente ha sido ampliamente criticado durante el transcurso de los años. Lucille Ball por su parte, no solo demuestra tener una gran química con su coprotagonista, sino que además construye un personaje querible quien mediante sus ingeniosas intervenciones, aporta con ciertas dosis de humor sin necesariamente convertirse en un personaje humorístico. Por último, Clifton Webb básicamente vuelve a interpretar a Waldo Lydecker, su rol en “Laura”. Y es que nuevamente personifica a un hombre petulante y adinerado que está obsesionado con una mujer más joven, cuya figura guarda relación con un retrato que posee cierto valor sentimental para el personaje de Webb. La verdad es que Hardy Cathcart es un hombre cuya frialdad se contrasta con el dolor que siente por la infidelidad de su mujer; “El amor no es exclusivo de los adolescentes, querida”, le dice a Mari en un pasaje del film, “es una enfermedad del corazón que afecta a todos los grupos etarios, como mi amor por ti. Mi amor por ti es la única enfermedad que he contraído desde la niñez, y es incurable”. Por otro lado, en lo que respecta al aspecto técnico de la producción, los elementos destacables son la efectiva banda sonora compuesta por Cyril J. Mockridge, y el impecable trabajo de fotografía de Joseph MacDonald, quien demuestra tener un dominio envidiable del uso de la luz y las sombras.

“The Dark Corner” definitivamente podría ser utilizada para ejemplificar la estética del noir, ya que Hathaway y MacDonald realizan un buen trabajo en conjunto al momento de definir la apariencia y la atmósfera de la cinta. De igual forma resulta destacable la labor de la totalidad del elenco, en especial de una Lucille Ball muy alejada del espectro cómico por el cual eventualmente se hizo famosa. Sin embargo, el principal problema del film de Hathaway es que evoca demasiado a otras producciones clásicas del género, como a la ya mencionada “Laura” e incluso a “The Maltese Falcon” (1941), lo que lamentablemente ha provocado que la película sea injustamente subvalorada durante muchos años. Por otro lado, esta subvaloración también puede ser atribuida a la falta de una verdadera femme fatale, ya que la actitud de la joven esposa de Hardy Cathcart solo está motivada por el amor que siente por Jardine, y no por las ansias de destruir a su marido o quedarse con su dinero, y a la ya mencionada actitud pesimista y quejumbrosa del protagonista una vez que se ve envuelto en un embrollo que no parece tener solución. Más allá de estos detalles, “The Dark Corner” en un film noir de una gran factura técnica, plagado de diálogos inteligentes, con un guion interesante, y una dupla de protagonistas bastante atípica para un género que como tantos otros, en ocasiones le resultaba difícil no reproducir de forma automática una fórmula que ya estaba absolutamente consolidada.

por Fantomas.

jueves, 6 de agosto de 2015

Flatliners: Hoy es un buen día para morir.

“Flatliners” (1990), es un thriller de horror del director Joel Schumacher, el cual está protagonizado por Kiefer Sutherland, Kevin Bacon y Julia Roberts.

Nelson (Kiefer Sutherland) es un ambicioso estudiante de medicina que convence a algunos de sus compañeros para que participen en un peligroso experimento, cuyo objetivo es descubrir si existe algo después de la muerte. Aunque todo en un principio sale acorde a lo planeado, las consecuencias de sus actos no tardarán en amenazar con terminar con su sanidad mental y con sus propias vidas.

 

El político, científico e inventor estadounidense Benjamín Franklin, en una ocasión mencionó: “Solo hay dos cosas seguras en esta vida: la muerte y los impuestos”. Mientras que de lo último nos quejamos continuamente, como todo cineasta ligado al género del horror sabe, lo primero es una de las fuentes principales de nuestros miedos. De hecho, el miedo a la muerte ha sido explorado en prácticamente todas las películas de terror de las que se tenga memoria. Aun cuando hoy en día principalmente por motivos comerciales, la mayoría de las cintas de terror intentan analizar el tópico de la muerte a través de una serie de clichés predecibles, de vez en cuando aparecen guionistas y cineastas con ideas ambiciosas o simplemente alocadas, capaces de convertir temas clichés en algo innovador o sencillamente fascinante. Eso fue precisamente lo que pasó con el entonces desconocido guionista Peter Filardi, quien se inspiró en el caso de un amigo cercano que tras tener una reacción alérgica a la anestesia durante una cirugía, vivió una experiencia cercana a la muerte, a la hora de escribir el guion de “Flatliners”. Cuando eventualmente el guion llamó la atención de los ejecutivos de la Columbia Pictures, estos convocaron al director Joel Schumacher, quien atraído por los tópicos incluidos en el escrito de Filardi, decidió abandonar otros proyectos para sumarse a la producción. La participación de Schumacher en el film sería de suma importancia, ya que no solo se encargó de darle algunos retoques al guion de Filardi, sino que además se preocupó de instruirse en temas ligados a la medicina y a experiencias cercanas a la muerte, para así otorgarle un mayor realismo a la producción.

“Flatliners” se ambienta en una escuela de medicina norteamericana de Chicago donde cinco inteligentes y ambiciosos estudiantes; Nelson, Rachel Mannus (Julia Roberts), David Labraccio (Kevin Bacon), Joe Hurley (William Baldwin), y Randy Steckle (Oliver Platt), están a punto de embarcarse en un riesgoso viaje que promete llevarlos a donde ningún hombre ha estado antes y ha vivido para contarlo. Será Nelson el encargado de convencer a sus compañeros de parar su corazón temporalmente mediante el uso de un desfibrilador y anestésicos, para luego resucitarlo a través técnicas médicas, todo esto con el fin de responder la mayor pregunta de todas: ¿Qué yace más allá de este mundo y de este estado consciente el cual ha sido denominado como “vida”? Después de un exitoso viaje al más allá, los colegas de Nelson se entusiasman con la experiencia y se ofrecen voluntariamente a morir en nombre de la ciencia médica, y en el caso de algunos de ellos, en nombre de su propia curiosidad. A medida que se someten por periodos más largos de tiempo a este estado de muerte temporal, arriesgando su bienestar con cada segundo que pasa y jugando a ser Dios con las vidas de sus amigos, estos jóvenes se verán enfrentados a sus propios demonios, los cuales no solo les harán cuestionar su sanidad mental, sino que además los llevarán a aprender más sobre la vida que sobre el tópico que tanto les atrae.

 

Si se considera a “Flatliners” como un film de terror, lo cual no sería algo tan alejado de la realidad considerando su temática, la época en la que suceden los hechos (Halloween), y la serie de postales que Schumacher incluye y que son propias de un relato de horror, la verdad es que su tema central es tanto su fortaleza como su debilidad. Esto se explica con bastante facilidad, ya que si el objetivo de un determinado cineasta es realizar una cinta acerca de la esencia de la vida y la muerte, es necesario que se asegure de tener una buena respuesta con respecto a lo que nos espera del otro lado, o de lo contrario se arriesga a que el espectador sienta que sus expectativas no han sido cumplidas. Desafortunadamente, esto último es precisamente lo que sucede con “Flatliners”, ya que a medida que se van revelando las consecuencias de los paseos por la muerte de los protagonistas, resulta difícil no sentir que la respuesta elaborada por Schumacher y Filardi es poco satisfactoria. Y es que en gran medida, la película sucumbe demasiado fácil al cliché temático expuesto ampliamente en las viejas historietas publicadas por la editorial EC: cada uno de los actos moralmente cuestionables que hayas cometido en tu vida, eventualmente regresarán a atormentarte a no ser de que repares el error de alguna manera antes de que sea demasiado tarde.

Más allá de los temas que son gradualmente explorados durante el transcurso de la historia, “Flatliners” se alza como un testimonio del particular estilo visual de Joel Schumacher, y de su tendencia a filmar relatos extraños. De hecho, el film incorpora prácticamente cada uno de los elementos característicos del sello de Schumacher; está dominado por oscuras sombras, contiene una gran cantidad de arquitectura y esculturas góticas, incorpora explosiones de imágenes en neón que se contrastan con la oscuridad general de los escenarios, incluye una innecesaria y colorida escena en la que aparece un montón de gente disfrazada celebrando Halloweeen, y por último el director hace uso de una serie de tomas aéreas para dejar patente que el peligro que acecha a los protagonistas es prácticamente omnipresente. El logrado apartado visual está acompañado de la música rock con sintetizadores tan típica de fines de los ochenta y principios de los noventa, la que en esta ocasión estuvo a cargo del compositor James Newton Howard, y la cual además trae a la memoria lo hecho por Schumacher en “The Lost Boys” (1987), uno de sus trabajos más recordados. De hecho, tanto “Flatliners” como “The Lost Boys” se alzan como dos buenos ejemplos de la capacidad del director de complementar de forma exitosa la estética con la narrativa, todo esto en beneficio de la historia, talento que lamentablemente con el paso de los años Schumacher fue incapaz de conservar.

 

El elenco, conformado por quienes en ese momento eran vistos como talentosos actores jóvenes, presenta la mezcla perfecta entre intensidad, temor, petulancia, y honestidad. Quienes obviamente se destacan son el trío conformado por Kiefer Sutherland, Julia Roberts, y Kevin Bacon, cuyos personajes no solo son los protagonistas centrales de la historia, que dicho sea de paso también conforman el tormentoso triángulo amoroso del film, sino que además los actores son capaces de comprender, aceptar, y acentuar sus conflictos durante la exploración de temas como la redención, la salvación, y el perdón influenciados por los diversos errores que Nelson, Rachel, David, y el resto cometieron en algún punto de sus vidas. En gran medida, “Flatliners” utiliza la muerte como un medio que le permite a los protagonistas, y por extensión también a la audiencia, ver la vida y el mundo que los rodea desde otra perspectiva. Es el personaje de Sutherland quien representa en mayor medida uno de los temas principales de la cinta, aquello que él mismo llama “salvación”, que no es otra cosa que la tarea de revertir los errores del pasado que eventualmente regresan a atormentar el alma del hombre, corrigiendo de esta forma las influencias nefastas que le dieron forma a su vida, aun cuando en el caso particular de Nelson, este fue incapaz de percatarse del dolor generado por el lento pero constante proceso de la culpa que yace en su interior.

“Flatliners” fue estrenada en una época en que Hollywood estaba fascinada con la muerte y el más allá, temas que también fueron tratados en cintas como “Ghost” (1990) y “Jacob´s Ladder” (1990). Podría decirse que “Flatliners” reside en algún lugar entre ambas producciones, ya que comparte algunas de las aspiraciones románticas y las nociones de perdón expuestas en “Ghost”, y también incluye algunos aspectos propios del thriller presentes en “Jacob´s Ladder”. Es indudable que Schumacher supo explotar las fortalezas de la historia, lo que afortunadamente deja en segundo plano el hecho de que por momentos la cinta cae en un patrón algo decepcionante, en el cual se supone que el espectador debe aguantar la respiración cuando los protagonistas se someten a una nueva experiencia que pone en riesgo sus vidas. Una resucitación provoca suspenso. Dos aún son capaces de generar una atmósfera efectiva. Más de dos terminan por completo con la novedad y con las esperanzas del director de generar algún grado de tensión. “Flatliners” es un thriller original, inteligente y bien dirigido por Joel Schumacher, el cual gozó de bastante éxito al momento de su estreno, y que hoy en día si bien no es considerado un clásico, básicamente porque el guion obliga al espectador a pasar por la misma crisis una y otra vez, de todas formas es recordado como uno de los mejores trabajos de un director con una carrera bastante irregular.

por Fantomas.
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