jueves, 13 de agosto de 2015

Nightmare City: Zombis unidos, jamás serán vencidos.

“Incubo sulla città contaminata” o “Nightmare City” (1980), es un film de horror del director Umberto Lenzi, el cual está protagonizado por Hugo Stiglitz, Laura Trotter, y Mel Ferrer.

En una ciudad europea no identificada, un reportero llamado Dean Miller (Hugo Stiglitz) y su esposa Anna (Laura Trotter) intentan escapar de hordas de zombis sedientos de sangre, los cuales estuvieron expuestos a altas dosis de radiación. Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, un grupo de líderes militares intentan descifrar la forma de detener la amenaza antes de que acaben con todo a su paso.

 

Como un gran número de sus contemporáneos que trabajaron en los ambientes bañados de sangre característicos del cine italiano de horror de bajo presupuesto realizado durante la década del setenta, Umberto Lenzi se destacó por ser un director con una gran capacidad para adaptarse a los requerimientos de diversos géneros cinematográficos, siempre desde un punto de vista utilitario, razón por la cual jamás se preocupó demasiado de la calidad de sus obras. Entre otras cosas, Lenzi aportó con algunas coloridas e interesantes entradas al género del giallo, entre las que se incluyen “Orgasmo” (1969), “So Sweet… So Perverse” (1969), y la alabada “Seven Blood-Stained Orchids” (1972). Sin embargo, su mayor contribución al género del horror fueron tres criticables entradas al subgénero del cine de caníbales; “Deep River Savages” (1972), “Eaten Alive!” (1980), y la infumable “Cannibal Ferox” (1981). Como resultado de estos films, Lenzi construyó un legado cinematográfico marcado por el sadismo más que por la competencia, el cual carece por completo de una personalidad propia y de cualquier sentido de coherencia estilística. Sería su marcada inclinación por las escenas efectistas, lo que eventualmente permitiría que Lenzi se convirtiera en una suerte de figura de culto entre algunos aficionados al cine de terror, aun cuando resulta evidente que no existe una gran pulcritud cinematográfica en la obra del director.

El protagonista de “Nightmare City” es Dean Miller, un reportero de televisión que se desempeña en una ciudad europea indeterminada, al cual se le ha encargado cubrir la inminente llegada de un científico llamado Hagenback al aeropuerto local, el cual ha estado supervisando las consecuencias provocadas por la reciente crisis de una planta nuclear cercana. Aunque todo parece ir según lo esperado, eventualmente Miller y algunos miembros del personal de emergencia del aeropuerto, son sorprendidos por la llegada de una misteriosa aeronave militar de origen desconocido. Una vez que el avión aterriza y se abren sus compuertas, de manera súbita una horda de zombis armados hasta los dientes inicia una verdadera masacre de la cual solo unos pocos logran salir con vida. Alarmado por la situación, tras intentar en vano avisarle a la población de lo sucedido en el aeropuerto, de inmediato Miller se propone ir a buscar a su esposa al hospital donde trabaja, antes que los zombis tomen por completo el control de la ciudad en la que habitan. De forma paralela, las fuerzas militares comandadas por el General Murchison (Mel Ferrer) y el Mayor Holmes (Francisco Rabal), han llegado a la conclusión que los zombis no son otra cosa más que hombres que han sido expuestos a altas dosis de radiación, lo que ha provocado serias mutaciones en su cuerpo, las cuales le han otorgado una cuasi inmortalidad que deben nutrir con sangre. Impotentes ante el implacable avance de los zombis, Murchison declara estado de emergencia con la esperanza de poder encontrar una solución antes de que sea demasiado tarde.

 

Si por algo se caracteriza “Nightmare City”, es por su emblemática ausencia de coherencia narrativa. Ni siquiera posee esa calidad onírica que muchos fanáticos del cine de horror italiano suelen utilizar para explicar por qué algunas de estas producciones carecen de sentido. En cierta medida, la producción se sofoca en su inútil intento por imitar el discurso sociopolítico presente en las películas de zombis de George A. Romero, y al mismo tiempo utilizar como escenario de fondo un estilo de violencia y gore muy similar al exhibido por Lucio Fulci a lo largo de su filmografía. Irónicamente, lo poco convincente que resulta ser el origen de los zombis (término que fue impuesto a la fuerza por los productores de la cinta), genera una reacción en cadena que termina echando por la borda cualquier intento por parte de Lenzi de realizar un discurso alegórico en contra de los peligros de la energía nuclear. Lo que es peor, es que aun cuando el director logra configurar algunas escenas interesantes desde el punto de vista temático y estético, eventualmente termina tirando todo a la basura cuando decide incluir una serie de imágenes de carácter misógino. Resulta a lo menos curioso que exista un énfasis mayor en los topless femeninos que presenta el film que en los mismos zombis, y el hecho de que Lenzi se muestre riguroso en su determinación de presentar las muertes de los extras femeninos con el mayor detalle posible, a diferencia de las víctimas masculinas que son asesinadas rápidamente y sin demasiado aspaviento. Es así como las escenas más brutales de la cinta son protagonizadas por mujeres, a las cuales entre otras cosas les perforan sus globos oculares o sencillamente les cercenan parte de sus glándulas mamarias.

Dentro del festival del sin sentido que es “Nightmare City”, el protagonista en vez de participar en la posible solución del problema de los zombis radioactivos, solo se limita a intentar escapar de la ciudad con su esposa sin un plan definido. En cuanto a las fuerzas militares, más allá de mover algunas piezas ubicadas en un mapa de la ciudad en la comodidad de su refugio, demuestran ser totalmente ineficientes a la hora de detener el avance de los implacables agresores, aun cuando la mayoría de las veces los superan en número y en armamento. Lo que es aún más curioso, es que la primera vez que el espectador ve al Mayor Holmes, uno de los líderes de las fuerzas armadas encargadas de terminar con la particular crisis que se ha desatado, este está disfrutando de un momento de placer con su esposa (Maria Rosaria Omaggio), aun cuando la ciudad está sumida en el más completo caos. Es precisamente en la escenificación del caos provocado por los zombis que Lenzi tiene mayor éxito, particularmente durante la secuencia que ocurre al interior del hospital donde trabaja Anna, el cual termina siendo invadido por una horda de infectados. Bajo un manto de oscuridad, los zombis arrasan con todo a su paso, al mismo tiempo que Dean intenta encontrar a su esposa, quien con cada segundo que pasa se ve cada vez más acorralada por sus grotescos asaltantes.

 

En cierta medida, no resulta sorpresivo que un guion tan poco cohesionado haya sido elaborado por tres escritores. En este caso Antonio Cesare Corti, Luis María Delgado y Piero Regnali. Una multitud de guionistas normalmente suele ser el primer signo de desarmonía e incompetencia narrativa, y aparentemente ninguno de los responsables del guion de “Nightmare City” estaban familiarizados con el término caracterización. Por ejemplo, el aburrido personaje interpretado por Hugo Stiglitz pasa de ser un incisivo e irresponsable reportero, a un verdadero héroe de acción de manera demasiado conveniente. Algo muy similar sucede con Anna, quien sufre una transformación aún más inexplicable. Ella comienza el film presentándose como un bastión de la racionalidad científica, y termina convirtiéndose en una persona supersticiosa que vocifera a los cuatro vientos que están siendo atacados por vampiros. Como es de esperarse, las interpretaciones en general dejan bastante que desear, pero para ser sinceros los actores tampoco contaban con un material decente para empezar. En cuanto al aspecto técnico del film, este cuenta con el irregular trabajo de fotografía de Hans Burmann, la atmosférica banda sonora del compositor Stelvio Cipriani, y el desastroso trabajo de maquillaje de Giuseppe Ferranti y Franco Di Girolamo, quienes son los responsables de la particular e hilarante apariencia de los zombis radioactivos.

Aun cuando en términos generales “Nightmare City” podría ser fácilmente considerado como un desastre cinematográfico por algunos espectadores de paladar más refinado, de todas formas presenta algunos aspectos redentores. Por ejemplo, los zombis son particularmente energéticos, ellos corren y se comportan de una manera que rompió con los esquemas existentes en las películas de zombis hasta aquel entonces. De hecho, es posible que este film haya servido como influencia para los directores a cargo de producciones como “28 Days Later” (2002) y el remake de “Dawn of the Dead” (2004), entre otras. Por otro lado, Lenzi logra crear una atmósfera palpable de desesperanza y nihilismo, la cual es reforzada por su actitud cínica hacia las autoridades y las fuerzas militares. Lo último y quizás lo más importante, es que tras capas y capas de histeria, surrealismo, gore y locura, Lenzi logra crear una cinta entretenida con altas dosis de humor involuntario, razón por la cual esta se ha convertido en una obra de culto para los seguidores del horror italiano. Para terminar, es necesario señalar que el giro de tuerca final del film, el cual ha sido utilizado previamente en incontables ocasiones, como por ejemplo en la película británica “Dead of Night” (1945), aun cuando puede sorprender a algunos espectadores, la verdad es que no tiene demasiada justificación, y solo parece un intento desesperado por parte del director de otorgarle un final a algo que desde un inicio no parecía conducir a ninguna parte.

por Fantomas.

domingo, 9 de agosto de 2015

The Dark Corner: Un estudio de contrastes.

“The Dark Corner” (1946), es un film noir del director Henry Hathaway, el cual está protagonizado por Lucille Ball, Mark Stevens y Clifton Webb.

Un detective privado llamado Bradford Galt (Mark Stevens), descubre un día que lo están siguiendo. Tras acorralar a su perseguidor, averigua que actúa bajo las órdenes de un antiguo socio con el que acabó enemistado. Poco después, Galt se ve envuelto en un calculado plan de asesinato, del cual solo podrá salir con la ayuda de su fiel secretaria, Kathleen Stewart (Lucille Ball).

 

Luego de que “Laura” se convirtiera en un éxito de taquilla en 1944, los estudios 20th Century Fox quisieron capitalizar los buenos resultados del film del director Otto Preminger lanzando otras producciones de corte similar. Una de estas producciones sería “The Dark Corner”, la cual afortunadamente para los ejecutivos del estudio acabó obteniendo los resultados esperados. El film se basó en una historia escrita por Leo Rosten (bajo el seudónimo de Leonard Q. Ross), la cual fue publicada en el año 1945 como una serial en la revista “Good Housekeeping”, y que posteriormente sería adaptada por el guionista Jay Dratler, quien también trabajó en el guion de la ya mencionada “Laura”, y por Bernard Schoenfeld, quien previamente había estado a cargo del guion de “Phantom Lady” (1944). Entre quienes eventualmente se convertirían en los protagonistas de la cinta, se encontraba Lucille Ball, quien varios años más tarde se convertiría en parte de la cultura popular norteamericana gracias a su participación en la serie de televisión “I Love Lucy” (1951-1957). Más allá de los resultados obtenidos por la producción, la actriz en varias ocasiones se encargó de destacar que odió la experiencia de rodar “The Dark Corner”. Gran parte de su resentimiento estaba centrado en la figura del director Henry Hathaway, cuyos malos tratos con Ball provocaron que ella eventualmente comenzara a tartamudear en el set, tras lo cual el director no dudó en acusar a la actriz de asistir ebria a las filmaciones.

En “The Dark Corner”, Bradford Galt es un detective privado que trabaja en Nueva York junto a su secretaría, Kathleen Stewart. Cierto día, ambos se dan cuenta que un hombre de traje blanco (William Bendix) los está siguiendo sin razón aparente. Rápidamente, el detective le tiende una trampa al sujeto, quien tras ser coercionado de forma violenta, revela que ha sido contratado por un tipo llamado Anthony Jardine (Kurt Kreuger) para seguirlo. Resulta que Jardine es un viejo conocido de Galt, con quien este último tenía una pequeña firma de abogados hace algunos años en San Francisco, y que tras utilizar sus encantos para chantajear a mujeres casadas de buena situación económica, terminó incriminando a Galt en un asesinato una vez que este amenazó con exponer su sucio negocio. Fue así como luego de pasar dos años en prisión, Galt se propuso iniciar una nueva vida en Nueva York. En el intertanto, aparentemente Jardine también se mudó a Nueva York, donde ha estado manteniendo una aventura con Mari Cathcart (Cathy Downs), la esposa de un acaudalado coleccionista y vendedor de arte llamado Hardy Cathcart (Clifton Webb). Decidido a descubrir los motivos por los cuales Jardine ha comenzado a seguirlo, Galt termina convirtiéndose en el principal sospechoso del asesinato de su antiguo socio. Con la policía pisándole los talones, ahora el detective deberá descubrir quien ha asesinado a Jardine, y los motivos por los que ha sido seleccionado para cargar con su muerte.

 

Una característica que llama la atención de este film y que comparte con varias producciones de la época, es la relación romántica que inevitablemente se establece entre Galt y su secretaria. Casi pareciera que los hombres de aquella época contrataban secretarias con el único objetivo de seducirlas, y que las mujeres buscaban esa clase de trabajo para dejarse seducir. Desde un inicio, el espectador asume que el rol de secretaria de Kathleen Stewart es solo temporal, una suerte de pasaje a la vida de casada. Evidentemente, el hecho de que el protagonista no tarde demasiado en cortejarla, y que Kathleen responda de manera positiva a los acercamientos del detective, refuerzan esta idea. Sin embargo, lo que resulta aún más curioso, es la dinámica que se establece entre ambos personajes. Kathleen no solo es ingeniosa e independiente, sino que además es algo maternal con Galt, quien en un comienzo se muestra como un tipo duro. De forma gradual, la mujer comienza a enamorarse del detective, y al mismo tiempo lo protege y lo incentiva cuando este se ve acorralado y agobiado por la difícil situación en la que se encuentra. “Estoy atrapado en una esquina oscura, y no sé quién me está golpeando”, dice el protagonista en un pasaje del film, abatido porque ha perdido la única pista con la que contaba. Es entonces cuando Kathleen surge como la figura que lo ayuda a ponerse de pie, y lo motiva a encontrar una solución a sus problemas, tal y como una madre lo haría con su hijo. Obviamente se trata de una dinámica poco común dentro del film noir, la cual afortunadamente funciona de maravilla en esta ocasión.

Uno de los mayores logros de Hathaway al momento del filmar “The Dark Corner”, tiene relación con la forma en como pone el foco de atención en los conflictos de clases que normalmente se esconden entre el pesimismo y la fatalidad del noir. De hecho, la cinta enfatiza determinados contrastes (ferias versus galerías de arte, edificios dilapidados versus espaciosas mansiones, entre otros) que pueden ser interpretados como yuxtaposiciones entre el mundo del proletariado y el de la burguesía, los cuales prueban ser absolutamente excluyentes el uno del otro. En ese sentido, Bradford Galt y Hardy Cathcart funcionan como dos tótems que se encuentran en lados opuestos de la ley y del espectro socioeconómico, mientras que el personaje interpretado por William Bendix es una suerte de germen capaz de corromper a los residentes de ambos mundos por unos pocos dólares. Indudablemente, a través del transcurso de la película se hace evidente como Hathaway toma partido por el héroe de la clase trabajadora, que se ve aplastado por el poder económico de la burguesía, el cual le permite moldear las leyes a su conveniencia. Más allá del comentario social, todo esto da pie a uno de los gags más divertidos del film, el cual involucra a un descolocado Galt en una galería de arte, intentando comprar una invaluable escultura de Donatello como si se tratará de un mueble común y corriente.

 

En cuanto a las actuaciones, Mark Stevens realiza un buen trabajo interpretando un detective atípico, que a diferencia de otros detectives icónicos del género como Sam Spade o Philip Marlowe, se muestra vulnerable en varios pasajes del film, lo que curiosamente ha sido ampliamente criticado durante el transcurso de los años. Lucille Ball por su parte, no solo demuestra tener una gran química con su coprotagonista, sino que además construye un personaje querible quien mediante sus ingeniosas intervenciones, aporta con ciertas dosis de humor sin necesariamente convertirse en un personaje humorístico. Por último, Clifton Webb básicamente vuelve a interpretar a Waldo Lydecker, su rol en “Laura”. Y es que nuevamente personifica a un hombre petulante y adinerado que está obsesionado con una mujer más joven, cuya figura guarda relación con un retrato que posee cierto valor sentimental para el personaje de Webb. La verdad es que Hardy Cathcart es un hombre cuya frialdad se contrasta con el dolor que siente por la infidelidad de su mujer; “El amor no es exclusivo de los adolescentes, querida”, le dice a Mari en un pasaje del film, “es una enfermedad del corazón que afecta a todos los grupos etarios, como mi amor por ti. Mi amor por ti es la única enfermedad que he contraído desde la niñez, y es incurable”. Por otro lado, en lo que respecta al aspecto técnico de la producción, los elementos destacables son la efectiva banda sonora compuesta por Cyril J. Mockridge, y el impecable trabajo de fotografía de Joseph MacDonald, quien demuestra tener un dominio envidiable del uso de la luz y las sombras.

“The Dark Corner” definitivamente podría ser utilizada para ejemplificar la estética del noir, ya que Hathaway y MacDonald realizan un buen trabajo en conjunto al momento de definir la apariencia y la atmósfera de la cinta. De igual forma resulta destacable la labor de la totalidad del elenco, en especial de una Lucille Ball muy alejada del espectro cómico por el cual eventualmente se hizo famosa. Sin embargo, el principal problema del film de Hathaway es que evoca demasiado a otras producciones clásicas del género, como a la ya mencionada “Laura” e incluso a “The Maltese Falcon” (1941), lo que lamentablemente ha provocado que la película sea injustamente subvalorada durante muchos años. Por otro lado, esta subvaloración también puede ser atribuida a la falta de una verdadera femme fatale, ya que la actitud de la joven esposa de Hardy Cathcart solo está motivada por el amor que siente por Jardine, y no por las ansias de destruir a su marido o quedarse con su dinero, y a la ya mencionada actitud pesimista y quejumbrosa del protagonista una vez que se ve envuelto en un embrollo que no parece tener solución. Más allá de estos detalles, “The Dark Corner” en un film noir de una gran factura técnica, plagado de diálogos inteligentes, con un guion interesante, y una dupla de protagonistas bastante atípica para un género que como tantos otros, en ocasiones le resultaba difícil no reproducir de forma automática una fórmula que ya estaba absolutamente consolidada.

por Fantomas.

jueves, 6 de agosto de 2015

Flatliners: Hoy es un buen día para morir.

“Flatliners” (1990), es un thriller de horror del director Joel Schumacher, el cual está protagonizado por Kiefer Sutherland, Kevin Bacon y Julia Roberts.

Nelson (Kiefer Sutherland) es un ambicioso estudiante de medicina que convence a algunos de sus compañeros para que participen en un peligroso experimento, cuyo objetivo es descubrir si existe algo después de la muerte. Aunque todo en un principio sale acorde a lo planeado, las consecuencias de sus actos no tardarán en amenazar con terminar con su sanidad mental y con sus propias vidas.

 

El político, científico e inventor estadounidense Benjamín Franklin, en una ocasión mencionó: “Solo hay dos cosas seguras en esta vida: la muerte y los impuestos”. Mientras que de lo último nos quejamos continuamente, como todo cineasta ligado al género del horror sabe, lo primero es una de las fuentes principales de nuestros miedos. De hecho, el miedo a la muerte ha sido explorado en prácticamente todas las películas de terror de las que se tenga memoria. Aun cuando hoy en día principalmente por motivos comerciales, la mayoría de las cintas de terror intentan analizar el tópico de la muerte a través de una serie de clichés predecibles, de vez en cuando aparecen guionistas y cineastas con ideas ambiciosas o simplemente alocadas, capaces de convertir temas clichés en algo innovador o sencillamente fascinante. Eso fue precisamente lo que pasó con el entonces desconocido guionista Peter Filardi, quien se inspiró en el caso de un amigo cercano que tras tener una reacción alérgica a la anestesia durante una cirugía, vivió una experiencia cercana a la muerte, a la hora de escribir el guion de “Flatliners”. Cuando eventualmente el guion llamó la atención de los ejecutivos de la Columbia Pictures, estos convocaron al director Joel Schumacher, quien atraído por los tópicos incluidos en el escrito de Filardi, decidió abandonar otros proyectos para sumarse a la producción. La participación de Schumacher en el film sería de suma importancia, ya que no solo se encargó de darle algunos retoques al guion de Filardi, sino que además se preocupó de instruirse en temas ligados a la medicina y a experiencias cercanas a la muerte, para así otorgarle un mayor realismo a la producción.

“Flatliners” se ambienta en una escuela de medicina norteamericana de Chicago donde cinco inteligentes y ambiciosos estudiantes; Nelson, Rachel Mannus (Julia Roberts), David Labraccio (Kevin Bacon), Joe Hurley (William Baldwin), y Randy Steckle (Oliver Platt), están a punto de embarcarse en un riesgoso viaje que promete llevarlos a donde ningún hombre ha estado antes y ha vivido para contarlo. Será Nelson el encargado de convencer a sus compañeros de parar su corazón temporalmente mediante el uso de un desfibrilador y anestésicos, para luego resucitarlo a través técnicas médicas, todo esto con el fin de responder la mayor pregunta de todas: ¿Qué yace más allá de este mundo y de este estado consciente el cual ha sido denominado como “vida”? Después de un exitoso viaje al más allá, los colegas de Nelson se entusiasman con la experiencia y se ofrecen voluntariamente a morir en nombre de la ciencia médica, y en el caso de algunos de ellos, en nombre de su propia curiosidad. A medida que se someten por periodos más largos de tiempo a este estado de muerte temporal, arriesgando su bienestar con cada segundo que pasa y jugando a ser Dios con las vidas de sus amigos, estos jóvenes se verán enfrentados a sus propios demonios, los cuales no solo les harán cuestionar su sanidad mental, sino que además los llevarán a aprender más sobre la vida que sobre el tópico que tanto les atrae.

 

Si se considera a “Flatliners” como un film de terror, lo cual no sería algo tan alejado de la realidad considerando su temática, la época en la que suceden los hechos (Halloween), y la serie de postales que Schumacher incluye y que son propias de un relato de horror, la verdad es que su tema central es tanto su fortaleza como su debilidad. Esto se explica con bastante facilidad, ya que si el objetivo de un determinado cineasta es realizar una cinta acerca de la esencia de la vida y la muerte, es necesario que se asegure de tener una buena respuesta con respecto a lo que nos espera del otro lado, o de lo contrario se arriesga a que el espectador sienta que sus expectativas no han sido cumplidas. Desafortunadamente, esto último es precisamente lo que sucede con “Flatliners”, ya que a medida que se van revelando las consecuencias de los paseos por la muerte de los protagonistas, resulta difícil no sentir que la respuesta elaborada por Schumacher y Filardi es poco satisfactoria. Y es que en gran medida, la película sucumbe demasiado fácil al cliché temático expuesto ampliamente en las viejas historietas publicadas por la editorial EC: cada uno de los actos moralmente cuestionables que hayas cometido en tu vida, eventualmente regresarán a atormentarte a no ser de que repares el error de alguna manera antes de que sea demasiado tarde.

Más allá de los temas que son gradualmente explorados durante el transcurso de la historia, “Flatliners” se alza como un testimonio del particular estilo visual de Joel Schumacher, y de su tendencia a filmar relatos extraños. De hecho, el film incorpora prácticamente cada uno de los elementos característicos del sello de Schumacher; está dominado por oscuras sombras, contiene una gran cantidad de arquitectura y esculturas góticas, incorpora explosiones de imágenes en neón que se contrastan con la oscuridad general de los escenarios, incluye una innecesaria y colorida escena en la que aparece un montón de gente disfrazada celebrando Halloweeen, y por último el director hace uso de una serie de tomas aéreas para dejar patente que el peligro que acecha a los protagonistas es prácticamente omnipresente. El logrado apartado visual está acompañado de la música rock con sintetizadores tan típica de fines de los ochenta y principios de los noventa, la que en esta ocasión estuvo a cargo del compositor James Newton Howard, y la cual además trae a la memoria lo hecho por Schumacher en “The Lost Boys” (1987), uno de sus trabajos más recordados. De hecho, tanto “Flatliners” como “The Lost Boys” se alzan como dos buenos ejemplos de la capacidad del director de complementar de forma exitosa la estética con la narrativa, todo esto en beneficio de la historia, talento que lamentablemente con el paso de los años Schumacher fue incapaz de conservar.

 

El elenco, conformado por quienes en ese momento eran vistos como talentosos actores jóvenes, presenta la mezcla perfecta entre intensidad, temor, petulancia, y honestidad. Quienes obviamente se destacan son el trío conformado por Kiefer Sutherland, Julia Roberts, y Kevin Bacon, cuyos personajes no solo son los protagonistas centrales de la historia, que dicho sea de paso también conforman el tormentoso triángulo amoroso del film, sino que además los actores son capaces de comprender, aceptar, y acentuar sus conflictos durante la exploración de temas como la redención, la salvación, y el perdón influenciados por los diversos errores que Nelson, Rachel, David, y el resto cometieron en algún punto de sus vidas. En gran medida, “Flatliners” utiliza la muerte como un medio que le permite a los protagonistas, y por extensión también a la audiencia, ver la vida y el mundo que los rodea desde otra perspectiva. Es el personaje de Sutherland quien representa en mayor medida uno de los temas principales de la cinta, aquello que él mismo llama “salvación”, que no es otra cosa que la tarea de revertir los errores del pasado que eventualmente regresan a atormentar el alma del hombre, corrigiendo de esta forma las influencias nefastas que le dieron forma a su vida, aun cuando en el caso particular de Nelson, este fue incapaz de percatarse del dolor generado por el lento pero constante proceso de la culpa que yace en su interior.

“Flatliners” fue estrenada en una época en que Hollywood estaba fascinada con la muerte y el más allá, temas que también fueron tratados en cintas como “Ghost” (1990) y “Jacob´s Ladder” (1990). Podría decirse que “Flatliners” reside en algún lugar entre ambas producciones, ya que comparte algunas de las aspiraciones románticas y las nociones de perdón expuestas en “Ghost”, y también incluye algunos aspectos propios del thriller presentes en “Jacob´s Ladder”. Es indudable que Schumacher supo explotar las fortalezas de la historia, lo que afortunadamente deja en segundo plano el hecho de que por momentos la cinta cae en un patrón algo decepcionante, en el cual se supone que el espectador debe aguantar la respiración cuando los protagonistas se someten a una nueva experiencia que pone en riesgo sus vidas. Una resucitación provoca suspenso. Dos aún son capaces de generar una atmósfera efectiva. Más de dos terminan por completo con la novedad y con las esperanzas del director de generar algún grado de tensión. “Flatliners” es un thriller original, inteligente y bien dirigido por Joel Schumacher, el cual gozó de bastante éxito al momento de su estreno, y que hoy en día si bien no es considerado un clásico, básicamente porque el guion obliga al espectador a pasar por la misma crisis una y otra vez, de todas formas es recordado como uno de los mejores trabajos de un director con una carrera bastante irregular.

por Fantomas.

viernes, 31 de julio de 2015

Fort Apache, The Bronx: El crudo retrato del Bronx de los ochenta.

“Fort Apache, The Bronx” (1981), es un drama del director Daniel Petrie, el cual está protagonizado por Paul Newman, Ken Wahl y Rachel Ticotin.

En medio del barrio del Bronx, se encuentra una estación de policía conocida como “Fuerte Apache”, que es el único bastión de la ley en un lugar dominado por la violencia, la prostitución, y la venta de drogas. Ahí trabaja el veterano oficial Murphy (Paul Newman), quien bajo su actitud en apariencia cínica, esconde el deseo de ayudar a la comunidad y sobrevivir en un territorio evidentemente hostil.

 

A fines de la década del setenta, el barrio neoyorkino del Bronx se encontraba dominado por el caos, el desempleo, la alta tasa de inmigrantes hispanoparlantes, y la violencia, siendo uno de los casos más comentados el de una serie de incendios que se cree fueron provocados por los dueños de las propiedades siniestradas, en un intento desesperado por recuperar el dinero que habían invertido en ellas. La repercusión mediática que tuvo la difícil situación social que se vivía en el Bronx, llevó al director Daniel Petrie y al guionista Heywood Gould a trabajar en un proyecto que se inspiraría en las experiencias de dos policías llamados Thomas Mulhearn y Pete Tessitore, quienes trabajaron durante varios años en el Bronx. Lamentablemente para los involucrados en la cinta, su historia tocaba temas que se acercaban demasiado a la realidad del momento; durante los nueve meses que duró el rodaje de “Fort Apache”, al menos una docena de individuos afroamericanos y puertorriqueños desarmados fueron asesinados por oficiales de policía. Esto sumado a que diversos activistas locales consideraban que la película solo retrataba los aspectos negativos del barrio, y que en gran medida presentaba un mensaje abiertamente racista, terminó desatando masivas protestas, disturbios, una demanda y la formación del Comité Contra Fuerte Apache. A raíz de esto, “Fort Apache, The Bronx” suele ser considerada como una de las producciones más peligrosas en la historia de la ciudad.

En su afán por intentar documentar la realidad existente en el barrio del Bronx, “Fort Apache, The Bronx” utiliza como catalizador a un policía llamado Murphy, quien día tras día debe enfrentarse con la prostitución, los asaltos, el tráfico de drogas, la corrupción dentro de su propio departamento de policía, y su propia soledad. Lamentablemente, al mismo tiempo que la película intenta seguir los pasos del personaje interpretado por Newman, se disipa en diversas subtramas que finalmente no se dirigen a ninguna parte. Una de estas subtramas involucra a una prostituta drogadicta llamada Charlotte (Pam Grier), quien deambula por las calles asesinando policías y otros transeúntes sin justificación alguna, configurando lo que en apariencia se convertirá en el misterio central del film. De hecho, son sus asesinatos los que gatillan que el recientemente arribado Capitán Conolly (Edward Asner), organice una operación a gran escala para encontrarla (cabe mencionar que la policía desconoce quién es el responsable de los crímenes), la cual implica arrestar a cualquier persona que esté cometiendo un delito por menor que este sea, con el fin de obtener algún tipo de información con respecto a su paradero. Durante dicho operativo, al cual Murphy se opone abiertamente ya que amenaza con alterar la dinámica pacífica que el departamento de policía mantiene con la comunidad, lo único que Connolly logra es que se genere una masiva protesta cuando son retenidos unos activistas locales, la que eventualmente termina siendo disipada mediante el uso de gas lacrimógeno. Lo que resulta a lo menos curioso, es que de ese punto en adelante, los asesinatos con los que se inicia el film pierden importancia para la policía, el caso jamás es resuelto, y el destino de Charlotte termina en manos de una pareja de narcotraficantes a los cuales también ataca sin mayor justificación.

 

Como sucede con el caso de Charlotte, el film presenta una serie de escenas que parecen haber sido incluidas sin propósito alguno, como por ejemplo una en la que Murphy y su joven y ambicioso compañero Corelli (Ken Wahl), intentan disuadir a un travesti para que no salte de un edificio, u otra en la que el protagonista asiste a una adolescente que le ha ocultado por meses su embarazo a su familia durante su trabajo de parto. Petrie incluso incluye una climática escena, en la que una dupla de narcotraficantes toma como rehenes a un grupo de pacientes y profesionales de un hospital, los cuales terminan siendo rescatados por operativos del SWAT y por el mismo Murphy. Los breves momentos en los que la cinta logra mantener un hilo narrativo definido, y que tienen que ver con la parte más humana de la historia, son probablemente los más interesantes de toda la producción. Durante estos fragmentos es posible ver la relación sentimental que Murphy entabla con una enfermera puertorriqueña llamada Isabella (Rachel Ticotin), y la crisis de conciencia que tiene el policía cuando ve como dos de sus compañeros lanzan a un joven inocente desde el techo de un edificio. Ambas situaciones sitúan a Murphy en una compleja encrucijada moral, ya que mientras que su nueva novia resulta ser adicta a la heroína, lo que provoca que el protagonista se cuestione si debe o no conseguirle droga para mantenerla a su lado, por otro lado sabe que si delata a sus colegas, será repudiado por el resto de sus compañeros quienes lo tratarán como a un criminal más, condenándolo a un retiro prematuro de la fuerza policial.

En el fondo, Petrie utiliza el film para presentar dos abordajes diametralmente opuestos con respecto a la aplicación de la ley (liberal y conservador), los cuales prueban ser igualmente ineficientes. El hecho de que el director no se abandere con ninguna de las dos posturas, provoca que pese a que Connolly es presentando como la encarnación del abordaje conservador, este no sea retratado como una persona incapaz de empatizar con su entorno. Muy por el contrario, él apoya a Murphy cuando este decide relatar lo que sucedió con sus compañeros, y se muestra inclinado a acabar con la corrupción existente en su departamento. Incluso en un pasaje de la cinta, Connolly esgrime un discurso en el cual asegura que la gente respetuosa de la ley que vive en el Bronx, merece la seguridad y la protección que la policía debiese otorgarles. Murphy por su parte, quien es señalado como una figura liberal por sus propios compañeros, cree firmemente que debido a la situación miserable que se vive en el barrio, la mejor forma de aplicar la ley es manteniendo un cierto nivel de entendimiento y empatía con los diversos miembros de la comunidad, los que deben lidiar con problemas que van más allá de la alta tasa de criminalidad. De manera inteligente, el film no intenta etiquetar a estos hombres como héroes o villanos, sino que más bien expone que ambos están persiguiendo un mismo objetivo de la forma en que ellos honestamente creen que es la mejor, y que sus respectivas opciones no están exentas de consecuencias.

 

En lo que a las actuaciones respecta, Paul Newman realiza una labor encomiable interpretando al solitario y por momentos algo ambiguo Murphy, quien hace lo posible por sobrevivir y ser feliz en la dura realidad del Bronx. Rachel Ticotin por su parte, también realiza un gran trabajo interpretando a la enfermera heroinómana que se enamora del personaje de Newman, con quien tiene una gran química pese a que los actores tenían más de treinta años de diferencia. Si bien la experiencia de participar en un film de las características cuasi documentales de “Fort Apache, The Bronx”, se presentaba como una experiencia interesante para Newman, la verdad es que todo el proceso le significó una serie de problemas al actor. Debido al corrosivo retrato que efectuaba la cinta con relación a la comunidad residente en el Bronx, Newman fue arrastrado a la polémica cortesía del New York Post. Una vez que el actor leyó un par de artículos publicados por el Post en los que se acusaba a la producción de racista, no solo emplazó al periódico por realizar un “periodismo irresponsable”, sino que además se refirió al medio como un “tarro de basura”. A modo de respuesta, el periódico publicó un artículo titulado “Lo que Paul no nos dijo acerca de Fort Apache”, lo que solo provocó que el conflicto escalara aún más. Eventualmente, todo esto quedaría enterrado por el trabajo de caridad que por años realizó Newman, y por su constante preocupación por los menos privilegiados, lo que hasta el día de hoy lo sitúa como un ejemplo a seguir dentro de la industria hollywoodense.

Si hay algo que reconocerle a Daniel Petrie, es que intenta actuar como un observador y no como un propagandista, aunque por momentos la línea divisoria entre ambas posturas se vuelva algo difusa. Lo que refuerza esta idea, son los esfuerzos que realiza el director por rodar una cinta realista que tiene por objetivo relatar la vida y obra de un hombre con una gran consciencia, pero no necesariamente con un gran coraje. Sin embargo, el gran pecado de “Fort Apache, The Bronx” es creer que el espectador necesita violencia y acción para prestarle atención a una historia con una alta dosis de melodrama. Probablemente a esto se deba el hecho de que Petrie inserta una serie de escenas clichés propias de los shows policiales emitidos en la televisión, cuya única consecuencia irónicamente es restarle ritmo y realismo a la película. Destrozada por la crítica especializada con justa razón, más allá de las buenas actuaciones de sus protagonistas y de las buenas intenciones de Petrie, “Fort Apache, The Bronx” es una cinta deficiente de trama indefinida, rodada con una estética muy similar a la que se puede encontrar en una producción pensada para la televisión. Para terminar, es necesario mencionar que el cuadro final, que retrata al protagonista haciendo su trabajo, en gran medida resume el mensaje principal del film, que básicamente sería que la respuesta para combatir el crimen y la pobreza es el compromiso personal, compromiso que personajes como Murphy y Connolly parecen llevar grabado a fuego en su ADN.

por Fantomas.

domingo, 26 de julio de 2015

The Hot Rock: Nunca robar un diamante fue tan difícil.

“The Hot Rock” (1972), es una comedia del director Peter Yates, la cual está protagonizada por Robert Redford y George Segal.

Cuando un ladrón llamado John Dortmunder (Robert Redford) se entera que un enorme y peculiar diamante está esperando ser robado en un museo de Manhattan, reúne a un grupo de colegas para intentar hacerse con la piedra. Sin embargo, aun cuando Dortmunder y compañía realizan una cuidadosa planificación del atraco, pronto se darán cuenta que cumplir con su objetivo se convertirá en una tarea mucho más difícil de lo que jamás hubiesen imaginado.

 

A fines de la década del sesenta y durante gran parte de la década del setenta, el director británico Peter Yates rodó una serie de cintas que gozaron de una gran popularidad, entre las que se encuentran “Bullit” (1968), “The Friends of Eddie Coyle” (1973), “Mother, Jugs & Speed” (1976), “Breaking Away” (1979) y “The Hot Rock” En el caso de esta última, la cual está basada en la novela del mismo nombre del escritor Donald E. Westlake, quien durante el transcurso de los años publicó una serie de trabajos que presentaban al desafortunado ladrón profesional John Archibald Dortmunder como protagonista, lo que le permitió demostrar su habilidad a la hora de crear personajes queribles ligados al mundo del crimen, los cuales habitualmente se veían sumergidos en tramas extravagantes. Con el fin de adaptar la novela de Westlake, Yates se asoció con el guionista William Goldman, responsable del guion de “Butch Cassidy and the Sundance Kid” (1969), film que en gran medida fue el responsable de catapultar a Robert Redford al estrellato. Cabe mencionar que el actor y el guionista mantendrían una lucrativa relación laboral y creativa hasta el conflictivo rodaje de “All the President´s Men” (1976), donde los problemas tras las cámaras terminarían por separarlos. Curiosamente, Redford en más de una ocasión ha declarado que accedió a participar en “The Hot Rock” básicamente porque en aquella época se encontraba en una difícil situación económica. Además de eso, a Redford le entusiasmaba trabajar con George Segal, quien inicialmente iba a protagonizar el film en compañía de George C. Scott, cuyo alto salario terminó sacándolo de la producción.

En “The Hot Rock”, John Dortmunder lleva solo dos minutos fuera del recinto penitenciario en el cual cumplió su más reciente condena, cuando comienza a ser perseguido por un vehículo manejado por su incompetente colega y cuñado Kelp (George Segal), quien desea incluirlo en un nuevo trabajo. El objetivo es un diamante que se encuentra en exhibición en un museo de Nueva York, el cual desea ser recuperado por un embajador africano conocido como el Dr. Amusa (Moses Gunn), ya que en su nación natal la gema es venerada como un artefacto religioso. Para llevar a cabo el robo, Dortmunder y Kelp reclutan a Stan Murch (Ron Leibman), un loco por los vehículos que en sus ratos libres escucha grabaciones de carreras de autos, y a Allan Greenberg (Paul Sand), quien es un experto fabricante de explosivos domésticos. Es así como Dortmunder idea un plan que consiste en desviar la atención de los guardias del museo provocando un accidente automovilístico falso, para que de esta forma él y Kelp puedan extraer el diamante que se encuentra en una bóveda de vidrio fortificado. Aunque en un principio el atraco sale según lo planeado, las complicaciones que sufre el grupo de ladrones alerta a los guardias del museo, los cuales eventualmente acorralan a Greenberg, quien opta por tragarse el diamante antes de ser arrestado. Es entonces cuando comienzan los verdaderos problemas para Dortmunder y compañía, quienes ahora tendrán que encontrar la forma de sacar a Greenberg de prisión si desean que este les diga que ha hecho con el cada vez más esquivo diamante.

 

William Goldman realiza un gran trabajo adaptando la novela al formato cinematográfico, ya que al mismo tiempo que plasma de manera fiel gran parte de la trama del libro de Westlake, se las arregla para agregar pasajes completamente originales que mantienen el espíritu de la novela. Mientras que algunos de los cambios que realiza el guionista son meramente cosméticos, como por ejemplo reemplazar la esmeralda que persigue el Dortmunder literario por un diamante, otros responden al proceso natural de síntesis propio de una adaptación literaria, entre los que se encuentra la reducción de los seis atracos originales a tan solo cuatro (lo que queda plasmado en el titulo con el cual la película fue distribuida en Inglaterra, “How To Steal A Diamond in Four Uneasy Lessons”), y la omisión del cerrajero experto Roger Chefwick, quien también formaba parte del grupo de ladrones en la novela. Junto con esto, el Dortmunder de Redford resulta ser un poco más inteligente que su contraparte literaria, y el personaje interpretado por Paul Sand pasa de ser un mujeriego empedernido, a un tipo tímido dominado por su poco confiable padre, el abogado Abe Greenberg (Zero Mostel). Por otro lado, uno de los toques cómicos más destacables de “The Hot Rock”, es el hecho de que Dortmunder sufra de gastritis, lo que según el doctor que se la diagnóstica, es provocada debido a que el ladrón es “del tipo silencioso”, lo que lo lleva a internalizar su estrés. Esto no solo es objeto de burla por parte de Kelp, quien siempre había admirado los supuestos nervios de acero de su colega, sino que además se presenta como una debilidad que convierte al protagonista en un personaje vulnerable y dañado, lo que eventualmente puede provocar que uno de sus complejos planes se termine desmoronando junto con su aparente tranquilidad.

Por otro lado, los actos delictuales posteriores al atraco inicial al museo, el que dicho sea de paso es rodado por Yates con un cuidado metódico por los detalles, y utilizando el silencio como herramienta para aumentar la tensión de la maniobra llevada a cabo por Dortmunder y compañía, son en gran medida los responsables de dotar al film de un encanto especial que lo distancia de otras producciones con temáticas similares. El hecho de que cada acto delictual sea más descabellado que el anterior, combinado con la curiosa mezcla de personalidades que ostentan los cuatro atolondrados criminales, contribuye a que se cree un efecto cómico bastante atractivo que rápidamente captura al espectador. Algo que si llama la atención con respecto a los crímenes cometidos por los protagonistas, es la “inocencia” que rodea la ejecución de sus descabellados planes. Por ejemplo, cuando Dortmunder y Kelp intentan sacar a Greenberg de prisión, resulta a lo menos curiosa la facilidad con la que se infiltran en el recinto penitenciario en el que se encuentra recluido su compañero, como también resulta curiosa la escasa resistencia que pone la totalidad de los agentes de la ley pertenecientes a un departamento de policía que eventualmente los protagonistas tienen que atacar en su loca búsqueda del diamante. Pese a esto, la verdad es que Yates maneja las secuencias con tanta elegancia, y hace tan buen uso de las personalidades de los protagonistas, explotando incluso la potencial úlcera de Dortmunder como una herramienta generadora de suspenso, que la “sencillez” con la que los criminales llevan a cabo sus planes termina siendo prácticamente un dato anecdótico que no afecta la experiencia.

 

Gran parte del éxito de la fórmula empleada por Yates y Goldman descansa en la gran actuación de la totalidad del elenco participante. Mientras que Redford dota a Dortmunder de un carisma innegable al interpretarlo como un ladrón con una seguridad y una frialdad increíble a la hora de planificar los crímenes, características que posteriormente pierde casi por completo cada vez que entra en acción, Segal actúa como el tipo positivo del grupo, quien no duda en expresar la admiración que siente por su amigo y cuñado. Ron Leibman por su parte, se destaca como Stan Murch, quien es retratado como un tipo energético, temerario y obsesionado con cualquier cosa que tenga motor, lo que se contrasta con el personaje interpretado por Paul Sand, cuya torpeza natural y su actitud reservada y algo neurótica, lo convierten en el eslabón más débil del grupo. Por último, es necesario mencionar la impecable actuación de Zero Mostel, quien durante su carrera se caracterizó por interpretar personajes cómicos con un profesionalismo envidiable. Por otro lado, en lo que respecta al aspecto técnico de la producción, esta cuenta con el correcto trabajo de fotografía de Edward R. Brown, la jazzística y por sobre todo efectiva banda sonora del compositor Quincy Jones, y el maravilloso trabajo de edición de Fred W. Berger y Frank P. Keller, el cual le valió a la dupla una nominación al Oscar.

Según Donald E. Westlake, el guion original de Goldman incluía el climático final en el aeropuerto que aparecía en la novela, pero finalmente este tuvo que ser cambiado por las similitudes que tenía con el final otra de las cintas de Yates, el aclamado thriller policial “Bullit”. A raíz de esto, Goldman se inclinó por un final abierto, cuyos espacios en blanco pudiesen ser llenados por el espectador. “The Hot Rock” tiene una serie de momentos memorables, su elenco se complementa de manera espléndida, y Yates maneja con habilidad un guion inteligente y divertido, lo que pone sobre la mesa la interrogante de por qué el film no es considerado como uno de los grandes clásicos del cine centrado en espectaculares robos. Quizás esto se deba a que por un lado, nunca se logra establecer una motivación lo suficientemente convincente como para que Dortmunder continúe persiguiendo incansablemente su objetivo, más allá de argumentar que si no logra hacerse con el diamante, una maldición caerá sobre él. Al mismo tiempo, la tendencia de la película de repetirse a sí misma y dedicarle tiempo a escenas innecesarias que buscan profundizar en el desarrollo de los personajes, le impiden a la producción convertirse en un clásico del género ya que esto afecta su dinámica, ralentizando un relato de naturaleza frenética. Curiosamente, el mismo Redford en una ocasión se encargó de indicar lo que según su opinión, era uno de los grandes problemas del film, y que tenía que ver con la nacionalidad y la filmografía de Yates: “Su especialidad era la acción”, declararía el actor, “y esto era una comedia. El problema es que él no entendía nuestro humor”. Más allá de estos detalles y de la cuestionable afirmación de Redford, la reputación de “The Hot Rock” ha mejorado con el paso de los años, y hoy en día es reconocida como una película inteligente y divertida, que aporta con un toque de originalidad y locura a un género tan frecuentemente explotado.

por Fantomas.

miércoles, 22 de julio de 2015

The Bat: Cada vez que "El Murciélago" vuela, alguien muere.

“The Bat” (1959), es un thriller de misterio del director Crane Wilbur, el cual está protagonizado por Vincent Price, Agnes Moorehead y Gavin Gordon.

Cuando la escritora de misterio Cornelia Van Gorder (Agnes Moorehead) decide rentar una lúgubre casa en las afueras de Nueva York, cerca de la cual hace un tiempo un criminal conocido como “El Murciélago” cometió una serie de violentos asesinatos, jamás pensó que ella se vería envuelta en una trama digna de sus novelas. Y es que al parecer, el Murciélago está rondando la mansión con intenciones desconocidas, lo cual obligará a la escritora a descubrir el misterio que encierra el lugar antes de convertirse en la próxima víctima del criminal.

 

En el año 1920, Avery Hopwood y Mary Roberts Rineheart estrenaron en Broadway el melodrama de misterio “The Bat”, el cual además de contar con un éxito increíble a nivel comercial, que se extendió durante 867 presentaciones, eventualmente sería adaptado al cine por el director Roland West en el año 1926, y nuevamente cuatro años más tarde bajo el título “The Bat Whispers” (1930), film que en numerosas ocasiones se ha mencionado como una de fuentes de inspiración que llevó a Bob Kane y Bill Finger a crear al icónico personaje de historietas Batman. Aproximadamente treinta años más tarde, el guionista y director Crane Wilbur llevaría una vez más la obra de Hopwood y Rineheart a la pantalla grande, está vez con el actor Vincent Price a la cabeza, quien durante la década del cincuenta había logrado establecerse como una figura importante dentro del cine de terror gracias a su participación en cintas como “House of Wax” (1953), “The Mad Magician” (1954) y “The Fly” (1958). En una entrevista otorgada al programa de conversación “Sinister Image” en el año 1987, Price reveló que la obra teatral “The Bat” lo había aterrorizado cuando era pequeño, y que aceptó el rol en el remake de Wilbur porque pensó que el director sería capaz de revivir la obra y actualizarla de manera eficiente. Sin embargo, en esa misma oportunidad el actor no pudo esconder su desilusión con el resultado final, reconociendo que el mayor problema de la producción era su flojo guion.

En gran medida, “The Bat” relata una seguidilla de allanamientos de morada con consecuencias fatales. La protagonista del film es Cornelia Van Gorder, una escritora de misterio que en compañía de su inseparable criada Lizzie Allen (Lenita Lane), ha decidido rentar una vieja y solitaria casa con el objetivo de encontrar la inspiración necesaria para escribir su próxima novela. El dueño de esa casa resulta ser John Fleming (Harvey Stephens), quien es el gerente del banco local, al cual ha desfalcado en aproximadamente un millón de dólares, los que aparentemente ha escondido en algún lugar del domicilio. Cuando Fleming le revela el crimen que ha cometido a su amigo, el Dr. Malcolm Welles (Vincent Price), durante un viaje de cacería, este último decide sacar provecho de la situación y termina asesinándolo para así poder quedarse con todo el dinero. Desde ese momento en adelante, la vieja casa de Fleming se convertirá en la escena de una serie de allanamientos de morada y de un par de asesinatos, cometidos por un criminal enmascarado conocido como “El Murciélago”, quien posee un largo historial de asesinatos sin resolver. Será responsabilidad del Teniente Andy Anderson (Gavin Gordon) descubrir la verdadera identidad del psicópata, quien no dudará en eliminar a todo aquel que se interponga entre él y el dinero que se esconde en la mansión Fleming.

 

Si algo llama la atención de “The Bat”, es precisamente la apariencia y el modus operandi del principal villano del film. Ataviado con una máscara, un sombrero, y un par de guantes de cuero equipados con unas garras de acero con las cuales les desgarra el cuello a sus víctimas, el criminal merodea de forma constante la mansión de Fleming en búsqueda del dinero que el ejecutivo escondió en el lugar. No contento con esto, el asesino incluso utiliza murciélagos reales para atacar a sus víctimas a distancia, con la esperanza de no tener que intervenir de manera directa en sus muertes. Más allá de las características del “Murciélago”, resulta interesante el hecho de que son varios los elementos que se conjugan en la trama de “The Bat” para darle vida al misterio central de la historia. Además del misterio concerniente a la identidad del criminal, está la interrogante con respecto a la ubicación del dinero, las dudas que genera el enigmático pasado del chofer/mayordomo (John Sutton) de la protagonista, y la posibilidad de que alguna de las mujeres que eventualmente deciden alojarse en la siniestra mansión, pueda estar actuando como cómplice del asesino. Lamentablemente, el misterio central está tan pobremente construido, que de poco sirve que este posea diversas aristas. El hecho de que la cantidad de sospechosos sea limitada, y que la mayoría de estos sean asesinados por el psicópata, provoca que la solución de la principal interrogante del film sea bastante predecible y por ende, que el clímax del relato carezca de real emoción.

Otra cosa que resulta curiosa con respecto a “The Bat”, es la relación que mantiene Cornelia Van Gorder con Lizzie Allen, la cual en varias ocasiones se ha mencionado que presenta un marcado tinte lésbico, aun cuando en la época en la cual se filmó la película la homosexualidad era un tema tabú. Por un lado, Cornelia es retratada como una mujer segura de sí misma, exitosa, y carismática, que ejerce un evidente control sobre quienes la rodean, es especial sobre la fiel Lizzie Allen. A esto se le suma el hecho de que ambas mujeres comparten habitación, y que pasan gran parte de la película vestidas solo con unos camisones para dormir que esconden una cierta sensualidad, considerando que se trata de un par de mujeres de mediana edad. Obviamente reflejan una particular cercanía, que provoca que el espectador al menos considere que su relación va más allá del mero aspecto laboral. Como si el director quisiera reforzar esta idea, en un momento de la historia incluye una peculiar conversación que poco tiene que ver con el desarrollo de la trama, en la cual Lizzie asegura que no hay manera de que alguna vez establezca una relación sentimental con un hombre. Ya en el último acto del film, Cornelia se ve rodeada de tres mujeres, las cuales curiosamente han decidido refugiarse del asesino en la mismísima mansión que acecha noche tras noche. De esta manera, se conforma un escenario cuasi metafórico en el cual las cuatro mujeres vestidas solo con sus camisolas, corren por los diversos pasillos de la casa huyendo de la siniestra figura masculina, la cual se alza como el macho alfa en un mundo donde los hombres son impotentes o sencillamente maquiavélicos.

 

Más allá del buen trabajo interpretativo de Agnes Moorehead, quien al menos construye a una protagonista carismática con una personalidad definida, quien realmente se destaca es Vincent Price aun cuando su personaje es secundario. El hecho de que en un principio se revele como un asesino a sangre fría con un particular interés por los murciélagos, para posteriormente mostrarse como uno de los principales interesados en atrapar al criminal de turno, le otorga una interesante ambigüedad. El resto del elenco realiza una labor que va desde lo correcto hasta lo sencillamente mediocre, lo que le resta relevancia a gran parte de los personajes secundarios. En cuanto al aspecto técnico de la producción, uno de los puntos altos está representado por el trabajo de fotografía de Joseph F. Biroc, quien no solo demuestra un gran manejo de la luz y las sombras, sino que además logra de forma exitosa que los mediocres sets en los que se desarrolla la historia, luzcan lo suficientemente amenazantes como dotar al film de una atmósfera claustrofóbica. Otro de los puntos altos de la cinta es la jazzística banda sonora compuesta por Alvino Rey, la cual lamentablemente a medida que avanza el relato va perdiendo efectividad, ya que la misma pieza musical es reutilizada en incontables ocasiones.

“The Bat” es un pequeño film que posee una serie de elementos interesantes, como por ejemplo su premisa, las actuaciones de Agnes Moorehead y Vincent Price, y la apariencia del asesino, pero que al final del día termina convirtiéndose en un producto fallido debido a que el director no supo explotar todo el potencial que poseía la historia original. Crane Wilbur comete una serie de errores que rayan en lo incomprensible, entre los que se encuentran la inclusión de los personajes interpretados por Riza Royce y Darla Hood, que no aportan en absoluto al desarrollo de la trama, la utilización de pistas falsas que bordean lo insultante, y la formulación de un estilo narrativo cuasi circular en el que determinados escenarios y situaciones se repiten en un loop continúo a lo largo del film. Además de todo esto, el pausado ritmo narrativo que posee la cinta termina exacerbando los errores cometidos por el director, en especial aquellos que tiene que ver con la sumatoria de minutos de metraje a expensas de escenas sin ningún valor dramático. Por último, el tinte teatral que por momentos exhibe la película, provoca que ciertas escenas luzcan algo acartonadas, restándole verosimilitud a un relato donde las coincidencias convenientes están a la orden del día. A raíz de todos estos problemas, “The Bat” termina presentándose como una película recomendable solo para los seguidores de la filmografía de Vincent Price, para los entusiastas por las historias de misterio, y para aquellos espectadores que les despierte cierta curiosidad ver insinuaciones vagas de una relación sáfica entre dos mujeres mayores en una producción de la década del cincuenta.

por Fantomas.

sábado, 18 de julio de 2015

Kiss Kiss Bang Bang: El debut como director de Shane Black.

“Kiss Kiss Bang Bang” (2005), es una comedia de misterio del director Shane Black, la cual está protagonizada por Robert Downey Jr., Val Kilmer, y Michelle Monaghan.

Harry Lockhart (Robert Downey Jr.) es un ladrón que tras un golpe de suerte, es llevado a Los Ángeles para participar en una prueba de cámara para una producción hollywoodiense. Sin embargo, tras algunos malos entendidos se ve involucrado en la investigación de un par asesinatos junto a la chica de sus sueños (Michelle Monaghan), y un detective (Val Kilmer) que lo ha estado entrenando para su futuro papel.

 

El guionista Shane Black comenzó cimentar su reputación a temprana edad en Hollywood. Cuando solo tenía 26 años, Black escribió el guion de “Lethal Weapon” (1987), cinta que en cierta medida funcionó como la precursora de un subgénero denominado como “buddie movies”, que no es otra cosa que esas películas de compañeros obligados a trabajar juntos con tal de lograr un objetivo en común pese a sus gigantescas diferencias. Tras este prometedor inicio, a fines de los ochenta y principios de los noventa, Black logró establecerse como una suerte de gurú del cine de acción gracias a su trabajo en films como la incomprendida “Last Action Hero” (1993), y las subvaloradas “The Last Boy Scout” (1991) y “The Long Kiss Goodnight” (1996). Tras años de estar tras las cámaras, con “Kiss Kiss Bang Bang”, título que alude a la recopilación de artículos de la crítica cinematográfica Pauline Kael publicada en 1968, Shane Black por fin hacía su debut como director, filmando una historia que rescataba el subgénero que él había ayudado a crear, y que a la vez funcionaba como un llamativo homenaje a las tramas de las novelas pulp con las que él creció. Curiosamente, aunque Black había decidido adaptar la novela “Bodies are where you find them”, del escritor Brett Halliday, le tomó más de un año escribir el guion por encontrarse con un bloqueo creativo. Lo que es peor, es que cuando terminó de escribirlo, su reputación de poco sirvió a la hora de conseguir financiamiento para su proyecto. Eventualmente sería Joel Silver, el mismo productor que se fijó en el guion de “Lethal Weapon”, quien aceptaría financiar la cinta.

En “Kiss Kiss Bang Bang”, el protagonista es un ladrón de poca monta llamado Harry Lockhart, quien al inicio del film irrumpe en una tienda para conseguirle un juguete a su sobrina. Cuando Harry y su compañero de fechorías se disponen a abandonar el lugar, son tiroteados por una civil, quien termina hiriendo a Harry y asesinando a su cómplice. Con la policía tras sus talones, Lockhart se refugia en un edificio cercano solo para percatarse que de forma accidental se ha involucrado en una audición para una película hollywoodiense. Como el guion se asemeja a su experiencia reciente, él expresa toda su frustración y su ira por lo sucedido, lo que impresiona al productor Dabney Shaw (Larry Miller), quien decide llevarlo a Hollywood para una prueba de cámara, no sin antes pedirle que haga equipo con un detective apodado Gay Perry, para que así obtenga algo de experiencia real que pueda ayudarlo con su nueva carrera en la actuación. En otro punto de la ciudad de Los Ángeles vive Harmony Faith Lane, quien inspirada por la serie de novelas del detective “Johnny Gossamer” que leía cuando pequeña, continúa probando suerte como actriz sin demasiado éxito. Será el destino el encargado de reunir a estos dos personajes, quienes además fueron amigos durante la infancia. Impulsado por la atracción que Harry siempre ha sentido por Harmony, este decide mentirle y asegurarle que ahora trabaja como detective privado, lo que será de gran utilidad para la aspirante a actriz cuando su hermana es encontrada muerta en un hotel. Ahora, involucrado en dos casos de asesinato, Lockhart y compañía se verán envueltos en una trama plagada de intrigas, cadáveres, tiroteos y sorpresas, de la cual puede que no logren salir con vida.

 

Básicamente, “Kiss Kiss Bang Bang” es un ejercicio de irreverente reciclaje, en el que Black toma elementos de la novela y el cine negro de los años cuarenta, para fusionarlos con la comedia y la esfera artificial de la industria cinematográfica hollywoodiense. Es por esto que no resulta extraño que los personajes sigan la metodología de un detective ficticio protagonista de unas novelas pulp, el cual es una clara referencia a los personajes creados por Raymond Chandler o Dashiell Hammet, o que el protagonista oficie como un peculiar narrador que no solo omite algunos detalles de su relato, sino que también equivoca su discurso solo para corregirlo algunos segundos más tarde. De la misma forma, Black toma como inspiración los trabajos de Chandler a la hora de dividir de manera episódica el film, precisamente como si se tratara de una novela. Por otro lado, que el héroe de turno sea un ladrón de poca monta que ha sido puesto al amparo de un detective homosexual con el fin de preparar un papel, y que además finja ser un detective privado rudo y sagaz, resulta ser un constructo sumamente original que permite que el espectador rápidamente se identifique con él, principalmente porque funciona como una extensión de una audiencia deseosa de perderse en un mundo completamente ajeno a su realidad. La peculiar mezcla de influencias de las que bebe el guion, facilita que este se traduzca en una trama impredecible que gira en torno a dos cadáveres y que no huye a ningún tópico genérico; suicidios, mentiras, asesinatos, traiciones, torturas, oscuros secretos familiares y curiosas alianzas, pueden ser encontrados a lo largo del relato de Harry Lockhart.

Aun cuando Black se ha especializado en relatos que estudian los lazos masculinos, “Kiss Kiss Bang Bang” no está exenta de la presencia de una femme fatale de ambigua moralidad, incierta fidelidad y nombre sugerente. Harmony Faith Lane se las arregla para igualar tanto en ingenio como en sarcasmo a sus dos compañeros de aventuras, aunque esto al final del día termine exponiendo uno de los principales problemas del film. En gran medida, la relación que se establece entre Harmony y Harry funciona mediante una dinámica marcada por las bromas y los malos entendidos, elementos que se suceden con una velocidad tal que no dejan demasiado espacio para el desarrollo de los personajes o de la trama, lo que también provoca que por momentos el relato gire en círculos mareado por su propia exuberancia. De hecho, en un segmento de la película se repite la misma secuencia de eventos a los menos en dos oportunidades: los protagonistas concluyen que se han topado con un callejón sin salida que no les permite continuar con su investigación; posteriormente se separan, solo para eventualmente contactarse por teléfono para notificarle al resto que han descubierto algo vital para la solución del caso. Probablemente, la razón de esta suerte de déjà vu narrativo responda a que las múltiples separaciones y reuniones que experimentan los protagonistas, se presentan como una gran oportunidad para que Black despliegue su talento con los juegos de palabras y los diálogos inteligentes.

 

Robert Downey Jr. realiza un estupendo trabajo como Harry (y el narrador). El hecho de que el protagonista esté consciente de que está participando de una película, es sencillamente brillante, ya que contribuye a que su narración de los acontecimientos apunte hacia los clichés de Hollywood, los giros de tuerca de la trama, y los elementos que posteriormente cobrarán cierta importancia en la historia. Al mismo tiempo, su química con el personaje interpretado por Val Kilmer es sencillamente explosiva. Son ellos, sus diferencias, sus motivaciones y sus coloridas personalidades, la mejor prueba de porqué a Shane Black se le considera como el arquitecto de las ya mencionadas “buddie movies”. Michelle Monaghan por su parte, interpreta de buena manera a una mujer que es ruda, sexy e independiente, aun cuando a los ojos de Harry es una suerte de damisela en desgracia a la cual debe rescatar. Gracias a su particular personalidad y a su despampanante belleza, el espectador rápidamente comprende la razón por la cual el protagonista la considera la chica de sus sueños. En cuanto al aspecto técnico de la producción, esta cuenta con el magnífico trabajo de fotografía de Michael Barrett, el cual contribuye a otorgarle el toque “noir” al film, y con la efectiva banda sonora del compositor John Ottman, cuyo aire retro viene a reforzar la idea de que “Kiss Kiss Bang Bang” es un producto que funciona como homenaje y como parodia de las tramas detectivescas clásicas.

“Todo lo que necesitas para realizar una película es una chica y una pistola”, dijo Jean-Luc Godard en una ocasión cuando se encontraba promocionando el film “Bande à part” (1964), aludiendo a lo que el público necesitaba para ir a las salas de cine. Algunos años más tarde, la ya mencionada Pauline Kael depuró esa idea luego de ver el afiche de una película en Italia cuya traducción era “Kiss Kiss Bang Bang”. “Estas cuatro palabras”, afirmó ella, “son quizás la declaración más breve imaginable del atractivo básico de las películas. El atractivo es lo que nos atrae y lo que finalmente nos desespera cuando empezamos a darnos cuenta que rara vez las películas son algo más que eso”. En gran medida, el film de Shane Black es el típico caso de “estilo sobre sustancia”, lo que no le permite igualar lo realizado por cintas como “The Big Lebowski” (1998) y “The Long Goodbye” (1973), las cuales se alzan como dos exitosos ejercicios de reformulación de los misterios propios del cine negro, como odiseas cómicas que se mantienen fieles a la ironía pesimista y al fatalismo contagioso propio del género. Pese a esto, “Kiss Kiss Bang Bang” se destaca por ser una película con un timing cómico impecable, plagada de momentos brillantes y excesivos. Con una trama que es macabra, original y divertida por partes iguales, es imposible no percatarse de la elegancia autoparódica que ostenta el film de Black, que con el tiempo se ha convertido en una verdadera obra de culto.

por Fantomas.