martes, 18 de diciembre de 2012

Santa Claus is Comin´ to Town: La verdadera historia de Santa Claus.

“Santa Claus is Comin´ to Town” (1970), es un telefilme realizado por Jules Bass y Arthur Rankin Jr., el cual está protagonizado por Fred Astaire, Mickey Rooney y Keenan Wynn.

En vísperas de Navidad, un cartero llamado S. D. Kluger (Fred Astaire) se detiene un momento de su recorrido para revelar los verdaderos orígenes de Santa Claus (Mickey Rooney).

A principios de los sesenta, Jules Bass y Arthur Rankin Jr. fundaron la compañía Videocraft International, que con el paso de los años pasaría a llamarse Rankn-Bass Productions, con el fin de realizar diversas producciones animadas para la televisión. No pasaría mucho tiempo antes de que la empresa adquiriera cierta notoriedad gracias a sus animaciones en stop-motion, las cuales eran realizadas en Japón mediante un proceso llamado Animagic, el cual había sido perfeccionado varios años antes por George Pal, y que consistía en la combinación de marionetas y animación tradicional. En 1964, Rankin y Bass realizarían un especial navideño para la NBC titulado “Rudolph the Red Nosed-Reindeer”, cuyo inusitado éxito provocó que la dupla realizara otros dieciocho especiales navideños entre 1964 y 1985, muchos de los cuales se basaban en conocidos villancicos. Entre estas producciones se encuentra “Santa Claus is Comin´ to Town”, la cual está levemente inspirada en la canción del mismo nombre escrita en 1934 por John Frederick Coots y Haven Gillespie, y en la que un cartero decide contarle a la audiencia la verdadera historia de los orígenes de Santa Claus.

En vísperas de Navidad, el cartero S. D. Kluger va camino al Polo Norte a dejarle cientos de cartas repletas de peticiones y preguntas a Santa Claus. De pronto decide detenerse no solo para explicar el motivo de su viaje, sino que también para revelarles a los niños y al público en general el origen de Santa Claus, y como este llegó a convertirse en la figura mitológica que es hoy en día. Gran parte de este especial para la televisión transcurre en una pequeña localidad llamada Pueblo Sombrío, la cual está controlada por el Burgomaestre Maestreburgo (Paul Frees), una suerte de alcalde que cierto día encuentra un bebé abandonado en su puerta, junto con una carta y un collar con el nombre “Claus” inscrito en una placa. Dominado por su propia amargura y egoísmo, el Burgomaestre ordena abandonar al bebé en el bosque, donde tras un descuido de los soldados encargados de transportarlo, llega a manos de una familia de duendes apellidados Kringle, quienes no solo se encargarán de cuidarlo y educarlo, sino que también lo introducen al oficio que se ha traspasado de generación en generación en su familia; la fabricación de juguetes.


De esta forma, durante la primera mitad del telefilme vemos como Kris Kringle, que es como lo han bautizado los duendes, pasa su niñez y adolescencia en las montañas hasta el momento que decide cumplir el sueño de su familia adoptiva, el cual consiste en entregar los cientos de juguetes que han fabricado durante el transcurso de los años a los niños que habitan en Pueblo Sombrío. Será durante la segunda mitad de la cinta que Kris Kringle se verá enfrentado a diversas dificultades que finalmente forjarán su carácter, y lo llevarán a convertirse en Santa Claus. Y es que no solo deberá superar el miedo de abandonar su hogar para emprender un largo viaje por su cuenta, sino que además tendrá que hacerle frente al malvado mago Invierno (Keenan Wynn), quien controla las montañas que debe cruzar el protagonista para llegar al pueblo, y deberá desafiar al tirano Burgomaestre, que tras sufrir un accidente con un pato de madera decide prohibirles la tenencia de juguetes a todos los habitantes de la pequeña localidad. Es así como en su cruzada por alegrar las vidas de los niños de Pueblo Sombrío, Kris Kringle se enamora, se convierte en rebelde, luego en fugitivo, y eventualmente adquiere las habilidades necesarias para cumplir su misión alrededor del mundo.

Mediante la utilización de una estructura narrativa por sobre todo entretenida, el guionista Romeo Muller reconstruye de manera ingeniosa el mito de Santa Claus, y explica la raíz de cada uno de los elementos y situaciones que en su conjunto lo conforman. De esta forma, nos enteramos de la procedencia de los duendes que colaboran en la fabricación de los juguetes, como Santa consiguió su traje tan característico, la razón por la cual este baja por la chimenea, como conoció a la señora Claus, como él se entera que niños se han comportado bien durante el año, y como es que sus renos tiene la capacidad de volar por los aires, entre otras cosas. Cada respuesta es coherente con el mundo en el que se desarrolla la historia, lo que facilita que cada pieza del rompecabezas encaje perfectamente. La trama no está exenta de momentos algo cursis a los cuales el paso del tiempo no los ha beneficiado precisamente, especialmente cuando esta se adentra en territorios más melodramáticos, aunque de todas formas estos poseen una calidez propia de la temática a la que está ligada el relato, por lo que al espectador no le resultan molestos.


Una de las características esenciales de las producciones de la Rankin-Bass, es la presencia de al menos un personaje querible y llamativo con el cual el espectador logra identificarse en cierto nivel. Pese a la constante figuración de Kris Kringle, son los villanos lo que se roban la película, ya que estos resultan ser personajes mucho más interesantes y coloridos que el protagonista. Aunque el Burgomaestre pueda parecer un villano algo estereotipado, la verdad es que su complejo napoleónico resulta divertido. En el fondo, no es más que un niño frustrado porque nunca consigue lo que quiere, el cual prefiere que todos sufran su misma suerte en vez de intentar cambiar su actitud. En la vereda contraria está el mago Invierno, cuya gélida amargura termina derritiéndose ante las buenas intenciones y la amabilidad de Kris, por lo que eventualmente se convierte en uno de sus más grandes aliados. Por otro lado, la cinta está repleta de buenos diálogos, los que adquieren una mayor profundidad gracias al excelente trabajo de los actores encargados de darles las voces a los personajes, destacándose Fred Astaire, quien incluso canta algunas de las canciones de la cinta, y Paul Frees, quien trabajó en gran parte de las producciones de la Rankin-Bass.

En cuanto a la calidad del stop-motion, pese a la falta de fluidez que presenta la animación en algunos tramos del film, lo cual es comprensible debido al bajo presupuesto con el que contó el mismo, de todas formas resulta fascinante. Por otra parte, el apartado musical es algo dispar. De todas las canciones que aparecen durante el transcurso de la película, solo resultan ser memorables el clásico “Santa Claus is Comin´ to Town”, el cual es interpretado por Fred Astaire, y “First Toymaker to the King”, la cual tiene tintes cómicos y cuya melodía posteriormente es reutilizada con una letra distinta. Aún cuando el paso del tiempo no ha jugado a favor de las producciones de la Rankin-Bass, estas poseen un valor nostálgico que las alza como verdaderos clásicos navideños imperdibles. Las canciones son alegres, los personajes son queribles, y la historia de esta cinta en particular es de las más originales que existen acerca del mito de Santa Claus. “Santa Claus is Comin´ to Town” tiene los atributos necesarios para ser considerada una pequeña joya del cine stop-motion, por lo que debería estar en la lista de las películas navideñas imperdibles de todo cinéfilo.

 

por Fantomas.

martes, 11 de diciembre de 2012

Silent Night, Deadly Night: La película navideña más controversial de los ochenta.

“Silent Night, Deadly Night” (1984), es una cinta de terror del director Charles E. Sellier Jr., la cual está protagonizada por Lilyan Chauvin, Gilmer McCormick y Robert Brian Wilson. 

Después de años de sufrir abusos a manos de unas monjas tiránicas, Billy (Robert Brian Wilson) finalmente ha perdido la razón. En víspera de Navidad y vestido como Santa Claus, el trastornado adolescente se dirige hacia el orfanato donde pasó su niñez para llevar a cabo su venganza, castigando a todos aquellos que osen interponerse en su camino.

Dentro de los estrechos límites del slasher, subgénero del cine de terror cuya popularidad alcanzó su punto máximo a principios de los ochenta, los productores y los realizadores de este tipo de películas buscaron diversas fórmulas para extender su éxito, a sabiendas de que se trataba de un producto cuya fecha de caducidad se aproximaba a pasos agigantados. Una de las fórmulas utilizadas para lograr dicho objetivo, consistió en la creación de historias que utilizaran como telón de fondo diversas festividades como Halloween, el día de San Valentín, o la Navidad, entre otras. Fue dentro de este contexto que la productora TriStar Pictures le encomendó al director y escritor Charles E. Sellier Jr., que se hiciera cargo de filmar “Silent Night, Deadly Night”, cinta en la cual un adolescente trastornado lleva a cabo una masacre vestido de Santa Claus en plena víspera de Navidad. Aunque varios años antes ya habían representado al alegre gordinflón de rojo como un furioso asesino, primero en uno de los segmentos del film de la productora británica Amicus, “Tales From the Crypt” (1972), y luego en la mediocre “Christmas Evil” (1980), cuando la cinta de Sellier fue estrenada, la PTA (Asociación de Padres y Maestros) puso el grito en el cielo por la satanización de Papá Noel, y realizó una serie de protestas hasta que los ejecutivos de la TriStar accedieron a retirar la película de las salas de cine, la cual más tarde lograría ser distribuida de manera limitada por una compañía independiente.

En la cinta basada en la novela “Slayride”, del escritor Paul Caimi, y cuyo guión estuvo a cargo de Michael Hickey, el protagonista es Billy Chapman, un joven que se ve expuesto a una serie de situaciones traumáticas durante su niñez, las cuales eventualmente terminan empujándolo hacia los abismos de la locura. Su viaje hacia el horror comienza en 1971, en plena víspera de Navidad. Tras visitar a su abuelo que está internado en una institución psiquiátrica, y cuyas únicas palabras tienen relación con la actitud castigadora que según él Santa Claus tiene con los niños malos, Billy es testigo de cómo un ladrón vestido de Papá Noel le dispara a su padre para luego violar y asesinar su madre. Lamentablemente para él, su suerte tras este terrible hecho no mejora demasiado, ya que la Madre Superiora (Lilyan Chauvin) a cargo del orfanato al cual es enviado junto a su pequeño hermano, está convencida que el castigo severo es la mejor herramienta para educar a los niños. Es así como tras años de abusos, el joven Billy se convierte en un tímido y bienintencionado adolescente, el cual no puede impedir que afloren todos sus miedos y traumas durante una víspera de Navidad en la que se ve obligado a disfrazarse de Santa Claus en la tienda en la cual trabaja, lo que no solo libera todos sus demonios, sino que además lo embarca en una cruzada sangrienta en la que buscará castigar a todos aquellos que se han portado mal.


De manera inteligente, durante la primera mitad del film el director presenta las numerosas razones por las cuales una década más tarde, el pequeño Billy se convierte en un asesino maníaco cuya locura está estrictamente ligada a la época navideña. La exploración de la cruda infancia del protagonista no solo tiene por objetivo que el espectador comprenda las motivaciones del villano/antihéroe de turno, y que incluso empatice hasta cierto punto con él, sino que además sirve para que Sellier establezca la idea de que la violencia engendra violencia, y que la maldad no siempre está ligada a la genética como suele sugerirse en el género del horror. Sin embargo, lo que en el papel parece una buena idea, pronto se diluye en una seguidilla de excesos. No pasa mucho tiempo antes de que Billy pase de ser un personaje, a ser un mero recipiente de abusos, por lo que cualquier atisbo de profundidad que él pudo haber exhibido durante este segmento del relato, desaparece por completo durante la segunda mitad del film, donde se convierte en un personaje extremadamente unidimensional. Con esto, Sellier no solo echa por la borda la posibilidad de realizar un interesante estudio de personalidad, sino que además impide que el espectador demuestre verdadero interés en la evolución del protagonista.

El cambio de Billy es tan repentino, que da la impresión que el director bien podría haberse ahorrado gran parte de los primeros cuarenta minutos de metraje. La combinación de alcohol, un traje de Santa Claus y un acto sexual, es lo que finalmente termina convirtiendo al retraído joven en un autómata sediento de sangre, que repite incesantemente las palabras “Castigo” y “Desobediente” mientras asesina a sus víctimas. Claramente las palabras de la Madre Superiora a cargo del orfanato, quien aseguraba que el “castigo es necesario”, han quedado grabadas a fuego en la mente de Billy, quien no hace más que seguir la doctrina de quien lo educó. Sin embargo, no todos sus crímenes están guiados por este distorsionado sentido de la justicia y la rectitud. La mayoría de sus víctimas son gente inocente cuyo único error fue estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado. El discurso del asesino es claramente incoherente, aunque evidentemente esto poco importa cuando comienza la masacre. Ya en el último tramo de la película, Billy dedicará todos sus esfuerzos a eliminar a las dos figuras que convirtieron su infancia en una pesadilla, al mismo tiempo que la única persona que logró construir un nexo emocional con el muchacho, la Hermana Margaret (Gilmer McCormick), intenta detenerlo con la ayuda de la policía.


En el ámbito de las actuaciones, la gran mayoría del elenco realiza un trabajo bastante mediocre, con la sola excepción de Lilyan Chauvin, cuya interpretación de la sádica Madre Superiora ayuda a que la actriz se destaque por sobre el resto de sus colegas. Cabe mencionar que ninguno de los personajes que aparecen a lo largo del relato resulta ser ni ligeramente querible, lo que claramente impide que el espectador demuestre algún tipo de interés por lo que pueda sucederles. Por otro lado, si bien Charles E. Sellier Jr. aprovecha al máximo la buena factura de los efectos especiales al momento de construir las escenas de terror, en otras ocasiones deja en evidencia su nula experiencia como director, en especial cuando convierte secuencias dotadas de un cierto humor negro en ejercicios de mal gusto en su forma más pura. Probablemente el mejor ejemplo de esto, sea la escena en la cual un policía le dispara a un hombre vestido de Santa Claus en frente de varios de los niños del orfanato bajo la presunción de que se trata de Billy, solo para darse cuenta que ha asesinado a un sacerdote que no escuchó sus advertencias debido a su sordera.

Quizás el mayor pecado que comete Charles E. Sellier Jr. es intentar dotar a la película de una mayor profundidad dramática de la que en verdad necesita. El discurso moral que presenta la historia se ve extremadamente forzado, y finalmente termina convirtiéndose en algo demasiado simplista. Mucho se ha hablado también del discurso anti-católico que realiza el director, el cual si bien es interesante, a fin de cuentas no es más que una excusa para incluir un mayor número de escenas donde la crueldad ocupa un rol protagónico. “Silent Night, Deadly Night” no es el bodrio que algunos críticos afirman que es, pero tampoco cuenta con las virtudes necesarias para ser considerada como uno de los grandes clásicos del género. Por otro lado, aun cuando las escenas de violencia están correctamente escenificadas, no son realmente especiales o novedosas, y la gran mayoría de estas transcurre en un lapso de aproximadamente veinte minutos, por lo que los fanáticos del cine de terror pueden quedar con gusto a poco. Pese a todo, “Silent Night, Deadly Night” resulta ser una cinta entretenida, la cual quizás no hubiese tenido el impacto que tuvo de no ser por el escándalo orquestado por un grupo de padres, cuyo distorsionado sentido de la moralidad les impidió darse cuenta que el asesino del film no es Santa Claus, sino un psicópata que jamás entendió el espíritu navideño.

 

por Fantomas.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Deathtrap: El peligroso mundo del teatro.

“Deathtrap” (1982), es un thriller del director Sidney Lumet, el cual está protagonizado por Michael Caine, Christopher Reeve, y Dyan Cannon.

Sidney Bruhl (Michael Caine), quien alguna vez gozó de un gran éxito como autor de obras teatrales de intriga, hace un tiempo se encuentra lidiando con una serie de fracasos profesionales. En su momento de mayor angustia por la falta de ideas y las malas críticas, Bruhl se topa con el manuscrito de un escritor aficionado llamado Clifford Anderson (Christopher Reeve), a quien invita a su casa con la intención de robarle su obra y asesinarlo, sin imaginar que Anderson le tiene algunas sorpresas reservadas.
El 26 de febrero de 1978, el escritor norteamericano Ira Levin, conocido mundialmente por su novela “Rosemary´s Baby”, estrenó en el Music Box Theatre de Broadway la comedia de suspenso “Deathtrap”, sin imaginar el éxito que esta tendría. Para sorpresa de Levin, quien pese a ostentar una brillante carrera como novelista jamás había logrado destacarse como dramaturgo, la obra estaría en cartelera durante casi cuatro años, tiempo en el cual no solo quebró una serie de récords de taquilla, sino que además logró despertar el interés de un puñado de figuras de la industria hollywoodense, entre las que se encontraba la productora y guionista Jay Presson Allen, quien finalmente junto al director Sidney Lumet se encargaría de llevar al cine la curiosa e ingeniosa historia de Levin. El primero en integrarse al proyecto sería el consagrado actor Michael Caine, quien varios años antes había visto truncada la posibilidad de colaborar con Lumet en la cinta “The Hill” (1965), luego de que le ofrecieran protagonizar la comedía “Alfie” (1966), film que eventualmente sería el responsable de convertirlo en una estrella. Posteriormente se sumarían al elenco Dyan Cannon y Christopher Reeve, siendo este último el más interesado en trabajar en la producción, debido a que creía que esta le permitiría demostrar sus dotes actorales, y lo alejaría del tan temido encasillamiento que suponía haber interpretado en dos ocasiones a Superman.

En este film el gran protagonista es Sidney Bruhl, un veterano dramaturgo cuya carrera está a punto de irse por el desagüe. Lamentablemente para él, sus últimas comedias de misterio han resultado ser un completo fracaso, por lo que su desesperación por escribir una nueva obra exitosa se acrecienta con cada día que pasa. La situación de su esposa Myra (Dyan Cannon) no es mucho mejor; al mismo tiempo que debe controlar la enfermedad cardíaca que le aqueja, debe lidiar con la frustración que le provocan sus intentos fallidos por subirle el ánimo a su marido. Sin embargo, el destino le tiene preparada una sorpresa al angustiado autor. Cuando a sus manos llega el borrador una obra titulada “Deathtrap”, el cual le fue enviado por un estudiante llamado Clifford Anderson con la intención de escuchar su opinión experta, Bruhl ve una salida para sus problemas. Deslumbrado por la brillantez del manuscrito y decidido a salvar su carrera a cualquier costo, Sidney invita al joven a una velada en su casa con la intención de asesinarlo, robarle la obra, y deshacerse de cualquier evidencia que pueda indicar la verdadera naturaleza del escrito, sin imaginar que su en apariencia plan perfecto puede no ser tan perfecto después de todo.

Describir la trama de “Deathtrap” sin dar a conocer datos que pueden revelar las múltiples sorpresas que tiene reservada la historia, sin lugar a dudas resulta algo complicado. Básicamente, la cinta es un thriller compuesto por dos actos, un escenario, cinco personajes, algunos toques de comedia negra brillantemente insertados, buenos diálogos y un relato con un gran potencial comercial. Mientras que en el primer acto el espectador es testigo de un asesinato que será crucial para el posterior desarrollo de la trama, en el segundo acto entra en funcionamiento una maraña de hechos inesperados que rápidamente atrapan al espectador hasta la conclusión de la película, la cual ocurre casi en su totalidad al interior de la casa de los protagonistas. En cuanto a los personajes, además de los tres ya mencionados en el párrafo anterior, en el relato participa Helga Ten Dorp (Irene Worth), una psíquica que está visitando los Estados Unidos por el reciente éxito de su libro, y que hace muy poco tiempo se ha mudado a la casa contigua al hogar de los Bruhl. Dicha cercanía provocará que la excéntrica mujer visite con frecuencia a la pareja, con la intención de advertirles sobre los peligros que se ciernen sobre ellos, aunque la forma en como lo hace resulta ser siempre algo críptica. El último personaje en juego es Porter Milgrim (Henry Jones), quien es el abogado y amigo de Sidney, y cuyo rol solo cobrará cierta importancia durante el segundo acto de la historia.

En gran medida, el guión de “Deathtrap” encierra una historia dentro de una historia. En algunas ocasiones es difícil distinguir si el personaje de Caine está describiendo el manuscrito de Anderson, o se está refiriendo a los acontecimientos en los que se ve inmerso. Y es que en ese sentido, durante el transcurso de la película son varios los diálogos que hacen referencia ya sea a las bases narrativas del thriller, o a los profesionales que están ligados de una u otra forma al mundo del teatro, como por ejemplo los productores, los agentes, los críticos e incluso los abogados. La cinta sirve tanto de parodia como de homenaje a las historias de misterio, lo que le permite al director jugar con las expectativas del espectador quien en su búsqueda de clichés, termina absolutamente desconcertado con los constantes giros de la trama. Probablemente uno de los giros más discutidos del film sea la sorpresiva relación homosexual que mantienen Bruhl y Anderson. La escena en que ambos se besan y le revelan al público la verdadera naturaleza de su relación (la cual dicho sea de paso, no aparecía en la obra de Levin), no solo provocó que la producción recibiera una serie de críticas negativas, sino que además le significó un problema mayor a la pareja de actores. A raíz de que ninguno de los dos tenía mayores deseos de llevar a cabo dicha escena, no les quedó más remedio que emborracharse a tal punto que pudieran hacer todo lo que el director les pidiera. Afortunadamente para ambos, su peculiar estrategia funcionó de maravilla.

Independiente de la latente homosexualidad de los protagonistas, el errático accionar de estos se ve inducido mayormente por la ambición que los consume, aunque en el caso de Sidney Bruhl existe una motivación aún más oscura. Según el mismo Caine: “Bruhl es un exitoso escritor de misterio que tiene gustos caros y una esposa enferma, cuya musa macabra lo ha abandonado. Él siempre ha asumido que cometer crímenes en un papel sirve para sublimar las hostilidades personales. Pero ahora, después de una vida llena de asesinatos ficticios, Bruhl se encuentra fantaseando con cometer uno real. Con esto en mente, no puedo evitar preguntarme que es lo que motiva su extraño comportamiento. ¿Algún trauma de la niñez? ¿Una compulsión enterrada en lo más profundo? No, eso sería muy sencillo. La respuesta es que él está loco, completamente loco”. Esa locura de la que habla Caine logra traspasar la pantalla, y se traduce en la impredictibilidad de su personaje, cuya mente está trabajando de manera constante con el fin de buscar la mejor solución a los problemas que se le van presentando durante el transcurso del film. Demás está decir que el actor realiza un estupendo trabajo, al igual que Christopher Reeve, quien logra que su personaje sea lo suficientemente macabro y cínico como para contrarrestar la presencia abrumadora de Bruhl. Por otro lado, mientras que la actuación de Irene Worth resulta ser cómica sin caer en lo caricaturesco, la interpretación de Dyan Cannon está marcada por la sobreactuación y la verdad es que deja bastante que desear.

En cuanto al aspecto técnico de la cinta, esta cuenta con la atmosférica banda sonora del compositor Johnny Mandel, la cual se complementa de buena manera con el correctísimo trabajo de fotografía de Andrzej Bartkowiak, el cual impide que la película se convierta en la mera filmación de una obra teatral. Lamentablemente, a través de los años, “Deathtrap” ha sido injustamente comparada con el exitoso film de Joseph L. Mankiewicz, “Sleuth” (1972), no solo por sus similitudes temáticas, sino porque además ambas producciones fueron protagonizadas por Michael Caine. Aunque las similitudes saltan a la vista, la verdad es que la cinta de Lumet brilla con luces propias como una excelente adaptación de una de las obras teatrales más exitosas que se han exhibido en Broadway. Aunque por momentos el ritmo narrativo tiende a caer en ciertas lagunas, el director se las arregla para impedir que la historia se torne tediosa, ya sea insertando sorpresivos giros dramáticos, o imprimiéndole altos grados de tensión a ciertas escenas en las que los personajes participantes resultan ser por completo impredecibles. “Deathtrap” es un thriller inteligente, pero también es una comedia poblada por personajes con excéntricas personalidades, cuya interacción da como resultado una serie de situaciones inesperadas y descabelladas. Una vez que el espectador comprenda esto, le será más fácil embarcarse en un viaje que de seguro disfrutará.

 

por Fantomas.
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